Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #11
Baroja mismo aparece entre las páginas de Sangre en las Atarazanas, concretamente, en el capítulo «Cal Manco y su amo».
Nos quedaremos con este dato, porque parece que podría construirse un sistema de influencias mutuas entre Baroja y Madrid.
Es posible que sin novelas como Mala hierba o Aurora Roja, Madrid no hubiera dispuesto de modelo estético.
Ahora bien, Baroja declaró, cuando El cabo de las tormentas (1932) le rondaba por el magín, haber ido a Barcelona a informarse sobre el terreno de las turbulencias sociales de la capital catalana que le interesaba recrear.
En este sentido, Madrid podría haberle servido como informador para las historias cortas de este volumen («El contagio» y «La protección del Negre»).
Es más, el diseño de los libros de la trilogía «La selva oscura» se asemeja mucho al de Sangre en las Atarazanas; por ejemplo, relatos barojianos de Los visionarios (1937), Los aguiluchos de la FAI o Casa del Pueblo y el círculo de la Unión, forman un ciclo literario muy similar al de Madrid.
Emili Junoy es otro de los personajes reales que pueblan el libro. En su caso, aparece en el cabaret Excelsior, ayudando a una amiga.
La primera novela publicada de Madrid fue una fantasía medieval: Una aventura del juglar (1916), en la colección Los Noveles.
Ese mismo año le encontramos militando en la Agrupación de Jóvenes Bárbaros de Alejandro Lerroux.
Se estrenó como periodista en el semanario El Mundo Cinematográfico, en Revolución y en El Radical, donde firmaba como Carlos Madrigal.
Madrid buscaba bronca e insultaba a los catalanistas de lo lindo.
En 1930, Madrid publicó un libro memorialístico interesantísimo: Los exiliados de la dictadura.
Reportajes y testigos (Barcelona, Antoni López Llibreter; editorial España para la versión castellana, del mismo año), dedicado a la memoria de Vicente Blasco Ibáñez.
No solo habría que reeditar este volumen, sino, además, escribir alguna monografía sobre la influencia del patriarca radical valenciano en Cataluña.
La dedicatoria añade: «En homenaje a todos los que trabajaron por la libertad con amistad y devoción».
En el libro se dedican capítulos a Miguel de Unamuno, Santiago Alba, Blasco Ibáñez, Francesc Macià y Rodrigo Soriano.
Pero también habla de Carlos Esplá, de Marcelino Domingo, del bohemio Fabián de Castro y de muchas más figuras menores que se movían arriba y abajo por el París de la diáspora española de 1923.
Más tarde tuvo que continuar con algunos encargos alimenticios.
Escribió una pequeña biografía dialogada del actor Enric Borràs, obra que desgraciadamente no lleva fecha, aunque Bagué estima que se publicaría entre 1929 y 1930.
En el cuaderno, el cuarto de la serie Catalans d’Ara, hay fotografías de Borràs con unas apariencias verdaderamente curiosas: aparece con cuatro años, caracterizado como Jesús, como El Abuelo de Galdós, con una nariz de Cyrano, con barba, o caricaturizado, o junto al pintor Utrillo, o al lado de Santiago Rusiñol, o actuando en El alcalde de Zalamea, pero se lleva el premio la fotografía donde sale haciendo de Manelic en Terra Baixa de Guimerà, disfrazado de elemento rural.
Por cierto, que Madrid cargó contra Terra Baixa y la invencible literatura ruralizante catalana.
Pero, después, en el exilio, tradujo la obra de Guimerà, seguramente porque se añoraba y quería reparar algún tipo de remordimiento.
La biografía está planteada como una larga entrevista, donde Borràs explica un viaje a Buenos Aires acompañado de Santiago Rusiñol, o cómo estrenó El Místic en Puerto Rico, con gran éxito.
La colección popular de retratos catalanes era jugosa: se habían publicado ya un Pau Casals de Navarro Costabella, un Francesc Cambó de Ramon Vinyes y un Santiago Rossinyol de Ambrosi Carrión.
Mientras tanto, Madrid iba publicando comedias de una profundidad filosófica arrolladora: El mal que pot fer una dona (1927), Ella, ell i el cafè romàntic (1928), Baby, la ventafocs n.
º 52 (1930), Aventura sentimental d’una minyona (1931), Coqueta (1932)...
Muchas de ellas eran adaptaciones o traducciones del inglés.
Ya vemos que era todo un feminista de vanguardia y un grave y convencido ilustrado.
En cuanto al tema de Madrid y su dedicación al teatro, la revista, los musicales y las empresas de entretenimiento, disponemos del largo y documentado epílogo que Gerard Bagué incluyó al final de su edición de Sang a les Drassanes (2010).
No es habitual que un escritor anfibio y proveniente del Partido Radical merezca una reedición tan justa y esmerada como la de Bagué.
Este investigador explica, con todo lujo de detalles, cómo Madrid fue evolucionando desde el lerrouxismo hasta el cultivo continuado de la lengua catalana y el sentido reverencial hacia las grandes figuras de Esquerra Republicana de Catalunya.
Su evolución corrió paralela a la del callejero y noctámbulo Lluís Companys.
Pero Sangre en las Atarazanas no es más que la punta del iceberg en la inmensa producción periodística y narrativa de Francisco Madrid.
El conspirador sentimental (Barcelona, Edicions Diana, 1929) es una novela de espías pionera, llena de enredos con agentes soviéticos incluidos.
Vale la pena echar un vistazo al catálogo de Diana en el momento de ser publicada esta novela: el primer volumen fue el primer libro de Josep Pla, Coses vistes .
El segundo, El meravellós desembarcament dels grecs a Empúries, de Manuel Brunet, amigo de Andreu Nin, narración que ha reeditado recientemente Francesc Montero (Diputación de Girona, 2014); el cuarto y el quinto, otros dos libros de Pla: Rússia.
Una enquesta periodística y Llanterna màgica .
Ya en plena etapa republicana, Madrid publicó La Guinea incógnita: vergüenza y escándalo colonial (España, 1933), libro cargado de anticlericalismo que tronaba contra los derroches y disparates que la administración española cometía en sus territorios africanos.
Es una tarea prácticamente imposible examinar todas las publicaciones periódicas en las que colaboró Francisco Madrid.
En octubre de 1918 dirigió el semanario regeneracionista La Raza, que era una plataforma de apoyo a Lerroux antiflamenquista, aliadófila, antimilitarista y antialemana.
Madrid había presidido un Comité Antiflamenco inspirado por las campañas del escritor Eugenio Noel, que no se cansaba de tronar contra los toros y la degradación cultural española.
Los diarios La Nación, La Jornada,El Sol y la revista Color contaron con las aportaciones de Madrid.
Por mediación de Joaquín Montaner, Madrid llegó a ser corresponsal de El Sol en Barcelona (mayo de 1920).
Posteriormente, escribió en El Gráfico y La Noche, que controlaba el cacique radical Pich y Pon.
De 1922 son sus opúsculos El expediente Picasso: las acusaciones oficiales contra los autores del derrumbamiento de la Comandancia de Melilla y el desastre de Annual y El ruidosísimo pleito de las Juntas de Defensa y Millán Astray.
Los trabajos de Francisco Madrid siguen siendo una mina de oro para los historiadores.
Poco a poco fue escribiendo mucho más en catalán.
Lo hizo en muchas cabeceras: L’Esquella de la Torratxa, La Campana de Gràcia, La Tuies, Mirador, La Nau dels Esports, La Rambla, La Ciutat, L’Opinió, La Humanitat y D’Ací i d’Allà .
Parece que Madrid se propusiera, como objetivo vital, imitar a los grandes monstruos lopedeveguianos de sus admirados escritores de la generación del 98.
En el orden popular, llegó a gozar de un prestigio inmenso: todo el mundo le conocía y leía.
Madrid trabajó a las órdenes de Lluís Companys en dos ocasiones, en el Gobierno Civil de Barcelona (abril-junio de 1931) y para el diario La Humanitat .
Su etapa del exilio es la más desconocida.
En Argentina continuó con su manía teatral.
Y habría que echar un vistazo más profundo a tres libros de aquella época triste totalmente olvidados: Les últimes 24 hores de Francesc Layret (1942), Genio e ingenio de Don Miguel de Unamuno (1943) y La vida altiva de Valle-Inclán (1943).
En 1926 murió el filósofo y economista Joan Crexells, un habitual de la peña del Ateneu.
Tenía solo treinta años. Joan Crexells era un fenómeno de la Naturaleza, algo nunca visto.
Cuando se publicó su primer volumen de traducciones de Platón, solo tenía veintiocho años.
Militaba en Acció Catalana y se había formado en Berlín.
Su obra ensayística más importante oscila entre la filosofía analítica, la economía aplicada y la crítica literaria.
Fue una desaparición absurda y muy lamentada: el cirujano que tenía que extirparle un riñón afectado se equivocó y le extirpó el riñón sano.
Así de triste. Ocurrió esto el 13 de diciembre de 1926.
Al día siguiente, La Publicitat le dedicaba la portada entera.
Los amigos quisieron instituir un premio de narrativa que tuviera dos objetivos: honrar la memoria de un pensador que prometía tanto y estimular la producción de novelas en catalán.
El primer año, el premio quedó desierto.
En 1929, se lo llevó Joan Puig i Ferreter con El cercle màgic (el periodista Xammar ardió de ira, pensó que el premio lo merecía Cartes de lluny, de su amigo Josep Pla); en 1930, Miquel Llor con Laura a la ciutat dels sants; en 1931, Prudenci Bertrana con L’Hereu; en 1932, Sagarra con Vida privada; en 1933, Carles Soldevila con Valentina ...
Estamos hablando, por lo tanto, de una iniciativa totalmente capital en el desarrollo de la narrativa catalana anterior a la guerra.
Con la muerte de Crexells, Carles Riba quedó destrozado, y el país perdió a uno de sus valores más sólidos.