Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #29
En un primer momento, la modesta casa Barcino fue instalada en la Librería Italiana (Rambla de Catalunya, 125), propiedad del escritor Magí Sandiumenge.
Luego se trasladó a la Sala Parés (calle Petritxol, 3); pero fue una sede efímera, ya que en menos de un año Casacuberta ya operaba en el 17 de la calle de la Portaferrissa, donde la empresa se desarrolló y creció hasta la leyenda.
Mucho más tarde, en 1973, la Fundació Carulla-Font le dio cobijo y le cedió los bajos de la calle Montseny número 9.
Durante la dictadura de Primo de Rivera, los volúmenes de Els Nostres Clàssics llegaron a alcanzar una tirada de dos mil quinientos ejemplares.
En 1936, Casacuberta y Barcino habían conseguido publicar doscientos ochenta títulos (Manent, 1984: 158-167).
El talante anticatalán de la dictadura y el entorno de la Unión Patriótica espolearon la aparición de empresas editoriales y de prensa en catalán.
Fueron colocados al frente de la Mancomunitat los encargados de liquidarla y borrar su labor científica y cultural.
La Escuela de Administración Pública fue suprimida, se inspeccionaron con hostilidad las cuentas del Institut d’Estudis Catalans y se procedió a la retirada de su subvención, y se cerró el Laboratorio de Psicología Experimental, que dirigía el belga Georges Dwelshauvers.
El 15 de abril de 1924, cuarenta y un profesores catalanes vinculados a la Mancomunitat y liderados por Pompeu Fabra elevaron a través de La Publicitat una protesta dirigida al presidente Alfons Sala, conde de Egara.
Este procedió a despedirlos a todos sin pestañear.
Rafael Campalans, Carles Riba, Ramón Alòs-Moner y Jordi Rubió perdieron sus clases en la Escuela de Bibliotecarias.
Maria Lois, Manuel de Montoliu y Lluís Nicolau d’Olwer dimitieron por solidaridad con los expulsados.
La Biblioteca de Catalunya cambió de nombre y empezó a llamarse Biblioteca Central.
Un corresponsal de La Veu de Catalunya, Eugeni Xammar, cobró fama al disparar contra el provincianismo de la prensa catalana, en 1924, en una serie cartas trenzadas con otras de Josep Pla bajo el título «¿Periodisme?
Permetin...». A Xammar y a Pla les unían admiraciones literarias coincidentes: Montaigne, Goethe, Baroja y Carner.
Los destinatarios debieron de tomar nota porque lo que se produjo entre 1924 y 1929 fue una verdadera explosión: el mismo 1924, Antoni Rovira i Virgili lanzó Revista de Catalunya, dedicada a estudios literarios, históricos y políticos de una gran calidad científica; en marzo de 1925 los redactores de La Veu de Catalunya y La Publicitat se dieron de baja de la Asociación de la Prensa Diaria en protesta por su apoyo a la dictadura.
En 1926, los vanguardistas más inquietos (J.V.
Foix, Josep Carbonell, Salvador Dalí, Lluís Montanyà y Sebastià Sánchez-Juan) lanzan desde Sitges una revista ambiciosa, L’Amic de les Arts, escrita en catalán, castellano, francés y occitano; en 1927, es el dandi Josep Maria Junoy quien funda La Nostra Revista, con una atención especial a las artes plásticas; entretanto, Rovira i Virgili lanza un periódico nuevo, La Nau; pero la propuesta que vivirá un período de mayor esplendor durante la Segunda República no llegará hasta 1929, cuando el mecenas republicano Amadeu Hurtado funda la revista Mirador y coloca en la dirección a un periodista hiperactivo: el cascarrabias Just Cabot.
Hurtado había adquirido en 1922 la Sociedad Editorial de España, que publicaba en Madrid los periódicos El Heraldo y El Liberal .
En Sabadell, un grupo de escritores vanguardistas (Francesc Trabal, Armand Obiols y Joan Oliver) fundaban la editorial La Mirada.
La mirada crispada de Cabot era, de algún modo, necesaria.
Forma trío de lenguas afiladas con Xammar y Manuel Brunet.
En su artículo «La nove l· la que ens falta» (Mirador, 3 de octubre de 1929) arremetía contra Josep Maria Folch i Torres, narrador neopopularista, y reclamaba altura literaria y un mercado suficiente, y lo hacía broncamente: «El ex fecundo escritor Josep Maria Folch i Torres llegó verdaderamente a crear un gran público lector catalán.
Casi se lo tendríamos que agradecer si no hubiera cultivado la sensiblería más decantadora a la cretinización.
Lo que sí le hemos de agradecer es que no pretendiera los derechos de una consideración literaria, puesto que se emprendió la fabricación de novelas como un negocio y basta».
A Cabot le indignaba el amateurismo: en «Cal un biògraf» (Mirador, 4 de septiembre de 1930) lamentaba que los datos sobre la vida y la desaparición de mosén Cinto Verdaguer continuaran dispersos y sin sistematizar; y le desesperaba que Josep Pla no se dedicara a escribir novelas (Mirador, 11 de abril de 1929).
La posibilidad de superar la novela rural modernista y conseguir una narrativa potente y moderna empezaba a convertirse en un problema de interés «nacional».
Las biografías, las editoriales, las revistas y las narraciones debían perder ya inmediatamente el «cofoisme» característico de la cultura catalana.
Cabot era, a la vez, representativo y algo injusto con sus contemporáneos.
La casa Proa fue confiada a uno de los más sólidos novelistas modernistas, Joan Puig i Ferreter, que convirtió la empresa en su propia tribuna: Els tres a l·l ucinats (1928), El cercle màgic (1930), Camins de França (1934) y La farsa i la quimera (1936).
Puig se entendió perfectamente con el traductor Andreu Nin, quien, aún en Moscú, empezó a enviarle traducciones de clásicos rusos.
Una relación que continuó y se intensificó durante los años republicanos.
Por su parte, el 25 de abril de 1929, también en Mirador, el filósofo Pujols dejaba consignado que Puig i Ferreter le había encargado la redacción de una biografía de Frederic Soler, «Pitarra»; un texto que no llegó a publicarse.
Los narradores catalanes andaban locos por publicar en Proa: los libros de A Tot Vent llegaron a alcanzar los cuatro mil ejemplares de tirada inicial, lo cual explica que continúen siendo habituales en las librerías anticuarias, y a buen precio.
Xavier Benguerel, el veterano Prudenci Bertrana, Pere Coromines, Agustí Esclasans, Cèsar-August Jordana, Sebastià Juan Arbó, Josep Lleonart, Miquel Llor, Alfons Maseras, Joan Oller i Rabassa, cronista del pistolerismo, Mercè Rodoreda, Josep Selva, Maria Teresa Vernet y Ramon Xuriguera, hermano de un lexicógrafo famoso, publicaron en Proa.
En cambio, Carles Soldevila, uno de los narradores más interesantes y dinámicos de la época, tuvo que publicar en la casa Catalònia, por las divergencias que acompañaron al fallo del primer Premi Crexells, en 1929.
Proa vendió miles de ejemplares de un libro mítico por la dimensión de su éxito: Paradisos oceànics (1930), de Aurora Bertrana.
Aquello era un cambio de época. Algunos títulos de Proa se convirtieron, incluso, en bestsellers: por ejemplo, Res de nou a l’Oest, de Remarque, que agotó ediciones desde 1929 hasta alcanzar los diez mil ejemplares vendidos.
Así pues, mientras el dictador, los upetistas y los sectores más centralistas creían que la hidra del catalanismo había sido definitivamente vencida y sajada, he aquí que lo que en realidad había sucedido es que el catalanismo había estudiado sus propias raíces y se había consolidado con bases culturales mucho más firmes, a través de la recuperación de su literatura medieval y reivindicaciones modernizadas.
Además, y esto era nuevo, un sector creciente de ese catalanismo político se había convertido en independentista.
Entre los miembros de Acció Catalana, hubo dos facciones: una moderada que lideraba el poeta Jaume Bofill i Mates y otra más izquierdosa frontalmente opuesta a la dictadura de Primo de Rivera, encabezada por Lluís Nicolau d’Olwer.
Los hombres de aquel partido creyeron que en 1931 y 1932 había llegado su momento clave, aquel en que podrían desarrollar un autonomismo republicano con realizaciones concretas, pero a la hora de la verdad fueron totalmente sobrepasados por la Esquerra Republicana de Catalunya de Francesc Macià, una coalición nueva que durante los años republicanos fue un auténtico rodillo electoral en el país.
Sobre Bofill i Mates escribió Josep Maria de Sagarra palabras muy elogiosas: «En la política, Bofill, más que el espectacular griterío de las tribunas, más que la componenda y la capillita, consideró útil y eficaz lo que se dice cultura en todo el sentido noble de esta palabra.
Bofill, en el Ayuntamiento, trabajó como un negro y fue un hombre con mucho ojo clínico que no descuidó el detalle más mínimo.
En toda su vida de político no hay un gesto que no sea perfectamente elegante.
En la Mancomunitat, Bofill respetó la memoria de Prat de la Riba como nadie» (2001: 46).
En los años republicanos, Bofill se reintegró a la Lliga junto con otros líderes de Acció Catalana de talante conservador.
«El rector de Castellterçol, Pere Codina, pasa el rosario.
Son las once de la noche del miércoles 1 de agosto de 1917.
El moribundo descansa en una habitación de la misma casa donde nació hace cuarenta y seis años.
En la pared hay el grabado La Inmaculada Concepción de Murillo.
En la mesita de noche de la izquierda de la cama, una estatuilla dorada de la Purísima.
En los pies, sobre una cómoda, una vitrina con una imagen de Nuestra Señora de los Dolores.
(...) Uno de los doctores certifica el traspaso.
A continuación, los presentes obedecen una orden no pronunciada: se arrodillan al pie de la cama y oran por el alma del difunto.
Cambó y Puig i Cadafalch salen de la estancia llorosos.
Las campanas de la iglesia tocan a muerto» (Esculies, 2017: 13).