Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #24
Un año antes, Rafael Sala había introducido el futurismo en Cataluña a través de la revista Themis, que duró solo un año.
Le siguieron otras publicaciones efímeras: Trossos (1916-1918), que dirigió el poeta y caligramista Josep Maria Junoy y donde publicaba sus trabajos, obras francesas y trabajos de Josep Vicens Foix; las iniciativas de Joan Salvat-Papasseit: Un enemic del poble (Barcelona, 1917-1918), Arc Voltaic (Barcelona, 1918) y Proa (1921); y un solo número de Fulls Grocs (1929), impulsada por Lluís Montanyà, Sebastià Gasch y Guillem Díaz-Plaja.
L’Amic de les Arts, editada en Sitges entre 1926 y 1930, consiguió durar treinta y un números.
La dirigía Josep Carbonell y contó con colaboraciones de Gasch, Foix, Montanyà, y los pintores Dalí, Miró y Barradas.
En Vilafranca del Penedès, la revista Helix, impulsada por Joan Ramón Masoliver entre 1929 y 1930, consiguió dar a luz cinco números editados en la imprenta de la editorial Claret, antes de que la censura primorriverista se la llevara por delante.
Antoni Rovira i Virgili es el ejemplo más paradigmático de unión de los ideales noucentista y republicano.
Acabamos de verle aprendiendo inglés en la redacción de El Poble Català: suele estar abismado en sus meditaciones sobre el Imperio medieval construido fatigosamente por las naves de la Corona de Aragón, y suele llevar copia de todo tipo de diplomas de los siglos XIII o XIV en el bolsillo del gabán.
Rovira escribió unos doce mil artículos, y fue autor de una cincuentena de libros, la mayoría estudios políticos de actualidad, folletos nacionalistas y monografías de historia.
Rovira i Virgili se metió mucho en política y, procedente del federalismo pimargalliano, se le considera uno de los padres del independentismo contemporáneo.
No paró nunca de dar conferencias y mítines.
Lo que no se conoce tanto es su faceta como editor y director de publicaciones.
Como hombre de letras, Rovira estaba obligado a hacer malabares económicos para que la ruina no fuera completa, y acabó siendo bastante diestro en las pequeñas operaciones mercantiles.
En 1910 salió el primer libro de su empresa editorial, Societat Catalana d’Edicions, precisamente un estudio de Alexandre Plana: Les idees polítiques de Valentí Almirall.
Luego se especializó en prosa y poesía modernistas: Proses bàrbares, de Prudenci Bertrana, libros de Ape l· les Mestres, Maseras, y también algún poeta novecentista, como López-Picó.
Rovira también se autoeditó su Història dels moviments nacionalistes, en tres volúmenes (1912-1914).
Gracias a Albert Manent conocemos todos los detalles de la editorial: el cajista de la compañía, Josep Arnau, como constaba en su contrato, se encargaba de la composición y la compaginación de los volúmenes, a catorce pesetas el pliego de dieciséis páginas.
Arnau se encargaba también de las correcciones.
La tirada del pliego tenía un coste de trece pesetas cada mil ejemplares, que seguramente era la tirada inicial de todas las ediciones de la Sociedad.
En 1926, cuando la empresa fue inventariada y liquidada, el único libro que se había agotado había sido Proses bàrbares .
La Societat Catalana d’Edicions no era muy buen negocio.
Rovira quiso desprenderse de ella ya en 1915, y se la vendió a su impresor, Ramon Tobella i Castelltort, a través de un contrato peculiar firmado el 7 de diciembre.
El comprador obtuvo la imprenta que Rovira mantenía en un taller, el nombre de la editorial y un fondo de mil ciento cincuenta libros (las veintitrés obras que ya se habían publicado) por novecientas cuatro pesetas.
Tobella, además, se comprometió a cumplir con la cláusula que le obligaba a publicar un libro de Rovira al año, pagarle doscientas pesetas por él y enviarle treinta ejemplares.
Rovira era inteligente: se ahorraba tener que andar negociando con editores y liquidadores mientras iba engrandeciendo su obra año tras año.
Ya veremos como Tobella publicó más obras de Rovira de las que se había acordado.
También profundizó en la veta modernista y se convirtió en un refugio de escritores procedentes de L’Avenç y Joventut marginados por el Noucentisme: Pompeu Gener, Alfons Maseras, Jaume Massó i Torrents, Lluís Via, Cebrià de Montoliu, Plàcid Vidal y el maurista Miquel dels Sants Oliver.
El otro gran refugio de modernistas fue la Biblioteca Popular de L’Avenç, que funcionó desde 1903 hasta 1926, y que dio cobijo a Víctor Català, Pujulà i Vallès o el parnasiano Jeroni Zanné, que formaba él mismo una escuela unipersonal aparte.
Entre los novecentistas fueron publicados Lluís Nicolau d’Olwer, el poeta López-Picó, los críticos Alexandre Plana y Manuel de Montoliu, y los filósofos Francesc Pujols y Ferran y Mayoral. El archienemigo de Eugenio d’Ors, Ramón Turró, también encontró cobijo allí (Manent, 1984: 153-154).
La Societat Catalana d’Edicions supo aunar a escritores muy diversos, incluso antitéticos, y supo mantener en un contexto difícil una valiente apuesta doble por la narrativa y el ensayo.
Muchas obras de primer orden se publicaron allí.
Por ejemplo, se recuperó Els sots feréstecs (1901), de Raimon Casellas, en 1923, sin duda una de las mejores novelas catalanas del siglo XX , o las Etapes estètiques del mismo autor, con prólogo y epílogo de D’Ors (1916); o la obra mayor del narrador modernista Josep Pous i Pagès, La vida i la mort d’en Jordi Fraginals (1912).
Hay que recordar que Casellas, redactor jefe de La Veu de Catalunya desde 1899, es quien acogió el Glosari de Xènius a partir de enero de 1906.
Casellas procedía del núcleo modernista de L’Avenç, y D’Ors mismo fue un escritor modernista hasta que cristalizó el nuevo ideario clasicizante.
Varias recopilaciones de cuentos de Alfons Maseras vieron la luz en la casa de Tobella, entre 1918 y 1921.
Una de las obras capitales de la filosofía catalana de la primera mitad de siglo, Orígens del coneixement: la fam, de Ramon Turró, también fue editada por la Societat Catalana d’Edicions, en 1912.
Rovira i Virgili mismo prologó una breve antología de escritos de Pi i Margall sobre La qüestió catalana, en 1913.
El mismo Rovira publicó allí buena parte de sus textos políticos: La nacionalització de Catalunya (1914), Debats sobre el catalanisme (1915), Les valors ideals de la guerra (1916), y uno de los más reeditados: Nacionalisme i federalisme (1917).
Además, los cinco volúmenes de La guerra de les nacions, que Rovira firmaba como «Capitán Morley» (1914-1925), también los publicó el propio autor o Tobella.
Política y estéticamente, la aportación de esa modesta editorial acabó siendo importantísima.
Durante los años setenta, algunos periodistas jóvenes iban a visitar a un personaje curioso que trabajaba en un piso atestado y gélido de la calle Portaferrissa.
El extraño gnomo se movía febrilmente entre resmas de papel apiladas, con un abrigo y una bufanda, repasando albaranes y elaborando facturas.
Las montañas de papel impreso que no le cabían en aquel inmenso piso se las llevaba a su torre de Llinars del Vallès, donde había habilitado un almacén.
No había manera de que Josep Maria de Casacuberta, el legendario editor de la casa Barcino, les concediera una entrevista, porque no se daba mucha importancia a sí mismo.
Tampoco se dejaba retratar ni fotografiar.
De joven, Casacuberta había recorrido mucho campo, con el lingüista Pompeu Fabra y con el futuro ministro republicano Lluís Nicolau d’Olwer.
Durante la Primera Guerra Mundial, el futuro editor había colaborado con un comité de propaganda profrancesa liderado y animado por el clérigo rosellonés Esteve Casaponce.
El 28 de diciembre de 1921, la sección filológica del Institut d’Estudis Catalans acordó crear una Oficina de Toponimia y Onomástica y nombrar a Casacuberta su primer director.
Allí trabajó muy duro hasta que se dio cuenta de que, en el nuevo contexto de la dictadura de Primo de Rivera, era necesario crear una editorial que se dedicara en cuerpo y alma a la difusión y conservación de los clásicos catalanes.
Uno de sus maestros, Francesc Martorell, lo animó a dejar el Institut y perfilar su idea empresarial, que maduró y floreció en 1924.
Pompeu Fabra mismo le inspiró la idea de crear una colección que llegaría a ser mítica, Els Nostres Clàssics, dedicada a los textos medievales memorables, y cuyo primer volumen fue Lo somni, de Bernat Metge.
El logo de la colección fue diseñado por Josep Obiols, que se había formado en la escuela de decoradores que regentaba Joaquim Torres-García en Sarrià.
Durante años, Torres-García fue el artista orsiano por antonomasia en Cataluña.
Josep Obiols y Torres-García colaboraron en el Almanach dels noucentistes, obra colectiva impulsada por D’Ors en 1911, junto con Ricard Canals, Pablo Gargallo, Josep Aragay, Isidre Nonell, Josep Clarà, Pere Torné i Esquius, Pablo Picasso, Prudenci Bertrana, Joan Borrell i Nicolau y Joaquim Sunyer.
La obra de Obiols cambió de rumbo completamente en 1922, cuando viajó a Italia junto al poeta Carles Riba, y allí pudo admirar de cerca a los muralistas italianos del Trecento y el Quattrocento.
Desde entonces se especializó en este tipo de pintura, cultivando muy poco las obras de caballete.
Durante la República, Obiols fue profesor del pionero Institut-Escola.