Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #6
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #6

En 1927, el sello Llibreria Catalònia iniciaría la edición de las obras completas del poeta del proletariado, Ignasi Iglésias, un dramaturgo ibseniano de trayectoria dilatada.

El segundo volumen de la serie llevaba como prólogo unas palabras recuperadas de Joan Maragall, y ya llevaba el sello de Editorial Juventud.

El poeta había dicho de Iglésias: «¿Sabéis cuál es la primera virtud de toda la obra de Iglésias?

Pues es el amor: es decir, el amor humanitario, el sentimiento activo de la hermandad de todos los hombres, y hasta del hombre con las cosas: es una actitud de hombre fuerte, enternecido por la contemplación de la vida».

Teniendo en cuenta lo que había escrito Maragall tras la Semana Trágica, esta apreciación del escritor andreuense (Iglésias había nacido en Sant Andreu del Palomar, donde hoy se custodia su archivo personal; el ensayista Jaume Brossa también había nacido en ese municipio, antes de que fuera anexionado a Barcelona en 1897) no son palabras que podamos pasar por alto.

En 1907, Maragall había escrito, en Elogi del poble: «Y, tanto como oigo decir lo contrario de muchos que se llaman humanitaristas; que defienden con gran calor las causas del pueblo, y especialmente las de la plebe, y al mismo tiempo les repugna el trato personal del plebeyo, ¡y hasta no pueden sufrir el olor a pobre!

» (1990: 75). La atención de Iglésias por los humildes y los obreros no era retórica ni distante, sino en contacto directo con el núcleo del pueblo bajo, fusionada con él, pero no tuvo una continuidad clara ni en las letras modernistas ni en las noucentistes .

El último volumen de las obras de Iglésias, el número diecisiete, se publicó en plena Guerra Civil, en 1937.

López i Benturas es el Sempere catalán, y básicamente en catalán.

Nunca se había visto que un papel catalán durase sesenta años, como lo hicieron La Campana de Gràcia (1870-1934) y L’Esquella de la Torratxa (1872-1939).

La Llibreria Catalònia cerró el año 2013.

Actualmente, en el local que ocupaba, hay un McDonald’s.

Lorca viajó a Cataluña en la Semana Santa de 1925 y se quedó a dormir en casa de los Dalí. Anna Maria Dalí, hermana del pintor, se medio enamoró de Lorca tras pasear con él con las manos enlazadas, pero es que parece que entre 1925 y 1936 le debió de pasar lo mismo a media Cataluña.

Hasta el padre de Dalí, hombre más bien hecho de aristas cortantes, recibió al poeta con entusiasmo.

Dalí y Lorca, es bien sabido, se conocieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

A Lorca, el litoral del norte catalán le recordaba Tierra Santa, como al novelista Gabriel Miró le recordaba Tierra Santa el litoral alicantino.

Se bañaba rodeado de amigos porque tenía miedo de ahogarse.

En la tertulia familiar de los Dalí leyó Mariana Pineda.

El pintor introdujo al poeta en dos cenáculos de vanguardia: «El Ateneíllo», que mantenía el uruguayo Rafael Barradas en un piso de L’Hospitalet de Llobregat, y el de la revista L’Amic de les Arts, publicación en la que Lluís Muntanyà habló de Lorca en 1926, y en adelante el granadino colaboró puntualmente con la revista enviándole poemas, prosas y algún dibujo.

En 1927, Muntanyà volvió a ocuparse de Lorca, reseñando Canciones con entusiasmo.

En Barcelona, los amigos lectores que se reunían en el entorno del poeta Bartomeu Rosselló-Pòrcel y el crítico de arte Alexandre Cirici leían con mucha atención a Juan Ramón, Salinas y Alberti.

En 1927, Lorca se quedó varios meses en Barcelona, y le gustaba las horas en el café El Oro del Rhin, uno de los más lujosos de la ciudad.

El establecimiento era también charcutería, y ocupaba una esquina privilegiada: Les Corts (hoy Gran Via) con Rambla de Catalunya, junto al Coliseum.

Había abierto sus puertas no mucho tiempo atrás, en 1924, y en 1969 se convirtió en una sucursal bancaria.

En El Oro del Rhin, pues, un nombre que procedía de una ópera de Wagner, el pintor Barradas le presentó al también escritor Sebastià Gasch.

Y Gasch se fue convirtiendo en el mejor amigo catalán y guía de Federico por las tertulias y cenáculos barceloneses.

Con Dalí, frecuentaban los merenderos de Montjuïc, resumen de la vida popular de la ciudad.

A Lorca lo entusiasmaban los pianos de manecillas y el buen humor de los que subían para bailar.

También cuentan que un día se retiró a dormir temprano para oír una misa solemne en el interior de la catedral, cuyas bóvedas le fascinaban.

La historia de Lorca con Cataluña, por lo tanto, es la de un amor mutuo y correspondido...

Un tipo de amor (recordemos los casos de Clarín, Galdós, Unamuno, o los de D’Ors u Ortega) no muy frecuente, a menudo mediatizado por tiranteces políticas o incomprensión, que volvería a trancas y barrancas, triunfante en una época de oscuridad y sospechas, con Ridruejo y Riba.

Pero Gasch y Muntanyà (y Margarita Xirgu, cómo no) comprendieron perfectamente a Lorca, amaron a un hombre que entró en Cadaqués y Barcelona sin prejuicios de ninguna clase.

Gasch llevó a Lorca al Ateneu y una de las vacas sagradas de la peña de Borralleras le preguntó al joven de qué país era.

Lorca respondió que venía «del Reino de Granada».

También visitaron Sitges, donde Lorca cantaba y tocaba el piano en casa de Josep Carbonell.

Allí es donde lo conoció Josep Vicenç Foix.

Mariana Pineda fue estrenada en el Teatro Goya por Margarida Xirgu, el 24 de junio de 1927, con decorados de Dalí.

Se ve que la crítica fue adversa y que solo hubo seis representaciones de la obra.

Pero pronto hubo descargo para Lorca: sus amigos le organizaron una exposición de dibujos en las Galerías Dalmau (25 de junio-2 de agosto de 1927).

Al año siguiente, Romancero gitano tuvo dos reseñistas de lujo: el obligado Muntanyà y Tomàs Garcés desde La Publicitat (25 de agosto).

Dalí, Muntanyà y Gasch urdieron su célebre «Manifiesto Antiartístico» en el Café Colón, y colocaron a Lorca en su lista de modelos intelectuales, nada menos que junto a Picasso, Miró, Chirico, Le Corbusier, Tzara, Éluard, Maritain, Breton y Stravinski. A Lorca le pareció algo excesivo.

En 1929, L’Amic de les Arts desapareció, y fue Mirador la publicación que empezó a hacer más caso al poeta.

En su número 102, de 1931, Gasch saludó la publicación de Poema del cante jondo .

Pero aún no había llegado la apoteosis: el estreno de Yerma en Barcelona en 1935 fue su éxito más clamoroso, y eso que hubo que expulsar a unos alborotadores fascistas que amenazaron a Margarida Xirgu por ser amiga de Manuel Azaña.

Se sumaron al coro de fervientes admiradores de Lorca el ya veterano Josep Maria de Sagarra, con quien Lorca conversaba en verso, y un jovencísimo Josep Palau i Fabre.

Hubo hasta un recital lorquiano organizado por un partido comunista, el Bloque Obrero y Campesino de Maurín, que en aquel tiempo controlaba el Ateneu Enciclopèdic Popular.

La entidad organizó una lectura de versos de Lorca en el Teatro Barcelona, que también fue un éxito resonante.

Aquel público proletario impresionó al autor, que quedó maravillado por las preguntas que le hicieron cuando terminó.

Hubo aún muchos más actos: en el círculo Amics de la Poesia, y también en la Escuela de Enfermeras de la Generalitat, a iniciativa de Antoni Maria Sbert, director del Instituto de Acción Social Universitaria.

Sbert era un hombre conocido en todo el país, porque había destacado durante los años veinte por su tenaz oposición a la dictadura de Primo de Rivera.

Lorca leyó allí Romancero gitano e iba comentando cada uno de los poemas.

El público aplaudía enfervorecido. Al final, Margarida Xirgu recitó Llanto por Ignacio Sánchez Mejías .

Luego hubo cena y asistió la flor y nata de la intelectualidad barcelonesa: el fisiólogo August Pi i Sunyer, el escritor Carles Soldevila, el arqueólogo Pere Bosch-Gimpera y Joan Estelrich, director de la Fundación Bernat Metge.

En septiembre, Xirgu volvió a la carga con otro estreno: Bodas de sangre.

Y luego, el 12 de diciembre, Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores .

En La Humanitat, el periódico de Companys, Lorca explicó que para descansar de tanta tragedia había pretendido escribir y estrenar una obra más ligera, pero que en esas risas medio veladas había acabado habitando una tristeza aún más profunda que en sus creaciones anteriores.

En el Principal Palace, tras la representación de Doña Rosita la soltera, Lorca leyó una alocución dedicada «A las floristas de la Rambla de Barcelona», henchida de costumbrismo y ramonismo: «Esta noche, mi hija más pequeña y más querida, Rosita la soltera, la señorita Rosita, sobre el mármol y entre cipreses doña Rosa, ha querido trabajar para las simpáticas floristas de la Rambla, y soy yo quien tiene el honor de dedicar la fiesta a estas mujeres de risa franca y manos mojadas donde tiembla de cuando en cuando el diminuto rubí causado por la espina».

«La rosa mudable», continuaba el poeta, «encerrada en la melancolía del carmen granadino, ha querido agitarse en su rama al borde del estanque para que vean las flores de la calle más alegre del mundo.

La calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabase nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: la Rambla de Barcelona» (2021: 371).

Pero ¿cómo no iban a querer a este hombre en la ciudad?