Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #21
Bartomeu Robert fue un personaje clave en la vida barcelonesa del cambio de siglo.
Catedrático de Medicina, defensor de las ideas racistas características de su tiempo, que plasmó en La raça catalana (1899), llegó a la alcaldía de Barcelona entre promesas de limpieza y regeneración.
Lo designó el conservador Francisco Silvela en 1899 en sustitución de Josep Griera i Dolcet, abogado procedente del Partido Liberal-Fusionista de Sagasta.
Robert se estrenó en el cargo destituyendo a ciento noventa alcaldes de barrio que manipulaban los censos electorales e incurrían en mil y una tropelías caciquiles.
El primer cambio que pudo notarse es que veintisiete mil votantes desaparecieron de las listas porque resultaba que eran personas difuntas.
Enric Jardí fue el mejor estudioso de la peña del Guayaba.
Nos refiere detalles curiosos, como el hecho de que a todos esos artistas les interesaran las mismas lecturas anarquizantes que los obreros podían leer en las casas del pueblo: Proudhon, Kropotkin, Darwin.
En 1999, Jardí escribía: «Frecuentaba El Guayaba otro colaborador de la prensa satírica barcelonesa con unas caricaturas intencionadamente anticlericales, Josep M.
Junoy, hermano pequeño y mimado de Emili Junoy, que fue director de La Publicidad, diputado y senador en distintas legislaturas de ideología republicana, por bien que fue amigo de Alfonso XIII.
Mi padre trató bastante aquel dibujante y, más tarde, escritor, y hubo de intervenir profesionalmente en la herencia de su hermano, un gran asunto bastante complicado, ya que Emili Junoy tenía una fama bien ganada de hombre de mundo, o si queréis decirlo de otro modo, de “corrido”» (1999: 16).
De Emili Junoy, «el Negret de La Rambla», uno de los mayores juerguistas de la Barcelona bohemia, hemos de hablar un poco extensamente.
Emili Junoy i Gelabert (1857-1931) fue un personaje entrañable de la Barcelona popular.
Le llamaban el Negret de la Rambla, supongo que porque era morenito y merodeador, y caía bien a todo el mundo, porque le gustaba la buena vida.
En 1893 había ingresado en la formación republicana de Salmerón, y fue diputado a Cortes ese mismo 1893 y también en 1898.
Incansablemente exigió la revisión del Proceso de Montjuïc, y fue el número dos de Lerroux en Barcelona entre 1901 y 1906, momento en que dio el salto a la Solidaritat Catalana.
En 1907 volvió al Congreso por la Solidaridad Catalana, antes de formar parte de la UFNR de Pere Coromines y Jaume Carner.
Era treinta años mayor que su hermano, Josep Maria, el poeta, y ejercía sobre él una influencia más o menos protectora. Es posible que su seudónimo procediera de un acróbata famoso, el enano «Negret» que actuó desde 1892 en el Circo Español Modelo. Este circo fijo estaba instalado en el Paralelo.
Durante los años de la Primera Guerra Mundial, Junoy fue muy activo en el diario El Día Gráfico .
Cuando Mata Hari fue fusilada, acusada de espiar para los alemanes en Holanda, publicó un artículo de homenaje a la bailarina, que había conocido en Madrid («Los dramas del espionaje.
La Mata Hari», 20 de agosto de 1917). Junoy deseaba aclarar que Margaretha Geertruida Zelle, la famosa bailarina, que le había inspirado una intensa devoción, en ningún caso había ejercido el espionaje en territorio español, afirmación que, por cierto, era exacta.
Mata Hari había debutado en España el 7 de enero de 1906.
Volvió para actuar en el Trianon Palace en junio de 1913.
También escribió cosas quizás algo más elevadas: en «La paz de los sepulcros» (4 de agosto de 1914), Junoy se sumaba a la corriente romanonista y firmaba un escrito de retórica puramente regeneracionista: «En medio de este choque ciclópeo, de esa conflagración gigantesca, únicamente la Vieja España, silenciosa, proclama su neutralidad definitiva.
Ni siquiera respira Don Quijote de la Mancha, y bien echado está el cerrojo del sepulcro del Cid.
Pero ¿es esto un bien? ¿Es un fecundo acierto?
¿Es, por el contrario, una confesión de impotencia, la renuncia de una raza y el abandono de un porvenir?
». En «La Exposición y la guerra» (18 de agosto de 1914) lamentaba que el conflicto pudiera imposibilitar la celebración de una Exposición Universal con sede en Barcelona.
Más adelante, la Exposición de 1929 atrajo a muchas figuras híbridas de muy distinto pelaje a las filas del primorriverismo.
Sus escritos, maestros en el arte de no decir mucho apilando muchas palabras, no dejan de tener interés.
Por ejemplo, su artículo necrológico dedicado a Blasco Ibáñez, publicado en La Campana de Gràcia el 4 de febrero de 1928.
Cuenta Junoy que había conocido a Vicentet cuando era un niño vivo, muy travieso y casi superdotado.
Junoy llegó a ser muy amigo de Blasco. Afirma que fue el primer periodista en reseñar La Barraca .
Las novelas valencianas del correligionario le parecen, sencillamente, «geniales».
El futuro senador también estaba en Valencia cuando el autor de La Barraca habló a favor de Pere Coromines, cuando el Proceso de Montjuïc (1896).
Según Junoy, si los oradores no hubieran sido tan líricos, se habría desatado la Revolución, ese día, en Valencia.
También explica que un día, muchos años después, en Puigcerdà, se le lanzó un Cadillac encima que casi le dejó tendido en el suelo.
Indignado, Emili Junoy saltó disparado para protestar ante el imprudente, que no era otro que el enorme Blasco Ibáñez, al que volvió a saludar como Vicentet.
El novelista, que nunca abandonó el zolismo, quería documentarse visualmente sobre Andorra y pasaba unos días en el Pirineo.
El matrimonio Blasco estuvo unas horas en casa del político, que rememora: «Yo era el de siempre, con camisa quizás de distinto color.
Él era el nuevo rico, el triunfador, el multimillonario».
Blasco y Junoy se habían distanciado durante los años de la Solidaritat Catalana.
Blasco era un jacobino declarado, y Junoy cambiaba de camisa muy alegremente.
El 28 de julio de 1906, Junoy explicaba, también en La Campana de Gràcia, por qué defendía incansablemente, haciendo tándem con Salmerón, la Solidaritat Catalana, la coalición liderada por figuras de derecha e izquierda: Prat de la Riba, Cambó, el republicano Jaume Carner, el federal Josep Maria Vallès i Ribot, el catalanista socialista Domènec Martí i Julià, el omnipresente Amadeu Hurtado, el exsalmeroniano Josep Roca i Roca y otros habituales de esta historia: Lluís Companys, Pere Coromines y Francesc Layret.
El artículo de Junoy es una respuesta a un obrero del ferrocarril que se le había enfadado en público, diciéndole que se había pasado al enemigo.
Junoy respondía que la Solidaridad era un movimiento que se oponía a la suspensión de las garantías constitucionales, que afectaban principalmente a los obreros, y que el movimiento se proponía aumentar las libertades de todos, y en ningún caso reducirlas.
Todas las cuestiones políticas o literarias, Junoy las trataba con un aire astuto y hogareño.
Toda la prosa de Emili Junoy hiede a castelarismo y a rebosantes cazuelas.
A Junoy le gustaba estampar sintagmas gruesos como «choques ciclópeos» o «árbol vivificador de la juventud».
Ortega y Gasset se quejaba con razón de las malas compañías de los políticos de Madrid, siempre amigos de traficantes y de la partida de la porra.
Junoy venía a ser la sucursal catalana de aquel método, era todo un pícaro, pero también un hombre simpático, ligero, lleno de bonhomía, sin demasiadas malas intenciones, que defendía a los despojados, y a quien le gustaba la compañía del lumpemproletariado.
También sabía ponerse trascendental, y se apuntaba a todas las campañas ideológicas.
Ya hemos visto que si era necesario ser regeneracionista y hablar de don Quijote, ¡ningún problema!
Y si había que sumarse al novecentismo, menos.
En la Biblioteca de Catalunya se conserva un discurso suyo de 1913, firmado por su propia mano y dedicado a Enric Prat de la Riba.
De ese discurso de inauguración de los Juegos Florales de Puigcerdà se imprimieron quince ejemplares en papel japonés.
Nuestro hombre sabía hacer las cosas como es debido. Debía escribir tal y como comía.
Junoy estaba encantado de autorretratarse (era ya un hombre maduro), y de comentar qué habían sido para él la Renaixença y el Noucentisme .
Escuchémosle en el discurso mencionado: «Escéptico, volteriano, aunque atenuado por los sentimientos enfermizos del romanticismo; descreído que procura dar a su eterna sonrisa de todas las cosas, matices que no descompongan con ironías ofensivas la correcta estructura de la comedia social; espíritu inquieto, atormentado por el gran verdugo de la vida moral —la duda—; concurriendo bullicioso de todas las fiestas paganas; apóstol carente de todas las propagandas protestatarias, no sé, en verdad, qué papel puedo representar en ese certamen de Poesía».
Nosotros tampoco, la verdad. Se supone que su papel de siempre, el de una especie de Balzac sin disciplina.
Y tenía recuerdos para Xènius, para Torres i Bages y para Ignasi Iglésias.
Proclamaba: «Es la fe de nuestros tiempos.
Es la hora esperada de la redención. La nueva, el ideal Ciudad, levantándose sobre las ruinas de la vieja.
Es una fe en el triunfo definitivo de la justicia social.
Y al calor de esa fe viva y luminosa, robusta y ardiente se enciende la llama de mis amores.
Amo a los débiles y a los pobres». Poca broma.