Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #26
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #26

Pearson había nacido en Massachusetts en 1858, y era un liberal y masón rotario.

Tras haber sido profesor de Química y haber buscado metales preciosos en Texas y México, Pearson había dirigido la West End Street Railway Company de Boston.

En 1893 fue contratado como ingeniero jefe del sistema eléctrico de la ciudad de Nueva York.

Una vez instalado en Barcelona, buscó el apoyo de los empresarios que operaban en Cataluña para adquirir la central térmica del Paralelo y crear la empresa Barcelona Traction, Light and Power, con capital canadiense e inglés.

La actividad de esta empresa electrizó Barcelona, nunca mejor dicho.

El historiador Ferran Aisa ha escrito que «la industria catalana se vio beneficiada por la gran oferta eléctrica producto de la importante expansión de la Barcelona Traction, Light and Power y pudieron sobrevivir sin depender del carbón durante la Gran Guerra.

El alumbrado eléctrico también hizo que los usuarios dejasen de depender del gas y del petróleo.

Los consumidores de electricidad tenían garantizados por la compañía el año 1914 cerca de 15 millones de Kw/h, y hacia la época de la gran huelga de 1919 ya se acercaban a los 200 millones» (2019: 125).

Se construyó otra central térmica, en Sant Adrià de Besòs, y se construyeron infraestructuras ambiciosas en lugares de Cataluña donde abundaba el agua.

Las nuevas instalaciones, en Barcelona y en el Pre-Pirineo (Cabdella, Camarasa, Tremp, La Pobla de Segur), multiplicaban la demanda de productos para la construcción, cemento, metalurgia y piezas de electrónica.

Se calcula que una sola de estas empresas nuevas, Riegos y Fuerza del Ebro, contaba con una cifra de obreros contratados no inferior a seis mil y no superior a diez mil.

El desarrollo industrial continuado hizo que llegara a Cataluña abundante población procedente de Andalucía y Murcia que deseaba emplearse en estas fábricas e instalaciones.

El ingeniero Carles Emili Montañès elaboró con Pearson un ambicioso plan de ferrocarriles que debían conectar Barcelona con el resto del país a través de líneas férreas que cruzaban el Vallès; el plan se realizó solo a medias.

Pearson no vio inaugurada su línea de ferrocarril: murió trágicamente junto a su esposa viajando hacia Estados Unidos en el transatlántico Lusitania, que fue torpedeado y hundido por un submarino alemán el 7 de mayo de 1915.

En el ataque murieron 1.195 personas que viajaban a bordo del buque, que por cierto no contaba más que con seis botes salvavidas para dos mil embarcados.

En Camarasa se acababa de construir la presa más alta de Europa: 92 metros sobre el río Noguera Pallaresa.

Se habían utilizado más de 200.000 metros cuadrados de hormigón.

El nuevo pantano anegó el viejo pueblo de Oroners.

Los materiales de La Canadiense para terminar la presa, las compuertas flotantes y la central hidroeléctrica que funcionaba algo más abajo llegaban en tren hasta Tàrrega, y desde allí en carros de mulas hasta Agramunt, población en la que se encontraba el campamento base.

Trabajaron allí un ejército de geólogos e ingenieros extranjeros, y una tropa nutrida de obreros españoles que tuvieron que soportar unas condiciones laborales durísimas.

En 1918 ya eran dieciséis los fallecidos en accidentes de trabajo en la zona.

Los obreros vivían a pie de obra en campamentos infrahumanos, hasta que no pudieron más y estalló el conflicto.

Tenían que dormir en barracones, sin ropa de abrigo, ni camas, ni instalaciones de ninguna clase.

Además, la empresa les cobraba 0,10 pesetas la noche.

Mil quinientos obreros de un total de dos mil se declararon en huelga.

Pronto llegaron doscientos guardias civiles que cerraron todos los accesos a las obras.

Solidaridad Obrera informó en Barcelona de las condiciones que habían motivado el paro: faltaba la seguridad más elemental, las jornadas eran de diez horas entre el barro, en condiciones pésimas, sin el calzado apropiado, cobrando los peones cuatro pesetas diarias más un complemento trimestral de 0,50 pesetas.

Con ese sueldo, los obreros tenían que comer, con bonos de dos pesetas en la cantina de la empresa, más cara que las de Barcelona, y en Camarasa no había tiendas ni establecimientos de ningún tipo.

Los obreros reclamaban un aumento de sueldo inmediato.

La Guardia Civil empezó a vigilar que los obreros trabajaran como era debido, en una imagen de represión inédita, y cachearon a los obreros.

También cargó contra las mujeres que habían subido a Camarasa para protestar.

Los trabajadores empezaron a sentirse esclavos sin derecho alguno.

La Canadiense se negó a dialogar con el Sindicato.

El movimiento sindical y libertario había crecido hasta tomar proporciones gigantescas: en 1915, los afiliados a la CNT eran quince mil; en 1919, a las puertas de la huelga general, los afiliados habían alcanzado la cifra astronómica de setecientos cincuenta mil (Aisa, 2019: 46).

El gobierno no ganaba para sustos: la subversiva Asamblea de Parlamentarios de 1917 y la subsiguiente huelga, aunque no había acabado en nada concreto, estaban muy recientes en la memoria de todos.

Las vacilaciones de 1917 no se vieron en 1919, cuando los objetivos de la CNT estuvieron totalmente claros.

Las instalaciones de Camarasa eran propiedad de Riegos y Fuerza del Ebro, con la administración situada muy lejos de la península, en Londres y Toronto.

La empresa no iba bien, tuvo que bajar los sueldos a los trabajadores y subir los precios de la luz, y dos grupos financieros, Heideman y Sofima, se lanzaron sobre ella para controlarla.

La plantilla de La Canadiense, sospechando maniobras adversas, se adhirió al Sindicato Único de Agua, Gas y Electricidad.

Tras el congreso de Sants, la CNT se empleó a fondo para captar la afiliación de los trabajadores de la provincia de Lleida.

A mediados de 1919, tras los mítines donde hablaron Salvador Seguí, Camil Piñón, Simó Piera y Josep Viadiu, se constituyó un Sindicato de Obras Públicas.

Por su parte, la construcción cultural impulsada por las clases adineradas catalanistas seguía su curso.

Bernat Metge era el símbolo del humanismo catalán que los novecentistas deseaban retomar y actualizar.

La Fundación Bernat Metge, junto con la Societat Catalana d’Editors, la editorial Proa y la casa Barcino, fue el otro buque insignia del esplendor editorial en catalán que caracteriza los años veinte y treinta.

La Bernat Metge, comandada por Francesc Cambó, Joan Estelrich y Carles Riba se dedicó a traducir al catalán a los clásicos de la Antigüedad con un rigor filológico extremo.

En 1922, Joan Estelrich publicó un opúsculo en el que hacía balance de sus tres años al frente de la institución: Fundació Bernat Metge .

Una co l·l ecció catalana dels clàssics grecs i llatins .

En esta edición no constaba el nombre del autor, Estelrich, que sí firmó la versión del texto que apareció en julio en La Revista .

El polígrafo mallorquín fue el principal beneficiado de la expulsión de D’Ors en 1920.

Convertido en la mano derecha de Cambó, Joan Estelrich pudo brillar con fuerza como director de una casa que se codeaba con las grandes editoriales europeas que volvían a poner en circulación clásicos griegos y romanos en Francia o Alemania.

Además, Estelrich fue el hombre clave de la diplomacia catalana embrionaria: dirigió la iniciativa Expansió Catalana durante los años duros de la dictadura de Primo de Rivera, y lideró y organizó el encuentro entre intelectuales españoles y catalanes en Barcelona del año 1930.

Esta plataforma había nacido en 1919 y la financiaba, como tantas otras cosas, Francesc Cambó.

D’Ors no hubiera podido realizar estas empresas, por la sencilla razón de que no admitía jefes ni tutelas. No estaba al servicio más que de sí mismo, y si lo estaba era por una razón instrumental. En Coses vistes, Pla muestra una visión divertida de Estelrich, un maestro de la seducción:

El aire exterior, oratorio y teatral, que tiene Estelrich ha engañado a mucha gente.

Hay personas que piensan, dado su aire abundante, que tratando con Estelrich se pueden arreglar las cosas con cuatro palabras y cuatro golpecitos en la espalda.

Yo he sido uno de los engañados. Siempre he considerado que a mí me convendría encontrar una forma de vivir sin trabajar.

Cuando Estelrich me propuso trabajar para él, se me abrió el firmamento.

¡Ha llegado la hora soñada! —me dije—. Estelrich te comprenderá y lo podrás pagar con canciones.

Y me preparé para la vida de contemplación.

Sí, sí... Al cabo de un mes me di cuenta de que trabajaba mucho y gratis...

Al cabo de dos, no tuve otro remedio que ponerme enfermo.

La realidad era muy otra. La realidad era que Estelrich trabajaba como un león para desarrollar y fortalecer la Fundación Bernat Metge.

En su momento de mayor crecimiento, 1928, la Fundación llegó a contar con mil ochocientos suscriptores; y a finales de la década, en siete años, la fundación había conseguido poner en circulación obras de Lucrecio, Cornelio Nepote, Jenofonte, Cicerón, Séneca, Platón, Ausonio, Tíbulo, Propercio, Quinto Curcio, los Plinios, Tácito, Plutarco, Aristóteles, Horacio, Ovidio y Catulo, entre otros (Garrigasait, 2020: 78 y 107).

Y otra realidad era que Pla se pasaría veinte años de su vida pululando por Europa como corresponsal, cambiando constantemente de domicilio, lo cual tuvo como consecuencia directa la maravillosa literatura de viajes planiana.