Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #16
«De aquí no nos sacarán sino muertos» es una de las últimas frases que se escucharon en el hemiciclo de las Cortes de la Primera República, en 1874, justo antes de que los diputados fueran desalojados por el ejército.
Las palabras de Macià («libertad que acabamos de reconquistar») hacían referencia al final ya lejano de las instituciones de autogobierno en 1714.
Los republicanos catalanes de 1931 tenían muy claro que pretendían recuperar las instituciones disueltas y reentroncar con ellas, y por lo tanto no fue ninguna casualidad que el gobierno autonómico republicano se denominara, precisamente «Generalitat», a partir del 17 de abril de 1931, en recuerdo de la Diputació del General de la antigua Corona de Aragón.
A las seis de la tarde se empiezan a conocer los resultados electorales.
La nueva coalición de Macià, Esquerra Republicana, una formación estrictamente nueva, aplasta a sus oponentes y obtiene veinticinco concejales; la Lliga Regionalista, hegemónica hasta ese momento, se ha de conformar con doce, los mismos que obtiene la coalición republicano-socialista.
El representante de la Lliga en Madrid, Joan Ventosa, recomienda a Alfonso XIII que no se marche y que se quede para nombrar un gobierno constitucionalista.
La gran perdedora de la jornada es Acció Catalana, que no obtiene representación.
Un resultado tan decepcionante e inesperado golpea duramente a Rovira i Virgili, federalista veterano, que comprende muy pronto que se ha de hacer macianista si quiere contar algo en el nuevo escenario.
Macià tiene setenta y dos años cuando es proclamada la República.
Se trata del momento culminante de su vida, un momento por el que había suspirado desde 1905, cuando abandonó el ejército español indignado por los asaltos contra la redacción de ¡Cu-Cut!
y otras publicaciones catalanas. Ha pasado por el exilio y por la cárcel; su cruzada política le ha conducido a los escenarios más lejanos (Cuba, Moscú).
Por la noche, durante su última alocución del día, cambia sustancialmente de mensaje, y habla de «República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica»; ya ha hablado con Alcalá-Zamora, y asegura que el nuevo presidente está de acuerdo.
Sin embargo, los acontecimientos políticos tomarían otro derrotero.
Las ediciones vespertinas de El Liberal y L’Opinió se agotan en pocos minutos.
A las nueve, Alfonso XIII ya se encuentra camino del exilio.
Alcalá-Zamora y Macià negocian quién ocupará la Capitanía General.
Macià propone el nombre de Eduardo López Ochoa, y Alcalá-Zamora lo acepta y firma el nombramiento.
En estos momentos, otra multitud se encuentra congregada en torno a la Capitanía Militar, cerca del puerto.
El nuevo capitán general toma posesión del cargo a las diez, y promete mantener el orden de la República.
El cargo saliente, Ignasi Despujol, abandona el edificio discretamente y tratará de vengarse en 1936.
López Ochoa morirá linchado el 17 de agosto de 1936.
La CNT llama a la huelga obrera, pero los republicanos hacen una finta y declaran el 15 de abril «fiesta nacional» para contrarrestarla.
Muy pronto será enviado a Madrid Manuel Carrasco i Formiguera, para negociar con el Gobierno Provisional.
Carrasco, democristiano procedente de la Lliga y de Acció Catalana que participó en el Pacto de San Sebastián (17 de agosto de 1930), se convertirá en el primer conseller de Sanidad del gabinete Macià.
Fue fusilado en Burgos el 9 de abril de 1938.
La Cataluña de la Segunda República contaba con un Stewart Granger particular, el polígrafo Nicolau Maria Rubió i Tudurí.
Este hombre se codeaba con los dos primeros presidentes de la Mancomunitat, Prat de la Riba y Puig i Cadafalch, y se formó en aquel ambiente tan moderado como innovador, aunque supo imprimir a su vida un aire aventurero.
Su hermano fue un conocido arquitecto modernista, uno de los más originales, colaborador de Gaudí, autor de la famosa torre conocida como «El Frare Blanc», en la avenida del Doctor Andreu, cerca del Tibidabo.
En su libro Caceres a l’Àfrica tropical (1926), pionero en su género, narró diversas expediciones de caza mayor que había emprendido junto a amigotes tan inquietos como él.
Como Primo de Rivera había restringido la prensa en catalán, el mercado del libro vivía un momento de expansión.
Lo de Caceres a l’Àfrica tropical fue una auténtica explosión: no había ocurrido nunca que un libro de viajes y aventuras con hienas y cocodrilos vendiera cuatrocientos ejemplares en una sola semana.
En 1947 vio la luz una versión del libro en español, Cacerías en la selva africana, publicada por Juventud.
Soldevila, Sagarra y Gaziel saludaron el libro desde sus respectivas tribunas críticas.
Su mayor hazaña la protagonizó en 1932, cuando su pandilla decidió partir de Argel para cruzar el Atlas y el Sáhara hasta el río Níger, unos ocho mil kilómetros que hicieron a bordo de un camión bautizado como «Barcelona».
La crónica de aquella locura la publicó en forma de libro aquel mismo año (Sahara-Níger, Llibreria Catalònia), dedicado a su gran amigo y compañero de fatigas, Joan Botey.
Cuenta Rubió que cuando la expedición llegó a Gao, lo primero que hicieron los exploradores fue enviar un telegrama al presidente Macià.
Tendrían que pasar casi treinta años antes de que Nicolau Maria Rubió i Tudurí publicara de nuevo sobre sus andanzas africanas.
Lo hizo bajo el franquismo, en 1960 (Viatges i caceres a l’Àfrica negra, Joventut), en una edición muy limitada.
En 1955 había viajado a la selva por quinta vez, esta vez acompañado por su esposa, Montserrat Pla.
En esta ocasión el periplo empezó desde Dakar, ciudad a la que llegaron por vía aérea.
Se le había pasado un poco a Rubió el ansia por abatir animales salvajes, ahora prefería filmar la fauna con la que se encontraba, en un contexto mucho menos peligroso que en los años veinte.
Aún en 1973 reincidía este viajero apasionado, acompañado por su hermano menor Ferran, que lo admiraba mucho y que costeó una nueva edición semiprivada de sus correrías.
Rubió era también novelista y dramaturgo, aunque sus ficciones no alcanzaron nunca el éxito de sus crónicas.
De 1954 es su novela corta Cacera en el no-res, que pasó sin pena ni gloria.
No ho sap ningú (Club de Nove l· listes, 1961) tenía un diseño narrativo más ambicioso y estuvo a punto de ganar el primer Premio Sant Jordi.
Un crim abstracte o el jardiner assassinat (Editorial Barna, 1965) recogía ocho cuentos suyos; uno de ellos era bastante sorprendente.
En Una gran sotragada, una especie de fantasía distópica, imaginaba un mundo traumatizado por un gran Apocalipsis, que terminaba con la intervención de Jesús redivivo y unos cuantos seres extraterrestres.
El género ya no era extraño a las letras catalanas: Llorenç Vilallonga publicaría, en Destino, su interesante Andrea Víctrix, reinterpretación de Un mundo feliz, en 1973.
Políticamente, Rubió i Tudurí formó parte de Acció Catalana, es decir, la escisión de la Lliga de 1922 cuyos miembros planteaban una acción nacionalista alejada del pragmatismo de Cambó.
La parte menos conocida de la obra de Rubió es la del ensayo político, seguramente porque pecó de escasa aplicabilidad.
Sus libros políticos los firmó con el seudónimo «N.
Mart», y los redactó junto a su hermano Marian.
El primero fue Estat Espanyol, Societat Anònima (1930) y el segundo Catalunya amb Europa.
Més enllà del separatisme (1932). En ellos arremetía contra Ortega y Unamuno, los dos representantes máximos del pensamiento español, y soñaba con una Federación Europea que superara tanto las cortapisas estatales como el separatismo radical que se había ido consolidando durante la dictadura de Primo de Rivera.
Entretanto, iba traduciendo al catalán nada menos que a Montaigne (Assaigs, Llibreria Catalònia, 1930).
Como muchos otros intelectuales de Acció Catalana (por ejemplo, el mismo Rovira i Virgili), Rubió acabó ingresando en Esquerra Republicana de Catalunya.
En 1937, el responsable del Comisariado de Propaganda de la Generalitat, Jaume Miravitlles, lo envió a París como embajador de la autonomía catalana.
A Londres fue enviado su amigo Batista i Roca, que tenía un carácter más explosivo e ingenuo.
En París, Rubió trató de acercarse a Italia para intentar que firmara la paz separadamente de España, lo cual hizo que el presidente Negrín ardiera de ira.
Rubió, pues, pasó parte de la guerra y su final desastroso en Francia.
Durante la ocupación se ganó la vida holgadamente con el diseño de joyas y cerámicas, demostrando que era un hombre realmente polifacético.
En 1942 se casó con Montserrat Pla, barcelonesa de buena casa, quien luego compartió con su esposo un auténtico frenesí viajero.
En París recibían asiduamente al exministro Nicolau d’Olwer y al escritor Rafael Tasis, pionero de la novela negra en catalán (Manent, 1984: 16-28).
Nuestro Stewart Granger volvió a Barcelona en 1945, donde siguió escribiendo y rebullendo hasta edad muy avanzada.
Finalmente, Companys no fue alcalde de Barcelona.
Macià lo envió al Gobierno Civil para echar a Emiliano Iglesias, que se había emboscado allí.
El escogido para ostentar la vara municipal es Jaume Aiguader, de Estat Català, quien durante la dictadura de Primo de Rivera ha sido el principal contacto de Macià en el interior del país.