Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #25
El sueño clasicista catalán fue representado por el uruguayo-catalán Torres-García en las paredes del Saló de Sant Jordi del Palau de la Generalitat.
Hacia 1910 empezó a pintar estos murales llenos de pedestales jónicos, templos griegos, pinos mediterráneos y azules luminosos.
Por aquellas fechas, el palacio era la sede de la Diputación de Barcelona, verdadero foco inicial de las campañas pratianas, y sede también, a partir de 1914, de la Mancomunitat de Catalunya, es decir, el ente que fusionó las cuatro diputaciones del Principado y permitió que se desarrollara en Cataluña una política semiautonómica.
Pompeu Fabra iba sugiriendo la creación de sellos editoriales.
Su tarea como inspirador, por lo tanto, no fue menos importante que la de gramático.
Volvió a ocurrir en 1928, cuando propuso a Marce l· lí Antich, farmacéutico de profesión, y a su amigo Josep Queralt, que creasen el sello Proa.
Ese mismo año nació la Biblioteca A Tot Vent, que sigue viva en la actualidad.
El Ateneu Racionalista de Sants tenía su sede en el número 12 de la calle Vallespir.
El 28 de junio de 1918 empezó a llegar al local una pequeña multitud de militantes anarquistas, afiliados a la CNT, y se quedarían allí hasta el 1 de julio, en lo que pasó a la historia como el Congreso de Sants, una asamblea que modificó las bases del Sindicato y acabó de orientarlo hacia las huelgas revolucionarias, con un poder de convocatoria nunca visto antes en la ciudad de Barcelona.
En 1917 se habían producido cambios en la dirección.
El relojero leonés Ángel Pestaña, uno de los hombres más inteligentes del movimiento, tomó las riendas de Solidaridad Obrera, puesto que esta se había descarriado y andaba haciendo propaganda germanófila a cambio de dinero.
Seguí pasó a dirigir el Comité Regional en lugar de Pestaña y se acompañó de Salvador Quemades, Joan Pey, Enric Rueda y Camilo Piñón.
Quemades tendría una evolución curiosa: en los años treinta se unió a la Izquierda Republicana de Azaña.
Se ocuparía de la propaganda la militante Libertad Ródenas.
Durante la Guerra Civil, encuadrada en Mujeres Libres, Ródenas acompañó a la columna Durruti en Aragón, donde se le confió la evacuación de niños del frente.
Cuando llegó a Barcelona en 1914 procedente de León, Pestaña pensó que Seguí era demasiado moderado; pero luego colaboraron activamente.
Los ciento sesenta y cuatro delegados reunidos deliberaron sobre diversos temas de actualidad: el apoliticismo, la acción directa, el derecho de la mujer a sindicarse, la educación racionalista, la Revolución rusa y las relaciones con la UGT, que habían quedado muy deterioradas tras la huelga fracasada de agosto de 1917.
Enric Rueda dijo, negro sobre blanco: «La mujer tiene que tener los mismos derechos del hombre».
Pero el tema estrella fue la reorganización de los sindicatos de oficio o ramo en secciones Únicas de Industria, lo que los convertía en organismos mucho más eficaces, numerosos y poderosos; por ejemplo, albañiles unidos junto a encofradores y pintores en el Sindicato de la Construcción.
Destacaron como oradores Salvador Seguí, Ángel Pestaña, Josep Negre, Saturnino Meca, Manuel Buenacasa, Mauro Bajatierra, Joan Peiró, Emilio Mira, Francisco Miranda, Paulino Díez, Joan Ferrer, Rafael Vidiella (que se pasaría al PSUC más tarde), Pere Foix, Francisco Isgleas y Joan Manent.
En el Congreso de Sants se acordó que la cuota de afiliación sería de diez céntimos, que se repartirían de la siguiente forma: dos para la Federación Local, dos para la Federación Regional, dos para la Nacional, dos para Solidaridad Obrera y las dos restantes para auxiliar a los presos de la organización.
El personal de la redacción de la Soli cobraría seis pesetas diarias.
El mitin de clausura se celebró en el local del CADCI, en la Rambla de Santa Mónica (Aisa, 2019: 107-113).
Seguí había publicado estos acuerdos en un artículo en la Solidaridad Obrera del 27 de junio de 1918.
El 24 de noviembre de ese mismo año, la CNT organizó otro acto sonado con motivo del primer aniversario de la Revolución rusa, en el Teatro Bosque.
Sin embargo, Seguí no ahorraba críticas a la experiencia soviética: «¿Qué ha ganado el campesino ruso después del traspaso de poderes de un régimen zarista a un régimen socialista?
Hasta el momento, no ha ganado nada, y no ha ganado nada porque antes eran las hordas zaristas las que iban a arrebatarle el producto de su trabajo; ahora son los soldados del soviet los que también van a arrebatarle el producto de su tarea» (Díez, 2021: 79).
Cuando terminaba el año, empezó un conflicto obrero en las obras del pantano de Camarasa, en la provincia de Lleida, propiedad del Canadian Bank of Commerce of Toronto.
En un primer momento, el enfrentamiento pasó desapercibido para la población de Barcelona, y muy pocos eran conscientes de lo que podía llegar a ocurrir.
Los obreros que simpatizaban con la CNT nunca habían leído escritos tan elaborados como los que publicaba Seguí.
En ocasiones, trascendían lo que podían considerarse manifiestos o notas sobre organización obrera o filosofía para la acción coordinada para convertirse en auténticos comentarios de política internacional, como los que solo podían firmar en aquella época Francesc Cambó, Antoni Rovira i Virgili, Manuel Brunet y un cada vez más inquieto Andreu Nin.
El modelo de fondo era la prosa apasionada de Joaquín Costa.
El 3 de julio de 1918, los lectores de Solidaridad Obrera se encontraron con el siguiente análisis: «Las 600.
000 casas que se construyen en Inglaterra para entregarlas a los obreros después de una guerra son, ya hoy, una solución mezquina.
Lloyd George, en quien reconocemos, aunque sea nuestro adversario, una gran capacidad, fracasará.
No se contentará con barracas quien ha ofrecido su vida; querrá algo más que una limosna; querrá la justicia y la libertad completas; rechazará la tutela del Estado.
La guerra se alarga porque la burguesía no encuentra una fórmula para acabarla.
Y esto pasa igual en Alemania y Austria que en Francia, Italia e Inglaterra.
Aceptamos la posibilidad de que sea cierta la expresión de Wilson cuando dice que los aliados representan la justicia y la libertad, pero esta justicia y esta libertad no son la justicia y la libertad nuestras; no son la justicia y la libertad de los compañeros de los Estados Unidos y de los trabajadores del mundo entero».
La Gran Guerra lo había cambiado todo: sería inútil intentar volver a la casilla de salida, la de 1914.
No sería tan fácil devolver a las mujeres a la reclusión del hogar, no sería tan fácil convencer a los excombatientes de que aparcaran su dolor y su rencor; el sistema liberal tendría que mutar en otra cosa porque se había demostrado que era un sistema fallido.
También lo escribían los redactores de la revista aliadófila España, hermana de la catalana Iberia, y que a veces compartían colaboradores.
Lo sabían también Marcelino Domingo, y también Luis Araquistáin, socialistas ambos.
Lo que no estaba tan claro es qué destino seguiría la balumba herida de la España de la Segunda Restauración.
En 1919, el equilibrio social en Barcelona, muy deteriorado tras el final de la Primera Guerra Mundial, se quebró otra vez, y una década después de la Semana Trágica volvió a quedar claro que el sueño noucentista de la armonización social no podía estar más alejado de la realidad.
La huelga de La Canadiense fue un conflicto largo y dramático, legendario para la memoria obrera, donde los sindicatos y los huelguistas consiguieron algo que parecía imposible: la jornada de ocho horas o cuarenta y ocho semanales.
Anteriormente solo habían alcanzado este hito algunos estados de los Estados Unidos, tras la huelga monstruo de Chicago 1886, o Uruguay (1915), o el México revolucionario (1917).
El primer escritor en reivindicarlas fue el sociólogo Robert Owen, en la lejana fecha de 1810.
El especialista en anarquismo Xavier Díez señala la influencia directa que tuvo Salvador Seguí en el triunfo, porque los obreros tuvieron en cuenta cuatro elementos clave: la atracción de los técnicos, una disciplina de hierro, una buena organización y una determinación clara.
Seguí fue encarcelado durante los primeros días del choque, pero sus textos teóricos estuvieron detrás de la estrategia seguida por el comité de huelga (2021: 20).
Para entender la historia previa y la pesadilla que se desarrolló en 1919 habría que remontarse a 1911, cuando el ingeniero norteamericano Frederick Stark Pearson desembarcó en Barcelona para empezar a montar negocios.
Una de las primeras cosas que hizo el enérgico empresario fue comprar el ferrocarril de Sarrià, para constituir la empresa Ferrocarrils de Catalunya S.A.
No había acabado el año cuando se iniciaron las obras de ampliación de aquella línea, en dirección a Vallvidrera, a través de un túnel que cruzaba la sierra de Collserola.
Más tarde, la compañía unió Barcelona con Les Planes, Sant Cugat, Rubí, Terrassa y Sabadell.
El 28 de noviembre de 1916 se inauguraba la línea, que partía de la plaza de Catalunya y terminaba, provisionalmente, en Les Planes.