Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #16
El 8 de agosto llegó el sustituto de Ossorio y Gallardo: Evaristo Crespo Azorín, un diputado conservador insignificante que extremó la represión en la ciudad.
Cuando Cambó le llamó la atención por carta porque había ordenado cerrar hasta el Centre Excursionista de Catalunya, el nuevo gobernador civil respondió que se limitaba a seguir las órdenes del ministro de Gobernación, Juan de la Cierva y Peñafiel.
Obviamente, este se frotaba las manos ante la oportunidad de clausurar de un plumazo no solo todos los centros de agitación republicana, anarquista, socialista y radical de la ciudad, sino de cerrar también todos los locales de que disponía el catalanismo político.
El 11 de agosto fue sentenciado a muerte Antoni Malet i Pujol, ejecutado el día 28 en los fosos del castillo de Montjuïc.
Malet no era más que un ladronzuelo, carecía de filiación política clara: admitió haber incendiado la parroquia de Sant Adrià de Besòs.
Sin embargo, la sentencia que le aplicaron fue, a todas luces, exagerada y casi ilegal, puesto que no había comandado ninguna rebelión ni había atentado contra la vida de nadie.
Se trataba de un escarmiento ejemplar, para que los agitadores supieran qué les podía pasar si desafiaban el orden establecido.
El día 14 era sentenciado a pena capital Josep Miquel i Baró, miembro del Centre Republicà Autonomista de Sant Andreu.
Fue fusilado tres días después. En septiembre y octubre fueron ejecutados también Eugenio de Hoyo y Ramón Clemente.
Estas sentencias llenaron de horror a Maragall, que no sabía cómo frenarlas, mientras la ciudad parecía alegrarse cada vez que era anunciada una nueva ejecución.
La buena sociedad no solo las aprobaba, sino que las aplaudía y parecía aliviada cada vez que caía un republicano en los fosos del castillo.
Por eso el primero de los artículos de Maragall, el del 1 de octubre, cayó como un jarro de agua fría sobre las espaldas de las clases medias y altas de la ciudad.
Los periódicos La Publicidad y El Liberal pidieron el perdón para los sentenciados y la amnistía para los perseguidos.
Los demás periódicos, sobre todo El Correo Catalán y La Vanguardia, criticaron duramente la iniciativa de amnistía.
El 1 de septiembre, como ya sabemos, fue detenido Francisco Ferrer y Guardia.
La ciudad le guardaba un exagerado rencor, alimentado por todo tipo de bulos y manipulaciones, como si fuera un monstruo de impiedad.
El 9 de octubre de 1909, a las ocho de la mañana, empezó el consejo de guerra contra Ferrer.
Patrullaban las inmediaciones de la cárcel Modelo una infinidad de agentes y policía montada, para que no pudiera ocurrir nada.
Sin embargo, una multitud intentaba llegar en vano al lugar del juicio.
A la una menos cuarto, ya había acabado la sesión.
La sentencia de muerte llegó a las siete de la tarde.
Ferrer no podía saber hasta qué punto el poeta Maragall estaba intentando mover hilos para intentar salvarle.
Maragall escribió a Cambó y a Ossorio, pero no pudo conseguir nada concreto.
A Ossorio le escribió, el 9 de octubre, horrorizado: «Esto es espantoso: dejar a todas las gentes sin otra educación social que la alternativa de un terror a otro».
No es porque sí que Josep Benet, medio siglo después, relacionara este estado de cosas con el de 1936.
Al final, nadie pidió el indulto para Ferrer.
Especialmente hipócritas fueron los lerrouxistas, que no pidieron el indulto, pero que luego, desencadenada la campaña internacional contra el gobierno español, la secundaron en un acto de increíble cinismo.
Al día siguiente, 10 de octubre, Maragall escribió su artículo «La ciutat del perdó». Ferran Agulló, director de La Veu de Catalunya, hizo imprimir dos juegos de pruebas, unas para Prat de la Riba y otras para el propio autor.
El presidente de la Diputación de Barcelona debió de recibir las pruebas del artículo de Maragall a primera hora.
Suponemos que se puso pálido. Nadie había escrito nunca un alegato tan duro contra la inercia de la burguesía catalana.
Lo que ocurrió a continuación no fue aclarado hasta un par de décadas después.
Lo primero que se supo es que el artículo no fue publicado nunca en el periódico.
Lo segundo a tener en cuenta es que el día 14, un día después del fusilamiento de Ferrer, Maragall poseía las pruebas de imprenta de su artículo, que quedó custodiado pero traspapelado en su archivo particular, donde continúa en la actualidad.
Lo que propone Maragall es que la ciudad de las bombas pase a llamarse La Ciudad del Perdón merced a una nueva sensibilidad o cultura social.
Maragall sacó el látigo y criticó la religiosidad exterior de las clases dirigentes de Barcelona, incapaz de sentir empatía por los «infelices» que estaban a punto de morir ejecutados en Montjuïc.
¿Dónde quedaban el amor, la caridad, los valores cristianos, la moral más básica?
En esto coincidía con Unamuno: España estaba todavía por cristianizar.
Preguntaba Maragall cómo podían comer tranquilos, pasear tranquilos o acostarse tranquilos los barceloneses de bien cuando sabían perfectamente que un hombre estaba a punto de ser asesinado «como un conejo» a pocos metros de su casa.
¿Qué debió de sentir Prat? En sus manos tenía uno de los mejores artículos jamás escritos en lengua catalana, redactado por el poeta nacional de Cataluña, pero fustigándolo a él.
A él y a todos los que, como él, deseaban ardientemente que Ferrer y Guardia fuera ejecutado de inmediato.
La decisión no pudo ser fácil, pero Prat decidió censurar el texto e impedir que se publicara en su periódico.
De esta forma, quedaba inédito uno de los textos fundamentales de Maragall, que seguiría una trayectoria curiosa.
En las primeras Obras completas de Maragall, las que publicó el editor Gustavo Gili entre 1912 y 1913, «La ciutat del perdó» no figuraba.
Hubo que esperar a 1932 para que el texto viera la luz, en las segundas Obras completas que impulsaron los hijos del poeta.
Lo hizo en el volumen XIII, titulado El sentiment de la Pàtria.
Prat envió al poeta una seca explicación de su proceder por vía postal.
Maragall la recibió el 16 de octubre de 1909: Prat le explicaba que lo mejor era pasar por encima de la cuestión Ferrer y no poner en peligro el gobierno de Maura en aquellos momentos.
Tres días después había sido fusilado Ferrer. ¿Qué debió de sentir Maragall?
Las tribulaciones no habían acabado para Prat de la Riba.
Estaba claro que no le dejarían desayunar tranquilo ni un solo día aquel maldito año de 1909.
Un mes después de haber censurado «La ciutat del perdó», llega a sus manos otro artículo de Maragall, «L’església cremada».
Lo retuvo un mes negociando su contenido línea tras línea, y finalmente fue publicado el 18 de diciembre de 1909, justo antes de Navidad.
Prat debió de comprender de inmediato que volvía a tener en las manos una obra maestra de Maragall, aún más profunda que las dos piezas en prosa anteriores.
En efecto, aquel texto no era normal. De hecho, rozaba la línea de la herejía, como indicaron los censores eclesiásticos del periódico.
«L’església cremada» es un texto de religiosidad sencillamente superior, que los radicales utilizaron groseramente para presentar a Maragall como un partidario de la revolución anticlerical.
Es posible que casi nadie en Cataluña entendiera demasiado bien lo que quiso decir Maragall con aquel alegato a favor de una Iglesia totalmente desnuda, que volviera a conectar con el pueblo, especialmente contra aquel pueblo que la odiaba y la incendiaba.
En la ciudad se había extendido el temor. Pere Milà i Camps, propietario y promotor de la Pedrera, impidió que Gaudí colocara la estatua de la Virgen que debía coronar la casa, obra del escultor Carles Mani. El señor Milà tenía miedo de que la estatua incitara a los violentos a quemar la casa.
Se trata de un artículo intensamente poético, con una calculada estructura interna a base de paralelismos.
Es posible que una misa real en la parroquia quemada de Sant Felip Neri de Gràcia inspirara la pieza.
Maragall quedó traspuesto por aquel rito oficiado como cuando el cristianismo era perseguido y empezaba a balbucear en la Antigüedad.
Se sabe que a menudo Maragall entraba en trance o se mareaba durante las liturgias, y que la sensibilidad mística era fuerte en él.
Lo que escribe Maragall es osado: que no se reconstruyan las iglesias, y que las que quedaron en pie se despojen completamente de oropeles y riquezas.
El poeta insiste: el amor duele y nos obliga a abrazar a quien quiere hacernos daño, incluso a quien nos quiere matar.
Prat debió de ponerse blanco otra vez. ¿Cómo defender aquellas tesis ante el público conservador que compraba cada día el periódico?
La religiosidad falsa de la burguesía catalana no podía seguir amparándose en el partidismo político, en este caso conservador.
El giro derechista de la Lliga Regionalista le parecía a Maragall un error grave.
También las veleidades revolucionarias de la izquierda.
Ante todo estaban Cataluña y el Cristo, que obligaban a perdonar y a inaugurar una nueva sociedad basada en la confianza y la concordia.
Desde un punto de vista cristiano, el texto era inatacable.
Desde un punto de vista político, el texto era otra bomba.