Bohemia y barricadas Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940
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Tercera parte. Artistas y dictadores 1923-1940

Lo que nos queda es una síntesis brillante de la historia que nos hemos propuesto narrar aquí: cómo se generó un proyecto sociocultural de naturaleza integral que empezó a zozobrar hacia los años veinte para acabar de estrellarse contra la cruda realidad de la Guerra Civil y el primer franquismo.

No se pueden pensar edificios más antagónicos que la Sagrada Familia, monumental y naturalista, y la fábrica Myrurgia, sobria, arquitrabada, recta, con una ornamentación clasicizante y discreta.

Y es que la arquitectura racionalista catalana nació expresamente contrapuesta a la del Modernismo, y de algún modo se le opone en todo.

Gaudí era un místico y un idealista, que impregnaba sus obras de espiritualidad, misterio y simbolismo.

Los miembros del Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATCPAC) eran absolutamente funcionalistas, y pensaban que la belleza emanaba de forma espontánea de los diseños sencillos.

Era otro concepto totalmente diferente de la elegancia.

Además de arquitecto, era un gran melómano. Y seguramente por esta razón su gran amigo el violoncelista Pau Casals le encargó los diseños de su casa de veraneo, en Sant Salvador (El Vendrell), un complejo mucho más sinuoso y mediterraneizante.

La novela de la pintura catalana que dejó inédita es una ejemplificación práctica de un resurgir cultural imperial en un medio provincializado que parecía hostil a toda sofisticación o ensayo de grandeza.

Y sin esa disposición razonada basada en la Ciencia de la Cultura, toda la Heliomaquia orsiana podía parecer papel mojado.

Es lo que explica que el autor fijara su domicilio mental en el Museo del Prado.

En Tres horas en el Museo del Prado (1922), su libro más reeditado, en Cézanne (1921) o en Poussin y El Greco (1922), también en su olvidado y esotérico Tres lecciones sobre el Museo del Prado (1944), Eugenio d’Ors no está haciendo otra cosa que poner en práctica su Metafísica y su Teoría del Conocimiento.

Sin ese proceso imaginado de fructificación real de las aspiraciones novecentistas, todo el edificio filosófico del Glosador se hubiera venido abajo.

El renacimiento artístico era la piedra angular de su trayectoria intelectual.

Que Picasso confirmara su cubismo y renegara de sus fuentes italianas no podía ser peor noticia para un Eugenio d’Ors empeñado siempre en que la realidad confirmara sus teorías.

Si la Anécdota no se elevaba a Categoría, tampoco él era el semidiós goethiano e infalible que siempre pretendió ser.

Y su proyecto prometeico de siempre se desmoronaba.

Eugenio d’Ors necesitaba demostrar que el arte de su tiempo regresaba a la composición arquitectónica, las formas que pesan, el dibujo y la línea y el aprendizaje de los maestros (Rafael, Velázquez, Zurbarán) para dar a su propia vida el sentido que deseaba darle.

Sin triunfo del arte novecentista, entorpecido por recaídas en el impresionismo, la Heliomaquia se convertía en una quimera, y eso era lo peor que le podía ocurrir a ese enemigo declarado de las utopías.

En su primer libro, Josep Pla narra un encuentro casual con Josep Maria Junoy en la Rambla de Canaletas.

Pasean un rato juntos y luego deciden entrar en el Café Continental, donde se ponen a hablar de Eugenio d’Ors.

D’Ors reside en París, por dos razones: en primer lugar, porque hace vida marital con su amante Adelia Acevedo; en segundo lugar, porque Madrid también se le ha quedado pequeño al Glosador y ha aceptado un cargo más internacional.

Pero todo esto no lo saben Pla y Junoy. Junoy explica que viajó a París y que fue a visitar a Eugenio d’Ors, ofreciendo Junoy un aspecto físico lamentable.

El poeta se avergonzaba de haberse presentado ante el maestro con los zapatos desabrochados y los pantalones por debajo del calzado; pero para su escándalo, D’Ors ni siquiera le miró, sino que empezó a hablar de Mallarmé.

Por aquellas fechas, la Rambla había corrido cierto peligro.

Al alcalde de la dictadura, Darius Romeu i Freixa, barón de Viver, se le había puesto entre ceja y ceja cortar todos los árboles del paseo, suprimir su parte central y convertir la arteria en un bulevar.

Xammar, indignado, escribió al barón una carta incendiaria y, por las razones que fueran, la idea, afortunadamente, no prosperó.

El Café Continental, situado en la parte alta de las Ramblas, era un café clave para los poetas de Barcelona.

Eran asiduos del lugar Carles Riba, que era un joven impresionante por su autoridad y su sabiduría, el vanguardista medievalizante Josep Vicens Foix, que luego anotaba observaciones en sus dietarios, y Josep Maria López-Picó, responsable de la publicación quincenal La Revista .

A veces, hacia 1918, Foix compraba la edición vespertina de La Veu de Catalunya en un quiosco de las Ramblas, y recortaba las glosas de Xènius, para pegarlas después en un álbum.

Es así como iba componiendo su Glosario antes de que se editara en libro.

10 de marzo de 1923. Salvador Seguí se despide de su compañera Teresa y se dirige a la calle para pagarles su sueldo a los compañeros que le están ayudando a pintar la casa de Lluís Companys, que vive en el Poble Sec. Lleva consigo su pistola Star.

La cuadrilla que le disparó estaba apostada en la esquina entre las calles de la Cadena y de San Rafael, en el Raval.

Parece que Inocencio Feced fue el elemento más destacado de la cuadrilla.

Feced había militado en las filas del anarcosindicalismo, admirando fervientemente al Noi del Sucre, pero se había pasado de bando tras un interrogatorio protagonizado por el comisario Arlegui.

El cuerpo de Seguí quedó tendido en el suelo junto al de su compañero Francesc Comas, «Paronas».

Muchos vecinos corrieron a casa de Teresa para transmitirle la noticia.

La CNT acababa de perder a su líder más dialogante.

En el bolsillo de su chaqueta le encontraron una carta de Francesc Macià en que este trataba de alertarlo de un atentado inminente contra él.

Llegó tarde o Seguí no le hizo ningún caso.

Solo hubo una persona autorizada a asistir a su entierro: Lluís Companys.

Ni Teresa ni Helenio, su hijo común con Salvador, pudieron despedirse de él.

A Gaziel no le gustó que Barcelona expulsara a Eugenio d’Ors.

El 20 de junio de 1923, escribió uno de sus artículos más ácidos, más inquietantes también: «La devoradora de hombres».

La devoradora de hombres era Cataluña: «Si me viese forzado», escribió Gaziel, «a condensar, en un epíteto de sabor homérico, la característica de la Cataluña actual en su más elevada esfera intelectual, literaria y política, escogería este: Cataluña, la devoradora de hombres .

Porque quizás en ninguna otra parte del mundo encontraríamos, dentro de unos límites geográficos tan reducidos, una tal lamentable imposibilidad de colaboración y convivencia de unos hombres con otros, un tan irreductible instinto colectivo de destrucción de prestigios individuales».

Y sentenciaba:

He aquí un ejemplo típico, un caso que hemos presenciado los catalanes que hace unos quince años comenzamos a prestar atención a los sucesos de nuestra vida pública.

Cuatro hombres jóvenes, admirablemente dotados, descollaban entonces entre las nuevas generaciones.

Eran sus jefes naturales del catalanismo: uno, en el orden de la arqueología histórica; otro, como mariscal de las promociones «novecentistas»; el tercero, príncipe indiscutible de la poesía renovada en los cenáculos barceloneses; el cuarto, el temperamento político más considerable que ha producido la Cataluña moderna.

Estos hombres se llaman, respectivamente, José Pijoan, Eugenio d’Ors, José Carner y Francisco Cambó.

En cualquier otro pueblo, al cabo de quince años de labor magistral, estos hombres estarían apenas llegando a la madurez de su esfuerzo, y les quedarían todavía otros tantos de prestigio definitivo, de consagración.

¿Qué ha sido de ellos en Cataluña? Todos han desaparecido (2013b: 47).

Podríamos pensar que Gaziel, un pesimista nato, exageraba.

Es cierto que Barcelona y, por extensión, Cataluña, no pasaban por un buen momento político.

Cambó no había sacado un rédito claro de sus actuaciones ministeriales, la rebelión de Acció Catalana lo había hecho descabalgar políticamente; Prat no estaba y todos lo echaban de menos; Puig i Cadafalch hizo más que Prat en el sentido de que creó más instituciones que el fundador de la Mancomunitat, aprovechando su impulso, pero era un hombre más rígido, menos comprensivo con la izquierda.

La ciudad estaba devastada por el pistolerismo, y los nacionalistas no habían conseguido la autonomía, su caballo de batalla desde las Bases de Manresa de 1892.

Y a los grandes nombres invocados por Gaziel se les podía añadir otros no menos relevantes que también se habían marchado, por ejemplo, el del maestro sindicalista Andreu Nin, o el del pedagogo Alexandre Galí, verdadero cerebro de la renovación escolar de la Mancomunitat.