Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #3
Barcelona continuaba llena de costurones.
El amor social que reclamaba dramáticamente el poeta Maragall no había llegado: lo único que se había aposentado había sido la dictadura.
El filósofo Gaziel odiaba el caos, el individualismo, el insurreccionalismo, los instintos feraces, y no podía soportar la falta de urbanismo: «Barcelona y Madrid se han desarrollado sin descanso durante los últimos diez años; es posible que la primera se haya ensanchado más que la segunda.
Pero lo que a nosotros nos parece advertir —lo único interesante— es que mientras Barcelona crecía a la desbandada, Madrid lo ha hecho con envidiable cohesión.
Y la diferencia que hoy todos notamos entre ambas ciudades no es más que la resultante lógica, fatal, de esos dos métodos de crecimiento».
Concluía: «Un áspero y desenfrenado individualismo ha sido la dominante de la expansión urbana barcelonesa» («Hongos y abejas», 16 de febrero de 1921; 2014: 28).
Sobre Macià tenía una opinión pésima, y lo ridiculizó en su artículo «Notas marginales.
El complot de Perpiñán» (12 de noviembre de 1926).
No era el único periodista catalanista que pensaba aquello, Eugeni Xammar lo consideraba un «ximple» en una carta a Pla de 1924.
Para Sarrià, antiguo municipio en el que residía, Gaziel tuvo palabras azorinescas:
Cerraba la noche. De los tejados pueblerinos brotaban, en la quietud del aire otoñal, lentas humaredas.
¿Cuántos siglos hace que Sarriá está aquí, tal y como lo vemos, mansamente acurrucado al pie de la sierra?
La ciudad, que él vio crecer allá a los lejos, en el fondo del húmedo llano, ha ido subiendo la suave cuesta y remontando la ladera, hasta venir a ahogarle, a absorberle.
Mañana el pueblo entero quedará anegado bajo el desbordamiento de la capital.
Sarriá ha dejado de ser un municipio autónomo: es un barrio («Un municipio que muere», 9 de noviembre de 1921; 2014: 41).
Definitivamente, nuestro pequeño filósofo era un pesimista empedernido, pero no exento de actualidad: «Esta suerte de megalomanía proyectista, contrastado con una lamentable miseria real; esa desproporción dolorosa entre lo que deseamos y aquello de lo que carecemos; ese fraguar exposiciones nuevas, mientras que dejamos que se arruinen los restos de la anterior; ese soñar palacios encantados y maravillosos jardines, cuando se derrumban y agostan los poquísimos que ya teníamos; ese proyectar plazas monumentales, cuando la de Cataluña, la primera de la ciudad, es un zoco africano; ese portento de un certamen futuro de las industrias eléctricas, en una ciudad que materialmente está en las tinieblas; ese anhelar, en fin, todo lo imaginable, lo mejor y lo más difícil del mundo, mientras nos está faltando lo más indispensable, fácil y elemental.
Esa enloquecedora grandeza contrastando con esa vergonzosa servidumbre, componen, en un claroscuro inconfundible, la verdadera fisonomía de la Barcelona contemporánea» («Grandeza y servidumbre de Barcelona», 30 de noviembre de 1921; 2014: 47).
En definitiva, Gaziel era duro con la ciudad y con el catalanismo indisciplinado a partes iguales:
Descontando todas las bellas obras públicas que en Barcelona se hicieron en remotas edades, vamos a compararnos nada más que con nuestros padres y abuelos.
Ellos edificaron el Teatro del Liceo, digno de cualquier urbe de Europa; nosotros hemos levantado el Palau de la Música Catalana, la equivocación más lamentable que puede haberse realizado de cincuenta años acá.
Ellos construyeron los nobles pórticos de Xifré; nosotros abrimos la estúpida Vía Layetana .
Ellos edificaron la Virreyna, nosotros la cantera troglodítica (no sé cómo llamarla mejor) del paseo de Gracia, esquina a Provenza.
Ellos, la iglesia de Belén; nosotros, la de los Capuchinos, en la Diagonal (y que me perdone mi buenísimo amigo el Rdo.
P. Miguel de Esplugas, seguramente incapaz de haber contribuido a aquella abominación).
En definitiva, el Modernismo le parecía un horror y la decadencia de la ciudad, palpable a todas luces. No salvaba nada: «Ellos vivían en una ciudad tradicional y noblemente europea. Nosotros, en cambio, diríase que moramos en pleno Far-West» («Croquis tercero», 4 de abril de 1923; 2014: 64).
En la ciudad iban apareciendo novedades.
En el número 30 de la flamante nueva Via Laietana, se construyó en 1923 un edificio moderno de nueve pisos: la residencia de Francesc Cambó.
Fue obra del arquitecto Adolf Florensa, que se inspiró en la escuela de Chicago.
El edificio era muy racionalista, fiel al carácter práctico de su inspirador, y se dice que fue el primer bloque de Barcelona que contó con un ascensor.
La Fundación Bernat Metge fue instalada también allí.
Cambó, señoreando la ciudad, se hizo arreglar un jardín en la azotea, con columnas y construcciones grecorromanas, y allí vivía el prócer, en el piso superior.
Su jardín lo diseñó el especialista Nicolau Maria Rubió i Tudurí, autor también de los Jardines de Santa Clotilde, en Lloret de Mar (1919), los del Palau Reial de Pedralbes (1927) y el Turó Park, en Barcelona (1933).
Por la Bernat Metge desfilaron para trabajar algunos de los pensadores más importantes de la Cataluña de la época: Joan Estelrich, Carles Riba, Joaquim Balcells, Joan Crexells, Pompeu Fabra, Carles Cardó, Joan Petit, Manuel de Montoliu...
El lunes 9 de abril de 1923 se celebró en el hotel Ritz una cena multitudinaria que tenía por objeto celebrar la publicación del primer volumen de la colección de la Bernat Metge: De la Natura, de Lucrecio, en traducción del latinista Joaquim Balcells.
Estas cosas pasaban en la Barcelona de Estelrich y Cambó: la alta sociedad reunida en un hotel de lujo para festejar la aparición de un clásico del paganismo más materialista.
A este volumen inicial se le concedió una importancia extraordinaria: fue revisado y corregido nada menos que por Gabriel Alomar, Joan Estelrich y Pompeu Fabra (Garrigasait, 2020: 48).
Hacía escasamente un mes que el libro había aparecido con el luego famoso logo de la colección en la cubierta: el Asclepio griego que se había encontrado en Empúries en 1909.
Los estratos arquitectónicos de la ciudad empezaron a diversificarse de nuevo a finales de la dictadura de Primo de Rivera y durante los años de la Segunda República; asomaba ya la urbe contemporánea, como en Madrid.
Diez años después de la construcción de la casa Cambó, en la plaza Urquinaona, se elevó el primer rascacielos barcelonés, edificio que se conserva en perfecto estado.
Con dieciséis pisos de altura, es una muestra característica de bloque racionalista en forma de proa de barco.
Fue construido por Luis Gutiérrez Soto y construido por Carles Martínez Sánchez, para el empresario Joan Fàbregas i Moragues.
Como Cambó, este magnate también se instaló en el sobreático.
Por su parte, Gutiérrez Soto desarrolló su trayectoria básicamente en Madrid, donde diseñó el Bar Chicote, el cine Callao y el Ministerio del Aire, que es básicamente una réplica de El Escorial, entre muchos otros palacetes, cines y casas unifamiliares.
En 1931, Barcelona concentraba el 36% de la población total de Cataluña.
La segunda ciudad del Principado era mucho menor: Sabadell, con 45.
607 habitantes. Podría decirse que durante los años veinte Cataluña fue consolidando su macrocefalia.
Francesc Pujols publicó La visió artística i religiosa d’en Gaudí en 1927.
Fue una autoedición, la primera de una colección que debía llamarse Biblioteca dels Fullets.
En la primera página, el filósofo ya deja claro que su defensa del arquitecto es integral y frontal: lo declara «el gran arquitecto del universo», es decir, que le atribuye poderes divinos.
Curiosamente, el símil que más utiliza Pujols para comparar el genio de Gaudí es literario: sus edificios son equiparados al significado de héroes como Orestes o Hamlet.
La Sagrada Familia la consideró «la última catedral de la mayor de las religiones falsas», y le afeó haber trabajado para engrandecer la «religión de los judíos» preguntándose qué habría pasado si hubiera dedicado su genio a la «religión de los catalanes», que Pujols había codificado en 1918 en su tratado mayor, Concepte general de la ciència catalana .
En sus páginas centrales, el prosista, fiel al estilo abigarrado y torrencial que propugnó, compara la Casa Milà con el Crepúsculo de los dioses, la ópera con la que Wagner culminaba su Tetralogía, por sus formas gigantes y «monstruosas», y durante todo el libro se relaciona a Gaudí con cierta vocación «musical».