Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #7
El día 24 le ofrecieron un banquete al que asistieron unas cien personas.
Al día siguiente, La Publicitat publicaba su alocución del día 22.
Gasch y Lorca ya no eran amigos, pero se saludaron protocolariamente en un entreacto.
El vanguardista catalán consideraba que la literatura de Lorca se había estilizado demasiado.
En cambio, el núcleo de la revista Quaderns de Poesia había tomado el testigo y había adoptado a Lorca: le organizaron otro homenaje en la Taberna Vasca.
Joan Teixidor reseñó el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías en el segundo número de la publicación; el poeta Garcés analizaba sus poemas gallegos en el séptimo. Esto sucedía ya en 1936.
En 1926, Edicions La Sirena publicó Memòries d’un llit de matrimoni, de Lluís Capdevila, obra que acabó en los tribunales por inmoral, como ya hemos contado a propósito del inefable senador del Reino Emili Junoy.
Seguramente le hicieron un favor, porque el libro fue reeditado ese mismo año y también en 1933.
En la página 97 encontramos toda una declaración estética de principios: «Hay que escribir para el pueblo, y el pueblo no quiere versos.
El pueblo quiere cosas fuertes, que le allanen el paso, que le iluminen el cerebro, que le calienten el corazón».
Se mantuvo siempre fiel a estas máximas.
En realidad, escondida bajo el título sicalíptico, la novela revisitaba el género picaresco, con la estructura de las sátiras castellanas de la Edad Moderna.
La cama protagonista traza un panorama social desde una estación de tren o desde un burdel.
En Memòries d’un llit de matrimoni se da mucha parodia antropológica: «La habitación en España, generalmente, no tiene ningún atractivo.
Así se comprende que el hombre se pase la vida en el café o en el club».
El autor añadía, en otro pasaje: «Este encanto de las calles no lo capta el madrileño.
El madrileño es un animal de café. Como en su casa tiene frío y se encuentra mal, se pasa la vida en los cafés: unos cafés que huelen a cocina barata».
No especifica qué aromas abundaban los que frecuentaba él mismo cuando ejercía de bohemio que no se lavaba.
La novela detalla, en su núcleo o hueso, la trayectoria de cuatro prostitutas, perdidas a causa de la ignorancia y de la hipocresía social.
Capdevila presenta el sexo como algo animal y porcino.
A los demandantes, no sabemos qué les daría más rabia, si una novela que hablara de «besos ardientes» y meublés (¡mucho ruido por nada!) o que se preguntara cómo el mundo masculino habitual de las calles de Barcelona, formado por empresarios glotones, actores y periodistas de poco vuelo, corrompía a las chicas españolas y las hacía converger en la noche sucia de la ciudad.
El verdadero tema es el de la preparación educativa de la mujer.
Y otra curiosidad, quizás relacionada con todo esto: Capdevila dedica su obra a su madre.
¿Alguien mancharía la reputación de su madre con una novela meramente pornográfica?
También es verdad que de Capdevila podía esperarse cualquier cosa.
Se trata de una obra heredera del naturalismo radical español.
La prostituta, de Eduardo López Bago, se había publicado en 1884.
Y La buscona, al año siguiente. La huella de Alejandro Sawa, Felipe Trigo y López Bago, escritores que ganaban fama a través de polémicas y juicios, parece bastante evidente.
La dictadura de Primo de Rivera había hecho retrasar bastante el mundo mental.
Muy diferente había sido Berta, la del trist destí, obra de ambientación rural muy deudora de los grandes narradores modernistas catalanes, y con aromas expresionistas, que provienen de Víctor Català, Prudenci Bertrana y Josep Pous i Pagès.
La editó La Nove l· la d’Ara el 24 de enero de 1925, en la imprenta L’Avenç Gràfic (calle Barberà, 9).
De 1935 es el drama 14 de abril. Claror d’alba (Llibreria Millà), pieza en un acto dedicada «a la gloriosa memoria de Ignasi Iglésias, del Poeta del Pueblo, que hoy muchos han olvidado, cuyas obras ocupan un puesto de honor en mi casa, siempre abierta a los amigos y los pobres».
Otra declaración de intenciones republicanas.
El prólogo lo firmó un amigo, Agustí Collado, quien escribía: «Capdevila no recuerda sus comedias.
Él ya lo sabe que los empresarios son aficionados a la tontería y al teatro que no es catalán.
Él no lo ignora que cierta gente ni quiere ni recomienda obras con cara y ojos.
Pero escribe por si algún día nuestra escena se despierta de buen humor y se pone el vestido sencillo, ese vestido que no es para las grandes recepciones, ese vestido que honestamente cubre las vergüenzas».
Rebajarse, mostrar una gran modestia, era una estrategia del autor por parecer totalmente desinteresado.
La continuidad con Iglésias es absoluta: Remei es una chica pobrísima pero muy «limpia».
Gabriel es un viejo al que ya no dejan trabajar por ser demasiado mayor, como en la célebre obra Els vells, de Iglésias, el Ibsen de Sant Andreu del Palomar.
Els vells se estrenó en el Teatro Romea el 6 de febrero de 1903, dirigida por Enric Borràs.
Gozó de una fortuna editorial considerable: se imprimió, como mínimo, en 1903, 1916, 1932 y, después, en 1963.
Pere Coromines redactó un juicio sobre ella en 1931.
Uno de los artículos de guerra de Capdevila fue dedicado a «L’exemple dels vells» (La Humanidad, 10 de febrero de 1937).
En 14 de abril. Claror d’alba, Miqueló es un enamorado de «Clavé y su obra».
Capdevila está intentando situarse a sí mismo como el eslabón que une el mundo de Baldomer Lostau, Almirall, Conrad Roure, Pitarra e Ildefons Cerdà, y el contexto de 1931.
En la cámara donde se desarrolla la acción hay un retrato de Pi i Margall, otro de Ignasi Iglésias y una estampa alegórica de la República.
La obra presenta una visión idealizada y casi naíf del 14 de abril de 1931.
Gabriel hijo, que acaba de salir de la cárcel, dice: «La Rambla era como una riada inmensa, una riada que en lugar de agua llevaba gente: gente de todos los estamentos que reía, que cantaba.
Hoy todos parecíamos hermanos. Se ha hecho de noche y daba la impresión de que había más claridad que nunca, una claridad que nos nacía del corazón y nos daba calor».
¿Recuerdo, advertencia, o canto de cisne?
Esto se publicaba el 1 de abril de 1935, cuando las cosas comenzaban a ponerse feas.
Andreu Nin, ya regresado de Moscú, contempló ese desfile republicano de la Rambla. Lo acompañaba su amigo Amadeu Hurtado, a quien dijo que la hora del proletariado aún no había llegado...
L’art de fumar amb pipa fue reeditado en catalán por la Llibreria Millà, en 1970.
El prólogo, que no tiene pérdida, aparece firmado en Poitiers en diciembre de 1969.
Empieza con un elogio de la pipa que sirve para imaginar cuál era la filosofía del personaje: «El hombre, que es el más inexplicable y contradictorio de los animales, lucha siempre, es decir, siempre: cuando está dotado de cierto buen sentido, para dar a la vida un ritmo y un tono lo más placenteros posible».
Y añade: «Veinte siglos de civilización nos han enseñado que la felicidad consiste en limitarse, o sea: a no pedir peras al olmo».
No estamos, por tanto, muy lejos de los maestros del periodismo de antes de la guerra: Pla, Xammar, Sagarra, pero pasados por el filtro republicano y proletarizante.
En La Campana de Gràcia y L’Esquella de la Torratxa , Lluís Capdevila tenía barra libre.
Llegó a dirigir ambas publicaciones, lo que le convierte en una pieza clave del periodismo republicano de la época.
También llegó a dirigir La Humanitat, fundado por Lluís Companys en 1931, entre noviembre de 1931 y diciembre de 1934.
En 2011, Josep Maria Figueres, historiador del periodismo catalán, publicó Les cròniques de guerra de Lluís Capdevila (1936-1939) (Duxelm – Fundación Irla).
Figueres ha escrito que «las crónicas catalanas de Capdevila disponen de un rasgo específico muy peculiar, más allá de la visión de la crítica literaria que aquí no nos interesa, es el realismo más allá de la magnificación y exaltación de los propios valores, si los soldados son niños lo dice, nada de “rudos y graníticos combatientes” —sin embargo, no escatima elogios—, pero es un realismo muy adecuado».
Seguramente porque Capdevila nunca fue ni un extremista, ni un épico.
Capdevila envió a La Humanitat (también alguna para Catalans!
, Meridià, Mi revista u Hora de España) un total de doscientas veintisiete crónicas entre el 1 de agosto de 1936 y el 22 de enero de 1939.
Con toda probabilidad, estos artículos constituyen lo más relevante de su trayectoria de escritor, aunque transfigurado en comisario de prensa de la Columna Macià-Companys, que operaba en el frente de Aragón.