Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #15
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #15

Otro problema interno de ERC era la autonomía excesiva de uno de sus principales componentes: Estat Català.

Disponía de locales propios y de un grupo nutrido y cohesionado de militantes, nacionalistas a ultranza, poco amigos de componendas.

Controlaba también las JEREC (Joventuts d’Esquerra-Estat Català), que, en correspondencia con el espíritu de la época, empezaron a desmandarse.

Las JEREC fueron lideradas por Josep Dencàs, nombrado conseller de Sanidad y Asistencia Social (febrero de 1933), y Miquel Badia, que llegaría a jefe de Orden Público de la Generalitat.

Las JEREC organizaron escuadrones autónomos que protegían el Palacio de la Generalitat.

A finales de 1933, eran nueve mil militantes.

Para hacernos una idea, en su mejor momento, el Partit Obrer Unificat Marxista, creado en 1935 como fusión del Bloque Obrero y Campesino de Maurín y la Izquierda Comunista de España de Andreu Nin, llegó solo a los seis mil militantes.

Una mañana, el concejal del partido Dreta Liberal Democràtica Felip Solà i Cañizares dijo en el pleno que las cosas habían empezado a torcerse en la ciudad cuando llegaron los «bárbaros de Prats de Molló», es decir, los macianistas.

Miquel Badia se presentó en el ayuntamiento al mando de un escuadrón armado, y si el asunto no llegó a más es porque mediaron unos concejales de ERC.

Esto ocurrió en abril de 1933. Los conservadores empezaban a sentirse realmente amenazados.

Solà había publicado en enero de 1932 un libro muy crítico con ERC que levantó ampollas entre los macianistas: El moviment revolucionari a Catalunya, que analiza con detalle los inicios de la transición política de 1930 en Cataluña.

Su tesis es que la creación de ERC trastornó el cambio moderado y pacífico necesario y le añadió un plus de «furor revolucionario» completamente inoportuno.

El 22 de octubre de 1933, las JEREC desfilaron por las calles de Barcelona hasta el estadio de Montjuïc, donde hubo discursos y espectáculos deportivos.

Algunos de los testimonios calificaron la procesión como «desfile militar».

El día 25, los escuadrones irrumpieron en la redacción del semanario satírico El Be Negre y destruyeron mucho material.

Mostraron pistolas y se llevaron cinco mil ejemplares de la revista.

Se trata de una extraña paradoja de la historia: Francesc Macià abandonó el ejército español cuando este asaltó la redacción del ¡Cu-Cut!

en 1905 para abrazar el catalanismo integral, y veinte años más tarde eran militantes de su partido, Estat Català, los que cometían una tropelía parecida. Está claro que aquello no podía durar.

La Unió Socialista de Catalunya amenazó con dejar el gobierno.

En enero de 1933 estalló una grave crisis en la Generalitat, y dimitieron cuatro consellers: Joan Lluhí (jefe del consejo ejecutivo y Obras Públicas), Pere Comas (Justicia), Josep Tarradellas (Gobernación) y Antoni Xirau (Economía).

Más tarde, el grupo L’Opinió, muy crítico con Estat Català, era expulsado de ERC.

En enero de 1933, las JEREC decidieron disolver sus fuerzas de choque, con la promesa de restaurarlas si el pueblo catalán volvía a correr peligro.

En 1931 se funda en Barcelona el Lyceum Club, importante asociación feminista, y hemos de detenernos en la figura de una de sus primeras presidentas, la filósofa Maria Carratalà van den Wouver (1899-1984), cuya obra quedó dispersa en varias de las mejores revistas del momento.

Carratalà, dramaturga, concertista de piano, crítica literaria y musical, empezó a publicar en los años veinte en Art Novell y La Nova Revista .

Luego, en la década siguiente, brilló aún más: lideró el Lyceum Club en 1933, tradujo a Jean Cocteau, Goethe, August Strindberg y Tristan Bernard; publicó numerosos artículos en El Matí y también en Meridià, D’Ací i d’Allà, Boletín Musical de Córdoba, Evolució, Claror, Ciutat y La Dona Catalana .

Se especializó en musicología y en el análisis de las obras de Freud y del conde de Keyserling.

La encontramos al piano en un estreno privado de 1926.

Manuel de Falla, Frank Marshall y Enric Morera estaban entre el público selecto.

Francesc Pujols explicó en aquella velada que la música que se acababa de interpretar era una versión sonora de la arquitectura de Gaudí.

Eugenio d’Ors se hubiera incomodado bastante de haber oído todo aquello, pero estaba en Madrid.

La velada se proponía ejecutar la pequeña revolución musical que Jaume Pahissa estaba intentando impulsar a partir de las concepciones de Arnold Schönberg.

Pahissa creía que su nueva música «intertonal» tenía que empezar a caminar allí donde Richard Wagner se había detenido: para lograrlo se inspiró en Richard Strauss y diseñó un sistema tonal más amplio que el clásico con la idea de abrir la puerta a disonancias irracionales.

Pahissa había sido declarado «noucentista» por Xènius veinte años antes, y acabó representando la punta de lanza de la vanguardia musical en Barcelona.

Por su parte, Carratalà lamentaba que en Barcelona solo hubiera una orquestra estable, la que lideraba Pau Casals, y que faltaran núcleos de formación y buen gusto.

La ciudad brillaba por sus arquitectos, sus filósofos y sus poetas, y parecía que el estudio de la antigüedad cobraba una velocidad constante: la gran olvidada seguía siendo la música.

El público aplaudía sardanas como si fueran grandes composiciones, y coincidía con el crítico Modest Vidal en que Enric Morera y Eduard Toldrà se lanzaban a escribir óperas sin saber suficiente teoría musical.

Era lamentable que no existiera una Escuela Superior de Música.

En 1931, Carratalà estampó el siguiente juicio: «Si Bach y Beethoven llegan a nacer catalanes no existirían ni la Pasión según San Mateo ni la Novena Sinfonía, sino que hubieran escrito otros Gozos del Rosario y unas cuantas sardanas más».

Era en gran parte cierto: Juli Garreta iba componiendo sardanas, aunque en realidad era un músico notable, de altos vuelos; de vez en cuando Pau Casals le encargaba obras para estrenarlas luego.

Pero se trataba, en general, de excepciones en un ambiente muy mediocre (Cuscó, 2022: 70 y 83).

Mientras Companys se apodera del ayuntamiento, Francesc Macià, presidente de Esquerra Republicana de Catalunya, está hojeando libros en la librería de Armando Otero, en la calle de Boters.

Aún no sabe nada, aún no ha participado en ninguna acción o deliberación.

En la redacción de La Noche, Joan Casanovas, escudero de Macià, es informado de las iniciativas de Companys y manda avisar a «L’Avi».

Macià se dirige rápidamente a la plaza de Sant Jaume, pero allí es inmovilizado por una multitud que se le echa literalmente encima y que solo busca abrazar al líder, besarlo, alzarlo. La fiebre revolucionaria crece.

Macià consigue llegar al palacio consistorial con la ayuda de unos guardias.

En el interior mantiene una acalorada discusión con Companys.

¿Cómo es posible que no haya contado con él, que haya improvisado en un momento tan crítico?

Casanovas lo tiene muy claro, cree que Companys es un hombre taimado, que busca apartar a Macià del poder.

Este es un hombre meticuloso (no olvidemos que era un exmilitar), no comprende cómo se puede proclamar una «República» sin decidir antes si esta es «española», «catalana», federal o unitaria.

¿Qué rayos hay que proclamar inmediatamente desde el palacio del otro lado de la plaza?

He aquí el dilema, máxime cuando en Madrid aún no han movido ni un dedo.

Finalmente, aparece un pregonero municipal en el balcón con un cornetín, y empieza a tocar «La Marsellesa».

Los manifestantes están eufóricos, empiezan a cantar a voz en grito.

Luego aparece Macià y se desata la locura.

No hay modo de que se haga el silencio. Macià dice lo siguiente, evidentemente en catalán: «¡Ciudadanos!

En nombre del pueblo de Cataluña, proclamo el Estado catalán, que con toda cordialidad procuraremos integrar en la Federación de Repúblicas Ibéricas».

El mensaje es sustancialmente diferente del de Companys.

Aquí ya no se habla únicamente de «República», sino de «Repúblicas», de Estados distintos federados.

Es decir, de pimargallianismo. Es decir, separación y reunión, autodeterminación pero no exacta o totalmente independentismo.

La multitud literalmente enloquece de júbilo.

A las dos y cuarto, Macià se dispone a cruzar la plaza.

Es casi una misión imposible, y lo acompañan sus hombres de confianza: el poeta Ventura Gassol, Joan Casanovas y Jaume Aiguader.

En el Palacio de la Diputación solo se encuentran el secretario personal del presidente, el jefe de protocolo, y algunos ciudadanos que pululan libremente bajo las bóvedas góticas.

«L’Avi» realiza una segunda aparición desde el balcón, el balcón del otro palacio.

Dice lo siguiente: «En nombre del pueblo he tomado posesión del Gobierno de Cataluña.

El pueblo nos ha dado su voto para que gobernemos la ciudad y yo, en nombre de Cataluña, me hago cargo de su gobierno y os digo que aquí nos quedaremos dispuestos a defender sus libertades.

Espero que el pueblo sabrá hacer lo mismo.

De aquí no nos sacarán sino muertos. También os digo que hemos de ser dignos de la libertad que acabamos de reconquistar y espero que el pueblo sabrá, si es preciso, morir con nosotros para defenderla» (Bosch, 2022: 31-33).