Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #17
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #17

Por desgracia, Maragall se quedó completamente solo en su parecer.

Tan solo Dolors Monserdà expresó opiniones conciliadoras parecidas a las suyas.

Todo el mundo buscaba su aprobación y su consejo, pero nadie parecía estar dispuesto a hacerle caso.

La Solidaridad Catalana naufragó y en las siguientes elecciones fueron un desastre para la Lliga.

Los radicales de Lerroux ganaron las mayorías en Barcelona y los republicanos catalanistas, las minorías.

El mismo Pere Coromines viajó a La Bisbal para impedir que Francesc Cambó obtuviera un acta de diputado.

Y lo consiguió. A Maragall no le gustaba esta división.

Lo pasó mal durante sus últimos dos años de vida.

Llegó a ver iniciada la campaña en favor de la Mancomunitat, pero las consecuencias de lo que había sucedido en julio de 1909 le pasaron factura.

Maragall falleció el 20 de diciembre de 1911, dejando inédita su última obra importante, el drama Nausica .

Esta obra fue estrenada el 6 de abril de 1912, en el Teatro Eldorado.

Muchos años después, en 1933, cuando murió el director de La Veu de Catalunya, Ferran Agulló, Josep Maria de Sagarra le dedicó una necrológica muy sentida y lo presentó como el hombre que había hecho el trabajo sucio para los prohombres de la Lliga Regionalista: «Con Ferran Agulló desaparece de nuestro mundo una de las figuras más típicamente representativas de la historia de estos últimos treinta años.

Él, poeta romántico, un poco de mentalidad bohemia, castigado y enseñado por todos los zarpazos de la vida, se puede decir que era la representación más realista y más auténtica de aquel catalanismo que ha influido tanto en la formación de la conciencia actual.

Si Prat, si Cambó, si Duran i Ventosa representan los momentos más gloriosos y patéticos de la Lliga, Ferran Agulló representa el trabajo constante, la faena difícil y mala de hacer, la continuidad abnegada; representa esta faena del secretario, del hombre que está entre bastidores, que no lleva nunca la corona de laurel en la cabeza, pero que con la destreza, la malicia, el buen juicio y la experiencia muchas veces evita que la corona de laurel vuele de la cabeza de los demás» (2001: 91).

La visión binaria que ofrece Eugenio d’Ors en su prólogo de 1936 al volumen XXIII de las Obras completas de Maragall es una manipulación manifiesta.

Ni Maragall fue un autor insensible al orden clasicista ni se le puede reducir a un mero «pánida» disperso y ultrarromántico.

D’Ors insiste en las raíces nietzscheanas y spinozianas del pensamiento maragalliano, que integra en un panteísmo del que habla pestes, pero olvida mencionar un pequeño detalle: que antes que él, su maestro ya había traducido a Goethe y había profundizado en realidades literarias más serenas y luminosas que las nieblas góticas.

Maragall había traducido Ifigenia en Táuride de Goethe a finales del siglo XIX (se representó el 10 de noviembre de 1898 en uno de los templetes del Laberinto de Horta, bajo la dirección de Adrià Gual), una obra rabiosamente clasicista en la que los conflictos violentos eran reconducidos por la palabra y la conciliación.

No es casualidad ni un hecho aislado que la última obra en la que trabajó durante 1910 fuera precisamente una tragedia de tema griego (Garrigasait, 2020: 13-14).

Un transeúnte, caminando con cierta prisa, rodea un cráter en la calle de la Cucurulla.

Aún hay marcas de metralla en el muro: el mes pasado explotó aquí una bomba.

Por la calle todo son sombras y personas que se cubren el rostro: las calles barcelonesas sobreviven como pueden el ambiente de riesgo y desconfianza mutua que dejaron los disturbios del pasado julio.

El caminante, un poeta burgués culto, se dirige al local del CADCI, el Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria, bastión catalanista creado en 1902, donde está previsto que Eugenio d’Ors, el 21 de diciembre de 1909, pronuncie una lección sobre Psicología experimental.

El catedrático de Lógica y Metodología de las Ciencias de los Estudios Universitarios Catalanes que está hablando en la sala de actos del CADCI no es Xènius: es Eugenio d’Ors.

Su curso sobre los fenómenos de la atención de 1909 quedó traspapelado y no fue encontrado y recuperado hasta 2017 en una carpeta de documentos de 1931.

Este D’Ors no es el periodista brillante de La Veu de Catalunya, ni está desarrollando glosas literarias, sino informes científicos.

D’Ors habla como un hombre becado por la Diputación de Barcelona que está oficiando una liturgia laica cargada de significado colectivo: en una situación de confusión social y profunda angustia, un puñado de intelectuales se reúne para poner en común lo que ha averiguado uno de sus cabecillas estudiando por Europa.

Esto es el Noucentisme: el afán de superar la inercia y las divisiones para construir un saber común y una proyección nacional suficiente.

Y esto significa que D’Ors o Crexells no intentaban, como se afirma erróneamente en muchas partes, construir una Cataluña-Ciudad clasicista, sino que esa Cataluña-Ciudad-Polis tenía que generar su propio clasicismo, a partir, evidentemente, de sus raíces helénicas redescubiertas en Empúries.

No es exactamente lo mismo. No es lo mismo imitar que resurgir con modos y energías propios.

Para los órsidas, el futuro se cultiva estudiando, estudiando hasta caer enfermos, como había hecho Massó i Torrents.

Los Estudios Universitarios Catalanes, en su lujosa austeridad, habían nacido para contrarrestar la balumba agonizante de la Universidad de Barcelona, atrasada y burocrática.

La ciudad no contaba con centros de investigación modernos, y los pratianos necesitaban nueva savia, ciencia de verdad, aromas europeos y no las mismas rutinas oficiales de siempre.

Rubió i Lluch daba clase de literatura catalana en el Ateneu Barcelonès, mientras que Massó i Torrents ofreció sesiones sobre poesía medieval catalana.

Uno de sus alumnos fue Lluís Nicolau d’Olwer, futuro ministro de Economía en 1931.

Otro, Pere Bosch Gimpera, quien se convertiría en uno de los mejores arqueólogos y prehistoriadores de la época.

Asistían a esos nuevos cursos los principales valores intelectuales de la época: el doctor Ramon Turró, uno de los filósofos más interesantes del tiempo, y que influyó decisivamente sobre Unamuno; Diego Ruiz, a quien ya conocemos a fondo; un político importante: Domènec Martí i Julià, el primer catalanista que se propuso unir socialismo con separatismo; los pintores Utrillo y Anglada-Camarasa; los poetas Carner, Bofill i Mates y López-Picó; y los principales aliados filosóficos de D’Ors: Ferran Mayoral, Alfons Maseras, que también era novelista, junto a muchos otros.

En esos estudios extraoficiales ha ejercido la docencia también Pijoan, uno de los hombres clave de la Barcelona de principios de siglo.

Para caracterizar esas sesiones científicas, Víctor Pérez ha hablado de «liturgia compartida» (2017: 26). Rodeados de cráteres y de oscuros embozados, los allí reunidos estaban tratando de imaginar un futuro plausible para su Ciudad.

El 5 de febrero de 1910, cuarenta y cinco escritores se dieron cita en la Maison Dorée para homenajear a Jaume Massó i Torrents y Joaquim Casas-Carbó.

Acababa de aparecer el número 100 de la Biblioteca Popular de L’Avenç .

Los novecentistas se afanaban en reconstruir una infraestructura universitaria básica para la ciudad, mientras que los modernistas se saludaban a sí mismos como los únicos intelectuales capaces de organizar una iniciativa parecida a una institución vertebradora de una cultura nacional.

El acto fue muy sonado: Ramón Miquel i Planas, bibliófilo investigador, había sido el organizador principal, y lo presidió el novelista Narcís Oller.

Los acompañaron Joan Maragall, Ignasi Iglésias, Miquel dels Sants Oliver, Josep Pous i Pagès, y entre el público encontramos a Domènec Martí i Julià, presidente de la Unió Catalanista, Santiago Rusiñol, Miquel Utrillo, y el poeta Francesc Matheu.

Oller leyó tres cartas de adhesión enviadas por tres mujeres (¿excluidas?): Dolors Monserdà, Carme Karr y Caterina Albert.

Dos obreras de la casa entregaron ramos de flores a los homenajeados: Massó y Casas-Carbó.

Maragall, rehecho en parte de la conmoción del verano anterior, pronunció el discurso del brindis.

Dijo que L’Avenç era el único instrumento con el que podían contar los catalanes para la difusión de su cultura, a falta de instituciones públicas.

El parlamento de Massó fue igualmente importante, porque lo dedicó a señalar a quienes consideraba sus predecesores intelectuales: Francesc Pelagi Briz (1839-1889), editor pionero de literatura catalana, los eruditos Marià Aguiló y Miquel i Planas, y La Renaixensa,La Ilustració Catalana y Joventut.

Al final, lamentó no haber tenido tiempo aún de impulsar las traducciones al catalán de las obras de Jaume Balmes y Pi i Margall.

Utrillo dijo luego que gracias a L’Avenç los intelectuales extranjeros podían tener noticia de que existía la realidad catalana.

Era la apoteosis final de un Modernismo extraño, muy poco parecido al castellano, con una idea mucho más consolidada de obra constructiva común, claramente retomada por los jóvenes pratianos.

Estos modernistas de L’Avenç eran gente muy disciplinada.

Hasta su desaparición en 1915, L’Avenç había publicado quinientos diecisiete libros y siete revistas, y había sentado las bases de la reforma ortográfica de 1913.