Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #5
El señor Maurras ha engordado. La última vez que nos hemos dado la mano, la encontré fláccida y fofa.
Era en Action Française, con Estelrich. El año 1920, vi diversas veces a Maurras en las reuniones políticas de su partido.
Me entretuve haciendo un retrato. Es un señor bajito, de carnes estrictas, de una finura casi lineal, muy pulcro.
Sobre la cabeza, pequeña, se pliegan suavemente, de izquierda a derecha, unos raros y largos cabellos grises, un poco desordenados.
Por debajo, clarea, mate, el cráneo. La raya se deshace en la corona y después, detrás, los cabellos se recogen en la leve hinchazón de la melena.
De Carles Riba afirma que «lo hace todo bien, no puede dejar de hacerlo todo bien, porque tiene detrás un sistema de ideas generales, una cultura vastísima».
Un hombre, afortunadamente, hecho a la alemana: «Es por esto que en un país donde la gente piensa que un poeta es un producto muy parecido a un salvaje, un hombre como Carles Riba por fuerza ha de chocar y reducirse a una vida silenciosa y crepuscular».
Y, curiosamente, lo presenta también como un hombre apasionado y hasta violento, presa de inquietudes intensas de orden autocrático e intelectual.
Pla aparece posicionado desde el principio de su carrera a favor de la profesionalización plena de los escritores, los periodistas, los filósofos y los gramáticos, lo cual lo coloca en la situación de representar la figura más arquetípica del segundo novecentismo catalán.
De Pompeu Fabra, en Coses vistes, Pla afirma que era el único catalán que no le parecía un aficionado.
Es lo mismo que afirmó Pijoan del filólogo Pio Rajna cuando lo fue a visitar en 1903, cuando todo estaba por hacer.
Lo que no fue Pla nunca es un órsida estilísticamente hablando. Y ni falta que hacía.
Por todas estas razones, podemos llegar a la conclusión de que Pla quiso configurar su primer libro como una gran y completa tarjeta de presentación, que contenía en miniatura todo lo que estaba dispuesto a escribir, todo lo que estaba empezando a bullirle en el magín, y cuyo objetivo final era mostrar sus cualidades de prosista, a través del cultivo de diversos géneros.
En la primera carta conocida que le envió, el 12 de marzo de 1924, Xammar le escribió lo siguiente: «Sois un gran hombre y merecéis la palma.
Vuestra correspondencia permite creer al que la recibe que ha nacido en un país civilizado» (2000: 63).
Todos los grandes escritores del momento están obsesionados con esta idea: que Cataluña deje de ser un baluarte de bandidos, que se ponga a estudiar duro, y que deje de ser una región bárbara peligrosamente inclinada a los motines y las bullangas.
En los años veinte, lo hemos visto con Pla, empiezan a aparecer retratos literarios a medio camino entre el cuadro urbano y la crítica literaria, lo cual puede venir a significar que el Modernismo y el Noucentisme habían conseguido generar una cultura en catalán suficientemente densa como para empezar a necesitar de síntesis y recopilaciones.
Uno de esos críticos fue Plàcid Vidal, que publicó Singulars i anecdòtics en 1920.
En ese volumen encontramos retratos de Joan Puig i Ferreter, Alfons Maseras, Joan Oller i Rabassa, Isidre Nonell y Diego Ruiz, entre otros.
En un estilo no asombroso, Vidal va tejiendo un libro cuajado de anécdotas: «Cuando Isidre Nonell hizo una exposición de obras suyas en Barcelona en 1902, un periódico satírico le publicó una caricatura, donde se le mostraba disfrazado de Napoleón Bonaparte; y era que aquel artista pretendía parecerse, de cara, al célebre guerrero, siendo verdad que en ella había alguna cosa comparable.
Se refería a que si a nuestro pintor los amigos le afirmaban que se parecía a Napoleón lo hacían contento, y que si lo querían agraviar tenían que probar con la broma diciéndole que tenía cara de fideuero , resultando que era hijo de uno.
En los días de fiesta, paseando yo de pareja con Joan Puig i Ferreter, como entonces acostumbrábamos, muchas veces encontrábamos a Nonell, casi siempre yendo solo, pensativo; y, sabiéndole esa pretensión, lo hablábamos entre los dos, llegando a preocuparnos.
Nos enteramos de que tenía el taller en una casa de la calle del Comercio, delante del Palacio de Bellas Artes, y un día el ingenioso Puig se encaprichó con engancharle un retrato de Buonaparte en la puerta».
Nonell había muerto prematuramente, de tifus, en 1911.
Antoni López i Benturas (Barcelona, 1861-1931) era hijo de Innocenci López i Bernagossi, iniciador de una fundamental estirpe de editores afincada en la calle Ample, número 26, y en la Rambla del Mig, número 20.
Antoni López (que no debe confundirse con Antoni López y López, marqués de Comillas, naviero, banquero y grande de España hoy caído en la desgracia pública.
Nada que ver con este): sin Antoni López y Benturas no dispondríamos hoy de gran parte de la obra de Santiago Rusiñol; continuó y engrandeció la trayectoria de publicaciones tan trascendentes como L’Esquella de la Torratxa y La Campana de Gràcia, fue editor también de Gabriel Alomar, Lluís Capdevila y Francesc Madrid.
Podemos concluir que se convirtió, en las primeras décadas del siglo XX , en el patriarca a la sombra del republicanismo desobediente de Barcelona.
De Rusiñol, López editó: L’auca del senyor Esteve (1917), Gente bien (1917), A ca l’antiquari.
Sainet en un acte (1917), Els nàufrags (1917), La niña gorda (sin fecha), Bataneros en comandita (1918), La casa de l’art (1918), El català de «La Mancha» (versión teatral de 1918), Souper-Tango (1918), Chauffeur — Al Palace!
(1921), El casament de conveniència (1925), Els analfabets (1928), Les dues filles (1928) y la tardía Miss Barceloneta (1930).
La lista es impresionante. Y tenían razón Pla y Sagarra: a veces tomamos por humoristas escritores que no hicieron más que trabajar y trabajar, escribir y escribir de sol a sol.
Si debemos hacer caso a lo que escribió Lluís Capdevila sobre su editor de referencia, López vivió siempre en simbiosis con los escritores más populares de Barcelona, y prestó especial atención al sainete, al monólogo, las comedias y las formas desenfadadas e ideologizadas de hacer teatro en su ciudad.
López apadrinó también a una autora curiosa de Barcelona: Lluïsa Denís (1862-1946), esposa de Santiago Rusiñol, de quien editó la comedia Els caçadors furtius y Una venjança com n’hi ha poques (ambas en 1931).
Lluïsa Denís era conocida también por sus pinturas y sus zarzuelas modernistas, de las cuales componía la música.
Lluïsa Denís era la célebre Lluïsa, la incansable tertuliana que acompañó siempre a su marido hasta altas horas en los antros de la vida literaria barcelonesa.
¡Qué paciencia debía tener con un hombre que se pinchaba morfina en los bares!
López también creó la Colección Diamante, donde aparecieron muchas obras curiosas.
Por ejemplo, sin fecha, una novela histórica de Francisco Pi y Arsuaga, hijo de Pi i Margall y líder del partido federal: El Cid Campeador .
También A la sombra de las higueras, de Vicente Blasco Ibáñez; A punta de pluma, de Alfredo Calderón, escritor madrileño republicano y krausista; Los amigos, los amantes y la muerte, de Gabriel Miró; En el Sol, de Ángel Guerra; Alma infantil, de Dostoievski; el Werther de Goethe; Arco Iris: cuentos, de la condesa de Pardo Bazán; Cándido, de Voltaire; Cosas mías, de Joaquín Dicenta, o La casa de Shakespeare, de Pérez Galdós (1897).
Con esta colección popular, López se convirtió en un eslabón entre el mundo radical y republicano de España y los quioscos y librerías de Barcelona.
Otros muchos creadores publicaron con el incansable sello «Antoni López, Llibreter»: el dramaturgo Adrià Gual lo hizo con Hores d’amor i de tristesa (1918).
No estamos hablando precisamente de figuras menores.
El caso de López Llausàs, su hijo, es quizás más conocido.
Y también, quizás, aún más trascendental.
En 1924, junto con Cruzet y Borràs de Quadras, crearon la Llibreria Catalònia, que editaba y vendía volúmenes.
Por ejemplo, fue la casa que publicó nada menos que el Diccionario General de la Lengua Catalana de Pompeu Fabra (1932).
La Catalònia residió, en un primer momento, en la plaza de Catalunya, 17.
Posteriormente, en 1931, se trasladó al número 3 de la Ronda de Sant Pere.
Bajo el sello de la Llibreria Catalònia publicó otra pequeña multitud de autores catalanes: Carles Soldevila, Joaquim Casas-Carbó, Joan Estelrich, Pous y Pagès, el comunista Joan Comorera, Sagarra (All i salobre, 1929; Àncores i estrelles, 1935), Pere Coromines (Les presons imaginàries, 1934), César August Jordana, Feliu Elias, Francesc Pujols, Folch i Torres, Salvador Espriu (Aspectes: narracions, 1934), Domènec Guansé (Com vaig assassinar Georgina, 1930), Chateaubriand, Twain, Stendhal, Baudelaire, Verdaguer, y también impulsó la colección Quaderns Blaus, dedicados a personalidades catalanas y que continúan siendo una mina de información.