Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #8
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #8

No debe extrañarnos que Capdevila alcanzara esa confianza y proximidad con Companys: procedían del mismo ambiente.

La calle bilingüe y anfibia de la Cataluña inquieta y difícil.

Con la peculiaridad de que, con un pie dentro del lerrouxismo, Capdevila también era un devoto de la expresión en catalán.

Se exilió en París en 1939, y solo se pudo instalar en Andorra la Vella en 1973.

Allí murió en 1980. En el prólogo de L’art de fumar amb pipa, Capdevila explica que la primera edición le trajo la amistad de tres escritores ilustres: Ramón Gómez de la Serna, Luis de Tapia y Jean Cassou.

También cuenta que tuvo problemas con un grupo de exaltados maximalistas: «La versión original de este libro fue escrita en castellano.

Los cuatro bobos mencionados, encarnizados catalanistas, a causa de mi osadía, se aterraron, se indignaron, pusieron el grito en el cielo y, delirantes de patriotismo, me tildaron, como quien no dice nada, de traidor en Cataluña.

Después, pensé que hombres tan catalanes y tan dignos como Joan Maragall, Miquel dels Sants Oliver, Gabriel Alomar y “Gaziel” habían escrito, también, en castellano, y pude volver a comer y dormir tranquilo».

Como también pudo comer y dormir tranquilo, suponemos, con la gorra de miliciano, en el frente de Aragón.

En un estilo directo e iconoclasta, el autor destaca las pipas de Ramon Raventós, Prudenci Bertrana, Santiago Rusiñol, Just Cabot, Josep Obiols y Jordi Rubió; en realidad, en parte, se trata de un libro de retratos con sabor a relato generacional.

Capdevila no solo reflexionó sobre las pipas, sino también sobre su ausencia, e incluso hizo teoría nacional: «Me diréis que Menéndez Pidal, también sabio, no fumaba.

Y yo les diré el porqué de esta falla, única que tuvo Don Ramón: porque la pipa se ha aclimatado mejor en Barcelona que en Madrid.

Si entre Cataluña y Castilla hubiera una guerra de pipas —Dios nuestro Señor no lo quiera, pues de guerras ya tenemos bastante y demasiado—, vencerían las catalanas.

Podéis estar segurísimos». Era la España federal soñada por Pi i Margall: madrileños enemigos de la calle y de las pipas, catalanes que amaban el sol y el humo del tabaco filosófico.

En el libro preparado por Josep Maria Figueres, Lluís Capdevila sale constantemente con pipa.

En la portada aparece retratado con una pipa.

Con pipa le caricaturizó Jaume Passarell hacia 1935.

El 10 de abril de 1937, fue retratado en la plaza de España de Alcañiz por Cristóbal Arteche.

El dibujo apareció en Última Hora . Lluís Capdevila, gordo y con ropajes militares, también luce una pipa en la boca.

En Aix-les-Thermes aparece, con su esposa Montserrat, con una pipa, en 1943.

Tiene sentido considerar a Capdevila como un epígono del gran periodismo catalán de la Segunda Restauración. Como un imitador de Rusiñol trasplantado a un tiempo que no le tocaba. Este hombre supo vivir hasta 1939. A partir de entonces vivió entre ruinas. Supongo que también entre pipas.

En los años veinte, Màrius Aguilar y Carles Soldevila dirigían la colección Quaderns Blaus, que aparecían en la Llibreria Catalònia (plaza de Catalunya, 17; es decir, delante del Banco de España).

El cuaderno que el propio Carles Soldevila dedicó a Rovira i Virgili todavía es de consulta obligada.

Lo que Lluís Capdevila publicó en 1927 sobre su amigo Samblancat es uno de los libros más divertidos que se pueden conseguir en catalán.

En este retrato de 1927 hay muchos pasajes remarcables: «Ángel Samblancat es un hombre alto, gordo.

Tiene una cabeza grande, poderosa, como corresponde a un hombre de su condición, poblado de un cabello corto y áspero», y añade Capdevila: «una corpulencia imponente de cíclope, y un espíritu de niño, claro y luminoso.

Sin la gracia de ese espíritu, el procedimiento para pintar en Samblancat habría sido el aguafuerte.

Con este espíritu, es mejor el de la punta seca, que, además de su delicadeza, tiene todo el vigor del aguafuerte».

Samblancat vestía mal, con descuido («el mejor día Ángel Samblancat se pondrá a la americana al revés y no se dará cuenta», explica Capdevila).

Y añade mil otros detalles, porque eran carne y uña desde hacía muchos años: «Ángel Samblancat —supongo yo— no es un escritor de aquellos que tienen suerte con las mujeres.

Tampoco esa suerte le preocupa poco ni demasiado».

El futuro colaborador de Companys quiere dar una imagen infantil y monacal de un hombre que siempre iba armado y que representó la línea más dura y estridente del republicanismo catalán.

Para Capdevila, su compañero era un goliardo medieval, un Arcipreste de Hita, un lírico, un san Francisco de Asís obeso, un Rabelais, goloso, hedonista y noble, pagano y sincero y amigo de la buena cocina.

Le encantaban el jamón y la cerveza negra.

También las fresas: «Una cena suculenta, bien servida y regada con buenos vinos, es una obra de arte tan digna de respeto como la Victoria de Samotracia.

Ángel Samblancat me decía una noche, en la sobremesa: “Si me sabe mal morir, si me asusta la idea de morir, es porque pienso que tendré que dejar de comer fresas”».

Capdevila describe a Samblancat como «el escritor que asusta».

Era el pistolero del periodismo catalán de izquierdas.

Era el cowboy de las novelas sentimentales y abarrocadas.

Había nacido en Graus el 1 de mayo de 1885, y su padre, carlista exaltado, regentaba un hostal ruinoso porque, al parecer, echaba a todo aquel que no pensara exactamente como él.

Este personaje debía esconderse a menudo en la chimenea porque era muy odiado y a veces lo perseguían las gentes de la región.

El republicanismo dio hombres rotundos y redondos, como Blasco, Junoy, Castelar y el propio Costa.

Entre los grasos y sanguíneos, Samblancat era el más ardoroso y atronador.

Así debían ser los herederos de Hugo. En 1927, cuando escribe Capdevila, Samblancat llevaba siempre gafas de sol por prescripción médica, y vivía en Sant Andreu, con su esposa y dos hijas.

Capdevila niega que su amigo fuera un fanático del café: «Samblancat, afortunadamente, no es hombre que se haya prodigado en tertulias, ni peñas literarias.

De la misma manera que ha negado su retrato, durante mucho tiempo negó a su persona.

Hace ya algunos años que se le ve en teatros, en la librería del abuelo [Antoni] López, y en su peña del “Oriente”.

Por temperamento le gustan el silencio y la soledad.

Habría sido un trapense admirable. Por eso ha podido sufrir tantos y tantos meses de cárcel: porque la celda, mientras tuviera libros, papel y pluma, no era un castigo para él».

Y quizás no era especialmente social porque era perezoso: «Otra de las debilidades de Samblancat es la cama.

En la cama Samblancat, amén de otros quehaceres, come, lee y escribe.

La mayor parte de sus obras las ha escrito en la cama, en cuartillas pequeñísimas.

Samblancat, como Unamuno, tiene una letra diminuta y puede escribir una crónica en una tarjeta de visita.

En Londres, desterrado, creo que pasó dos meses sin abandonar la cama, o poco menos». Quizás es que hacía frío.

Sus ídolos e influencias eran de órdago.

Capdevila menciona, sobre todo, a Joaquín Costa, José Nakens y Luis Bonafoux.

Costa, compatriota, también de Graus, señor de la oratoria inflamada y la escritura jeremiaca.

Bonafoux, capaz de burlarse de Clarín en su propia necrológica y alegrarse de su muerte, y capaz de pasearse por Salamanca en calzoncillos; y Nakens, patriarca del quevedismo tronado, el único madrileño que ayudó al terrorista Morral, y capaz de llenar miles y miles de cuartillas y revistas, diarios y libros con versos y diatribas alucinantes contra los curas.

Con estas argamasas, el producto final no tenía nada de sorprendente.

Para Capdevila, también eran importantes los sustratos aragoneses: «Las rocas de Graus; los cinco años estudiando humanidades en los Misioneros de Barbastro; los diez años de concurrente en la biblioteca del Ateneu Barcelonès —criadero de sabios y de tresillistas—; los veinte años que ha vivido en la calle Arc del Teatre.

La obra de Samblancat —y, naturalmente, su estilo— tiene toda la gama de la escuela aragonesa: la rudeza, la potencia, el realismo».

En Aragón comían fuerte: «De esta escuela han salido Goya, Aranda, Pignatelli, Costa y Marcial».

Rocas, jamones, gigantes, oratoria inflamada, barricadas y disparos.

Conclusión: «El estilo de Samblancat se nos presenta hoy como una riqueza y una grandeza extraordinarias, que nos asusta un poco porque hoy se hace una literatura ridícula, en tono menor, pequeña, mezquina, en estado de feto».