Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #19
Lo más extraño es que cuantos más puñales, revólveres y dinamita se veían en La Criolla, más éxito internacional cosechaba.
El local se había especializado en esos años en actuaciones de transformistas que imitaban a cantantes famosas, y acudían a verlos desde todos los rincones del mundo.
La filósofa Simone Weil llegó en agosto de 1933, acompañada por Aimé Patri, profesor de filosofía como ella y militante comunista.
Weil se reunió con varios dirigentes del POUM, entre ellos el líder del partido, Joaquín Maurín.
«Otros como Bienert, Narcy, Mariposa o Mirabel no imitaban estrellas sino mujeres, presentándose con un lujoso vestuario, fabulosas mantillas de Manila, altivas peinetas y abanicos con plumas...
; no eran grandes artistas, pero su humor picante y su descaro gustaban.
» El poeta y pensador Georges Bataille escribió sobre La Criolla en su novela El azul del cielo (1935), donde su protagonista, Troppmann, deambulaba por la agitada Barcelona de la Revolución de 1934 (Villar, 2017: 158 y 172).
Los espectáculos de La Criolla eran insólitos en Europa, para ver algo parecido se tenía que viajar a París o al Berlín de la República de Weimar, desgraciadamente ya en aquel momento bajo control de los nazis.
En una sola noche (13 de febrero de 1931) se sabe que pasaron por La Criolla nombres muy destacados de la cultura catalana: Josep Pla dejó unas líneas en el álbum de firmas, y también consignaron su visita el dibujante Pere Ynglada, el político Estanislau Duran i Reynals, Joaquim Borralleras, el columnista Josep Maria Planes y los pintores Ramon de Capmany, Lluís Llimona y Lluís Mercader.
Los vanguardistas Sebastià Gasch y Lluís Montanyà, así como Josep Maria de Sagarra, eran habituales del cabaret.
Un célebre noctámbulo de la ciudad, Joan Tomàs, hacía de guía de la noche para los forasteros distinguidos.
En julio de 1930 había pasado por allí uno de los reyes de la bohemia madrileña, el novelista anarquista, dandi y orgullosamente homosexual Antonio de Hoyos y Vinent, marqués de Vinent.
Tampoco faltó César González Ruano, que escribió sobre La Criolla en El Heraldo de Madrid .
El escultor Pablo Gargallo pasó por allí el 20 de enero de 1931.
Por su parte, el periodista Marcel Montarron, enviado por Détective, llegó también a La Criolla en 1933 para tomar notas para un reportaje de ocho artículos sobre la Barcelona secreta.
Tuvo suerte: encontró allí a un asesino auténtico, Tony La Rocca, también llamado Tony Mancini, un personaje de cuidado.
Medio francés y medio italiano, su apodo más habitual era «el Excomulgado», y era temido porque había matado a seis personas.
Este perla compró un revólver en Marsella y le disparó un tiro en la cara a un líder de una banda rival mientras tomaba ajenjo tranquilamente en una mesa.
También mató a su mujer y a un camarero, antes de embarcarse rumbo a El Cairo, donde se le perdió el rastro.
Reapareció en Buenos Aires, desde donde pasó a México, Madrid y, finalmente, Barcelona, donde fue detenido el 9 de junio de 1933 en un bar de La Rambla.
Lo acompañaba otro asesino turbulento, un tal Mario Paraviccini.
La Rocca fue expulsado a Francia y conducido a la frontera rápidamente, el 24 de agosto, en cumplimiento de una petición de extradición.
La apoteosis de La Criolla llegó en marzo de 1934, cuando visitaron el local los actores Douglas Fairbanks padre e hijo.
Durante la República, Casa Sacristán se convirtió en el sofisticado cabaret Wu-Li-Chang.
Adolfo Bueso, el anarquista revolucionario que vimos en acción en 1909, al verlo lo odió considerándolo un nido de «maricones» y «tortilleras».
Mirco fue su cantante estrella, un joven transformista que había nacido en La Coruña y que lucía una ropa espectacular, obra de los modistos Luis Padilla y Pepe Luis.
Los rumores decían que el amante industrial de Mirco le pagaba todos esos vestidos.
Mirco cantaba versiones de Pastora Imperio, Mercedes Serós o Conchita Piquer.
En agosto de 1934 estrenó uno de los cuplés más famosos de todos los tiempos: «María de la O», obra de Rafael de León, Salvador Valverde y el maestro Quiroga.
1934 fue el año cumbre de La Criolla. En mayo lo visitaron Jacinto Benavente, premio Nobel de Literatura en 1922, acompañado de la actriz Margarita Xirgu.
La emoción era desbordante aquel día, casi tanto como el día en que se falló el concurso Miss Barrio Chino para transformistas, que ganó la artista llamada Carmela.
En la banda que le colocaron como premio por su talento y belleza había estampadas las cuatro barras de la bandera catalana.
El espectáculo de los transformistas proporcionó pingües beneficios al señor Sacristán, hasta que la puritana Generalitat de Catalunya prohibió que pudieran subir a los escenarios hombres vestidos de mujer.
En febrero de 1936, Pepe Márquez, el encargado de La Criolla, dimitió y fundó su propia empresa: el cabaret Noches de Barcelona, situado en la calle Tàpies, 5, creado expresamente para competir con La Criolla.
Se rumoreaba que Márquez era un confidente de Miquel Badia, militante de Estat Català y jefe de policía de la Generalitat de febrero a septiembre de 1934.
Al parecer, Badia tuvo que dimitir acusado de prevaricación.
Se había ganado muchos enemigos combatiendo el juego en la ciudad.
El 6 de octubre de 1934 lo encontramos al frente de los escamots armados que dirigía el político Josep Dencàs.
Miquel Badia cayó asesinado a tiros junto a su hermano Josep en la calle Muntaner.
Tres pistoleros de la FAI los mataron a tiros el 28 de abril de 1936; solo un día después, en la madrugada del día 29, caía también tiroteado José Márquez, el exencargado de La Criolla, en el Portal de Santa Madrona, 6, donde vivía.
Márquez fue acribillado por la espalda cuando se disponía a abrir la puerta de su domicilio.
Hacía tiempo que recibía presiones y amenazas por haberse establecido por su cuenta y por ser un delator.
Se rumoreó intensamente que el organizador de aquellos asesinatos era Antonio Sacristán, propietario de La Criolla y Cal Sagristà (Villar, 2017: 155).
La Criolla y Casa Sacristán (o Wu-Li-Chang) empezaron a declinar hacia 1935.
Solidaridad Obrera, portavoz de la CNT, les declaró la guerra y empezó a considerar a sus moradores y clientes como «víctimas del capitalismo».
No le fueron bien las cosas al negocio tras estallar la Guerra Civil.
El destino final de La Criolla quedó sentenciado el 24 de septiembre de 1938, cuando la aviación italiana bombardeó con intensidad el puerto de Barcelona y una bomba impactó de lleno en el número 10 de la calle Cid.
El mítico cabaret quedó reducido a polvo y escombros.
En su álbum de firmas, un transformista famoso llamado Antonio «Alonso» había escrito, el 6 de noviembre de 1931, la siguiente sentencia: «Se vive x años para estar enterrado siglos. Aprovecharse, no perder el tiempo».
Joan Estelrich era también un sensual, como Eugenio d’Ors.
En junio de 1936 había viajado a Budapest para asistir a un congreso de humanistas.
Allí se codeó con escritores de la talla de Thomas Mann, Paul Valéry y Karel Čapek.
Antes de volver, visitó Roma para reunirse con su amante, Paulina Pi de la Serra.
Paseando por sus calles, el 20 de julio, recibió la noticia de la sublevación militar en Marruecos.
El director de la Fundación Bernat Metge se llenó de dudas y de cavilaciones, escribió para sí que como catalán debía sentirse leal al Gobierno, pero que como español su lugar estaba con los insurrectos.
Le empezaron a llegar cartas alarmantes desde Perpiñán: habían sido asesinados algunos dirigentes de la Lliga, y muchos centros de la Lliga Catalana habían sido incendiados.
Los anarquistas patrullaban las calles y derechistas y sacerdotes eran paseados de noche.
El conseller de Cultura, Ventura Gassol (ERC), intentaba evacuar perseguidos de Barcelona, tantos como podía.
Muchos otros militantes de ERC se jugaron la piel salvando vidas: sin ir más lejos, Aurora Bertrana consiguió excarcelar a su editor, Rafael Dalmau, que penaba en la checa de Sant Elies, gracias a la intervención de Artemi Aiguader, conseller de Orden Público, también de ERC.
Para sobrevivir a la guerra y poder seguir publicando, tanto Bertrana como Murià y Rodoreda se inscribieron en las filas de UGT.
En 1937, Andreu Nin desaconsejó a Bertrana que visitara la Unión Soviética para escribir crónicas para La Humanitat; y es que Moscú ya se había convertido en un lugar demasiado peligroso (Balcells, 2015: 283).
Estelrich apoyó la causa franquista, y luego se integró en el régimen, como todos los cambonianos.
Terminó formando grupo con lo que se conoce como «vencedores derrotados» (Pla, Gaziel, Carles Soldevila), vencedores porque habían apoyado la reacción estatalista del ejército sublevado, pero perdedores porque el catalanismo fue aplastado con violencia extrema.
Otros (el político Eduard Aunós, el escritor Carles Sentís, el jurista e historiador Ferran Valls i Taberner o el futuro alcalde Porcioles) se convirtieron en falangistas convencidos.
Francesca Bonnemaison se instaló en Suiza, en la ciudad de Montreux, y desde allí continuó colaborando con las iniciativas de Cambó.
La Generalitat republicana en guerra confiscó el Instituto que había fundado y lo asimiló a la Escola Professional de la Dona el día 3 de septiembre de 1936.
La escuela cambió de local, dejó la Casa dels Canonges que llevaba ocupando desde 1928 y ocupó la sede del Institut, en la calle de Sant Pere Més Baix.