Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #12
En 1930, cuando cayó Miguel Primo de Rivera, Joan Estelrich cambió de prioridades.
Llevaba un tiempo en Ginebra concentrado en las sesiones de la Sociedad de Naciones, pero Cambó pensó que haría mucho mejor papel otra vez en Barcelona, porque se avecinaba una transición a la democracia y era necesario preparar su regreso político.
Al tinglado se le llamó «Operació Cambó» y nuestro deber es reconocer que el plan era quimérico.
La idea de Cambó era impulsar un partido monárquico y reformista que volviera a una situación parecida a la de 1922.
Pero había llovido mucho desde entonces: en 1923 había nacido la Unió Socialista de Catalunya, encabezada por Manuel Serra i Moret, un intelectual muy culto procedente del PSOE.
Acció Catalana, en lugar de desaparecer, se había consolidado como alternativa nacionalista a la Lliga.
Así pues, el Centro Constitucional de Cambó se estrelló pronto; su candidatura para encabezar un gobierno chocó con resistencias en Madrid, si bien Alfonso XIII lo viera con buenos ojos, y aunque Josep Pla hubiera publicado su monumental biografía de Cambó, Pujols La solució Cambó y Estelrich Catalunya endins y El moment polític .
Había perdido una buena parte de su predicamento en beneficio de soluciones mucho más radicales, tanto desde un punto de vista nacionalista como republicano o de extrema izquierda.
El centro neurálgico del mitificado Barrio Chino era La Criolla, un local con pista de baile especialmente indicado para el alterne: «Situada en una de las calles más dramáticas y peligrosas de la ciudad, La Criolla fue el resultado de la ambición de un personaje oscuro llamado Antonio Sacristán y de su socio, Valentín Gabarró, quienes rehabilitaron los bajos de una antigua fábrica de hilados situada en el n.
º 10 de la calle Cid para establecer una especie de bar y salón de baile.
Dada su ubicación, ese lugar empezó a ser frecuentado por delincuentes, carteristas, putas, homosexuales con la cara pintada, obreros, traficantes de drogas y de armas, pistoleros, anarquistas, soldados, jornaleros, noctámbulos y gente del barrio, y por toda la marinería internacional que arribaba a puerto» (Villar, 2017: 17).
La principal atracción del local era la promiscuidad, la insólita libertad sexual que imperaba en el salón.
El interior era también original: «Tanto en su escenografía como en su funcionamiento, La Criolla presentaba elementos novedosos que la distinguían de cualquier otro local.
Los bajos de una antigua fábrica, decorados con escenas tropicales estridentes y llamativas, ya constituían de por sí toda una declaración de intenciones, y más todavía si se anunciaba con un enorme rótulo alumbrado con luz de neón que teñía toda la calle Cid de un tono rojizo.
(...) Una orquestina interpretaba las melodías más en boga del momento, entre ellas tangos y jazz, pero de forma más estridente y sobre todo más rápida de lo normal» (Villar, 2017: 18).
La Criolla era la capital de las tentaciones dentro de la ciudad, un lugar aparte donde escritores, políticos, artistas, aristócratas y empresarios se mezclaban con el lumpen local en una atmósfera única de tolerancia y alegalidad.
Un poco más adelante, sin salir de la misma calle Cid, en el número 12, se encontraba el albergue de La Mina, inaugurado el 30 de diciembre de 1904.
Estaba concebido como un lugar barato y caliente de descanso donde todo el mundo podía pernoctar por la módica suma de quince céntimos.
En la práctica, con sus dos salas con setenta y cinco camas que colgaban de cadenas y vigas, era una especie de nave industrial para el sueño de todos aquellos que la ciudad rechazaba: ciegos, mutilados, mendigos, enfermos de todo tipo.
Antes de acceder a las salas de descanso, los clientes tenían que superar una revisión médica y una sesión de aseo personal.
Trabajaban allí un médico de guardia, un mozo y un interventor para los que siempre hubo bastante faena: los líos y disturbios fueron frecuentes en el albergue de La Mina, a pesar de que estaban prohibidas las armas, las «actitudes inmorales» y la entrada a las personas alcoholizadas.
Se entraba allí entre las 8 y las 11 de la noche y no se podía salir hasta las 5 de la mañana.
A las 8 ya tenían que estar todos fuera, puesto que los echaban a golpe de silbato.
En 1924, la titularidad del albergue de La Mina pasó a manos privadas. El número de camas había aumentado hasta ciento cuarenta y cuatro y el precio había subido hasta los sesenta céntimos.
Una chica de dieciocho años se apea de un tren procedente de Girona.
Es Aurora Bertrana, la futura novelista; pero ella aún no lo sabe.
Ha venido sola desde su hogar familiar (¡inaudito!) para estudiar música en Barcelona.
Vivirá en un convento en el que se aburrirá como una ostra; Aurora siempre fue muy inquieta.
Su padre, el escritor y pintor Prudenci Bertrana, famoso desde que publicó Josafat en 1906, no ve muy claro que su hija cultive la literatura de creación.
Ha de ser Carme Karr quien lo convenza de que deje de agobiar a su hija y le permita asistir a conferencias literarias.
Aurora le dice a Carme que se aburre en el convento; Carme se lleva a Aurora a su casa. Todo esto ocurre en 1910.
En 1912, la familia Bertrana se traslada en bloque a Barcelona, donde Prudenci dirige los semanarios La Campana de Gràcia y L’Esquella de la Torratxa .
En 1915, es sustituido por el radical bohemio Mario Aguilar, que firma con el seudónimo «Paradox».
Tras una depresión devastadora, Prudenci Bertrana consigue un buen empleo en la Escola del Bosc de Montjuïc.
A partir de entonces puede dedicarse a la literatura con más tranquilidad, mientras Aurora ahorra dinero para marcharse a estudiar al Instituto Jaques-Dalcroze de Ginebra.
En aquellos años, la escritora en ciernes se vuelve inseparable del futuro conseller de Cultura de la Generalitat, el poeta Ventura Gassol.
En 1925, la joven del chelo se casa con Denys Choffat, un ingeniero suizo, con quien viaja a la Polinesia.
Desde Papeete, Aurora envía colaboraciones a todas las grandes publicaciones en lengua catalana del momento: La Veu de Catalunya, La Publicitat, Claror, La Rambla, D’Ací i d’Allà, La Nau (que dirige Rovira i Virgili), L’Opinió, Mirador (que dirige Just Cabot) y El Día de Palma de Mallorca.
En 1930 publica su primer libro sobre los mares del Sur, Paradisos oceànics, que es un éxito sin precedentes.
Solo Gaziel con su Diario de un estudiante en París había conseguido algo así con un libro de viajes.
Volverá a los trópicos cuatro años más tarde, con Peikea, la princesa caníbal, una obra que recuerda a Stevenson (Abad: 2019: 336-346).
Aurora Bertrana utiliza los géneros narrativos considerados menores para hacer auténtica literatura.
Lo volvió a hacer con Edelweiss, la novela corta que publicó quizás no en un momento óptimo en una empresa editorial que fundó con una amiga, en la colección de novela femenina de Ediciones Mediterrània.
La otra socia era la periodista y traductora Maria del Carme Nicolau.
Bertrana y Nicolau ya no tenían nada que ver con las chicas condenadas a la sumisión y la ignorancia de que hablaba Carme Karr.
De hecho, uno de los proyectos frustrados de Bertrana fue la creación de una Universidad Obrera Femenina; como el proyecto no pudo prosperar, Aurora se tuvo que conformar con fundar y presidir el Lyceum Club de Barcelona.
Bajo su sello impartió la conferencia «El nostre feminisme», en 1931, en el Ateneu Barcelonès, donde también había hablado, veintiún años antes, Carme Karr.
Desde luego, la activista no se había equivocado al dar cobijo a la joven estudiante del chelo.
La pena es que en Barcelona no estaba el horno para bollos: 1937, año en que se publicó Edelweiss, marcó una cruel escisión en el campo republicano entre quienes exigían culminar la revolución obrera inmediatamente (POUM y algunos sectores de la CNT-FAI) y quienes pensaban que antes era necesario ganar la guerra (ERC, PSUC y el resto de las fuerzas estatales de izquierda).
En 1922, Aurora Bertrana volvía a bajar de un tren; pero esta vez no se apeaba en Barcelona, sino en Ginebra.
Allí había viajado, de nuevo sola, para acabar sus estudios musicales en el Instituto Jaques-Dalcroze.
En julio subió a las montañas para ganar algo de dinero formando parte de un trío que debía interpretar en el hotel Kurhaus de Mürren.
Allí arriba, Aurora Bertrana quedó impresionada por los paisajes alpinos, y allí mismo se dio cuenta de que necesitaba escribir.
Sus «Impressions d’una estudianta» fueron publicadas en La Veu de Catalunya el año 1923.
En sus memorias de 1935, Aurora Bertrana recordaba así el espectáculo de una avalancha: «Aquel fenómeno de la naturaleza desatada no lo he vuelto a ver nunca más.
Solo otro tipo de espectáculo, también de naturaleza desatada, tan impresionante como este, lo vi unos años más tarde desde un barco, mientras atravesábamos el golfo de México: una tromba marina.
Y, un tiempo después, la cola de un ciclón en pleno Pacífico, cuando verdaderas montañas de agua asaltaban el barco donde yo navegaba rumbo a las islas Marquesas» (2022a: 21).
En Cataluña no entienden nada. ¿Quién es esta chica que escribe tan diferente, con tanta desinhibición y desparpajo, de realidades lejanas?
Las novelas modernistas aún tienen telarañas y les falta algo de lubricante; en cambio, la prosa de Bertrana es como la de Carles Soldevila, se ríe de todo y flota por encima de todas las preocupaciones adocenadas.
Narra aventuras y no se pierde en moralidades que hacen bostezar.