Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #28
Los tranvías empezaron a ser retirados de la vía pública durante la tarde del 22 de febrero, tirados por caballos.
Sin luz, cerraron también los bancos y sucursales de crédito.
Unos jóvenes lanzaron piedras contra el ciudadano Joan Vila y Abril, contratista de obras.
En la calle Pelayo y en el Paralelo, se apedreaba también a los vehículos.
El coronel Madrid aseguró que en catorce horas volvería a haber luz en la ciudad, pero los militares no conseguían hacer funcionar la maquinaria.
Solo se salvaron, como islas de luz en un mar de oscuridad, un puñado de calles cuyo suministro dependía de Energía Eléctrica de Cataluña: Santa Anna, Canuda, Unió y Sant Pau.
Cafés muy concurridos como La Lluna o París se iluminaban con velas y candelabros. Pero la mayoría habían cerrado.
Era más bien inquietante, en aquella atmósfera tensa, la fachada iluminada del único cine que continuaba abierto en toda la ciudad, el Gran Salón Cine Doré, situado en la Rambla de Catalunya.
Sus numerosas bombillas no conseguían distraer de aquella revolución sin barricadas que se estaba desarrollando.
En la prensa, se continuaban anunciando los espectáculos de moda: el film del momento: Charlot, el aventurero; pases de moda y los shows de las artistas Dora la Cordobesita y Nati la Bilbaína.
Pero también la sicalipsis se había apagado.
Los presos que estaban en el acorazado Pelayo habían sido trasladados a la cárcel Modelo.
La reacción obrera fue impresionante: 3.
500 delegados recogieron 185.000 pesetas para los presos, 31.
000 para los empleados de La Canadiense, 131.
000 para obreros en huelga de otras empresas y, finalmente, 81.
000 pesetas fueron utilizadas para propaganda.
Ello permitió aguantar cuarenta y cuatro días y, por lo tanto, ganar la huelga.
En marzo la lucha aún ganaba adeptos: el día 3 se sumaron a la huelga los trabajadores de la central térmica de Sant Adrià de Besòs.
Dos días después, el capitán general Milans del Bosch declaró el estado de guerra en toda la provincia de Barcelona, aplicó la censura de prensa y militarizó a todos los electricistas cuya edad quedara comprendida entre los veintiún y los treinta y ocho años.
Pero su bando solo pudo leerse en un par de periódicos: los huelguistas habían empezado a ejercer, por su parte, la llamada censura roja.
Todos los directores de periódico recibieron una carta del Sindicato de Artes Gráficas que les prohibía taxativamente publicar cualquier nota o referencia al conflicto de La Canadiense.
La carta llevaba la fecha del 7 de marzo.
Todos los desvelos de las fuerzas del orden fueron vanos.
Severiano Martínez Anido fue llamado a la ciudad para tomar posesión anticipadamente del cargo de gobernador civil.
Inmediatamente, se reunió en Capitanía General con Milans del Bosch, González Rothvoss, el coronel Madrid (que continuaba intentando producir luz), el alcalde Morales Pareja, Puig i Cadafalch, presidente de la Mancomunitat, Francesc Cambó, líder de la Lliga, Fraser Lawton y los gerentes de las compañías de electricidad, agua y gas.
Las decisiones las tomaba este comité sin molestarse en invitar al comité de huelga.
Entretanto, otro líder liguero, Bertran i Musitu, movilizaba al Somatén armado.
Así es como Martínez Anido inició su larga trayectoria de represor en Barcelona.
Una actividad que le condujo, en 1938, a ser nombrado ministro de Orden Público en el primer gobierno organizado por el general Franco.
Romanones quiso militarizar el trabajo y hacer volver a sus puestos a miles de obreros, pero se negaron en redondo.
El resultado fue que tres mil personas fueron detenidas y conducidas al castillo de Montjuïc.
Llegó un momento en el que se hizo demasiado evidente que la huelga había ganado.
El gobierno empezó a recapacitar y se dio cuenta de que podía llegar a caer si no colocaba a personal más conciliador en Barcelona.
La vía de la fuerza había fracasado estrepitosamente.
El gobernador civil González Rothvoss fue sustituido por Carles Emili Montanyès, un ingeniero de La Canadiense de carácter moderado.
Al frente de la policía se puso a Gerardo Doval, en lugar del duro Francisco Martorell, que había sido uno de los principales colaboradores del tétrico Bravo Portillo, uno de los personajes más turbios de la era del pistolerismo.
El día 17, un comité imparcial que visitó a Seguí en la cárcel Modelo y al director Fraser Lawton consiguió un acuerdo mínimo en el Instituto de Reformas Sociales.
Se logró la libertad de los presos y la readmisión de los obreros en huelga.
Sin embargo, los obreros pusieron sobre la mesa dos temas más: el aumento de sueldo y la jornada de ocho horas.
El final de la huelga fue dramático, épico, apoteósico.
El 19 de marzo se celebró una asamblea multitudinaria en la plaza de toros de Las Arenas, en la plaza de España, en el término de la avenida del Paralelo.
Asistieron unas veinte mil personas. Al principio, el ejército obrero tronó contra la directiva de la CNT, que presidía el acto.
Como no habían sido liberados aún los tres mil presos del castillo de Montjuïc, los obreros en masa se negaban a volver al trabajo.
Finalmente, fue Salvador Seguí, recién liberado de la Modelo, quien los convenció de que todo debía acabar, de que al día siguiente había que ir a trabajar, porque si no eran liberados los detenidos se iba a volver a la huelga inmediatamente.
Al final, Seguí fue ovacionado y las ocho horas fueron implantándose poco a poco, no sin boicots y trampas por parte de una patronal humillada y enfurecida.
Un poeta serio entra una tarde en su domicilio muniqués y despliega un periódico.
Se trata de La Veu de Catalunya del día 30 de marzo de 1922, edición de tarde, que acaba de recibir desde la península.
Carles Riba vivía en Alemania desde que la Mancomunitat de Catalunya le había concedido una pensión de ampliación de estudios.
Allí, Riba conoció y trató al filólogo Karl Vossler, pero no podía comprar libros extranjeros a causa de la inflación desbocada.
Riba había publicado ya traducciones de Jenofonte, Homero y Plutarco.
Parecía que iba a ser uno de los hombres clave en la nueva Fundación de Cambó.
Tres años después, en 1925, se le concedería la cátedra de Griego de la Fundación Bernat Metge, un encargo docente que se sumaría al que disfrutaba desde 1916 en la Escuela de Bibliotecarias que había diseñado Eugenio d’Ors.
El latinista Joaquim Balcells se encargó de la cátedra de Crítica Textual, y fue así como la filología más moderna consiguió hacerse un hueco en una Barcelona académicamente deficitaria.
Sin embargo, en el artículo donde Carles Capdevila anunciaba a cinco columnas la composición del equipo de traductores de la institución, su nombre no estaba.
Riba se sube las gafas sobre el arco de la nariz.
Empieza a sudar. Su esposa, la poeta Clementina Arderiu, le pregunta qué le pasa.
Riba es un hombre algo propenso a los accesos de cólera, pero el de aquel día es de campeonato.
En el artículo de La Veu se citan declaraciones de Estelrich (no lo olvidemos, un muchacho de veinticinco años, cuatro años más joven que Riba), y se nombra a los traductores más ilustres que ha contratado la nueva editorial y centro de estudios: Gabriel Alomar, el filólogo Lluís Segalà, Lluís Nicolau d’Olwer, Joan Creixells, Manuel de Montoliu, Josep Maria de Sagarra, y uno de los traductores más brillantes del momento, Joaquim Balcells. Pero Carles Riba no está.
El poeta pide papel y pluma y escribe una carta tensa a Estelrich.
En su respuesta, el mallorquín aseguraba haber dado su nombre, pero quizás no había llegado ningún ejemplar de las traducciones de Riba a Capdevila.
El embrollo se iba a convertir en el prólogo de una rivalidad enconada entre Riba y Estelrich, entre el intelectual profundo, perfecto conocedor del griego, y el organizador con don de gentes y ligereza intelectual.
Una rivalidad que solo moderó la necesidad mutua de que la Fundación no se hundiera y pudiera ir poniendo más y más traducciones científicamente impolutas en las manos del público catalán.
La noticia del golpe de Estado del general Primo de Rivera le llegó a Riba el mismo 13 de septiembre de 1923, reinstalado en Barcelona, mientras corregía el texto griego de la primera traducción helénica de la Fundación Bernat Metge: los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte.
Por su parte, la casa Barcino se dedicó en cuerpo y alma a los clásicos medievales, mientras que Proa (liderada por el dramaturgo y novelista Puig i Ferreter) iba publicando narrativa moderna y contemporánea.
Entre todas consiguieron colocar la cultura catalana al nivel de las demás naciones europeas.
La iniciativa de Casacuberta gozó de un amplio apoyo en la prensa: La Publicitat fue su principal defensor en las calles catalanas.
A veces los intelectuales noucentistes tuvieron que salir a la palestra en su defensa, como por ejemplo tras un virulento artículo de Gaziel (La Vanguardia, 24 de octubre de 1924) en el que afirmaba que Metge era un mediocre y un plagiario.
Manuel de Montoliu, Ferran i Mayoral (escudero filosófico de D’Ors) y Nicolau d’Olwer arremetieron contra Gaziel, y Pompeu Fabra llegó a dedicar a la defensa de Metge un total de cuatro artículos en La Publicitat (13, 15, 18 y 24 de julio).