Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #14
85%

Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #14

A setecientos kilómetros de allí, en la plaza de Sant Jaume, los hechos se aceleran.

Unos jóvenes exaltados se enfrentan a los Mossos d’Esquadra y logran penetrar en la Diputación Provincial, futuro Palacio de la Generalitat.

Los asaltantes izan una segunda bandera republicana en el balcón, y un busto de Alfonso XIII es arrojado desde lo alto.

La estatua queda decapitada en el suelo por el golpe (Bosch, 2022: 19-23).

En el Saló de Cent del Palacio del Ayuntamiento, una joya del gótico civil donde todavía se celebran los actos de gala de la institución, Jaume Aiguader es nombrado por aclamación por treinta y cuatro de los cincuenta concejales electos de la ciudad.

Asistieron veinticinco de Esquerra Republicana y la Unió Socialista de Catalunya, fuerza política hermanada y aliada de los macianistas; ocho de los doce de la Conjunción Republicano-Socialista y el radical disidente Manuel Santamaria.

De la Lliga Regionalista no se presentó nadie.

Los primeros meses de mandato no fueron nada apacibles.

Emiliano Iglesias, desde el lerrouxismo, presentó una moción que se proponía erigir un monumento de homenaje a Ferrer y Guardia, en la montaña de Montjuïc, donde había sido ejecutado.

Aquello era el summum de la hipocresía. Se lo hizo notar un concejal liguero, Josep Cabré.

Dijo textualmente que nadie como Emiliano Iglesias había contribuido más a condenar a Ferrer, lo que produjo un altercado en la sala, durante el cual el jefe de la mayoría de ERC llegó a lamentar en voz alta no haber guillotinado a todos los regionalistas.

La crispación aumentó cuando el 27 de noviembre de 1931 se derribaron todas las paredes que separaban el recinto católico del civil en todos los cementerios de la ciudad.

En Madrid, el 6 de mayo de 1932, se iniciaban los premiosos debates para la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña.

Para cada artículo sus detractores presentaban entre treinta y cuarenta enmiendas, y así el proyecto avanzaba a trancas y barrancas.

El conseller de Cultura de la Generalitat fue enviado a la capital para su defensa.

Descansaba en su hotel cuando unos vándalos irrumpieron en su habitación, lo ataron y le cortaron la melena.

Pero el conseller, que no era otro que el poeta Ventura Gassol, antiguo escudero de Macià en Francia, logró desatarse, sacar una pistola y disparar contra los agresores.

Estos pudieron huir con el rabo entre las piernas (Solano, 2022: 46-47 y 60).

Esto ocurría el 1 de junio de 1932; el día 29 se conseguía aprobar el primer título del Estatuto, que sumaba cuatro artículos, con lo cual la maniobra ya no tenía marcha atrás.

Cuando en Barcelona se enteraron del golpe de Estado militar encabezado por José Sanjurjo (10 de agosto), se cerraron a cal y canto todas las puertas del ayuntamiento excepto la principal, la que daba a la plaza de la República (hoy Sant Jaume).

La tensión crecía, pero la Sanjurjada aceleró el proceso de aprobación del estatuto, porque los golpistas habían declarado explícitamente que no iban a tolerar ningún «desmembramiento» de la nación española.

No había pasado ni un mes cuando La Publicitat destapaba un caso escandaloso de corrupción política.

Cinco concejales de ERC y un radical eran expulsados del consistorio acusados de vender cargos y empleos públicos por valor de cinco mil a siete mil pesetas.

El asunto dejó al grupo de gobierno en minoría, en manos de los caprichos de los lerrouxistas y con los ligueros con más poder para detener las reformas de los republicanos.

Un caballo de batalla de la etapa de gobierno de Aiguader fue el saneamiento y la racionalización en las contrataciones de personal municipal; su sucesor Pi i Sunyer consiguió el 9 de mayo de 1934 que se detuvieran las contrataciones, mientras se analizaban anteriores etapas de enchufismo y despilfarro público.

Todos los problemas parecían llegar a la vez: «Lluís Plandiura era una fabricante de azúcar y coleccionista, que al arruinarse puso a la venta sus obras de arte.

La cuestión había dividido ERC y la sociedad durante la primera mitad de 1932.

La junta de museos recomendaba la compra y L’Opinió y La Humanitat la apoyaban.

En cambio, La Falç y gran parte de la oposición estaban en contra por el gasto que suponía.

El 21 de julio de 1932 se aprobó la compra, pero los concejales Vinyals, Sánchez Silva, Bertran de Quintana, Marlés y Francesc Costa prefirieron abstenerse de la sala.

La colección tuvo un coste de siete millones de pesetas y fue necesario un préstamo de la Caixa d’Estalvis i Pensions per a la Vellesa» (Solano, 2022: 67).

En general, el equipo de gobierno de ERC intentó impulsar un gran paquete de reformas que chocó contra una plantilla poco proclive a los cambios, acostumbrada a tratar y confraternizar con los radicales y la Lliga.

El 15 de octubre de 1933 la alcaldía quedó seriamente herida por la creación de una escisión de ERC, el Partit Nacionalista Republicà d’Esquerra (PNRE), formada por elementos procedentes del grupo de L’Opinió y del influyente centro La Falç, siempre díscolo.

Estalló en Barcelona un fenómeno periodístico y literario paralelo al de Aurora Bertrana: se llamaba Rosa Maria Arquimbau y era igualmente explosiva, con un punto más de malicia si cabe.

Entre 1930 y 1933, publicó básicamente en La Rambla y L’Opinió, una revista republicana que gozaba de gran prestigio.

Los temas que tocaba Arquimbau eran de una osadía insólita para la época («Del nudismo», 15 de diciembre de 1930; «Feminismo republicano», 20 de abril de 1931; «El miedo al divorcio», 7 de septiembre de 1931; «Del histerismo», 21 de septiembre de 1931; «La Escuela Única», 12 de junio de 1931; «Laicismo», 26 de junio de 1932; «Las mujeres no podrán votar», 15 de octubre de 1932; «Elogio y condena del flirt», 3 de diciembre de 1931; «Matrimonio», 12 de febrero de 1933), y además lo hacía con un desparpajo que aún hoy es una modernidad notable.

Arquimbau era partidaria de no segregar por sexos en la escuela, detestaba la doble moral erótico-sexual e hizo campaña por el voto femenino.

Este se abrió camino en Cataluña con muchas reticencias: el 20 de abril de 1932, Carme Karr impulsó una petición al presidente Macià para que las mujeres pudieran votar en las primeras elecciones al Parlamento de Cataluña.

La apoyaban Acció Femenina, la sección femenina de la Lliga Regionalista, individualidades procedentes del mundo católico y conservador, y también recibió adhesiones desde el campo socialista: apoyaron la moción, desestimada, Leonor Serrano, desde la Unió Socialista de Catalunya, y Ángeles Palomas, desde el PSOE.

Anteriormente, Josep Pla había pedido el derecho a voto para las mujeres desde La Veu de Catalunya, y Anna Murià lo felicitó por ello en su artículo «Josep Pla demana el vot femení» (La Dona Catalana, 20 de junio de 1930).

En cambio, Aurora Bertrana era de las que creía que la mujer española aún no estaba madura para dar aquel paso, y en general no hubo protestas ni movimientos de desafío en el seno de Esquerra Republicana.

Parecía el mundo al revés: en Madrid, el partido de Azaña, Acción Republicana, había votado en contra del sufragio femenino.

Otra periodista coetánea preocupada por la justicia social fue Irene Polo, que trabajó intensamente en Imatges, La Rambla, La Humanitat, L’Opinió, L’instant y Última Hora, entre 1930 y 1936.

Irene Polo fue una innovadora memorable, por sus trajes de sastre, por su homosexualidad y su valentía a la hora de llevar pantalones y perseguir personalidades para lograr entrevistas improvisadas.

Así es como conoció a Buster Keaton y al novelista Pío Baroja, cuando este visitó la ciudad.

En aquellos años, se destacó como oradora Paulina Pi de la Serra, que militaba en la sección femenina de los regionalistas.

La llamaban «El Ruiseñor» de la Lliga. Pi de la Serra afirmaba que la mujer tenía que desarrollar un importante papel político sin caer en los extremismos de las sufragistas inglesas, ni olvidar que las mujeres no podían ni debían invadir las actividades reservadas al hombre.

Lo recalcó en el Casal Català Prat de la Riba: «Una mujer bien catalanista sabe que más vale colaborar que no imponerse.

La mujer, por inteligencia y talento que tenga, no ha de querer imponerse sino actuar al lado del hombre, como le manda Dios al hacerla colaboradora y guía» (La Veu de Catalunya, 15 de enero de 1933; Balcells, 2015: 245).

En su conferencia «La mujer y el ideario de la Lliga», pronunciada en el Centre Autonomista Republicà de L’Hospitalet de Llobregat y luego reproducida en La Veu de Catalunya (1 de abril de 1933), insistió en estas ideas claramente tradicionalistas.

Arquimbau también hablaba fuerte y claro, pero desde la izquierda: «Cualquier disparate, cualquier desacierto en la mujer sirve para atribuirle la vejación del histerismo.

Una intelectual, una artista, simplemente una mujer que haga lo que le venga en gana y tenga la valentía de no esconderse, ya es una histérica».

En «El uniforme de las vampiresas» (L’Opinió, 5 de noviembre de 1932) se reía de las mujeres fatales del cine y de la extravagancia exagerada de los norteamericanos.

Aunque al feminismo actual no le parecerían aceptables algunas de las posturas pragmáticas o «tácticas» de Rosa Maria, es evidente que el caso Arquimbau, de no haber mediado el franquismo y su propia enfermedad, hubiera podido consolidar una escuela fuerte de feminismo satírico y combativo.