Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #14
Ferrer estaba en su casa, en Montgat, y no volvió a Barcelona.
Tras comprobar que Emiliano Iglesias se escondía y evitaba encontrarse con los huelguistas, el socialista Antoni Fabra Ribas se reunió con Claudi Ametlla y Antoni Rovira i Virgili, líderes republicanos catalanistas, y les pidió que se pusieran al frente del movimiento.
Rehusaron porque habían programado reunirse con los demás políticos integrados en la Solidaridad Catalana.
No había nadie al timón y la posible revolución se quedó en un mosaico abigarrado de asaltos, motines y bullangas.
Nadie quiso responsabilizarse de un estallido tan visceral e incomprensible.
Y eso es lo que también indignó al poeta Maragall, como veremos.
Un pueblo tan débil y cobarde que ni la revolución se atrevía a hacer, y que no llevaba más que a morder a los más desprotegidos, sin idealismo alguno.
¿Hubiera ocurrido lo mismo después de 1917?
Mientras Barcelona ardía, muy lejos de allí, se producía la estrepitosa derrota del Barranco del Lobo, en la que resultaron bajas entre setecientos y mil doscientos soldados españoles, de los cuales murieron un máximo de ciento ochenta.
Los ánimos se extremaban el martes 27 de julio de 1909 en Barcelona, aunque el desastre militar no se conociera hasta mucho después.
A primera hora de la tarde se reunieron en el despacho del federal Vallès i Ribot, en la Ronda de Sant Pere, justo al lado del paseo de Gràcia.
La reunión fue iniciativa de Pere Coromines.
Los integrantes de la Solidaridad quisieron constituirse como cuerpo parlamentario de Cataluña (un claro precedente de la Asamblea de Parlamentarios de 1917), pero les faltaba una presencia fundamental: la de Francesc Cambó, quien, como Maura, se había ido de vacaciones.
El prócer catalán llegó a París y allí se enteró por la prensa de que había estallado una revolución en Barcelona.
Los reunidos iban a redactar una nota para el gobierno central, en la que apoyaban el movimiento obrero contra la guerra y contra Maura.
Amadeu Hurtado se disponía ya a escribirlo.
Se acordó también que Puig i Cadafalch, el arquitecto regionalista y futuro presidente de la Mancomunitat, se pusiera al servicio de la alcaldía en nombre de toda la Solidaridad Catalana.
Se intentaba así, por un lado, rebajar los ánimos y, por otro, mostrar empatía con el movimiento antibelicista.
Sin embargo, la esposa de Vallès i Ribot entró en la sala anunciando que el colegio de los Escolapios de la Ronda de Sant Pau estaba ardiendo.
Los políticos fueron saliendo al balcón y lo que vieron, la columna de humo, les heló la sangre.
Poco a poco fueron dando pretextos para abandonar el piso y volver a sus casas.
Nadie quería que lo relacionaran con el oscuro asunto de los incendios de iglesias, colegios y conventos.
Más tarde les llegó la noticia de que el ministro de Gobernación, Juan de la Cierva, había extendido el bulo de que la insurrección barcelonesa era un movimiento «separatista», para evitar que la revolución se contagiara a otras zonas del Estado. Fue el éxito más destacado de su peculiar gestión.
El 27 de julio fue el día más duro. La prensa vespertina notificó que habían sido atacados y destruidos, en parte o totalmente, el colegio de los Escolapios de la Ronda de Sant Antoni, el de los salesianos de la calle Floridablanca, la Salle de la carretera de Sarrià, la capilla de Marcus, las parroquias de Sant Pau, Sant Pere de las Puelles, Sant Cugat, Santa Madrona, Sant Andreu del Clot, Sant Felip Neri de Gràcia y la de Horta; también el convento de las Jerónimas, el de Valldonzella, el de los Agonizantes, el de los Frailes de la Granja, el de Loreto, el de San Miguel de la calle Rosselló, el de las monjas arrepentidas, el de las magdalenas, el de las de Paúl, el de las concepcionistas, los franciscanos de la calle Santaló, las capuchinas del campo de Galvany, los misioneros del Sagrado Corazón de María, los maristas del campo de Grassot, las siervas de María de la calle Universidad, las damas negras de Horta, la parroquia dels Àngels, el seminario conciliar y el convento de Montsió de la Rambla de Catalunya.
Nunca se había visto nada parecido, nunca había estallado un episodio de violencia anticlerical tan extendido.
El martes 27 de julio, a las cinco de la tarde, el Hospital de la Santa Creu había recibido ya veintisiete heridos de bala.
Lo que estaba ocurriendo era, sencillamente, inconcebible.
Nada que ver con las bullangas de 1835. En Sant Gervasi, fue asesinado a tiros el padre Ramón Usó, el superior provincial de los franciscanos.
Para salvar a su comunidad, Usó proporcionó trajes de seglar a todos sus compañeros, pero faltaron dos disfraces. Todos menos dos pudieron refugiarse en casas amigas. Al final, unos exaltados localizaron a Usó y le dieron caza con escopetas. Fue la tercera víctima religiosa de la semana.
Los anarquistas del Raval habían instalado su cuartel general en una taberna, en la calle de Sant Rafael.
Adolfo Bueso pasó la noche del 27 al 28 de julio allí, y por la mañana los revolucionarios fueron a la fuente de la calle Sadurní para lavarse la cara.
Los lerrouxistas, en cambio, operaban sobre todo desde las callejas que iban a parar al Paralelo, al otro lado del Raval.
Estaban animados. Iba a ser el tercer día de lucha.
En los burdeles del distrito V, las prostitutas cuidaron de los anarquistas heridos durante los enfrentamientos de 1902, 1909 y 1917.
Sin embargo, Bueso empezó a inquietarse.
Los líderes revolucionarios entraban y salían de la rebotica de la taberna, pero no decían nada a los combatientes.
No había órdenes claras, estaba claro que los jefes no se estaban involucrando con suficiente ánimo.
Aun así, fueron a asaltar el cuartel de los Veteranos de la Libertad.
Encontraron fusiles en abundancia, pero de la época de la Gloriosa (1868).
Con aquellos artefactos vetustos, desfilaron por el distrito V, aunque carecían de munición.
El ambiente era festivo, pero la alegría no duró mucho: fueron retratados y aparecieron en la portada de la revista La Actualidad .
Aquella fotografía sirvió de prueba para la acusación que los mantuvo mucho tiempo en la cárcel.
El desfile chocó con la policía en la calle Nou de la Rambla, entonces Conde del Asalto.
Defendió la comisaría Bravo Portillo, que fue ascendido a inspector y luego a comisario. El comisario más joven de España.
Aquel miércoles, los diputados republicanos de la Solidaridad Catalana volvieron a reunirse en casa de Vallès i Ribot, y esta vez acordaron no sumarse al movimiento revolucionario.
Habían llegado tropas forasteras que no auguraban un buen final para los huelguistas, y las cosas se habían radicalizado demasiado.
Aquel miércoles 28 funesto habían ardido veintidós edificios religiosos más.
Por su parte, Ferrer y Guardia bajó a El Masnou, población de unos tres mil cuatrocientos habitantes, para afeitarse.
Sabía que allí encontraría a Francisco Domènech, republicano radical.
Desde la barbería ordenó que fueran a buscar a otro republicano, el tonelero Joan Puig Ventura, alias «el Largo» .
Ferrer le preguntó si habría movimiento en El Masnou.
Puig le recomendó que fuera a Premià de Mar, donde la insurrección había triunfado.
En Premià vivían dos mil novecientas personas.
Allí, Ferrer se reunió con el alcalde lerrouxista Domingo Casas Llibre, y eso fue fatal para él, porque en el juicio posterior este testificó que Ferrer había ido agitando los ánimos por el bajo Maresme.
Al parecer, según declaró Casas, Ferrer habría propuesto «destruirlo todo».
No muy lejos de Premià, a no más de veinte kilómetros, el poeta Joan Maragall oteaba el horizonte en la pequeña playa de Caldes d’Estrac.
Estaba esperando el pequeño vaporcillo que traía el correo y las ansiadas noticias de Barcelona.
La línea de tren había sido interrumpida, y no llegaban telégrafos, correos ni carruajes.
A sus amigos (Josep Pijoan, Enric de Fuentes y Lluís Lluís), Maragall les explica que pasa mucho rato badant ante el mar.
Es decir, dejando pasar el tiempo, sin hacer nada en particular.
Maragall no está escribiendo nada ambicioso, solo el borrador de un texto que acabará convirtiéndose en su célebre Elogi de la Poesia .
El 10 de julio, el poeta había llegado con su esposa, Clara Noble, y sus doce hijos (el pequeño Jordi nacería en 1911, año en el que falleció el escritor), procedentes de una población de montaña media, Tona.
Maragall está inquieto por lo que pueda estar sucediendo en Mataró y Barcelona, pero asegura que Caldetas es un oasis de paz en esa Cataluña convulsa.
En el pueblo no han notado nada, nadie se ha movido.