Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #22
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #22

El 24 de agosto de 1936, unos quintacolumnistas ocultos consiguen sintonizar la radio del bando sublevado, justo cuando está hablando el general Queipo de Llano.

En lugar de amenazar a las mujeres y de llamar homosexuales a los soldados del otro bando, el militar está diciendo que el presidente Lluís Companys ya ha conseguido salvar a cinco mil catalanes de derechas proporcionándoles salvoconductos y embarcaciones para poder huir.

En realidad fueron muchos más, como mínimo 28.

000 catalanes y extranjeros residentes en Cataluña, por mar, a los que se deberían sumar los 15.

000 exiliados que salieron en secreto por los Pirineos hacia Francia.

Casi 45.000. En 1939, habían salido del puerto de Barcelona 6.

630 españoles y 7.643 extranjeros en barcos franceses, de los cuales 2.

142 eran religiosos. El barco que más se utilizó para realizar estos rescates, sobre todo entre enero de 1937 y febrero de 1938, fue el mítico Iméréthie II .

En esta labor de salvamento de vidas humanas tuvieron un importante papel dos consellers, el de Cultura, Ventura Gassol, quien había sido la mano derecha de Macià, y Josep Maria Espanya, conseller de Gobernación, también de Esquerra Republicana de Catalunya, aunque procedía de la Lliga Regionalista.

Estos dos consellers sacaron a tanta gente como pudieron, incluso con pasaportes falsos y amenazados por la CNT, hasta que ellos mismos tuvieron que salir precipitadamente cuando parecía que las amenazas contra sus vidas iban en serio.

Otro funcionario destacado, Josep Andreu Abelló, presidente de la Audiencia de Cataluña y del Tribunal de Casación, también se destacó por su humanitarismo, y mientras investigaba los cementerios clandestinos sufrió un atentado el 2 de agosto de 1937.

El expresidente de la Mancomunitat, Josep Puig i Cadafalch, pudo salir otra vez de Cataluña embarcado en el torpedero francés La Fortune, que lo trasladó a Port-Vendres.

Gracias a las gestiones del cónsul Trémoulet, la familia de Amadeu Hurtado pudo escapar también, pero en avión.

El 30 de julio de 1936, fue el mismo Ventura Gassol quien depositó en la nave italiana Attendolo, para pasar luego a la Fiume, al arzobispo de Tarragona, su asistente personal, y también al obispo de Tortosa (González Vilalta, 2020: 104, 111 y 115).

En Génova se ha creado un importante núcleo de gente de orden que huía de las represalias de los incontrolados y las patrullas de control.

Estas se llevaron la vida, en Cataluña, de unas 8.

352 personas, según estimaciones aproximadas, que incluían a 2.

437 religiosos, 108 falangistas, 281 miembros de la Lliga Catalana de Cambó, 701 carlistas y un número indeterminado de militares.

En el otro bando, y en el conjunto estatal, la represión tomó unas proporciones aún más monstruosas, siendo 150.

000 las personas que fueron asesinadas por fuerzas franquistas.

El puerto de Barcelona, como el de Valencia o los de la zona cantábrica, se convirtió en una importante puerta de salida para familias amenazadas, y por esta razón numerosas embarcaciones de diversas nacionalidades rondaban la rada barcelonesa.

Según las memorias de Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores británico en aquellas fechas, mantuvo treinta y siete naves en aguas españolas, siete de ellas cerca de Barcelona.

Fue el vicecónsul Edgar Vaughan quien las solicitó desde Barcelona los días 20 y 21 de julio.

Dos días después atracaba en el puerto de Barcelona el buque HMS London, que pasaría a albergar a 900 extranjeros de forma inmediata.

Tres días después llegó el City of Hong Kong y se llevó a Plymouth a 85 refugiados.

Durante el mes de julio, los británicos embarcaron a cerca de 800 personas, 544 ciudadanos británicos (se quedaron 278) y 241 extranjeros.

En septiembre, los evacuados por los buques británicos ya eran casi 3.

000 (González Vilalta, 2020: 36, 46 y 47).

Los franceses enviaron casi también inmediatamente los barcos Duquesne y Suffren, y sus comandantes trajeron órdenes de estudiar con el cónsul francés, Jean Trémoulet, si era necesario llamar al Sidi Mabrouk de Argel.

Este barco se llevó a 800 franceses y extranjeros hacia Marsella el 25 de julio.

Dos barcos, el Kersaint y el Duquesne, evacuaron a 250 personas hacia Port-Vendres el 28 y el 29 de julio de 1936.

En ocho días, entre el 26 de junio y el 4 de agosto, salieron de Barcelona por mar en buques franceses unas 1.

500 personas, de las cuales aproximadamente la mitad no eran francesas.

Estas cifras nos dan una idea de la envergadura que llegó a tomar la operación de rescate iniciada por las potencias europeas, impensable sin la colaboración de Companys y Josep Maria Espanya.

Sin embargo, Trémoulet temía que se hubieran quedado en la convulsa Barcelona unos 4.

898 ciudadanos franceses. El Douglas y el Garland, buques británicos, trasladaron a 130 suizos hasta Marsella.

Por su parte, Carlo Bossi, el cónsul italiano, también pidió ayuda al ministro de Exteriores, Galeazzo Ciano, que la concedió sin consultar ni con la Generalitat ni con Benito Mussolini.

Josep Maria Espanya se comprometió a proteger los embarcos de evacuados con cien guardias de asalto que velarían por la seguridad de los que quisieran huir de la revolución.

Los cuerpos diplomáticos fueron instados a retirarse en cuanto el bando insurrecto empezó a anunciar que bombardearía la ciudad.

Durante los veranos de 1937 y 1938, no era extraño encontrar a jóvenes con edad militar disfrutando de su ocio en los locales de moda de la ciudad con banderillas de países latinoamericanos en las solapas de los trajes.

Cuando los bombardeos sobre Barcelona arreciaron, se desplazaron en parte a la localidad de Caldes d’Estrac, junto con las embajadas que se habían instalado allí.

Eran los llamados «emboscados», los que habían conseguido inmunidad en una ciudad que se había vuelto extremadamente peligrosa.

Como ocurrió en Madrid, proliferaron los consulados y sedes diplomáticas que ampliaban sus locales con el objetivo de refugiar cuanta más gente mejor: por ejemplo, el consulado de los Estados Unidos comunicó a finales de agosto de 1936 que había ampliado significativamente su superficie total.

La oficina del número 22 de la plaza de Catalunya pasó a ocupar tres plantas más que el cónsul Lynn W.

Franklin alquiló a la Banca Arnús. El mismo cónsul habilitó las dos torres que rodeaban su domicilio particular como refugios diplomáticos extra.

Entre los empleados extranjeros que más se obstinaron en no abandonar la ciudad y continuar velando por la seguridad de los refugiados reencontramos a Fraser Lawton, el gerente que había precipitado la huelga de La Canadiense, y que seguía trabajando para la Light and Power Company.

23 de enero de 1939. Un hombre agotado, moreno, más bien menudo y vestido de negro sube y baja las escaleras de su casa, un chalet de Horta, en la parte más alta de la ciudad, y da vueltas y más vueltas por la casa. En su diario escribirá que

mis familiares se van a los dormitorios.

Yo me quedo en mi despacho para escoger papeles.

Es el último escrutinio. Destruyo cartas y documentos que podrían perjudicar o comprometer a otras personas.

Ahora me viene a las manos una carta que, si fuera encontrada en un registro, podría costar cara a un antiguo amigo que ha cambiado de política tres o cuatro veces y del cual tengo agravios recibidos.

Rasgo la carta a jirones, unos jirones menores que los de las otras cartas.

Al hacer esto siento como una purificación espiritual (Rovira, 2016a: 73).

Unas horas más tarde, desiste y deja de buscar:

Medianoche. Atrapado por la corriente de pensamientos, continúo la tarea con ahínco.

Sostengo una batalla contra los papeles que me rodean.

Me parece que tengo más que nunca. Salen de todas partes: de los cajones, de las cajas, de las gavetas, de los armarios, de las estanterías, de las carpetas, de las mesas y de las sillas.

Cuantos más rasgo, más salen. Pronto me declaro incapaz de la revisión total de mis papeles.

No puedo revisar ni una décima parte, y eso que ya hace días que trabajo en esta empresa (Rovira, 2016a: 74).

Antoni Rovira i Virgili escribe que ha perdido la «batalla del papel»; hace días que sabe que ese día pasará un coche oficial de la Generalitat de Catalunya para recogerlo a él y a su familia y tratar de alcanzar la frontera francesa.

Rovira i Virgili sabe que está en peligro, que será cuestión de horas si no lo atrapan y lo fusilan.

Para un historiador es muy duro abandonar una biblioteca entera, un archivo personal de décadas, con fondos relativos a editoriales, periódicos, pesquisas sobre el período medieval, esbozos, biografías, artículos, ensayos, proclamas, críticas, cartas, hasta poemas viene escribiendo el polígrafo...

Rovira i Virgili lleva treinta años escribiendo como un poseído, aunque en estos últimos tiempos sus famosos artículos tripartitos sobre la guerra los dictaba por teléfono.