Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #17
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #17

Companys y una comitiva variopinta llegan al Gobierno Civil de madrugada, cuando ya clarea.

Están acostumbrados a las noches blancas.

Sus acompañantes son Josep Antoni Trabal, su secretario; el comandante Enric Pérez Farràs; el periodista Carlos Madrigal y dos simpatizantes del Partido Radical, viejos conocidos nuestros: el concejal Ángel Samblancat y el escritor Francisco Madrid.

La idea era convencer por las buenas a Emiliano Iglesias para que entrara en razón y abandonase su extraña cruzada de opereta.

Con el tiempo, Francisco Madrid se convertiría en el secretario del nuevo gobernador civil.

Cuando Companys irrumpe en el despacho del palacio, Iglesias se está comiendo tranquilamente unas croquetas de gallina.

Dice que se las ha preparado el cocinero personal de su predecesor en el cargo.

En un solo día, la provincia tuvo a cuatro gobernadores civiles: José Márquez Caballero, designado por el rey y destituido por el Gobierno Provisional; Emiliano Iglesias, autoinvestido; Enrique Lassala, nombrado desde Madrid y que no llegó a pisar Barcelona, y finalmente Companys, que sería ministro de Marina entre junio y septiembre de 1933.

Iglesias empezó a declarar que su intención había sido impedir en Barcelona una insurrección separatista que consolidara un Estado catalán.

Como no dejaba de alborotar, López Ochoa obligó al viejo lerrouxista a dejar Cataluña y lo envió a Madrid.

Desde su escaño en las Cortes pregonó durante meses que aquel 14 de abril había defendido el «españolismo» de la República naciente.

Que el primer gabinete de Macià se autoproclamaba como la cabeza de un Estado catalán lo demuestra el hecho de que se creara una cartera de Defensa, que ostentará Joan Casanovas.

De este gobierno inicial quedan excluidas la Lliga Regionalista, por decisión del líder, y la CNT, por decisión propia.

Joan Peiró y Ángel Pestaña, sus dos líderes más visibles, adoptan una actitud circunspecta, no hostil pero sí vigilante.

Por otra parte, el espectro que cubre el nuevo ejecutivo es bastante amplio.

Hay dos «ministros» de la Unió Socialista de Catalunya: Rafael Campalans (Instrucción Pública), hombre comprometido con la Escola del Treball de la antigua Mancomunitat, y Manuel Serra i Moret (Economía y Trabajo), exalcalde de Pineda de Mar (1914-1923), ensayista político y traductor de Marx; dos de Estat Català, Ventura Gassol (Política) y Joan Casanovas (Defensa); un radical, Casimiro Giralt (Hacienda), uno de Acció Catalana, Carrasco i Formiguera y finalmente uno de UGT, Salvador Vidal, en Obras Públicas (Bosch, 2022: 79-83 y 156).

Durante la República, ya se fue viendo que el buque insignia de las vanguardias catalanas eran los pintores surrealistas.

J.V. Foix defendió la existencia de una Escuela Catalana desde las páginas de La Publicitat .

El 21 de abril de 1932, el poeta reflexionaba de nuevo sobre la obra de Joan Miró: «Estas búsquedas, sin embargo, no son inútiles ante el hecho de que los verdaderos objetos superrealistas se dan en estado de Naturaleza y que solo en este estado no son arte sino documento.

Estas experimentaciones plásticas tienen, lo reconocemos, su interés.

Diríais que son los espectros de una época dentro de la cual vivimos nosotros mismos como fantasmas.

Los primeros ejemplares fósiles de una cultura de dos mil años».

En la revista parisina Cahiers d’Art, ya en 1934, Foix escribió que «en Joan Miró, sin embargo, no solo no hay ninguna desviación, sino que los que lo acusan de hereje de la pintura tradicional (que son los mismos que tildan de herejes de la pintura en general a todos los que osan expresarse plásticamente de una manera distinta de la oficial, escolar y temporal) olvidan que la tradición pictórica, como la literaria, no se ha establecido por comunicación de habilidad manual de padres a hijos, sino, en su acepción filosófica, por “revelación” original».

Los nuevos pintores rompían con la tradición de forma estridente, pero entroncaban, según Foix, con la pintura medieval catalana, la de los ábsides románicos y los retablos góticos.

El otro monarca del surrealismo era Salvador Dalí, de quien habló Foix también en La Publicitat el 13 de abril de 1932: «Una parte de la obra de Dalí es chirichiana — metafísica, menos abstracta, pero más sensual, más carnal, menos arqueológica, más viviente, menos veleidosa, más actual, menos situacionista, más clara, menos germánica, más dura, menos preciosista, menos d’orsiana» (2020: 270).

La pintura catalana surrealista no es que hubiera logrado ya incorporarse a la corriente europea, eso había sido mérito de los Nonell, Rusiñol, Casas, Utrillo o Sunyer, es que había pasado a liderarla.

El 26 de abril de 1931 han subido al Estadi de Montjuïc sesenta mil personas, no tanto para ver el partido de fútbol que está a punto de disputarse, sino más bien para ver en el palco a las dos personalidades más destacadas de la República: su flamante presidente, Niceto Alcalá-Zamora, de visita en la ciudad, y el gran triunfador de no hace ni dos semanas, el presidente catalán Macià.

Ambos escenifican un momento dulce en las relaciones hispanocatalanas.

Una culminación curiosa porque Alcalá-Zamora no había destacado precisamente por su amor a la causa autonomista catalana.

Él había votado en contra del Estatuto de 1918, promovido por la Lliga, y también era el autor de la frase que continúa vinculada a la figura de Francesc Cambó, al que acusó de querer ser «el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España».

Sin embargo, el objetivo de la cumbre está claro: apuntalar el nuevo régimen democrático y darse un buen baño de multitudes. La idea había sido de Lluís Companys.

La visita podría haber acabado con malas noticias unas horas antes, cuando el presidente español intentaba bajar del tren en la Estación de Francia y abrirse paso hasta el automóvil oficial.

Eran casi las diez y media de la mañana.

La gente se acumula en la plaza de Antonio López y la nueva Via Laietana, no muy lejos de donde unos días antes se había congregado con tono amenazante para forzar la salida del gobernador civil monárquico.

En unos días la ira se ha convertido en alegría incontenible.

En la estación, recibe a Alcalá-Zamora el ministro de Economía, Lluís Nicolau d’Olwer.

Cuando el convoy entra en la estación, se oyen unas salvas de cañón procedentes del castillo de Montjuïc.

Del tren se han colgado republicanos entusiastas, agitando banderas.

Ya en los coches, la comitiva intenta abrirse paso hacia la plaza de la República, es decir, la plaza de Sant Jaume.

En el primer vehículo van el gobernador civil y el ministro de Economía, en el segundo los dos presidentes.

Un trayecto de cinco minutos tarda una hora en completarse.

Las bandas de música tocan el Himno de Riego y La Marsellesa.

Lo que intentó ser la Generalitat republicana dejó huella en muchos rincones de la ciudad.

Por ejemplo, en el paseo de Torras i Bages, en el antiguo municipio de Sant Andreu del Palomar, se construyeron unos bloques de pisos para alquilar que actualmente se consideran una obra maestra de la arquitectura racionalista autóctona.

En 1932, tres arquitectos jóvenes, Josep Lluís Sert, Joan Baptista Subirana y Josep Torres Clavé, firmaron un acuerdo con la Generalitat que se hizo llamar Plan Macià, en honor del primer presidente autonómico.

Se trataba de construir casas de alquiler baratas, funcionales, pero también con un punto lujoso, y el hecho de que la Casa Bloc se construyera en una barriada notoriamente obrera dice mucho del espíritu del proyecto.

Josep Lluís Sert era íntimo amigo de Joan Miró, y por esta razón recibió el encargo, en 1975, de diseñar y construir la Fundació Miró, en los estertores de la Barcelona franquista y porciolista.

Ese edificio visionario fue el canto del cisne del racionalismo barcelonés, incluyendo soluciones muy originales: salas con dos planos que se podían ir recorriendo sin necesidad de retroceder, claraboyas para que hubiera abundante luz natural, y el aire mediterráneo característico de la escuela arquitectónica.

Miró y Sert viajaron juntos a Madrid para visitar al gobierno autonómico catalán, encarcelado por los hechos revolucionarios de octubre de 1934.

También lo hizo Aurora Bertrana para visitar a su amigo Ventura Gassol, que esperaba juicio en la cárcel, y más adelante, una vez condenado, fue a confortarlo hasta el penal de Cartagena.

El complejo de la Casa Bloc incluía doscientas siete viviendas dúplex en cinco bloques organizados en zigzag y sostenidos por pilares, como era habitual en los trabajos y planos de Le Corbusier.

De hecho, la Casa Bloc es uno de los pocos edificios catalanes racionalistas que cumplen con los cinco puntos programáticos de Le Corbusier, publicados en L’Esprit en 1927: 1) planta baja sobre pilares para permitir la circulación de vehículos, 2) planta libre para mover los tabiques, 3) fachada libre de elementos estructurales para poder diseñarla sin condicionantes, 4) ventanas apaisadas para dejar entrar más luz en los interiores y 5) terraza-jardín en la cubierta del edificio.