Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #15
La situación empezó a calmarse en la capital entre el jueves 29 de julio y el día 1 de agosto.
Aquel fue el primer día en el que la gente pudo arreglarse bien, ir a misa y recorrer con una mezcla de curiosidad y temor los estragos que había causado la revolución.
El día 2 no pudo prosperar la huelga general de alcance español porque el gobierno había decretado el estado de guerra.
Por el contrario, fue el día en que pudo reabrir todo.
Los combates habían sido durísimos: hasta el día 30 fueron enterrados setenta y cinco cadáveres, mientras que permanecían en los hospitales un total de ciento veintiséis heridos.
El socialista Fabra i Ribas salió para Francia para evitar ser detenido.
Lo ayudaron sus amigos los diputados republicanos catalanistas, que le dieron dinero y lo ayudaron a cruzar la frontera.
Se distinguió en esta ayuda el diputado Laureà Miró.
Una vez en París, Fabra empezó a trabajar en el periódico L’Humanité, que dirigía el legendario Jean Jaurès.
Otros dos exiliados catalanes, Rossend Vidal y Magí Marcet, también trabajaban allí.
Habían huido de España porque habían liderado la revolución donde había sido más intensa, en la ciudad de Sabadell.
Cuando, al fin, Maragall pudo volver a recibir cartas, recibió una muy larga de su amigo y discípulo Josep Pijoan, en la que el joven escritor le contaba todo lo que había sucedido.
Pijoan destacaba los cañonazos y la pasividad de los odiados lerrouxistas, pero en general tampoco supo dar una versión muy ajustada de lo que había pasado.
Lo que más le interesa a Pijoan es distinguir entre el malestar legítimo del pueblo contra el gobierno y el odio destructor de las turbas incendiarias.
Tanto Pijoan como Maragall son cristianos fervorosos, cada uno a su manera.
Los detalles de la semana quedaron mucho tiempo sepultados entre las exageraciones de los partidarios de la represión más dura y lo que lograron esconder los protagonistas de los disturbios.
En su respuesta a Pijoan del 4 de agosto de 1909, Maragall empieza a destilar sus reflexiones sobre la situación del país: opina que todos los males que han caído sobre Cataluña proceden de la debilidad, porque sus clases medias no tienen fuerza ni ánimo para impulsar una revolución, pero tampoco para frenar bullangas que dejan el nombre de Barcelona manchado ante los ojos del mundo.
Y así, entre la impotencia y la cobardía, iba perdiendo el tiempo una nación moribunda.
Una Cataluña que se marchitaba era un tópico habitual en la prosa regeneracionista.
Brossa lo esgrimía continuamente. Maragall sigue con sus pensamientos sombríos en una carta a su amigo Lluís del 15 de agosto: «Es triste lo que ha pasado en Barcelona porque demuestra que allí siempre estamos a discreción de una turba.
El pueblo, propiamente, no peca más que negativamente, esto es, por tolerar y fomentar con su indiferencia el espíritu de turba que lo domina.
Nuestras clases directoras no están, no estamos a la altura.
Barcelona es una ciudad por hacer; no hay más que la materia primera: gente.
Todos tenemos el deber de hacer la ciudad, y no desesperar, como hacen muchos, que por todo remedio hablan de emigrar a países mejor civilizados. ¡Qué vergüenza!» (Benet, 2009: 71).
Lo que no sabe Maragall es que su íntimo amigo Pijoan también está planeando marcharse de Barcelona.
Se ahoga aquí y se ha enamorado de una joven distinguida de clase alta, Teresa Baladia, con la cual huirá.
La Junta de Ampliación de Estudios madrileña le ha concedido una ayuda para que vaya a estudiar museos y fundaciones inglesas, norteamericanas e italianas.
En 1910 abandonará Barcelona y empezará a cortar con las iniciativas del Noucentisme .
En 1911 se instalará en Roma, pero Maragall ya no alcanzó a ver cómo Pijoan criticaba duramente la cultura catalana durante los años veinte. Es un trance amargo que se ahorró.
Nueve años después también se marcharía Eugenio d’Ors, otro de los discípulos de Maragall, menos idealista que Pijoan, menos caótico que el filósofo Pujols, para instalarse en Madrid, Argentina y París.
Pero en 1909, Maragall y D’Ors mantenían una postura parecida en cuanto a la valoración de la ciudad de Barcelona: era un lugar que había que iluminar, culturizar, equilibrar y homogeneizar a través de una labor de modernización.
La diferencia entre ambos es que D’Ors pensaba que los problemas de la ciudad procedían de los elementos inmigrados, en una visión intensamente racista, y Maragall pensaba que esa interpretación era una excusa barata para no afrontar las deformidades sociales de la gran urbe catalana.
Maragall se fue tres semanas a la ciudad de Olot, donde leyó la pastoral que Torras i Bages, obispo de Vic, había publicado sobre las persecuciones de julio, y luego volvió a Caldetas.
Escribió al obispo el 11 de septiembre de 1909, agradeciéndole el consuelo de haber podido leer sus palabras.
Le confiesa a Torras i Bages que está preocupado, pero que no quiere hablar en público sobre lo que acaba de ocurrir porque le parece más que suficiente lo que ha escrito el obispo, gran amigo suyo, en su pastoral.
Ante su sorpresa, cuando Torras le responde por carta, lo anima a escribir y a romper su silencio.
Una de las primeras cosas que hizo el poeta cuando volvió a Barcelona, el 25 de septiembre, fue ir a ver la iglesia quemada de Sant Pere de les Puelles, la que había sido su parroquia.
El efecto que tuvo sobre él la visión del templo destruido fue tremendamente deprimente.
El día 28 empieza a escribir su primer artículo sobre los hechos de la Semana Trágica: «Ah!
Barcelona». Lo acabó en un solo día y lo envió a La Veu de Catalunya el mismo día 29.
El periódico anunció su publicación el 30, y el texto vio la luz en la edición vespertina del 1 de octubre.
A su lado, la acostumbrada glosa de Eugenio d’Ors, Xènius, que trataba de otro tema totalmente distinto: la publicación de un artículo de Rafael Altamira, la «añoranza del siglo XVIII » y el recurso populachero de la sátira entre los espíritus inanes. O sea, antipitarrismo.
El artículo de Maragall es profundo, aunque quizás algo desconcertante.
Lo que explica básicamente es que en Barcelona falta amor.
Pero no un amor banal o ingenuo, sino el amor de los ideales capaces de vertebrar una sociedad y reequilibrarla, limando asperezas y fomentando la concordia social.
No hay cordialidad, no hay igualdad, y el odio se lo está comiendo todo.
Quien no sufre, expone Maragall, no ama verdaderamente.
Y de ese amor desgarrado o torturado tiene que salir la nueva Barcelona, una capital con espíritu propio capaz de englobar a todos los que la habitan y arroparlos con una nueva religión civil.
La ventaja de Maragall es que llega a las verdades sociales a través de los enfoques espiritualistas.
Ni se rebaja al politiqueo fácil, ni escribe lo que los lectores esperan leer.
Es un rasgo que comparte con Unamuno, su gran amigo, aunque Maragall crea y milite en un catolicismo mucho más ortodoxo que el cristianismo unipersonal de su amigo vasco.
Unamuno y Maragall ven las cosas desde una postura elevada, a menudo incomprensible pero siempre independiente.
La conclusión de Maragall ya la había anunciado en la carta a su amigo Lluís Lluís: en Barcelona hay gente, pero no «pueblo».
Pero ¿qué es un pueblo? ¿Hay que crear un pueblo a través de una nacionalidad, como recomienda Prat, o a través de un Imperio, como insiste D’Ors?
¿O a través de una nacionalidad imperialista que englobe desde el Ródano hasta Lisboa, como propone la tríada directiva de la Cataluña del momento, la que forman las cabezas de Prat, Cambó y D’Ors?
¿Cómo se genera un pueblo donde apenas hay Estado, donde mandan las turbas, las porras, los polizontes y el ejército?
¿Cómo se construye una civilidad? Este es el meollo del pensamiento civil de Maragall, D’Ors y Pijoan a la altura de 1909.
La originalidad de Maragall consistía en poner el enfoque sobre la deserción de la burguesía ante los hechos de julio, deserción que se tradujo en un giro hacia la derecha.
Por eso Josep Benet lo escogió a él (y no a D’Ors o a Prat) como modelo para una democracia cristiana e inclusiva en 1961, cuando todo volvía a estar por hacer en Cataluña.
Otra de las cosas que hace Maragall inmediatamente es visitar a sus amigos de la redacción de El Poble Català, periódico del republicanismo catalanista, que no puede salir por orden gubernativa desde el pasado julio.
Sus redactores, Claudi Ametlla, Pere Coromines, Antoni Rovira i Virgili y Romà Jori, no saben qué hacer, y agradecen mucho la visita del maestro.
Durante los próximos meses, el poeta va desarrollando su composición «Oda nova a Barcelona», y las nuevas estrofas toman un tono sombrío y profundamente crítico.
La tesis de Maragall es que hay que amar Barcelona incluso, o sobre todo, cuando se entrega al desenfreno y al Mal.
El poema completo se publicó en La Veu de Catalunya el 1 de mayo de 1910, y al año siguiente pasó a formar parte del libro Seqüències, publicado por L’Avenç.
La postura oficial de La Veu de Catalunya la había proporcionado su director, Ferran Agulló, bajo el seudónimo «Pol», el 12 de agosto de 1909.
Una lectura extremista de ese artículo sirvió de base para que en la ciudad se generalizase el terrible eslogan «Delateu!
», es decir, «denunciad a los revolucionarios».
La postura de Maragall era sustancialmente diferente de la que sostenía su periódico de referencia, controlado por Prat.