Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #19
Conclusión: en Cataluña, la mujer no servía para nada porque se la obligaba a vivir en un medio vulgar e incapacitador.
Aún una tercera vez subió Carme Karr al estrado, para hablar de «La sociedad barcelonesa, la intervención que la mujer tiene en ella, y de cómo es tratada generalmente por el hombre» (2 de abril de 1910).
En este tercer texto, Karr lanza propuestas concretas de redención: «Es necesario, pues, estudiar la manera de formar a la mujer contrarrestando las deficiencias de esta educación, para prepararla a resistir, fuerte de cuerpo y alma, la lucha de la vida»; es curioso que utilice esta expresión de raíz darwiniana; y continúa: «Esta formación que muchas familias van a buscar al extranjero para sus hijas, podemos nosotros obtenerla aquí en mejores condiciones, creando en Cataluña lo que falta en toda España: una institución de cultura femenina, cuyos planos y constitución vengo estudiando desde hace muchos meses, y en la que las chicas entrarían después de los catorce años, para salir a los dieciocho en posesión de unos conocimientos generales, eclécticos, y de una educación física, moral, doméstica, intelectual y artística que les es de extraordinaria necesidad» (2020: 129).
Lo que está proponiendo Karr no es otra cosa que un acto de revolución cultural: instruir a las mujeres.
Obviamente, había excepciones que recordaban a los salones franceses del siglo XVIII : Isabel Llorach, rica heredera de una mina de aguas medicinales, organizaba encuentros intelectuales y representaciones dramáticas en su casa.
Llorach vivía en un chalet modernista de la calle Muntaner, construido por Puig i Cadafalch en 1904, el mismo año en que edificó la Casa Quadras.
En 1929 presidió el Conferentia Club, y entre 1918 y 1921 el comité protector de las Veladas de Teatro Selecto.
También fue miembro de la Sociedad Wagneriana.
La casa en la que vivía y en la que organizaba sus encuentros culturales no se ha conservado.
Isabel Llorach no era un caso aislado. Es bien conocido también el perfil de otra mujer fuerte y culta que mantenía «reuniones músico-literarias» en su domicilio, América Cazes Viladomat (Cienfuegos, 1882-Barcelona, 1959).
Estaba casada con un rico heredero industrial, Lluís Coma i Cros, pero ese matrimonio de conveniencia celebrado en 1904 nunca funcionó.
América daba clases de música y piano en su primer domicilio barcelonés, situado en el paseo de Gràcia.
En 1918, la familia se trasladó a una torre construida también por Puig i Cadafalch, en la calle Marià Cubí, 60, en 1918.
Esta casa tampoco se ha conservado, y es donde América Cazes celebraba sus veladas culturales.
En una de ellas conoció a Francesc Pujols, con quien mantuvo una estrecha amistad a partir de 1925.
Cazes se había montado un estudio de pintura en los altillos del chalet, y al parecer, según Pujols, era extremadamente culta (2021c: 55-56).
Cuando Karr acusaba al hombre catalán de tener poco mundo y poca educación cívica, ya era una figura intelectual consolidada.
En 1906 había publicado dos libros narrativos, Volves y Clichés .
En 1907 fundó la revista Feminal, que duró diez años.
En la portada del primer número se incluía un gran retrato de Josepa Massanés, poeta del romanticismo.
Carme Karr firmaba a veces como «Xenia», en un guiño a Xènius, es decir, Eugenio d’Ors.
Otros seudónimos suyos fueron «L’Escardot», «Joana Romeu» o «Una Liceísta».
Podríamos decir que no bajó nunca la lanza: en 1913 consiguió fundar La Llar, un ateneo abierto a todas las mujeres con capacidad para mantener una residencia de señoritas estudiantes.
La Llar se instaló con una magra subvención del ayuntamiento en una torre con jardín de Sant Gervasi, en la calle de Guillem Tell.
Finalmente, en 1915 presidió el Comitè Femení Pacifista, en sintonía con las campañas orsianas durante la Gran Guerra, y a partir de 1931 hizo campaña a favor del sufragio femenino.
Trasladamos la cámara hasta Salamanca. En la universidad histórica, un hombre delgado y con barba abre las páginas de un libro recién llegado de Cataluña: Orígens del coneixement: la fam, de un tal Ramon Turró.
Miguel de Unamuno se repantiga en su asiento de rector y empieza a leer la obra por una página cualquiera: «Del último vertebrado al hombre más sabio, todos tienen la certeza lógica que es la nieve la que es blanca y la miel la que es dulce.
Podrán no darse cuenta de los procesos lógicos de donde se desprende esta certeza; pero la conclusión final resplandece tan clara en su conciencia, que viven convencidos de que no se equivocan.
Discursivamente no podrán decir cómo lo saben; pero el hecho es que lo saben» (1988: 118).
Lo que lee le agrada. Se trata de la filosofía antipedante para la vida real que Unamuno está tratando de impulsar en sus tratados y novelas.
A Unamuno le gusta leer en catalán, casi tanto como en portugués, aunque deteste a los políticos catalanistas.
Hace un año que ha perdido a su gran amigo Maragall, Josep Carner le interesa bastante.
Jaume Brossa es un buen amigo suyo. Con el también filósofo Pere Coromines aún se dedicará a propagar la reforma agraria por campos castellanos.
Ramón Turró es un científico que escribe con los pies en la tierra, pero totalmente exento del materialismo inculto que tanto le molesta.
Unamuno y Turró empiezan a intercambiarse cartas.
El libro turroniano hubiera tenido que contar con una segunda parte dedicada al sentido del tacto, que el escritor no escribió nunca.
Cuando aparezca la edición castellana de la obra, Unamuno la prologará.
Y durante la Primera Guerra Mundial, Turró y Unamuno volverían a coincidir, esta vez en el campo cultural de la aliadofilia más furiosa.
Turró no abandonó la filosofía. En 1923 cofundó la Societat Catalana de Filosofia, junto con Jaume Serra Hunter y Tomàs Carreras i Artau; y en 1925 publicó tres diálogos en Revista de Catalunya, el gran proyecto de Rovira i Virgili (Diàlegs sobre coses d’art i de ciència) .
Recordemos que Rovira había sido su editor en 1912.
10 de agosto de 1910. Quince mil mujeres se reúnen en una gran manifestación para expresar su apoyo a la «Ley del Candado» que estaba impulsando el jefe de Gobierno José Canalejas.
La ley pretendía limitar el número de congregaciones religiosas, impidiendo que sugieran nuevas en un plazo de dos años, y prohibir las que incluyeran a más de un tercio de miembros extranjeros.
El historiador Balcells señala que las medidas anticlericales de la Tercera República francesa estaban atrayendo a España a muchos clérigos refugiados.
Las Damas Radicales y las Damas Rojas decidieron contestar a las movilizaciones católicas, y entregaron al gobernador civil un mensaje de apoyo a Canalejas que incluía veintidós mil firmas.
Destacaron en esa convocatoria republicana y anticlerical tres mujeres: Ángeles López de Ayala, Laura Mateo y Francisca Jimeno.
5 de agosto de 1913. Como cada mañana, los tenderos empiezan a levantar las cortinas de sus paradas en el mercado de la Boquería.
El género no tardará en llegar, y poco a poco van acudiendo trabajadores bajo la cubierta de hierro y vidrio que se había inaugurado solo cinco años antes.
Sin embargo, desde las Ramblas llega un bullicio inusual; algo está pasando.
Dependientes y transportistas se asoman al paseo y no dan crédito a lo que ven: una multitud de mujeres enfurecidas sube dispuesta a impedir que abran los comercios: ese día no ha de comprar nadie. Es una manifestación obrera imponente.
Al día siguiente, se repite la escena: el mercado no puede abrir; pero a la tercera jornada la Guardia Urbana cierra el paso a las manifestantes, que terminan sus protestas en el Pla de Palau, ante la Delegación del Gobierno.
Quieren equiparar los sueldos de las obreras a los de los obreros.
El Gobierno Civil zanjó el conflicto decretando las sesenta horas semanales en el ramo textil, es decir, la jornada de diez horas.
El sindicato femenino La Constancia aceptó el trato porque llevaba demasiado tiempo en huelga y las obreras ya no podían aguantar ni un día más sin cobrar.
Empezaba a destacar la actividad revolucionaria de Encarnació Dulcet, heredera ideológica de Teresa Claramunt.
Con veintidós años fue despedida de su fábrica y se marchó a Sabadell a vivir con su compañero sentimental.
Dulcet llevaba años afiliada a Les Tres Classes del Vapor.
Enviudó rápidamente y, en julio de 1913, presidía el Sindicato de Obreros y Obreras de la Industria Algodonera.
Fue decisión suya que las obreras se encargaran de formar los piquetes que impidieran entrar a los esquiroles.
Secundaron el paro un total de sesenta y dos mil huelguistas que exigían poder descansar los sábados, un aumento de sueldo del 25% y la semana de cincuenta horas.
El sindicato La Constancia, cada vez más afín al anarquismo, pasó de contar con dos mil afiliados a sumar dieciocho mil, y en 1918 ingresó en la CNT.
Dulcet fue detenida el 4 de agosto de 1913 junto con su hermana y, cuando la huelga terminó con una dolorosa derrota de los huelguistas, se marchó a Francia.
A partir de aquí, su rastro se diluye. Solo sabemos que formó parte de los círculos anarquistas barceloneses y que murió en Carcasona en 1939 (Balcells, 2015: 46 y 54).