Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #18
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #18

De hecho, Massó i Torrents fue uno de los ocho miembros fundacionales del Institut d’Estudis Catalans.

Esto significa que era realmente un intelectual bisagra entre el romanticismo erudito y medievalizante, el reformismo modernista y la consolidación institucional propia del Noucentisme .

Entre esos ocho elegidos, solo Pere Coromines formaba parte también del Centre Nacionalista Republicà, es decir, la facción catalanista de izquierdas.

Julio de 1910. William Archer deja el tren que va a Mataró en Montgat y toma una carretera costera que lo conduce a las inmediaciones de Alella, hasta una hondonada rodeada de colinas y árboles.

Allí hay una casa, una masía, cuadrada, con los bajos encalados, cuya construcción data de 1777.

Se trata del Mas Germinal, el último hogar de Francisco Ferrer y Guardia.

Lo recibe su hermano, José, huesudo y moreno.

El hombre que recibió en Australia a la hija de Ferrer y se ocupó de ella mientras crecía.

Posteriormente, Francisco compró la granja y José puso el ganado y las reformas.

La austeridad del lugar impresiona a Archer, que pregunta por el despacho del pedagogo.

José Ferrer le señala un avellano y una silla.

Francisco trabajaba al aire libre, en una pequeña mesa, a la sombra de un árbol.

Ya no hay animales en la propiedad, solo un huerto del que el hermano del mártir saca un beneficio mínimo.

La habitación de Ferrer continuaba sellada por la policía, que había realizado un minucioso registro de la casa y se había llevado detenida a su compañera Soledad.

Por todas partes había tuberías cortadas, desagües rotos y ladrillos descolocados porque la búsqueda de documentos comprometedores había sido minuciosa y despiadada.

Por esta razón, Archer no encontró allí más que a un agricultor tozudo con sus aperos y su pena silenciosa.

Por carta, Soledad Ferrer le explicó al periodista que Francisco tenía un sueño poco antes a la Semana Trágica: reabrir la Escuela Moderna, dotarla de personal escogido en París y convertir aquella propiedad, el Mas Germinal, en un lugar de retiro para docentes jubilados.

Pero todo había quedado en nada, arrebatado por las balas.

El cartel anuncia una conferencia: «El estado social y moral de la mujer en Cataluña».

La oficiante: Carme Karr. La publicista sube al estrado y empieza a hablar ante el auditorio reunido en una de las salas del Ateneu Barcelonès.

Es el 6 de abril de 1910. Karr explica que ha dedicado todos sus esfuerzos a la causa femenina, pero lamenta no haber encontrado un ambiente propicio: «Bajo otro cielo y en otro ambiente, tan pequeñísima personalidad laboriosa; mas aquí, lo poco que se haga moral e intelectualmente para elevar y cultivar a la mujer, es mucho, y sobresale en seguida de la atonía general, puesto que no ha de luchar (¡desgraciadamente!) con estimuladoras competencias».

La ocasión es extraordinaria teniendo en cuenta que el primer ingreso como socia del Ateneu, Elionor Serra i Cisa, no llegó hasta 1908.

Las cuatro conferencias sobre cultura femenina que dictó Carme Karr fueron editadas por Jaume Massó i Torrents en la casa L’Avenç.

La familia de Karr estaba muy estrechamente relacionada con el catalanismo político y también con la masonería.

En 1890, se había casado con Josep Maria de Lasarte, masón, amigo de Valentí Almirall, de Frederic Soler y de Rossend Arús, Gran maestro de la Gran Logia Simbólica Regional Catalana (Balcells, 2015: 109).

El feminismo liberal conservador catalán no pidió el voto para la mujer hasta fechas muy tardías.

Sus reivindicaciones principales se centraban en dos puntos: la educación femenina y la protección de las obreras más explotadas, las que cosían en su casa a tanto la pieza.

En Barcelona, reflejado en el espejo del catolicismo francés y la cultura catalanista, el primer feminismo fue moral y cultural antes que político, con la excepción estridente de Teresa Claramunt, que procedía del sindicalismo anarquista.

Claramunt fundó un tipo de feminismo mucho más radical y de carácter laico, creando una agrupación autónoma de obreras justo después de la Exposición de 1888.

Cuatro años antes había protagonizado un ensayo general instalando una Sección Varia de Trabajadoras Anarcocolectivistas en el Ateneo Obrero de Sabadell, adherida a la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT).

Esta primera experiencia se centró en conseguir que aprendieran a leer y a escribir cuantas más mujeres mejor.

En el año 1900, la tasa de analfabetismo en Cataluña era del 43 por ciento entre hombres y el 61 por ciento entre mujeres.

En 1930, las cifras habían bajado espectacularmente pero se mantenía la diferencia entre hombres y mujeres: un 9,5 por ciento de los catalanes no sabía leer, mientras que entre mujeres el porcentaje ascendía hasta el 23,6 por ciento.

Las insólitas creaciones asociativas de Teresa Claramunt no volvieron a tener parangón hasta el inicio de la guerra civil española, en 1936 (Balcells, 2015: 26).

Su primera aportación teórica importante fueron cuatro artículos publicados en Bandera Social, semanario madrileño, con el título general de «La igualdad de la mujer».

Cuando Carme Karr sube al estrado para pronunciar su conferencia, Barcelona intenta reaccionar moralmente tras el marasmo de 1909.

«Actualmente atravesamos una crisis de verdadera conmoción social», proclamó en el Ateneu.

Karr pensaba que sin elevar culturalmente a la mujer de su tiempo, ni los niños iban a recibir una instrucción adecuada ni los hombres un acompañamiento intelectual necesario.

Sus preocupaciones se enmarcan de lleno en las inquietudes de reforma que tomaron impulso desde que Prat ocupó la presidencia de la Diputación, en 1907.

Karr es crítica con las mujeres ricas de su tiempo, y defiende una acción social parecida a la de sus contemporáneos novecentistas masculinos:

Evidentemente es hermoso que la dama rica cree patronatos de protección a las obreras, para contrarrestar con nuevos jornales los meses de huelga fatal y la explotación de la que es víctima la trabajadora de la aguja, como, por ejemplo, la obra benéfica que se está organizando en Barcelona bajo la presidencia de la distinguida y venerable escritora Sra.

Dolors Monserdà de Macià. Para el fomento de esta obra meritísima no se pide a la dama rica otro sacrificio que el de una mínima suscripción anual de seis pesetas.

Bien pequeño sacrificio, sin duda, equivalente al coste de un nuevo pasador de sombrero, a un frasquito de esencia, a un ramo de rosas, a una libra de bombones...

No es que yo desapruebe estas bondadosas y caritativas obras femeninas: ciertamente no; mas yo considero todo otro el deber de la acción social popular para que sea verdaderamente fecunda y positiva; deber que sin duda sería más pesado que el de hacer anualmente una limosna de seis pesetas, pero que sería evidentemente más evangélico y de resultados más prácticos para las modernas necesidades sociales (2020: 65).

¿No es irónica aquí Karr con la gente de orden que acalla su conciencia con unas moneditas pero que no piensa en mojarse por su sociedad?

¿No es paralela esta crítica a la que lanzó, tan convencido, Maragall?

Lo que parece estar expresando Carme Karr en su conferencia es que se pase de un escenario de tímida beneficencia a una acción realmente transformadora, a un escenario de justicia social.

La escritora volvió al estrado tres días después para pronunciar su conferencia «Estudio de observación de los diferentes tipos de la chica casadera barcelonesa», en la que elevaba un poco más el tono: «Aquí, las mujeres, las hijas de familia, no aplican su inteligencia y su actividad más que a los asuntos domésticos o a las frivolidades.

Es más: hasta, para muchas de ellas, para la mayoría, una mujer que ocupe su inteligencia o sus manos, y sobre todo gane dinero, es considerada un ser de clase inferior a la suya, ser al que se puede ridiculizar, con gran desprecio, aunque esa mujer posea una cultura o unas capacidades que le permitan vivir sin ser una carga para nadie, sino todo lo contrario; estado social altamente dignificador» (2020: 97).

Los hombres evitan que las mujeres se involucren en asuntos serios, les proporcionan una educación superficial y aparente, y convierten a las mujeres en cargas económicas para su hogar, lo que explicaría que tantas mujeres terminaran en los conventos, sin oficio ni beneficio.

El ambiente de incultura mantenía a la «mujer latina» en un estado de atonía letal, incomprensible para visitantes extranjeros más habituados al trato social, y lo que era aún más preocupante: las mujeres eran educadas por personal religioso muy virtuoso, pero totalmente desconocedor de las realidades modernas.