Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #10
En el bar habitual del grupo, Capdevila consignó la presencia de unas chicas alegres tristes, que no tenían casa y dormían en el local: Lola de San Félix, María, La Tigre, Mercedes, Cocido, Mary, Margot...
, las pobres chicas de la novela Memòries d’un llit de matrimoni .
Samblancat también retrató el triste mundo de la prostitución miserable, en su primera novela larga, La Ascensión de María Magdalena (1927).
Los Miserables era un papel tan desaforado y furibundo que incluso los de la Lliga Regionalista intentaron pactar con ellos.
Samblancat publicaba pura dinamita. Los del grupo eran felices despertando odio, rompiendo el asedio de los carlistas, que amenazaban con matarlos a todos.
«Cada galerada era una columna de fuego.
Recuerdo que en un “entrefilet”, rogábamos al gobernador que no nos enviara policía porque entre los dos bandos la freiríamos a balas.
¡Éramos así entonces, los jóvenes! Hoy han cambiado bastante.
» Y más: «La imprenta estaba llena de armas: fusiles, pistolas automáticas, revólveres.
Teníamos las luces apagadas, y detrás de la mampara, habíamos armado una barricada con cajas vacías del champán».
El propietario de la imprenta era representante de la marca de champán Victor Clicquot.
Capdevila califica el diario de «guillotina literaria».
Samblancat llevaba un revólver «pequeño y bonito como un juguete»; Capdevila, una pistola aparatosa y «embrujada», que nunca disparaba cuando era necesaria pero que sí lo hacía en reposo, cuando estaba sobre la mesa.
Al final acabaron todos en la cárcel, que Samblancat llamaba como el título de una novela suya, La casa pálida .
En Madrid, desterrado por haber escrito contra un usurero, Samblancat colaboró en muchos periódicos.
En El Parlamentario, que dirigía Luis Antón del Olmet y luego Eduardo Barriobero, y también en España Nueva, La Voz, Heraldo de Madrid y La Libertad .
Allí escribió sus primeras novelas, y coincidió con Vidal i Planas, el incombustible Nakens, y el excelente escritor antiflamenco Eugenio Noel. Corría el año 1918.
Más tarde se tranquilizó un poco. Envejeció. En su peña de Oriente iban Vidal y Planas, Ángel Pestaña, Emili Junoy, el dibujante Opisso y redactores de El Diluvio . Nuestro cíclope murió en México D.F. en 1963, dejándonos un legado de tormentas que aún espera llenándose de polvo en las hemerotecas.
Aunque parezca mentira, Francesc (o Francisco) Madrid se llamaba realmente Francisco Madrid y Alier.
Nacido en Barcelona en 1900 y desaparecido en 1952 en Buenos Aires, siempre fue un escritor canalla, fácil y radical.
De los heroicos luchadores del grupo de Los Miserables parece ser el autor más dotado y prolífico, exceptuando, obviamente, a Salvat-Papasseit.
Obsesionado con las miserias urbanas de Barcelona, contribuyó decisivamente a identificar como Barrio Chino el peligroso y turbulento distrito V de la capital catalana, que retrató en sus escritos más contundentes.
Desde París enviaba crónicas a El Liberal, propiedad de Amadeu Hurtado.
En el prólogo de Sangre en las Atarazanas (1926) nos dejó una especie de autobiografía impresionista: «A los trece años era aprendiz en una tienda de géneros de punto; a los catorce, meritorio en un banco; a los quince, mecanógrafo de un concejal; a los dieciséis, empleado en la casa Pich [y Pon]; a los diecisiete, oficial de la secretaría del señor Lerroux; a los dieciocho, redactor de El Sol; a los veintidós tuve que salir por piernas de Barcelona porque la muerte me rondaba a traición; a los veintitrés era corresponsal de varios periódicos españoles en París, Berlín, Ginebra y Londres, y pasaba hambre por poder comprar libros y flores a las mujeres; a los veinticinco volví algo alicaído a Barcelona, con el corazón destrozado y la salud dañada».
Un hombre de mundo, vamos. Y entre trabajo y trabajo, todavía pudo asistir a alguno de los cursos vespertinos de filosofía que impartía Eugeni d’Ors.
El barcelonés distrito V lo contrapone a los mundos de pureza y a los caminos espirituales propios de la literatura rural de la Renaixença y el Modernismo catalán: «He aquí toda la ferocidad y toda la brutalidad de Barcelona.
El distrito quinto es la llaga de la ciudad, es el barrio bajo, es el refugio de la mala gente.
Es verdad que viven familias honradas. Esta es la tragedia.
En la montaña deforme de basura y dolor, de inconsciencia y pecado que forma el distrito quinto se mezclan el obrero y la manga, la lavandera y la peripatética que parece hija de nobles en el cabaret elegante y que en casa duerme en un catre tronado.
Ni los barrios bajos de Génova, ni el barrio del puerto de Marsella, ni la Villette parisina, ni el Whitechapel londinense tienen nada que ver con el distrito quinto, con el ambiente equívoco de nuestra zona prohibida».
Cabe decir que Madrid se interna en este ambiente particular muy consciente de estar escribiendo literatura moral, celestinesca, con una intención naturalista, higienista y claramente antinovecentista.
La batalla entre lo ideal y la cruda realidad se repitió varias veces en la Barcelona de los años diez y veinte, y en ese mismo contexto moralizante debemos colocar las crónicas negras del joven Gorkiano (Salvat-Papasseit) recuperadas y estudiadas por Ferran Aisa y Mei Vidal.
Teníamos un Baroja barcelonés que, como Camino de perfección (1902), se propuso combinar la vida anémica del suburbio con los sueños de redención social y espiritual de la época, sumergido en sordideces.
Los personajes de Sangre en las Atarazanas malviven entre asesinatos sociales, violencia política y policial, y recuerdan muy bien los años de la Primera Guerra Mundial, cuando personajes como el barón de König señoreaban la calle para imponer el terror.
Es el mismo ambiente descrito por Joan Oller y Rabassa en Quan mataven pels carrers, novela de 1930.
Más que relatos propiamente dichos, los de Madrid son cuadros pintorescos con estructura de reportaje, que fue publicando en la revista El Escándalo, según ha investigado Gerard Bagué.
Los personajes que van apareciendo son representativos de tipos humanos curiosos: «Trotski era un antiguo trabajador del muelle al que le gustaban más el vino y las mujeres que el trabajo.
Formó parte del Partido Radical y si debían creer sus chulerías, tenía un cementerio para él solo.
Cuando llegaban las elecciones, sobre todo las municipales, Trotski se presentaba en casa del candidato y le ofrecía pistola y protección, la organización perfecta de los pucherazos, la limpieza de las calles a sangre y fuego: la seguridad del triunfo.
Gracias a todo esto, Trotski se hacía un vestido, comía bien durante unos días, iba en coche arriba y abajo y se fundía varios billetes.
Más tarde se hizo (no sabemos por qué) ácrata, escribió un artículo en Tierra y Libertad, abjurando de su pasado político, y poco después abultó las filas de los confidentes».
La historiografía va llena de casos similares, gánsteres que saltaban del lerrouxismo al terrorismo ácrata, o de dinamiteros que se hacían catalanistas o comunistas según soplara el viento.
Así se hacían las cosas en la Barcelona anterior a 1936.
De hecho, se sabe que un militar que formaba parte de la escolta de Andreu Nin, a partir de 1935, se hacía llamar precisamente así: «Trotski».
Hallamos también a un tal «Trotsky», atracador de profesión, cliente de La Criolla y procedente del Sindicato Libre, implicado en el tiroteo en torno al cuartel de las Drassanes del 8 de enero de 1933.
Sin embargo, Francisco Madrid firmó párrafos impagables: «Román Castellanos Álvarez era de Murcia y había matado a un hombre por cincuenta céntimos.
Jugando al monte en el cafetín de La Haya, cerca de Lorca, brillaron las navajas por una postura de dos reales y hubo un muerto.
Castellanos Álvarez huyó, pero fue detenido y procesado.
Al estar protegido por los caciques, se culpó al vino de ser el causante del crimen.
Castellanos Álvarez salió de presidio dos días después y se marchó a Barcelona.
Hombre con cojones, pronto encontró en el Lyon d’Or quien le ofreciera poco trabajo y bastante sueldo.
Sabía algo de letra y pasó a ser el puntal de la vigilancia de un burdel de Santa Madrona.
Tuvo enseguida a una prostituta bajo su tutela que le permitía pasarse la vida en los cafés planeando negocios fáciles».
Todo parece sacado de El Padrino, pero estas cosas pasaban en el Raval.
El ambiente no era muy distinto al descrito por Salvador Seguí, que Madrid admiraba mucho, en su novelita Escuela de rebeldía (1923), que publicó justo antes de ser asesinado.
Una amenaza de muerte pendía constantemente sobre la cabeza de los líderes obreros más destacados: Ángel Pestaña, por ejemplo, sobrevivió milagrosamente a un atentado en Manresa en agosto de 1922.
La diferencia entre Madrid y Seguí es que Seguí era un idealista, y Madrid, en el fondo, un nihilista trágico, que había visto demasiada violencia y demasiada corrupción, incluso en sí mismo.
Por eso, le sienta mucho más un estilo tremendista como el de Pío Baroja que el de cualquier auténtico ácrata.
Para ser un anarquista honrado es necesario conservar ideales.
Y por eso, también, posiblemente, logró sobrevivir y llegar a viejo.