Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #22
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #22

Nuestro senador rechoncho y soñador era un enfermo de romanticismo.

Hay que leer el emocionadísimo elogio que hizo, cómo no, en el cuartel general de los republicanos bohemios, La Campana de Gràcia, Lluís Capdevila, el 24 de enero de 1931.

Emili Junoy acababa de morir. Capdevila intenta explicar cómo era posible que un hombre fuera amigo, sin traicionarse, del Noi del Sucre, de Cambó, del rey de España y del dictador Primo de Rivera.

Debía de ser un tipo único, espléndido. La respuesta que aporta Capdevila es que Junoy, en vez de hacer política cerebral y de ideas, utilizaba las conexiones personales para intentar hacer el bien de forma directa.

Y recuerda algunos episodios: por ejemplo, cuando fustigó desde la prensa a un patrón de L’Hospitalet que «abusaba» de sus trabajadoras; u otro día que lo defendió ante el tribunal que juzgaba, por inmorales, su obra Memorias de una cama de matrimonio .

Según Capdevila, Junoy dijo que si llegaba a ministro de Instrucción Pública, convertiría aquellas memorias en lectura obligatoria para los chiquillos de las escuelas.

Por suerte o por desgracia, Junoy no pasó de senador del Reino.

Así era aquel tiempo victorhuguesco, lleno de oradores vehementes y de inefables ideales.

Lleno de esproncedismo, de alta poesía y de reforma sexual.

En su artículo de La Campana de Gràcia , Capdevila hacía un retrato apasionado de Junoy: «A Emili Junoy le acusaron, muchas veces, de su versatilidad, de su veleidad políticas, y que hoy le hacían estar al lado de algunos y mañana junto a los demás.

Esto, yo, en un hombre como Junoy, que no era un político propiamente dicho (...) lo encuentro perfectamente excusable.

Al contrario, de sabios es cambiar de opinión.

A lo que no debemos perdonar es a lo que cambia de camisa, que no es lo mismo que cambiar de opinión.

Se llevará siempre la misma camisa, y se llevará inmaculadamente blanca».

Junoy fue muy criticado porque, desde el lerrouxismo, acabó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez, y de ahí fue a parar al Senado, y colaboró con Primo de Rivera.

Concluye Capdevila: «Cuando Emili Junoy iba al Gobierno Civil o a Capitanía, siempre lo hacía para pedir la libertad de algún encarcelado».

En cambio, dice, en referencia indirecta al libro Les dictadures, donde Cambó hacía apología del fascismo...

: «Junoy tenía el gesto de dar, amparar.

Y a mí, este, me parece el gesto más bello del mundo». Visto así...

Amadeu Hurtado también se despidió de Emili Junoy en un magistral artículo publicado en el número 103 de la revista Mirador (22 de enero de 1931). Hurtado escribió que

los hombres de la izquierda catalana, entre los que formaba Junoy, le reprochaban a menudo como una impertinencia esa amistad absorbente [con Cambó] que creían un estorbo para la unidad y hasta para las decisiones del grupo.

Pero Junoy, que conocía bien los movimientos del pueblo, había olfateado cómo irían las cosas.

Aquellos hombres de izquierda tenían que afinar tantas notas a la vez, que para gritar y conducir a las multitudes se tenían que valer de un piano, mientras que los amigos de Cambó podían ir a toque de clarín, y en estas condiciones no era muy difícil de adivinar quién se tenía de llevar, si no la simpatía, la voluntad de la gente.

Cuando más tarde los catalanistas empezaron a hacer de ministro, Junoy sintió la impaciencia de ser amigo del rey, con el deseo de ayudar a una nueva ilusión popular.

Y por el rey, fue amigo y admirador de Primo de Rivera, que con cuatro golpes de espada había logrado ser el primer personaje de la escena.

La muerte ha sorprendido a Junoy en un período triste de crisis de estrellas.

Así dejaba este mundo un hombre sin dogmatismos, que hablaba de una dulce Revolución que nunca iba a venir. Un hombre que era un pionero del populismo.

En 1908, el monarca Alfonso XIII puso la primera piedra de la nueva arteria de la ciudad, la Via Laietana.

Los jóvenes bohemios del Guayaba tuvieron que buscarse otro refugio, y lo encontraron en la segunda de las tertulias importantes para Borralleras, la del café Lyon d’Or.

Este establecimiento, situado en los bajos del Teatro Principal, contaba con una extensa sala de gusto medieval germanizante y otra estancia, llamada «sala del crimen», que reproducía un sepulcro egipcio.

En la Barcelona de la época había fenómenos realmente remarcables.

Como la redacción de La Veu de Catalunya estaba muy cerca (calle Escudellers), Eugeni d’Ors pasaba por allí muy a menudo, con las cuartillas de sus glosas bajo el brazo.

El poeta Josep Maria Junoy, el periodista Romà Jori, los pintores Pere Ynglada y Joaquim Sunyer y el escultor Enric Casanovas eran los más habituales, el precedente auténtico de la gran peña del Ateneu, la tertulia más importante que ha tenido nunca Cataluña.

La apertura de la Via Laietana había formado parte del Plan Cerdà (1859), en aquel plano era la llamada Via A.

Pero hasta que la ciudad no pudo desprenderse de los concejales dinásticos para sustituirlos por regionalistas y republicanos, entre 1908 y 1913, la reforma no pudo abrirse paso.

Fue como si se desatara un cataclismo sobre el barrio de la Ribera: desaparecieron palacios y conventos antiguos, también la tumba vacía del héroe nacional Pau Claris.

Es posible que en 1914, con el estallido de la guerra europea, el Lyon d’Or se llenara de alemanes y germanófilos.

El caso es que, ese mismo año, o en 1915, nuestros tertulianos se trasladaron al Ateneu Barcelonès.

En 1906, el Ateneu había ido a parar al palacete neoclásico del barón de Sabassona, donde está ahora mismo, en la calle Canuda.

Acondicionaron los espacios los arquitectos Josep Font i Gumà y Josep Maria Jujol.

Entonces eran los veteranos del Ateneu los grandes prohombres de la Renaixença: Àngel Guimerà, Pere Aldavert o Francesc Matheu; los jóvenes se reían de los abuelos llamándoles «El Santo Sepulcro».

El destino quiso que aquella generación de ateneístas, en los años cuarenta, fuese llamada «Los elefantes sagrados».

La tradición manda, pues, que las guerras intergeneracionales se expresen en los comicios que deciden las directivas del Ateneu, que ve pasar los años como un Iglesia estática y a la vez, a veces, también dinámica; dinámica por necesidad, pero en el fondo imperturbable.

Los escritores y periodistas iban a charlar, pero también a trabajar.

Josep Pla, el cronista Rossend Llates o Josep Maria de Sagarra escribieron en ella buena parte de su obra.

Este último, en una sola tarde, compuso un canto entero de El comte Arnau .

Las redacciones de publicaciones míticas como La Publicidad,Mirador o El Be Negre se reunían y confabulaban en el patio o en las estancias del Ateneu.

Y el del Ateneu no era el único cenáculo noucentista: otros compitieron en capacidad creativa.

El poeta Jaume Bofill i Ferro (Barcelona, 1893-1968) cofundó en 1920 el grupo Amics de la Poesia.

Entretanto, Josep Carner iba reuniendo a su entorno a los más jóvenes: su simpatía era proverbial.

Carner reunía también sus artículos periodísticos (no todos) en varios volúmenes: Les planetes del Verdum (1918), Les bonhomies (1925) y Tres estels i un ròssec (1927).

Era la edad de oro del periódico La Publicitat, donde colaboraban también otros autores fundamentales: Josep Pla (que entró en la redacción gracias a Carles Riba), el filósofo Joan Crexells, el político Rovira i Virgili, el maestro de periodistas Eugeni Xammar y el historiador Ferran Soldevila.

En un libro no tan recordado, Del Pròxim Orient, Carner reunió los sesenta artículos que publicó en La Publicitat entre junio de 1935 y octubre de 1936, comentando aspectos observados en el Líbano, Palestina y Siria.

Inmediatamente después, murió la primera esposa de Carner, el cual dejó de escribir prosa durante un tiempo.

El poeta había abandonado Cataluña en 1921, viendo que no podía vivir de las letras.

Se hizo diplomático y ya solo volvió a Cataluña en períodos breves.

A partir del libro El cor quiet (1925), el humorismo de los orígenes va desapareciendo para que lo invada todo la nostalgia de la vida barcelonesa.

La ciudad hervía de tertulias y cenáculos culturales.

En casa de la familia Manent, en la calle Balmes, se reunían los escritores Josep Pla, Carles Riba, Joaquim Ruyra y Eugeni d’Ors con pintores como Salvador Dalí y Joan Miró; en el Cafè de l’Òpera, delante del Liceu, pasaban el rato Lluís Companys, Josep Pla, Carles Riba y Josep Maria de Sagarra.

Borralleras lideró, como hemos dicho, durante muchos años la tertulia más importante.

Su papel de animador cultural resultó fundamental en los años de la Mancomunitat.

Por ejemplo, en 1918 fue uno de los principales impulsores de la agrupación Els Amics de les Arts.

Para el Museo barcelonés adquirió el cuadro Cala Forn, de Joaquim Sunyer, y fue uno de los organizadores del Salón de Otoño de 1919, que se promovió imitando a los que se celebraban en París cada año.

Con dos amigos, Mainou y Albinyana, no se perdían ningún concierto.

Al trío lo llamaban «Las Beatas de la Música».

En la tertulia del Ateneu, Borralleras explicaba tan bien las películas que quitaba las ganas de ir al cine, porque sus relatos eran superiores a los filmes.

Sagarra decía que nunca le daba el sol, porque se pasaba el día fumando y charlando.