Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #27
Pla mismo había presentado la buena nueva de la Fundación Bernat Metge desde las páginas de La Publicidad, el 14 de marzo de 1922.
Pla se dejaba llevar por el entusiasmo: «Se entrevé un futuro de libertad y de humanismo, de alta cultura y de civilización elevada».
La iniciativa de Cambó era la piedra angular de la visión política de la Lliga y los novecentistas: elevando la cultura catalana a través de la traducción de todos los clásicos grecolatinos, renacería la sociedad catalana concebida como un todo armónico y estructurado.
Algo de este clasicismo redentor debió de permear entre el pueblo, cuando hizo aparición en Barcelona la bailarina Àurea de Sarrà, que basaba su espectáculo en danzas supuestamente helénicas.
Estelrich impulsó en julio de 1927 la Festa de l’Arc de Berà, donde bailó Sarrà y donde pronunció un discurso en defensa de los estudios clásicos.
Entretanto, en Madrid, Ortega iba publicando en El Espectador varios estudios basados en la historia de Roma.
Da la impresión de que, con Estelrich y su obra de divulgación, el novecentismo entraba en una fase publicitaria o incluso algo kitsch .
La tempestad empezó con un hecho anodino, al que nadie dio importancia entonces: ocho trabajadores de las oficinas de La Canadiense no quisieron pasar de temporales a fijos pero con disminución de salario.
Fueron despedidos y la huelga prendió como un incendio en verano.
Al principio, fueron a la huelga ciento cuarenta empleados de la sección de facturación.
El gerente de La Canadiense también los despidió sin contemplaciones.
Todos estaban afiliados a la CNT. Los obreros marcharon por Las Ramblas hasta la Delegación del Gobierno: allí, González Rothvoss, el gobernador civil, prometió a los obreros que mediaría por ellos ante la dirección de la empresa.
Cuando los trabajadores volvieron a la oficina, esta había sido sellada y la custodiaba la policía.
La empresa empezó a contratar personal no afiliado a la CNT.
Inmediatamente después, se apagó la ciudad.
La huelga se volvió general y la electricidad dejó de llegar a los hogares y establecimientos.
Seguí dijo en El Heraldo de Madrid que todo era una consecuencia de los abusos de Camarasa.
No se sabe cómo, cien mil ejemplares clandestinos de Solidaridad Obrera fueron repartidos entre los obreros de la ciudad.
Obviamente, esta vez la CNT había preparado a conciencia un conflicto que acabaría ganando, no sin pérdidas humanas terribles.
La Soli del 21 de diciembre anunciaba que el paro era general en toda la provincia de Lleida.
A Camarasa empezaron a llegar dinero y comida para los obreros, que durante un mes y medio pudieron comer un plato caliente cada día gracias a un rancho solidario que consiguieron organizar.
En enero el conflicto continuaba vivo, así que el gobierno procedió a clausurar el sindicato, su periódico, y condujo a muchos militantes a la cárcel.
Fue el detonante de la guerra abierta entre los obreros barceloneses y la patronal.
El 16 de enero de 1919, el gobierno suspendió, una vez más, las garantías constitucionales.
Fueron cerrados los locales de los sindicatos CNT y el CADCI.
También fue clausurada la sede de la Liga Patriótica Española y muchos otros centros sociales.
Solidaridad Obrera no pudo ver la luz desde el 17 de enero de 1919 hasta el 8 de marzo de 1923.
Por esta razón, el sindicato compró una página del periódico España Nueva para poder expresarse.
Se procedió al registro de los centros obreros y se cometieron infinidad de tropelías: el acorazado Pelayo fue habilitado como cárcel y allí fueron arrojados los líderes y delegados de la CNT, así como también los redactores de Solidaridad Obrera .
Allí fueron a parar Seguí, Quemades, Rueda y el ensayista Jaume Brossa.
Pestaña y Simó Piera lograron huir de la ciudad antes de ser detenidos.
Brossa moriría unos meses después, víctima de la gripe.
La política de Romanones, presidente del Consejo de Ministros, fue la pura y simple represión.
Al principio, la prensa no informó de lo que estaba ocurriendo.
Los titulares más habituales se centraban en la Conferencia de Paz de París que estaba reordenando el mundo tras el final de la Primera Guerra Mundial, y el regreso a Barcelona de los diputados que habían ido a Madrid para negociar un estatuto de autonomía.
El 10 de febrero, los obreros hicieron públicas sus peticiones: readmisión de todos los despedidos, aumento de salario, prohibición del trabajo para menores de catorce años, abolición del trabajo a precio hecho, el despido inmediato de los esquiroles, la exigencia de que no hubiera represalias para los empleados en huelga y la libertad de los detenidos a finales de enero.
El día 12, la dirección de La Canadiense emitía un comunicado en el que no aceptaba ni uno solo de aquellos puntos.
Algo antes, en una maniobra totalmente contraproducente, el director de la empresa, Fraser Lawton, envió un ultimátum a todos los trabajadores: incorporación al trabajo en menos de veinticuatro horas o despido definitivo. Aquello dio alas a los huelguistas.
El 12 de febrero de 1919, los Ferrocarriles de Sarrià y la Compañía de Tranvías se declararon en huelga.
En una huelga general, los transportes son la clave: si no funciona ni un solo tren, ni un solo tranvía, ni un solo autobús, prácticamente nadie puede acceder a su lugar de trabajo.
Empezaron a producirse episodios violentos: aquel mismo día, escuadrones de acción dieron una paliza a seis obreros esquiroles.
El día 13, el cobrador Joaquim Baró cayó víctima de los disparos de tres pistoleros en la calle de Calabria, esquina Gran Via.
Una bomba en la calle Còrsega se llevó la vida de un transeúnte casual, Gustavo Pablo Blanch.
Sin embargo, no se repitieron los disturbios generalizados del verano de 1909.
Los sindicatos habían aprendido la lección y los objetivos de los huelguistas estuvieron claros desde el principio: la organización funcionó como un reloj, y no se perdió tiempo en saqueos y violencia gratuita o visceral: las fuerzas burguesas pensaban que había llegado la Revolución soviética y se abandonaron a los pensamientos más apocalípticos.
En un primer momento, los huelguistas reunieron cincuenta mil pesetas para resistir y la solidaridad entre las distintas compañías de La Canadiense fue total.
Lawton se tuvo que reunir con el comité de huelga el 17 de febrero, pero quedó clara su posición intransigente cuando en lugar de ponerse a negociar unos servicios mínimos despidió a la comitiva de cinco delegados porque uno pertenecía a la CNT.
El análisis de Ferran Aisa nos permite radiografiar la mentalidad de los gerentes de la empresa: en el Reino Unido jamás se les hubiera ocurrido despreciar e ignorar a los Trade Unions; en cambio, en España, opinaban que podían disponer libremente de trabajadores sin derechos civiles, como si Barcelona fuera una colonia (2019: 165).
Empezó a notarse este autoritarismo ultradefensivo en Camarasa, cuando la Guardia Civil comenzó a vigilar el trabajo en la presa.
Aquel mismo día, se sumaron a la huelga los trabajadores del ramo textil.
Pero no fue lo más significativo: a las cuatro de la tarde del día 21 los empleados a cargo de los transformadores de la central eléctrica del Paralelo detuvieron las máquinas; los obreros de las compañías de agua, gas y electricidad también se sumaban al paro, dejando la ciudad a oscuras y sin suministros.
Siempre según Aisa, La Vanguardia informaba de una huelga monstruo en la cuenca del Rin, pero no ofrecía ni media línea sobre el conflicto barcelonés.
Parecía que los obreros catalanes eran invisibles en su propia casa.
La cosa empezó a cambiar dos días después, cuando el titular en portada fue «Barcelona sin luz».
Unos setenta tranvías se quedaron varados en medio de la vía pública, pues no habían tenido tiempo de llegar a cocheras.
El ocio nocturno, así como los grandes almacenes de la ciudad (El Siglo, Las Novedades, Santa Eulàlia y El Barato), tuvieron que cerrar sus puertas.
El Barrio Chino perdió sus señas de identidad: los teatros, cines, bailes y music-halls .
Los militares decidieron intervenir. Un coronel de ingenieros del cuarto regimiento de zapadores recibió el encargo de visitar al señor Lawton para comunicarle que la producción de energía iba a ser confiscada.
El alcalde de Barcelona, el radical Manuel Morales Pareja, envió a su casa a la mayoría de los empleados del consistorio y organizó patrullas de seguridad nocturnas que se alumbraban con antorchas.
El efecto de los tranvías parados en medio de las calles y las procesiones armadas con teas buscando alborotadores debió de ser impresionante.
La ciudad se había transformado completamente en muy pocas semanas.
Se calcula que el 70 por ciento de las fábricas de Cataluña tuvieron que parar porque dejaron de recibir electricidad.