Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #24
Durante el estreno de El hijo del diablo se produjo un incidente memorable.
Mientras el público gritaba: «¡Muy bien, muy bien!
», Valle-Inclán, que estaba entre las butacas, empezó a gritar: «¡Muy mal, muy mal!
». Don Ramón era especialista en trifulcas y provocaciones.
Aquella noche acabó en comisaría. Y allí se ve que insultó o desafió al comisario, que le puso en libertad no se sabe si por respeto, miedo o pensando que tenía ante él a una especie de chiflado estrambótico.
Quizás ya lo conocían de antes, o habían escuchado leyendas. En Madrid, Valle-Inclán ya era amigo de los guardias y carceleros que lo escoltaban al calabozo con cierta frecuencia.
Durante su vida, Montaner fue íntimo amigo de Lluís Companys, el futuro presidente mártir de la Generalitat Republicana.
Todos sabemos que Companys era un hombre de calle y que le gustaba mucho salir de noche a seducir y enredarse en historias amatorias.
Montaner era uno de sus compañeros de juerga habituales.
Màrius Aguilar, otro noctámbulo impenitente, le dio trabajo siempre en la redacción de El Día Gráfico .
Su sección en ese diario llegó a ser diaria.
Fíjense qué velocidad grafomaniaca. Dios los hacía y ellos se juntaban.
También Luis Araquistáin, cuando dirigía España, le pidió que escribiera en la revista sobre los problemas catalanes, en 1921.
Por tanto, podemos concluir que Joaquín Montaner no distinguía colores ideológicos a la hora de ponerse a colaborar con sus contactos.
Era una especie de espíritu libre zorrillesco.
En 1925, el régimen de Primo de Rivera lo nombra secretario general de la futura Exposición de Barcelona.
Un cargo destacado que le comportó una serie inacabable de dolores de cabeza y envidias.
La República llegó cuando Montaner todavía no había liquidado las cuentas de 1929, y pagó con ostracismo público su colaboración con la dictadura. Cosas que pasan.
A decir verdad la liquidación de las deudas de 1929 fue un auténtico caos: el 16 de abril de 1931, es decir, al calor de la llegada de la Segunda República, el ayuntamiento había nombrado a Joan Casanelles y un notario para exigir los libros de contabilidad de la Exposición.
El concejal radical Casimir Giralt denunció que el precio del Palacio Nacional se había inflado y de un presupuesto de seis millones de pesetas se había pasado a una liquidación de once millones.
Nadie sabía qué hacer con el nuevo palacio, una balumba enorme construida con materiales muy defectuosos.
El maravilloso surtidor que hoy conocemos como Fuente Mágica también había costado el doble de lo presupuestado, y se sospechó que en la adquisición de materiales había mediado una estafa manifiesta.
En las obras de remodelación de la plaza de España también se encontró un sobrecoste de más de cinco millones de pesetas (Solano, 2022: 175).
Durante el franquismo, Montaner malvivió penosamente, pero adaptado a los tiempos, como tantos otros.
Luys Santamarina, líder falangista local, le abrió las puertas de Solidaridad Nacional .
También escribía en La Vanguardia, donde ejercía de crítico teatral, y en ABC .
De vez en cuando colaboraba con Radio Nacional.
Carlos Barral le retrató como una personalidad obesa y espectral.
Se ve que cuando recordaba a Companys (y los momentos de gloria) se emocionaba bastante.
En 1953 publicó un libro remarcable, sobre Cervantes y Barcelona, y cuatro años después, justo antes de morir, un ensayo breve curioso sobre Ortega y Gasset y el nuevo teatro.
Montaner estuvo muy bien relacionado con los líderes intelectuales de la generación del 14: Ortega y Juan Ramón Jiménez.
Era un hombre generoso, que ayudó a empujar a muchos jóvenes de la época que tenían más talento que él.
Le debían pequeños favores Josep Pla o Eugeni d’Ors.
Pla le pidió que interviniera para poder ser nombrado corresponsal en Londres.
Muchas de sus obras las escribió pensando en Margarita Xirgu, que también era muy amiga suya.
En definitiva, podríamos concluir que la figura de Joaquín Montaner es el arquetípico caso de personaje interesante, de vida novelesca y bohemia, pero que escribe una literatura despreciable, pegada al pasado y al romanticismo tardío más apolillado y tronado.
Además, no le hizo ninguna angustia colaborar con dos regímenes dictatoriales.
Factores que le llevaron al olvido más absoluto.
Sin embargo, la recuperación de sus cartas y críticas constituiría un buen documento de época.
Con su quema sentimental de cartas se evaporaba un episodio más o menos extenso de la cultura barcelonesa, una cultura en que podían dialogar tradiciones nacionales diversas (catalana y castellana) e incluso políticas (Montaner viraba hacia la extrema derecha mientras su amigo abogado sacaba a anarquistas de la cárcel), con cierta normalidad, y sobre todo con evidentes respeto y estimación.
Pero todo eso se lo llevó de un plumazo el franquismo.
El tiempo de los Maragalles, los Rusiñoles y los Unamunos y Ossorios y Lorcas y Samblancats había pasado, y su lugar lo ocuparon los mediocres, los fascistas armados, los extremistas, los Queroles y los que como principio declaraban su intención de negarse a intentar comprender, intentar construir, convivir o pensar.