Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #20
La protesta se repitió cinco años después, en el mismo lugar.
La guerra había terminado y faltó el trabajo: las fábricas dejaron de producir para las potencias en lucha y empezaron los despidos masivos.
Esta vez fue incluso más amplia y tuvo otros motivos: en enero de 1918, empezaba a subir el precio de la vida de un modo alarmante.
Los beneficios industriales derivados de la guerra europea no habían sido repartidos entre la población: una nueva clase de millonarios ostentaba un lujo inmoral en una ciudad cada vez más abocada al hambre y la miseria.
Esta vez la rebelión tuvo una líder visible, Amàlia Alegre, que realizó, junto a una compañera, Amparo Montoliu, unas declaraciones dramáticas en el Diario de Barcelona: «Tenemos hambre, no hay carbón, no podemos vestir ni calzar.
Nuestros hijos pasan frío y no tienen la alimentación necesaria.
¿Puede seguir esto así? Hoy hemos sido unas cuantas mujeres de la barriada de Atarazanas, mañana será el barrio entero, luego, todas las mujeres de Barcelona y si no basta y nuestras reclamaciones no son atendidas, propondremos el cierre de las fábricas y acudiremos a pedir solidaridad no solo a las mujeres de Barcelona, sino a todos los elementos que integran las Sociedades y cuya vida en las actuales circunstancias es imposible» (Aisa, 2019: 57).
Ocurrió el 9 de enero de 1918: unas quinientas mujeres atacaron los camiones que transportaban carbón a las zonas acomodadas de la ciudad, mientras otras mil ocupaban un almacén de carbón de la calle Parlament.
Al día siguiente hubo una manifestación en las Ramblas, que se ramificó en los mercados de las inmediaciones: Santa Caterina, Sant Josep, Sant Antoni, Sants y Gràcia.
Otra manifestación se concentró delante del palacio del Gobierno Civil, que era ocupado por Ramón Auñón y Villalón, marqués de Pilares.
Las peticiones eran claras: abaratar los precios de los productos básicos, el carbón, el aceite, el pan, la carne y el pescado.
El gobernador quiso calmar los ánimos explicando que había llegado a un acuerdo con la Junta de Subsistencias en aquel sentido, pero los tenderos ignoraron las indicaciones y continuaron vendiendo a precios abusivos.
Las colas delante de las carbonerías eran interminables, y ante las protestas los comerciantes optaron por bajar las persianas.
Por la noche, las mujeres continuaron las protestas y se introdujeron en los centros de ocio nocturno del Paralelo y el Barrio Chino.
Invitaron a las cabareteras y bailarinas a unirse a los piquetes.
Unas doscientas mujeres rodearon a unos policías y estos empezaron a disparar para abrirse paso: mataron a dos manifestantes.
El 15 de enero estallaba la huelga en comercios y mercados.
El día 23 un ejército de mujeres se congregó en la plaza de toros Monumental para asistir a un mitin encabezado por Lola Ferré, una de las activistas más destacadas.
Con el apoyo de la CNT, en lo que se llamó la revuelta «de les minyones», las criadas domésticas, sometidas a regímenes inverosímiles, ocuparon el centro de la ciudad para hacer visible su abominable condición vital y laboral.
Las minyones vivían en habitaciones húmedas e insalubres, y se alimentaban de las sobras de los amos que debían ingerir en las cocinas.
El día 25, el capitán general declaraba el estado de guerra y suspendía los derechos civiles.
Cuesta comprender por qué estas luchas permanecieron ocultas durante tanto tiempo.
A las puertas de la huelga de La Canadiense, que lo dejó todo patas arriba, no parece que las luchas de las mujeres deban seguir invisibilizadas.
Actualmente, se admite que las primeras protestas significativas del otoño de 1917 en Rusia fueron protagonizadas por las mujeres que exigían el regreso de sus maridos, que combatían en el frente en condiciones penosas, y también la posibilidad de vivir con dignidad.
En 1909, 1913, 1918 y 1919, esas protestas femeninas iniciaron una tradición subversiva que llegaría totalmente viva al verano de 1936.
Quienes mejor conocieron a Joaquim Borralleras (Josep Pla, Josep Maria de Sagarra, Francesc Pujols, Eugeni d’Ors) coincidieron siempre en dos verdades básicas: en primer lugar, Borralleras nunca hizo nada en el orden creativo; en segundo lugar, era una gran persona.
Tuvo el acierto de disponer de un talento social jamás visto en Barcelona.
En él dominaba la bonhomía. Enric Jardí escribió que «con una mezcla de dulzura y de energía inesperadamente revelada, con una réplica contundente, aglutinó un núcleo de devotos amigos entre los que se encontraban políticos, abogados, literatos, periodistas, artistas plásticos, ensayistas, musicólogos o tipos meramente ociosos, amantes de la buena vida o dilettanti, un grupo en el que se contaban, como podrá comprobar el lector, personalidades destacadas».
Según Rossend Llates, cronista que le conoció muy bien, Borralleras también ejercía de tesorero informal.
Cuando algún artista o escritor necesitaba dinero para sobrevivir, cuando alguien tenía un problema, cuando era necesario socorrer a alguna familia, el alma de las tertulias culturales de Barcelona sacaba un lápiz y una libreta y empezaba a encargar contribuciones entre los amigos.
Físicamente era también curioso. Se dice que parecía un Buda, porque era barbilampiño y redondeado, con cara de adolescente.
Enric Jardí, hijo de un amigo íntimo de Borralleras y de D’Ors, escribió que «esto le daba un aspecto un poco infantil que sorprendía a quienes lo veían por primera vez, pero que no dejaba de producir una atractiva impresión en personas del sexo femenino.
Muchos amigos de Borralleras aseguraban que más de una vez alguna mujer se enamoró de él sin ser correspondida».
Lanza la hipótesis de que algunos «trastornos de tipo glandular» explicaran su terco celibato.
Había nacido en la calle de Balmes, número 6, el 28 de diciembre de 1880.
Eugeni d’Ors era del año 81, como Pijoan; el poeta Carner, del 84.
Josep Pla era mucho más joven, del 97. Y Cambó mucho mayor, del 76.
Borralleras pertenecía a la primera generación noucentista, que todavía se vestía a la simbolista hacia 1900.
El padre de Borralleras era un indiano de Prats de Lluçanès, sastre de oficio, que regresó de Cuba con una gran fortuna de la que pudo vivir durante décadas su hijo.
El joven Quim estudió con los Escolapios y aprobó Medicina en 1906.
Mientras estudiaba, se hizo socio de la célebre Asociación Wagneriana.
Pero nunca ejerció de médico: pronto se sintió arrebatado por la música, la literatura y, sobre todo, el arte.
Cuando murieron sus padres, se trasladó a un pequeño piso de la calle del Bisbe cuando desemboca en la plaza de Sant Jaume.
Imposible encontrar un rincón más típicamente barcelonés.
Vivía acompañado de dos criadas y montañas de libros y cuadros.
En Prats de Lluçanès se le recordaba como un señor benefactor y dúctil.
Durante la Primera Guerra Mundial, el señor explicaba a los campesinos, con mapas y periódicos, los planteamientos militares y la evolución de la contienda.
En el Ateneu, Borralleras fustigaba cordialmente a los elementos más pedantes.
Las tertulias importantes para Borralleras fueron tres.
La primera, la del Guayaba, fue la más alocada, y aglutinó a figuras del novecentismo en su más tierna encarnación.
El término «guayaba» nada tenía que ver con la fruta tropical: era una derivación cómica del «Valhalla» wagneriano.
El 31 de octubre de 1901 se había constituido, en Els Quatre Gats, una sociedad dedicada a la propagación de la música y los ideales artísticos de Richard Wagner.
Cataluña adoptó de algún modo la mitología moderna que el genio había creado o actualizado para Baviera, de forma que los motivos y figuras wagnerianos pasaron a decorar las fachadas modernistas, la pintura, la escultura, los muebles, e incluso los productos de tocador.
El Guayaba en sí era un taller de artistas sin (aún) demasiado éxito comercial.
Pero el local se volvió refugio habitual de bohemios y amigos de la juerga, y también era donde los jóvenes llevaban a sus amantes y prostitutas.
El Guayaba estaba situado en la plaza del Oli, que hoy ya no existe.
Desapareció con las obras de construcción de la Via Laietana.
Aproximadamente estaba en la desembocadura de la calle Donzelles, muy cerca de Tapineria y de la actual plaza de Berenguer el Gran.
El local lo descubrió el propio Borralleras cuando buscaba un rincón para su amigo Joan Vidal i Ventosa, que se dedicaba a restaurar (o inventar) retablos góticos.
Vidal fue el encargado de firmar el contrato de alquiler y reunir, cada mes, las cuotas de sus amigos.
Por ese piso pagaban al propietario, un empresario productor de chocolate, veinte pesetas al mes.
En la fachada interior del edificio había un pozo de agua, donde los amigos ponían a refrescar los porrones de vino.
Asistían, además del joven Quim, Salvador Tayà, Pere Luandra, Enric Jardí y Miquel, padre de Enric Jardí, que publicaría, en 1979, un opúsculo dedicado a Borralleras.
También acudían con mayor o menor frecuencia Eugeni d’Ors, Isidre Nonell, Josep Maria Junoy, Francesc Labarta, Feliu Elias, el escritor Ramon Reventós y Pablo Picasso, cuando bajaba de París.
Ya los conocemos a todos. Los jóvenes se sentaban en un sofá que había pertenecido al restaurante Pince.
Era el sofá sobre el que había fallecido el doctor Robert, famoso alcalde de Barcelona y promotor del «cierre de cajas».