Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #23
Jardí concluye que se trataba «de un hombre social por excelencia, que necesitaba estar rodeado de amigos como el pez necesita el agua y el pájaro el aire».
Diego Ruiz le llamaba «el Doctor Angélico», apodo de Tomás de Aquino, por su aspecto físico y su profesión.
Los periodistas más habituales de los diarios catalanes (Pla, Màrius Aguilar, Francesc Pujols, Sagarra mismo) no dejaban de pasar por la peña dirigida por Borralleras.
Y habría que añadir una auténtica multitud: el lingüista Pompeu Fabra, el periodista Just Cabot, el pedagogo Joaquim Ventalló, el prohombre Pere Rahola...
Resulta difícil cuantificar cuánta gente pasó en un momento u otro.
Josep Pla estima que allí conoció a unas ochenta personas, algunas de ellas claves para su trayectoria profesional.
No podemos olvidar que sus dos primeros libros publicados, Coses vistes (1925) y Llanterna màgica (1926), contenían treinta retratos literarios.
Entre los castellanos, fueron a parar a la tertulia Ramiro de Maeztu y Pío Baroja, que buscaba materiales sobre las guerras carlistas para sus novelas. Pla recibió el encargo de acompañar a don Pío por la ruta de las librerías anticuarias.
Borralleras y sus amigos se divertían a veces con bromas sofisticadas.
Por ejemplo, hicieron ir de cráneo a un donjuán al que dirigían cartas apasionadas de una mujer que no existía, y que le proponía citas a las que no se presentaba nadie.
Otros montajes eran realmente ingeniosos.
Durante la guerra, un abrumado periodista germanófilo de La Tribuna, Adolfo Marsillach, menospreció el pequeño reino de Montenegro.
Borralleras y sus amigos elaboraron una carta de protesta encabezada por el «Consulat du Royaume de Monténégro en Barcelone», llena de informaciones sobre la cultura montenegrina y de reivindicaciones de sus grandes poetas y científicos, que los jóvenes socios se inventaron.
El pobre Marsillach, temiendo un conflicto diplomático, publicó una carta de disculpa pública, que reproducía las fabulosas contribuciones de Montenegro a la cultura universal.
No fue la tomadura de pelo más atrevida.
En 1916, Antonio Maura menospreció en un discurso la lengua catalana.
Cabe señalar que Maura presidía la Real Academia de la Lengua.
Borralleras y sus acólitos debieron divertirse de lo lindo enviando al ex jefe de Gobierno el siguiente telegrama: «Contubernio con frumentarios menospreciadores habla nuestra antójasenos tizón aliños patrióticos».
Lo curioso de todo ello es la respuesta que la peña del Ateneu recibió de Maura: «Considero infundados temores suposición sentimientos aluden pues de no tener fundidos unos con otros consideraríame enfermo alma».
Borralleras es un personaje habitual en muchos escritos de Pla, que le conoció en 1917; por ejemplo, en el Quadern gris .
Pero el escrito más extenso que dedicó a la peña del Ateneu es de los años setenta, y fue publicado en el volumen XXXII de sus Obras completas(Prosperitat i rauxa de Catalunya, Barcelona, Destino, 1977, págs.
405-529). Este estudio, lleno de detalles, comienza así: «En el fondo del local de la tertulia solían sentarse el doctor Joaquim (Quim) Borralleras, con el doctor Rafael Dalí y Camps Margarit a su derecha y el abogado Enric Jardí i Francesc Pujols, a su izquierda.
Nadie supo exactamente cuál fue la razón que produjo este orden de colocación.
El doctor Borralleras era, en definitiva, nuestro presidente.
Nadie lo había elegido, pero lo era». Más adelante, detalla: «Joan Estelrich vino a la peña, no habitualmente, pero muy a menudo.
Él y Joan Crexells fueron los únicos novecentistas —aparte del Pantarca— que nos amenizaron la vida».
Enric Jardí, padre, a quien vimos empapándose de Modernismo y anarquía en el Guayaba junto a Picasso y Nonell, era otro eterno de la peña de Borralleras.
Hacia la Primera Guerra Mundial, las lecturas del abogado habían cambiado bastante y se parecían mucho a las que defendía Eugenio d’Ors: Georges Sorel, a quien dedicó un estudio en 1917, y Charles Maurras.
Xènius dedicó una glosa al «noucentista» Jardí en La Veu de Catalunya del 3 de agosto de 1914, en la que certificaba la transformación de su amigo Jardí.
De joven «somiatruites» había pasado a reputado jurista comisionado por la Diputación y enviado a Bruselas para estudiar el sistema educativo belga.
Jardí, pues, se había convertido en un soñador «práctico», en un hombre útil.
Es necesario considerar a Borralleras como uno de los principales cerebros barceloneses dentro de la sala de máquinas del novecentismo catalán.
Me parece que nadie se ha preguntado hasta qué punto el instinto de Borralleras pudo orientar al joven Xènius, que con el tiempo se convertiría en uno de los críticos de arte más reputados de Europa.
Pero Borralleras fue como Sócrates, estrictamente ágrafo.
Una gran personalidad oral. Cuando se le acabaron o devaluaron los dineros, con unos cincuenta años, Borralleras tuvo que ejercer de funcionario, y cuentan que lo hizo bastante bien, porque su criterio en cuestiones culturales era de lo más afinado.
En 1931 se le ofreció la secretaría de la Junta de Museos.
Pla lo explicó así en uno de sus Retrats de passaport: «Habiéndose reducido sus ingresos, se dedicó a diversas combinaciones financieras que lo llevaron a la ruina.
El hecho le molestó, pero supo resistir.
Ingresado como funcionario en la Junta de Museos, dio un gran rendimiento.
Y así, ya viejo, fue posible verlo con un trabajo concreto que le hizo un gran bien».
Sus dos operaciones estelares fueron la adquisición de la Colección Plandiura y la evacuación de las obras artísticas del Museo de Arte de Cataluña hacia Olot, durante el verano de 1936.
Las autoridades franquistas le abrieron un expediente de depuración del que salió bastante bien parado: Borralleras inspiró a políticos, pero nunca hizo política.
En la nueva Junta de Museos franquista ocupó un cargo secundario: oficial de secretaría.
Un año antes de su muerte, regresó a la secretaría de la Junta de Museos (1945).
Su fin, como el de tantos hombres de cultura que brillaron antes de la guerra, fue más bien gris.
En el recordatorio impreso por su funeral, Sagarra, que le quiso mucho, dejó escrito un poema.
Josep Pla le dedicó su emotivo retrato de pasaporte durante esta última época.
El escrito, de 1950, recuerda la triste decadencia de un hombre vitalista, y termina así: «La época de Joaquim Borralleras ha entrado en la historia.
Esta época será examinada profusamente. Producirá una gran sorpresa ver la irisación humana de una sensibilidad, que si hoy, tal vez, no ha desaparecido, aparece como un elemento remotísimo». Tenía razón.
El socialista Antonio Fabra i Ribas había pasado una larga temporada en el extranjero.
Cuando regresó, se dedicó a enseñar inglés a los redactores de El Poble Català: el historiador y publicista Antoni Rovira i Virgili, y los periodistas republicanos Romà Jori y Claudi Ametlla.
En realidad, lo que hacían era discutir acaloradamente de política.
Todos eran muy apasionados. Durante la Primera Guerra Mundial, Romà Jori y Rovira i Virgili fueron furiosos aliadófilos, y colaboraron con la revista Iberia .
La publicación, en español, era de las mejores de la época, y recibió subsidios de las embajadas aliadas.
En 1914, la discusión subió de tono y el periódico casi se va a pique.
Incomprensiblemente, Pere Coromines, líder de la Unió Federal Republicana Nacionalista, el partido catalanista y de izquierdas, había firmado un pacto electoral con los lerrouxistas, el llamado Pacto de Sant Gervasi.
Los más aliadófilos del periódico abandonaron a gritos la redacción.
¡Entenderse con Lerroux! ¡Aliarse con Emiliano Iglesias!
Nadie entendía nada, la indignación de los barones de la UFNR se llevó por delante al partido, del que también formaban parte el futuro ministro Jaume Carner y el futuro concejal de la ciudad de Moscú, Andreu Nin.
En 1916, dos años antes de que terminara la Primera Guerra Mundial, y huyendo precisamente de ella, se instaló en el número 28 de la avenida de la República Argentina un personaje curioso, Francis Picabia, que con el tiempo se iría convirtiendo en el campeón del cubismo, el dadaísmo, el fauvismo, el surrealismo y el arte abstracto.
Sus compañeros dadaístas se instalaron en otros lugares: Tristan Tzara eligió Zúrich, Michel Duchamp, Nueva York.
Pero fue en Barcelona donde nació la revista de vanguardia 391 .
Picabia expuso sus obras y las de sus correligionarios en las Galerías Dalmau (Portaferrissa, 18).