Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #18
Los jóvenes vanguardistas del grupo GATCPAC llenaron los barrios de Barcelona de discretos bloques destinados a acoger a los trabajadores en condiciones dignas, algunos construidos con ladrillos de obra vista, otros con llamativas formas propias de barcos y transatlánticos, y se les unieron algunos arquitectos novecentistas que bebieron del orsismo y de las vanguardias racionalistas a partes iguales.
Los tres autores de la Casa Bloc diseñaron al año siguiente el Dispensario Antituberculoso del pasaje Sant Bernat número 10, en el Raval barcelonés.
Hoy en este edificio con jardín en forma de ele hay un CAP de la Seguridad Social.
Por desgracia, está lleno de excrementos de paloma y grafitis.
Para construirlo, los arquitectos siguieron los consejos de un especialista en enfermedades pulmonares y tuberculosas, el doctor Lluís Sayé, que les recomendó diseñar espacios bien iluminados y ventilados.
Ambos complejos, la Casa Bloc y el Dispensario, se conservan en relativo buen estado y se pueden visitar.
Sayé fue un pionero de la vacunación antituberculosa en España, y sufrió una depuración durante el franquismo.
No hace falta decir que ese impulso reformista quedó totalmente truncado con la guerra (Cabré, 2018: 131-132).
Sin embargo, el distrito V continuaba siendo un lugar con menos oxígeno y aspectos tenebrosos.
La evolución del entorno de La Criolla avanzó en dos direcciones diferentes: por una parte, sus secretos fueron publicitados por la Asociación de Atracción de Forasteros como una golosina turística; por otro lado, el Barrio Chino empezó a convertirse en la nueva capital del tráfico de mujeres españolas obligadas a partir como esclavas sexuales hacia los Balcanes y Turquía.
Cuanto más lucían las atracciones de los salones de baile, más se extendió esta cruda mafia de tráfico humano.
En Buenos Aires funcionó durante veinticinco años una red organizada por los llamados talcovianos, judíos polacos que entre 1906 y 1930 se dedicaron a proporcionar prostitutas a los principales puertos del mundo.
La dictadura del general Uruburu los expulsó y tuvieron que trasladar su negocio a Barcelona.
Las tapaderas elegidas fueron comercios de compraventa de ropa usada.
Este nuevo montaje a gran escala operaba en dos direcciones: en primer lugar, los mafiosos importaban muchachas desde Cracovia, Varsovia o Vilna; y luego embarcaban mujeres españolas hacia ciudades en las que se perdía su rastro.
Es lo que explica que en el Barrio Chino llegara a haber cuatro sinagogas a finales de 1933 (Villar, 2017: 110).
En 1932 se instalaron en La Criolla dos nuevas infraestructuras curiosas: un espejo que permitía observar todo lo que sucedía en la pista de baile sin ser visto y un pasadizo secreto para huidas de emergencia que partía del lujoso despacho de administración.
Hacia 1933, la estrella del local era «Flor de Otoño», un personaje memorable en muchos sentidos: homosexual, cocainómano y anarquista de acción, coordinó el levantamiento de enero de 1933, que tuvo su cuartel general en La Criolla.
Desde allí se distribuyeron bombas para unos ochenta revolucionarios que tenían que asaltar el cuartel de las Drassanes.
Lo impidió un intenso tiroteo por las calles de los alrededores, en el que murieron dos policías y un militante de la CNT-FAI.
Durante la República, las noches en la calle Cid fueron de lo más agitadas.
El 6 de julio de 1932 un sujeto llamado Miguel Ortiz entró en La Criolla, fue directamente al despacho, donde trabajaba el encargado Pepe Márquez, sacó un puñal y le indicó que le entregara toda la recaudación si no quería morir.
Pepe Márquez accedió y dijo que iba a buscar las llaves de la caja: lo que hizo fue escapar por la puerta secreta y regresar acompañado por dos miembros de la Guardia Civil, que apresaron al ladrón.
El asombro de Ortiz debió de ser mayúsculo.
El 24 de diciembre de 1932 pasaron cosas aún más asombrosas.
Se presentaron en el cabaret tres guardias de asalto claramente ebrios que empezaron a destrozar el local: rompían vasos, botellas, sillas y cristales, e increpaban a los atónitos parroquianos.
Los guardias descontrolados sacaron sus pistolas y amenazaron a todo aquel que se les acercase, incluidos guardias municipales.
Al final tuvieron que acudir varios grupos de policía para reducirlos.
Un año después, en enero de 1933, dos guardias sorprendieron a un chico de diecinueve años cuando intentaba vender una pistola.
A veces los clientes más astutos emborrachaban a pobres diablos, los desvalijaban y los dejaban luego ante la puerta de la comisaría más cercana, desorientados y ensangrentados.
La ciudad se caldeaba poco a poco. El 23 de junio de 1933, estalló la huelga en la fábrica de cerveza Damm.
Los obreros decretaron el boicot de los productos Damm y vigilaban que no se vendieran cervezas de esa marca en ningún establecimiento.
La Criolla ignoró el boicot y siguió sirviendo cervezas Damm, lo cual pudo tener consecuencias catastróficas.
El mismo día 23, tres individuos entraron en el cabaret y dejaron un cartucho de dinamita encendido en el retrete antes de darse a la fuga.
Lo encontró Pepe Márquez, al que ya conocemos, cuando estaba a punto de estallar, y logró quitarle la mecha a tiempo. El pobre no ganaba para tantos sustos.
El 5 de junio de 1932, el cacique radical Joan Pich i Pon inauguró el lujoso Club Republicano, en la esquina del paseo de Gràcia con la calle Casp.
Las malas lenguas llamaban al local Real Círculo Republicano Radical, porque la ideología republicana de su presidente, Pich i Pon, no era muy creíble: era presidente de la Cámara de la Propiedad y dueño de los periódicos El Día Gráfico y La Noche .
Tras la insurrección de 1934, y hasta las siguientes elecciones municipales, fue alcalde de Barcelona por designación gubernativa, entre enero y octubre de 1935.
Emiliano Iglesias, que representaba el pasado del Partido Radical, era su oponente principal dentro del organigrama del lerrouxismo.
Con Lerroux en Madrid recibiendo encargos de gobierno, parecía que el Partido Radical estuviera viviendo un buen momento.
En realidad se estaba descomponiendo por dentro, y la polarización de 1935 acabaría dispersando sus activos más influyentes, muchos de ellos salpicados por escándalos encadenados de corrupción.
No podían entenderse las facciones aristocratizantes de los líderes máximos, con los centristas y los elementos más federalistas y anticlericales.
A la larga, el PRR acabó siendo el refugio de la pequeña burguesía nostálgica del orden anterior.
Finalmente, la vieja guardia revoltosa del partido fue barrida para dar cabida a diputados y concejales de centroderecha deseosos de ocupar el espacio político que dejaban Esquerra Republicana por la izquierda y la Lliga por la derecha.
No todo lo que hizo Pich i Pon fue completamente corrupto o deleznable.
El 20 de octubre de 1935 se inauguraba el grupo escolar Collasso i Gil, un proyecto racionalista diseñado por Josep Goday en 1932, muy cerca de la iglesia más antigua de la ciudad, la de Sant Pau del Camp, de estilo románico y bizantino; y cerca también de La Criolla.
El 17 de abril de 1935, Pich i Pon enviaba una carta como alcalde interino de Barcelona al ministro de Justicia, Vicente Cantos, radical como él, pero procedente del antiguo Partido Liberal monárquico, para pedirle que los condenados catalanes por los hechos de 1934 no cumplieran su pena fuera del Principado.
No le hicieron ni caso, y Pich i Pon continuó con sus trapicheos y componendas unos meses más.
El juicio se celebró desde el 27 de mayo al 6 de junio de 1935: Lluís Companys, Joan Lluhí, Martí Barrera, Ventura Gassol, Pere Mestres, Joan Comorera y Martí Esteve fueron condenados a treinta años de cárcel, y ya no salieron de la cárcel hasta el año siguiente.
En ese momento, Pich i Pon acumulaba un poder enorme: era, a la vez, presidente de la Generalitat, alcalde de Barcelona y gobernador civil de la provincia.
Habían sucedido cosas impensables en el consistorio unos meses atrás, como el hecho de que el concejal de la CEDA Jaumar de Bofarull condonara todas las multas pendientes de cobrar a los infractores detectados durante las inspecciones de fincas, y abonara quince mil pesetas a la catedral de Barcelona para que esta pudiera arreglar su órgano.
Ese pago era inconstitucional en aquel momento.
En 1931, el alcalde Aiguader se había encontrado con diez mil expedientes pendientes de cobrar, esperando tranquilamente la hora de la prescripción.
Había sido una práctica común en la Barcelona de la Restauración el ocultamiento de las riquezas.
En noviembre de 1935, el escándalo del estraperlo salpicaba a Pich i Pon y este decidía dimitir de la alcaldía de Barcelona.
El 28 de junio, un tranvía incendiado se estampó contra el edificio de la Telefónica.
Se declaró, de nuevo, el estado de guerra en Barcelona.
La polarización era palpable, casi podríamos decir que explosiva.
El 16 de febrero de 1936, el Frente Popular alcanzaba el 60% del voto en Barcelona, dejando sin acta a los candidatos del Front d’Ordre: Cambó (Lliga), Lerroux (PRR) y Cirera Voltà (CEDA).
Al día siguiente, Carles Pi i Sunyer recuperaba la alcaldía.