Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #23
97%

Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #23

En 1939, tras entrar en la Barcelona recién ocupada, Ernesto Giménez Caballero, que había comisariado junto a Estelrich la Exposición de Libros Catalanes en la Biblioteca Nacional de Madrid (1927), acudió a la radio para dirigir el siguiente mensaje a los catalanes: «Cataluña: te habla un español que te quiere.

Y te quiere, como los españoles de la meseta castellana desde siglos te aman: con pasión .

Con la misma pasión que se quiere a una mujer.

Y la pasión, ya lo sabes: va desde el despojamiento más abnegado de nuestra propia dignidad hasta la ira terrible de esa dignidad al fin exacerbada: hasta el crimen, que por eso se ha llamado pasional .

“Quien bien te quiere, te hará llorar”, dice un profundo adagio nuestro.

“La maté porque era mía”, dice también otro hondo y apasionado decir de nuestro pueblo» (Garrigasait, 2020: 194).

Los libros de la Institució de les Lletres Catalanes fueron destruidos inmediatamente; con la biblioteca personal de Pompeu Fabra se hizo una hoguera. Publicar cualquier cosa en catalán fue terminantemente prohibido. Vamos a dejarlo aquí.

Una noche de 1940, un individuo no muy alto logra colarse en el cementerio de Montjuïc con un fajo de documentos bajo el brazo.

Tampoco se trata de un personaje especialmente valiente, y el hecho de ir merodeando entre tumbas en su caso añade una nota de valor a su acto de romanticismo.

El intruso es Joaquín Montaner, periodista extremeño que se dispone a quemar un fajo de cartas de Lluís Companys sobre la fosa en que descansan enterrados sus restos.

Montaner y Companys cruzaron un gran número de cartas donde concretaban cuáles habían sido sus hazañas de faldas con mujeres bien conocidas en la ciudad.

En 1940, cuando Companys fue asesinado, Montaner no sabía qué hacer con ese haz de papeles comprometedores.

Sus biógrafos dicen que quiso quemarlas para proteger la memoria del presidente.

Una versión más verosímil es que decidiera quemarlas por seguridad, o incluso para alejar sospechas.

Pero entonces, ¿por qué ante su tumba? Dentro del recinto del cementerio de Montjuïc (antes del Suroeste), cerca de los restos de su amigo, Montaner fue quemando las epístolas, discretamente, una a una, y se tomó su tiempo.

Companys fue fusilado el 15 de octubre de 1940.

La petición de fusilamiento había partido de un fiscal militar llamado Enrique de Querol Duran, quien ya había juzgado al presidente catalán en 1934, tras los sucesos de octubre, junto a los demás responsables militares de la intentona.

El destino se entretejió fatalmente entre Companys y Querol cuando el presidente permitió que el militar salvara su vida durante el abominable verano de 1936.

Desafortunadamente, Querol fingió no acordarse de ello cuatro años después durante el consejo de guerra que culminó con el asesinato de Companys, que le había salvado la vida.

Joaquín Montaner y Castaño (1892-1957) nació en Villanueva de la Serena, provincia de Badajoz.

Su padre había sido gobernador civil de la ciudad de Gerona, y desde joven vivió en la capital del Principado.

No solo hablaba catalán perfectamente, sino que, además, tradujo bastantes obras catalanas al español, como por ejemplo La corona de espinas y El estudiante de Vic de Josep Maria de Sagarra.

Fue redactor de La Publicidad, El Día Gráfico y El Sol .

En ese rotativo escribía a las órdenes de Manuel Aznar, quien le encargó la sección barcelonesa del diario.

En 1925, Montaner escribió en El Sol sobre el trabajo divulgador de la editorial Barcino.

Su hermano Antonio gozaba de buena fama como orador, era amigo de Giner de los Ríos y ejerció cargos políticos durante la Segunda República.

Vinculado al Partido Republicano Radical, llegó a ser gobernador civil de Sevilla y Zaragoza.

Los amigos barceloneses de Joaquín Montaner figuraban entre la élite literaria de la ciudad.

Josep Maria de Sagarra y Josep Carner eran personas que frecuentaban su trato.

Montaner formaba parte de la famosa peña del Ateneu.

Cuando Valle-Inclán, Baroja o Maeztu (que vivió en la capital del Principado en 1919) visitaban Barcelona, no faltaban a su cita con Joaquín Montaner.

Todos se encontraban en las tertulias. Entre 1911 y 1933, se carteó con Miguel de Unamuno.

De 1928 es su breve estudio El teatro romántico español y, del año siguiente, su traducción de una obra de Alberto Moravia, Los indiferentes .

Su poesía ha sido catalogada como postsimbolista.

Es decir, se quedó anclado en la época de Rubén Darío y Francisco Villaespesa, aunque seguramente detrás de sus obras latiera aún algo de Gaspar Núñez de Arce.

Y escribió kilos y más kilos de poesía: Cantos (1909), Sonetos y canciones (1911), Poemas inmediatos (1913), Dios en mí (1914), Primer libro de odas (1915), Meditaciones líricas (1918).

Tan moderno era que incluso compuso un poema épico: Misisipí (1948).

Cantos la había publicado con tan solo dieciocho años.

Durante la década de los veinte (debía de ir corto de caudales) se dedicó al teatro en verso: Los iluminados, El hijo del diablo y El conspirador fueron éxitos escénicos suyos.

Lo cual no dice mucho del gusto general del público.