Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #9
Samblancat había estado también cuatro años en el Noviciado de Cervera, pasando frío y hambre.
Capdevila dedica unos capítulos al episodio fundamental del grupo de LosMiserables .
Se trata de una de las peñas intelectuales más importantes de la izquierda literaria catalana, y debía el nombre al idolatrado Victor Hugo, patriarca de las libertades republicanas.
Todo empezó, explica Capdevila, cuando entró en un bar de la Rambla que nunca cerraba.
En aquella época, entre pipas y absentas, Capdevila, sucio, se preguntaba por qué ninguna mujer se enamoraba de él.
No tenía casa y dormía en la calle, o en una fonda putrefacta de la calle Nueva.
«En ese bar famoso conocí a los que después fueron mis compañeros de Los Miserables, la hoja más loca y más generosa que se ha publicado en el mundo.
Pintado, que nunca callaba y a todos nos hacía comulgar con ruedas de molino; Salvat-Papasseit, que entraba con un aire de timidez y de miedo, y tenía para todo lo que le rodeaba una mirada de fiebre; Plató Peig, hijo de Sabadell, que silbaba a los curas, tomaba cocaína y escribía versos futuristas; Mateo Santos, que acababa de llegar de la Mancha; Santos Muñoz, un muchacho de talento nada vulgar...
Entonces aparecían —en Ira y en El Intransigente— los primeros artículos de Samblancat, que nos estremecían de entusiasmo.
Después de la lectura de estos artículos —que tenían un tono profético y terrible acento de Dies Irae — lo habríamos quemado todo, lo habríamos asaltado todo. »
Capdevila se refería al Bar del Centro, el antro donde se reunía la redacción de Los Miserables, en las Ramblas.
El subtítulo del periódico, que dirigía el mencionado Fernando Pintado, era «Eco de los que pasan hambre y sed de justicia».
Por estos motivos, no acabamos de entender por qué el historiador Aisa lo relaciona con el Café Voltaire donde Tristan Tzara, Emmy Hennings, Hugo Ball y Hans Arp realizaban sus performances dadaístas.
Aunque Salvat-Papasseit, uno de los poetas vanguardistas más importantes del país, junto a Foix y Junoy, formara parte de esa peña, parece que la revuelta permanente encabezada por Samblancat tenía un sabor a barricada y junta revolucionaria típicamente decimonónico.
No se exponían collages ni modelos de ropajes futuristas en el Bar del Centro, donde eran más amigos de la pólvora y las pistolas.
El otro gran foco de tertulias revolucionarias era el Café Español, en el Paralelo.
La personalidad más destacada allí era Salvador Seguí.
Allí se discutía a gritos sobre todo de filosofía y política.
Los temas de discusión acalorada eran Kant, Nietzsche, Spinoza, Marx y Proudhon, según todas las fuentes consultadas.
Cuando un periodista le preguntó cuál era su lectura predilecta, Seguí respondió que Aristóteles.
Causa tristeza pensar en el hambre que debieron de pasar todos ellos, sobre todo los del Bar del Centro, que eran más vagos...
Codolosa, Altadill, Capdevila, Samblancat y Sebastià Gasch en los años treinta, son los equivalentes catalanes a los Sawa, los Trigo, los Valle-Inclán, Isaac Muñoz, Emilio Carrere, Joaquín Dicenta o Pedro Barrantes.
Los sucios idealistas, groseros y nobles, y honrados, incapaces de pactar, casados con las tabernas, la noche y el lirismo mugriento.
Sin embargo, Samblancat era algo distinto: vivía con decencia en un piso de la calle Junqueras, lleno de libros.
Iba al Ateneu, pero prefería quedarse en casa leyendo o escribiendo.
Era el equivalente a Carrere, que tenía un empleo.
Nunca fue un bohemio puro. Los demás le envidiaban tener un piso, tener zapatos, vivir como una persona.
Cuando colgó los hábitos (resulta habitual que los anticlericales furibundos conocieran de cerca el gremio eclesiástico, como Azaña, Pérez de Ayala o Pey Ordeix), se hizo comerciante y estudió cursos de Derecho.
En esa época hacía versos muy parecidos a los de Manuel Machado.
En 1914 intentó enrolarse en el ejército inglés, para combatir contra los Imperios Centrales.
Pero no le admitieron. Al año siguiente, se presentó candidato con Gabriel Alomar, Francesc Layret, Jaume Brossa y el doctor Queraltó, por el Bloc Nacionalista Republicà, pero no obtuvo el acta.
Procesado, tuvo que huir a Andorra, donde no lo quisieron, y volviendo a España fue detenido por la Guardia Civil.
Capdevila comenta: «Son innumerables las prisiones que ha visitado».
En ese caso, fue la de Zaragoza. Después se integró en el diario de Marcelino Domingo, La Lucha, y criticó una huelga de estudiantes que le pareció pueril y absurda.
El chiste estuvo a punto de costarle muy caro.
Los estudiantes prendieron fuego a la puerta de la redacción y quisieron asaltarla violentamente.
Samblancat sacó un revólver y disparó para defender el inmueble. Afortunadamente, no hubo ningún herido.
«Formábamos la redacción de Los Miserables», recuerda Capdevila, «Plató Peig, que ahora ha muerto en el hospital; Santos Muñoz, que murió, tísico, en la cárcel; el pobre Salvat-Papasseit, que entonces firmaba “Gorkiano”; Emili Eroles, Ángel Samblancat y yo.
Recuerdo algo que a Samblancat le hacía mucha gracia: mis esfuerzos por presentarme como un hombre enemigo de todas las leyes humanas y divinas.
Y apenas era un hombre. Apenas tenía pelo en la cara.
Iba andrajoso, dañado, con las zapatillas destrozadas.
Samblancat, en un artículo famoso, que sirvió de prólogo a un libro mío —y de ustedes, si lo compran—, decía que las llevaba así, reventadas, para que pudiera salirme el talento que no me cabía en el cuerpo. »
Capdevila padecía una miseria espantosa, y Samblancat compartía su dinero con él.
Los Miserables llevaba el subtítulo Diario de extrema izquierda, y nació como semanario.
Sin embargo, esta periodicidad pronto resultó insuficiente: «Hacer un semanario no nos satisfacía.
De número a número había demasiados días de tregua, de pausa, de descanso.
Teníamos unas ganas locas de luchar. No sabíamos contra qué ni contra quién: la cuestión era luchar».
Samblancat, que llegó a director de La Campana de Gràcia, sí lo sabía: había que atacar a los curas. Siempre los curas, como hacía Nakens.
Ejemplos característicos de este anticlericalismo visceral, el artículo «Curanderismo clerical», que Samblancat publicó en La Campana de Gràcia el 9 de abril de 1927.
El tema, las falsas curaciones, la usurpación de la Medicina perpetrada por las iglesias cristianas: «La religión, católica o no, en todo el mundo es imperialista, tiende a la absorción y al acopio, siendo sed de expansión y de conquista.
En la Edad Media los Papas arrodillaban a sus pies a los emperadores, y los clérigos arrebataban toda la potestad civil.
Hoy todavía la teología y el derecho canónico invaden la moral, la política, las costumbres, la beneficencia, la enseñanza, la economía y hace sentir su peso y su presión en otras esferas.
(...) Todas estas suplantaciones han sido denunciadas debidamente y poco a poco van corrigiéndose, desapareciendo de la vida civilizada».
El autor pone con nombres y apellidos congregaciones y sacerdotes que cobran por curar.
Otro, «Clericanalladas», también en La Campana de Gràcia (26 de febrero de 1916), que arremete contra la derecha clerical francesa en plena guerra europea.
Ni que decir tiene que todos los hombres (o no tanto) de Los Miserables eran aliadófilos radicales.
Naturalmente, el único que valía como escritor era Salvat-Papasseit.
Sobre todos los demás cayó pronto una espesa niebla de olvido.
A veces, las crónicas de Samblancat tomaban un aire costumbrista y sensual, modernista, como la que dedicó al elogio de Girona: «Rosa mística» (11 de enero de 1930).
Seguimos con Capdevila: «La imprenta y redacción del diario [Los Miserables] estaba en la calle de Muntaner, entre los de Aragó y Consell de Cent.
Al entrar había una mampara de madera pintada de color de chocolate.
En el interior, una mesa de escribir, comprada en los encantes, unas cuantas cajas con la letra estricta para componer el diario, y una máquina plana que funcionaba con la colaboración de todos los redactores y amigos de la casa.
(...) Cada noche hacíamos tertulia en la redacción.
De esa tertulia salía el número del día siguiente.
Samblancat nunca faltaba. A veces lo acompañaba su hermano José, inteligente y discretísimo.
Ya entonces, Ángel se interesaba por las cosas de Cataluña y discutíamos con él de literatura».
Samblancat tardó un poco en empezar a escribir en catalán.
«Mateo Santos hablaba de la Mancha y de Quevedo.
Santos Muñoz tomaba cocaína y añoraba una “novia” que tenía en Valladolid.
Plató Peig se enfadaba con el periodista Francesc Aguirre porque había bromeado ingeniosamente con su nombre.
“Platón, aumentativo de plato”, había dicho Aguirre.
De vez en cuando venían Amichtatis y Fontdevila.
Fontdevila reía. Amichtatis nos dejaba un artículo.
A veces venía Francisco Madrid, uno de los espíritus más abiertos y selectos de la Barcelona de hoy.
Venían también unas chicas de una casa alegre que estaba al lado.
Se habían hecho amigas nuestras al volver ellas del teatro, del baile, del Turó Park.
» Pero declara no haber abusado de ellas.
Josep Amic i Bert, «Amichtatis», fue uno de los escritores que contribuyó a trazar la mitología del Barrio Chino barcelonés, con su comedia Las mujeres de todos, de 1918.