Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #13
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #13

En 1924, tuvo que dejar la academia de música, pero no la interpretación.

Bertrana nunca supo quedarse quieta. En Ginebra monta el primer trío de jazz femenino y se instala para tocar en otro hotel de Chamonix.

El 15 de julio de 1924 se gasta sus últimos veinte céntimos en enviar una carta a su amigo Lluís Nicolau d’Olwer: le explica que se encuentra sola y enferma en una cabaña alpina que se le ha inundado. Su situación es desesperada.

Cuando regresó, se casó y empezó a escribir los relatos oceánicos de Peikea.

La escritora Anna Murià la entrevistó el 14 de diciembre de 1930, y en la entradilla del artículo escribió lo siguiente: «El carácter de Aurora Bertrana es de una tan gran simplicidad, que, por el contraste con los que estamos acostumbrados a observar, nos parece hasta primitivo.

Es de una tan completa lisura de superficie, que produce ilusiones ópticas.

Ella lo define así: “Soy salvaje”. Cierto; es un alma primitiva que sigue sus impulsos puros, que no discute la naturaleza ni le regatea nada.

Es un primitivismo, no aminorado, sino enriquecido por la cultura y la ciencia».

Y sentenciaba: «Aurora Bertrana tiene una idea amplia, sencilla, justa, de la libertad; y además, un gran amor a esta libertad» (2022: 189).

Aurora Bertrana ingresó en el Ateneu Barcelonès en 1929, junto con la poeta Llucieta Canyà; Rosa Maria Arquimbau lo hizo en 1933, como la escritora Maria Teresa Vernet, y Mercè Rodoreda, en 1934.

Si embargo, todas esas mujeres modernas no podían participar en las tertulias de la institución.

El 18 de noviembre de 1933, Aurora Bertrana fue la única oradora en un mitin de Esquerra Republicana de Catalunya, celebrado en el Teatro Olimpia, junto al conseller Ventura Gassol, el catedrático de filosofía Jaume Serra Húnter, el arquitecto Nicolau Maria Rubió i Tudurí, el médico Josep Dencàs, el presidente del Parlamento Joan Casanovas, el diputado Antoni Maria Sbert y el presidente Macià.

El 10 abril de 1932 se había formalizado la sección femenina del partido, y hasta la guerra no paró de pronunciar conferencias feministas.

En 1938, la autora de Paradisos oceànics tuvo que volver a Suiza, pero no para tocar música, sino para huir de la guerra.

Su marido se había declarado franquista y había cambiado de bando.

Aurora llevaba ya afiliada a Esquerra Republicana de Catalunya bastante tiempo.

En los años cuarenta, Aurora Bertrana lo pasó muy mal en el exilio; logró subsistir a base de donativos que le enviaban otros exiliados catalanes y sus amigos de la bohemia local (Bàrcia, 2022: 111-122).

Entretanto, el sueño republicano de la «dona moderna», sobre el que escribió también Anna Murià desde La Dona Catalana, el Diario de Barcelona y La Rambla, se había borrado por completo.

Los avances durante la República habían sido destacables: por ejemplo, Manuel Azaña prohibió que las mujeres tuvieran que dejar sus trabajos en el momento de casarse.

Pero en 1939 habían vuelto la patria potestad, la venia marital, la indiferencia respecto a la violencia doméstica, la nulidad de los derechos de los hijos fuera del matrimonio, y el divorcio se volvía imposible otra vez.

Con toda clase de coacciones y represiones, la mujer era devuelta al papel subsidiario y explotado del que llevaba décadas intentando huir.

El 14 de abril de 1931, una multitud enfervorecida vuelve a reunirse en torno a La Boquería, el lugar de encuentro habitual cuando estallan las subversiones.

En la entrada del Paseo, en la plaza de Catalunya, se concentra también la gente rápidamente.

Son las doce y media del mediodía, y nadie ha congregado a la multitud espontánea que empieza a bajar la Rambla para torcer hacia la plaza de la Constitución (actual Sant Jaume).

Llegan a la Via Laietana y ocupan el Palacio de Comunicaciones.

La Segunda República está a punto de ser proclamada.

Lluís Companys se impacienta y se reúne con sus correligionarios: Esquerra Republicana de Catalunya acaba de ganar las elecciones en Barcelona.

Sus simpatizantes también han acudido a la reunión sin una instrucción clara de sus líderes: es Companys quien cree que hay que pasar a la acción y precipitar el cambio.

Lo acompañan el historiador Ferran Soldevila, Joan Lluhí, fundador del influyente semanario L’Opinió; Jaume Vàchier, de Estat Català; Nicolau Battestini, que acaba de dejar Acció Catalana para integrarse en ERC y Amadeu Aragay, secretario del sindicato más afín a Companys, la Unió de Rabassaires.

Este grupo irrumpe en el ayuntamiento, saltando por encima de los guardias urbanos que custodian el edificio, que se quedan atónitos, penetran en el despacho del alcalde y le reclaman la vara de mando.

Allí encuentran a Antoni Martínez Domingo, sustituto del conde de Güell. Nadie sabe muy bien qué hay que hacer.

Al final, Aragay toma la vara del escritorio e inviste a Companys: «Té, Lluís, ja ets alcalde!

», le dice. Martínez Domingo no entiende nada, pero comprende que no queda otra salida que darle al instante cierta pátina de formalidad.

Hace que acudan el jefe de la Guardia Urbana y algunos funcionarios.

Acaba marchándose por la puerta de atrás, vaticinando malos augurios, acompañado por el jefe de la minoría regionalista, Enric Maynés y otros adjuntos y adeptos.

A continuación, Companys y los suyos se dirigen al salón de la Reina Victoria.

Algunos republicanos tienen la intención de arrancar el retrato de Alfonso XIII, pero algunos concejales no están de acuerdo y retiran los cuadros de la estancia antes de que sean destruidos.

Dos certezas empiezan a flotar en la atmósfera: el cambio es inexorable pero ha de ser gradual y no violento.

Los conjurados salen al balcón de la plaza, no debe de haber más que treinta transeúntes que aún no se han enterado de nada.

Alguien trae una bandera republicana, un trapo viejo y descolorido que procede de no se sabe muy bien qué ateneo republicano.

Empieza a llegar a la plaza la multitud procedente de La Boquería y la plaza de Catalunya.

Poco a poco se va desatando la fiesta por las calles de la ciudad.

Abundan los gorros frigios, las chicas disfrazadas de república y las banderas tricolores.

En los tranvías se deja de cobrar el billete.

Por todas partes se gritan vivas a la República.

En Terrassa, ciudad industrial, la gente canta «Els segadors» y «La Santa Espina» junto con «La Marsellesa» y «La Internacional» .

Los manifestantes liberan a la fuerza a todos los presos políticos; y está a punto de suceder también en Barcelona: más de quince mil personas se concentran en torno a la cárcel Modelo.

Exigen la liberación inmediata de los presos políticos que se amontonan allí dentro.

La situación se va tensando poco a poco.

Joan Lluhí, dos delegados republicanos y otros dos de la CNT se entrevistan con el gobernador civil para que se produzca la liberación.

El director de la cárcel se muestra en desacuerdo y dice que ha perdido las llaves de la celda.

Al final, la multitud asalta la cárcel y, con la ayuda de algunos guardias civiles, liberan a todos los presos, también los comunes.

Por todas partes revientan puertas y barrotes: el archivo es arrojado al suelo y quemado.

En la cárcel de mujeres ocurre exactamente lo mismo.

Lluhí i Vallescà también es el primero que se dirige a la gente congregada desde el balcón del palacio.

Reclama serenidad a la hora de consolidar la República y anuncia que el nuevo Ayuntamiento de Barcelona se reunirá con Francesc Macià para tomar el control inmediato del poder catalán.

Desde la calle, Jaume Aiguader, que procedía de Unió Socialista de Catalunya, pero que luego se integró en Estat Català y ERC, escala la pared del consistorio e iza una senyera, una bandera catalana, en el balcón oficial.

Aún no lo sabe, pero será alcalde de Barcelona entre 1931 y 1933.

Entre 1934 y 1936 lo será Carles Pi i Sunyer, que pudo contar con una comisión permanente ejecutiva mucho más dinámica, mientras no hubo suspensión gubernamental.

De hecho, faltan muy pocas horas para que el nombramiento se produzca: Aiguader fue nombrado alcalde por el nuevo consistorio exactamente a las 19.

45 horas de la tarde. La gente aplaude. Un concejal electo, Giralt, suma su discurso a la tanda de parlamentos, y desea destacar que el Partido Radical aplaude el hecho de que la bandera republicana conviva con la catalana.

Giralt representaba al sector más izquierdista del lerrouxismo, frontalmente opuesto a las políticas de derecha y al clericalismo.

En cuanto se aprobó el Estatuto de Cataluña, dimitió como conseller de Finanzas de la Generalitat.

Companys llama al líder del comité revolucionario, Niceto Alcalá-Zamora y le explica lo que han hecho.

El futuro presidente no da crédito y se queda blanco, le dice a Companys: «Pero ¿qué han hecho?

Aquí todavía estamos organizando esto». Los catalanes son unos eixelebrats .

En Madrid los republicanos aún no dan señales de vida.

A las siete y media de la tarde los más osados del comité revolucionario deciden empezar a moverse: el Gobierno Provisional, capitaneado por Miguel Maura, entra en el Ministerio de Gobernación, donde Maura lanza una frase famosa: «¡Paso al Gobierno de la República! ».