Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940 #2
Algo, sí, se había perdido entre 1917 y 1923.
En su último libro, escrito en el exilio, Antoni Rovira y Virgili (un optimista nato) terminó admitiéndolo en unos párrafos no menos inquietantes que el texto desgarrador de Gaziel: «Después del novecentismo, las corrientes ideológicas desaparecen en el páramo desertizado, y los noveles no tienen consistencia: son meteoros pasajeros, resplandores crepusculares.
Vuelven a salir a escena los vanguardistas que no tardan en encontrarse en la retaguardia si permanecen inmóviles.
Quedan los cenáculos desmontables, más ligados por la amistad o la conveniencia que por las ideas.
Vienen, otra vez, los que prefieren el individualismo al equipo.
Ideológicamente se vive en gran parte de las corrientes anteriores o de las foráneas.
Si buscamos señales de cambio, los encontraremos en el campo de la lucha social más que en el de la ideología nacional y el de la literatura.
No es que haya un truncamiento de fuentes.
Lo que hay es una dispersión de arroyuelos que no llegan a formar acequias.
Se puede poner hacia el año 1920 el fin del período clásico, dentro del cual hemos visto la culminación de la Renaixença .
El período que viene a continuación presenta momentos llameantes, turnos de silencio forzoso, días gloriosos y días dolorosos, conquistas y caídas políticas, ganancias y pérdidas morales e intelectuales.
Este período, si no tiene corrientes destacadas, tiene altos hombres y altas obras» (2014: 144).
Las fuerzas se habían dispersado. Las figuras de 1901 y 1906 no acababan de entender la furia de los vanguardistas.
Nadie, excepto el movimiento obrero, sabía muy bien hacia dónde tirar.
Los burgueses de la Lliga realmente llegaron a pensar por un momento que Primo de Rivera les concedería la autonomía.
En octubre de 1919, en el Ateneo de Madrid, el anarquista Seguí había dicho que «La Lliga Regionalista no es una agrupación política en el sentido honrado de la palabra, sino un conglomerado de hombres de negocios que “hacen política” para arrancar del Poder determinadas concesiones a favor de sus industrias y negocios, sin conceder ningún tipo de importancia a las ideas que dicen defender» (Díez, 2021: 69).
De este modo explicaba que Cambó hubiera llegado a ministro en 1918, demostrando la superficialidad de su catalanismo.
En la calle, los del Sindicato Único obrero disparaban con pistolas Star, mientras que los sicarios del Sindicato Libre, adicto a la patronal, disparaban con pistolas Browning.
Hasta 1923, el pistolerismo dejó algo más de cuatrocientos veinte muertos en las calles de la ciudad.
En un primer momento, el Somatén, Foment del Treball y la Cámara de Comercio mostraron claramente su apoyo a la instauración de la dictadura militar.
La Lliga Regionalista mostró una actitud prudente, de espera; el pistolerismo se evaporó como por ensalmo.
Pla y Xammar, ambos lejos de Cataluña, deambulando por Europa, en cambio, se habían radicalizado y se escribían que la única carta realmente sólida era la del visionario Macià, a quien detestaban, partidario de la insurrección armada.
Xammar incluso medio fabulaba con la idea de que alguien se animara a asesinar a Alfonso XIII.
Xammar era un personaje irónico y peculiar.
Pese a ejercer una maestría reconocida e importante sobre los prosistas de su tiempo, no publicó ni un solo libro en vida.
En 1909 lo encontramos en París, acogido por el republicano Jaume Brossa.
Durante la Primera Guerra Mundial, ejerció de corresponsal en la flota británica y en el frente francés, donde fue herido.
En 1918 regresó a Barcelona como corresponsal del periódico The World, de Nueva York.
Durante un breve período dirigió Iberia, la conocida revista aliadófila.
Durante los dos años siguientes residió en Madrid, escribiendo para El Sol .
Xammar se las apañaba allí adonde iba para colaborar con los medios más selectos.
En 1924, Xammar abandonó La Veu de Catalunya para sumarse a La Publicitat .
En Londres figuraba como profesor de castellano en la Young Men Christian Association de Londres, ciudad en la que se hizo amigo de Julio Camba, Ramiro de Maeztu y Salvador de Madariaga.
Xammar fue una especie de nómada elegante y zumbón, de opiniones aceradísimas.
Solo se acercó con intensidad a la política cuando en 1945 empezó a trabajar para el Bureau Catalan que mantenía el presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Irla i Bosch.
Xammar fue su jefe de gabinete, e intentó por todos los medios que su jefe lograra el entendimiento con Josep Tarradellas.
Por aquellas fechas, hacía ya mucho tiempo que Xammar había conseguido comprarse una casa en L’Ametlla del Vallès, donde pensaba descansar de tantos ires y venires.
En Can Feliu pasó el periodista varias temporadas a partir de los años treinta, y en los cincuenta acabaría fijando su residencia allí (Pla, 2000: 39 y 151).
Desde Atenas, Cambó recomendó por telegrama «reserva y abstención» a los hombres de la Lliga y la Mancomunitat.
En aquel momento, el líder era Puig i Cadafalch, que se entrevistó con el dictador: el general se presentó como «amigo de la libertad catalana», pero al cabo de dos días empezó el goteo de catástrofes: la bandera catalana fue prohibida en las escuelas y en los espacios administrativos, fueron clausuradas más de cien instituciones (el CADCI, el Ateneu Enciclopèdic Popular, la Associació Protectora de la Llengua Catalana...); los alcaldes de la Lliga fueron destituidos y muchos militantes nacionalistas fueron encarcelados.
Más de ocho mil volúmenes impresos en catalán fueron expurgados de las dependencias municipales y escuelas para ser destruidos.
Puig i Cadafalch se exilió a Francia, abandonando la empresa que más quería: las excavaciones de Empúries.
Aun cuando la dictadura seguía mostrándose claramente represiva, en 1924, Cambó hizo un último intento por salvar los muebles.
Ofreció al general aceptar el nuevo régimen si se conservaba la Mancomunitat y se garantizaba la enseñanza en lengua catalana.
Pero no hubo transacción; Georges Dwelshauvers, profesor del Laboratorio de Psicología del Institut d’Estudis Catalans, como ya hemos consignado, fue destituido sin contemplaciones.
Protestaron unos ciento cincuenta profesores, que también fueron expulsados.
Entre ellos escritores o pensadores de primera fila como Carles Riba, Pompeu Fabra, Carles Cardó o Josep Farran i Mayoral.
Por su parte, Pere Rahola, presidente del Ateneu Barcelonès, presentó su dimisión en cuanto vio que la junta de la entidad no se solidarizaba con la del Ateneo de Madrid, clausurado por Primo de Rivera.
Jaume Massó i Torrents presidió el Ateneu durante dos cursos, entre 1926 y 1928.
Su discurso presidencial fue leído el 4 de diciembre de 1926 y versó sobre las relaciones literarias del príncipe de Viana, hijo de Juan II, que reinó en Aragón entre 1458 y 1479.
Massó continuaba a lo suyo, impertérrito ante el estrangulamiento público del Institut d’Estudis Catalans.
En otro discurso, recordó sus años de tertuliano en el Ateneu original, hacia 1888...
Durante los años veinte, Gaziel cultivó con profusión la nostalgia urbana de la ciudad de Barcelona: «Después de manifestaciones populares tan típicas como los coros de Clavé, las gatades pitarrescas y los sainetes de Emilio Vilanova un tiempo famosos; tras un largo período de mayor refinamiento literario y ambición cultural, que ha reducido casi al silencio, durante un cuarto de siglo, las espontaneidades más locales del arte menor, a Barcelona le ha salido, por modo inesperado e imprevisible, un chansonnier admirable, digno de sus mejores émulos parisinos de Montparnasse y Montmartre.
La única diferencia estriba en que a nuestro chansonnier más bien deberíamos llamarle chansonnière» .
Los cuplés catalanes de Pilar Alonso habían conseguido entusiasmar a Gaziel.
Gaziel, como sus coetáneos del otro lado del Ebro, también era nieto de Larra:
No es que Barcelona carezca de música pegadiza y callejera, sino que toda la que se oye en la ciudad es de prestado, y no caracteriza en manera alguna las modalidades y matices de nuestras costumbres y nuestra sensibilidad.
Barcelona, «ciudad de aluvión y abigarrada», dédalo pintoresco, se entretenía con bailes flamencos, aires madrileños, cuplés de París, melodías vienesas, tangos, rumbas, jazz...
Pero solo Pilar Alonso había sabido reactivar la savia popular de la ciudad («Cancionero barcelonés», 10 de marzo de 1920; 2014: 21-22).