Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #13
El gobernador civil, Ángel Ossorio y Gallardo, decidió dimitir inmediatamente ese mismo día.
Llevaba en el cargo desde el 29 de enero de 1907, e inmediatamente después empezó a redactar su libro sobre la Semana Trágica, que aún hoy es muy consultado.
El motivo: el general De Santiago, gobernador militar de la plaza, declaró el estado de guerra, lo que relegaba a Ossorio a un papel secundario.
La autoridad civil se eclipsaba en Barcelona.
La decisión fue nefasta teniendo en cuenta que el general De Santiago no conocía en absoluto la ciudad, ya que ni siquiera se podía orientar en ella, y que el nuevo bando acabó de calentar los ánimos.
Los militares pensaban que el estado de guerra apaciguaría a los huelguistas, pero les salió el tiro por la culata porque el efecto fue exactamente el contrario.
La huelga se extendió fácilmente por Barcelona y los comercios cerraban porque casi todo el mundo se mostraba muy disconforme con los embarques de tropas.
Sin embargo, como se vio el domingo, los tranvías no dejaron de circular por la ciudad, lo cual exacerbó los ánimos.
La razón hay que buscarla en 1902, tras la primera huelga general revolucionaria que vivió la ciudad.
El director de los tranvías, Mariano Foronda y González Bravo, segundo marqués de Foronda, había despedido a los trabajadores que habían hecho huelga y los había sustituido por trabajadores del distrito del que era diputado, en un caso claro de clientelismo político-laboral.
Por eso rehusaron sumarse a la lucha de 1909, lo cual no dejó otra opción a los huelguistas que la violencia, si querían parar la ciudad.
Los tranvías comenzaron a ser apedreados, incendiados y derribados sobre las calles.
Las fuerzas de seguridad empezaron a perder el control: durante una carga montada hubo tres heridos y murió una niña.
Lo que el lunes 26 de julio se inició como una huelga, por la noche se había convertido en una insurrección acéfala y anticlerical.
El comité de huelga pidió que se respetara la vida de todos los religiosos, lo cual no se cumplió en algunos casos.
En Badalona, ciudad de veintiún mil habitantes, ardió el convento de San Miguel, y los incendiarios quisieron asesinar a los frailes.
Estos pudieron huir a través de los tejados y encontraron la calle a través del Teatro Zorrilla.
En el barrio barcelonés del Poblenou, cayeron dos religiosos asesinados mientras ardía el Patronato Obrero, un centro de cultura que dirigía el marista Francisco Benjamín Mey, llamado padre Lycarión.
Este pudo salvarse porque se hizo el muerto mientras disparaban contra él y sus compañeros.
Esta violencia extremista anticlerical no gustó al comité de huelga, resuelto a oponerse a la guerra y al gobierno maurista.
Por desgracia, ya había perdido totalmente el control de las protestas.
La tea de la huelga revolucionaria prendió en toda la Cataluña industrial, mientras que en la zona del Ebro, el Pirineo de Lleida y en Tarragona no se produjeron incidentes significativos.
En lugares como Sabadell y Granollers, la revolución tuvo en jaque a las fuerzas del orden durante días, y se registraron combates intensos.
Sabadell se convirtió de facto en una República independiente, totalmente controlada por los insurgentes.
En Terrassa, los revolucionarios arrancaron los raíles de ferrocarril para impedir la circulación de trenes y el embarque de tropas.
Pero los motines no fueron tan importantes como en la ciudad vecina, Sabadell, porque Alfonso Sala, futuro conde de Egara, encabezó eficazmente la contrarrevolución, movilizó al Somatén y estableció retenes armados en todas las calles y plazas y centrales de agua, gas y electricidad.
Literalmente, blindó la ciudad contra huelguistas, republicanos y anarquistas, y por ello el futuro capitán general de Barcelona, Valeriano Weyler, le concedió la Gran Cruz del Mérito Militar, el 10 de febrero de 1910.
Sala es una figura en la que nos hemos de detener.
Procedente del Partido Liberal, monárquico convencido, lideró la política dinástica en Barcelona durante los años veinte.
Cacique y patricio, se opuso a cuanto podía significar progresismo o catalanismo desde su escaño perpetuo.
En 1919, en un contexto de fuerte derechización de la política catalana institucional, fundó la Unión Monárquica Nacional.
Como premio a su colaboración con Primo de Rivera, se le concedió a dedo la presidencia de la Mancomunitat de Catalunya (1924), pero dimitió al cabo de un año disconforme con las excesivas cortapisas gubernamentales que se le hacían a su gestión.
Sala viene a ser una figura prototípica, la del cacique que establece un feudo para hacerse fuerte desde allí e influir en la política catalana a través del poder central.
Muchos huelguistas pensaban que las protestas se iban a circunscribir a la jornada del lunes 26 de julio.
Se equivocaban completamente, puesto que el martes las cosas tomaron definitivamente un camino de no retorno por la vía de la violencia descontrolada.
Barrios como el Poblenou y Sants estuvieron días bloqueados por barricadas.
Los revolucionarios llegaron a controlar Gràcia, Sant Martí de Provençals, Sant Andreu, Poblenou, el Paralelo y Sants.
Anarquistas y lerrouxistas combatían a tiros contra el ejército y las fuerzas policiales.
Los socialistas querían una huelga civilizada, que no desacreditara al movimiento obrero.
Fracasaron completamente, puesto que se generalizó la violencia más informe y primitiva.
Durante todo el día se oyeron tiros en el barrio de Gràcia, aunque algunos testigos declararon que tanto las tropas como los amotinados en las barricadas disparaban al aire para evitar muertes.
Por la tarde, a las seis, un grupo de jóvenes con edades comprendidas entre los doce y los diecinueve años asaltaron la iglesia y el colegio de los Escolapios de la Ronda de Sant Antoni.
Al parecer, tal y como lo narró el anarquista Adolfo Bueso, llevaban botellas llenas de petróleo y barras de hierro.
Los asaltantes permitieron que los asustados religiosos escaparan, de hecho consta que algunos de los incendiarios habían estudiado allí.
Querían ensañarse contra la Iglesia católica, pero no contra los padres, que pudieron salir despavoridos.
Los mozos remataron su faena arrojando a la calle toda clase de objetos que ardieron en una enorme pira.
Mesas, sillas, cuadros, ropa, vestidos litúrgicos, libros, escopetas, de todo...
, incluso un extraño equipo para confeccionar medallas que la maledicencia identificó como un sistema de planchas para fabricar moneda falsa.
En el interior de los Escolapios no quedaron más que paredes chamuscadas.
Fueron destruidas unas pinturas de san Antonio de Jaume Huguet, y ardieron también valiosos manuscritos e incunables.
No solo nadie hizo absolutamente nada para evitarlo, sino que ni siquiera salieron los bomberos que había muy cerca para tratar de apagar los fuegos.
Muchos incendiarios compraban petróleo tranquilamente en las droguerías de los barrios.
Los soldados no hacían nada para impedir las quemas.
Parecía normal incendiar templos y conventos, y eso es lo que más indignó a un cristiano de una sola pieza como el poeta Maragall: que las gentes de orden y los creyentes no hubieran movido un dedo para proteger edificios y personas.
De hecho, algunos vecinos de Badalona se negaron a abrir la puerta a los padres que acudían pidiendo ayuda y refugio.
A un revolucionario que quiso robar algunos objetos sagrados, lo entregaron atado a la policía sus propios compañeros incendiarios. Todo era un poco surrealista.
Sobre esas jornadas confusas, los historiadores Josep Pich y David Martínez han escrito:
Entre el martes 27 y el miércoles 28 de julio, los revolucionarios exiliados reconocían que les hubiera sido fácil apoderarse del Ayuntamiento de Barcelona y hacer prisionero al capitán general.
Habrían podido nombrar un Comité revolucionario.
En fin, habrían podido hacer todo lo que hubiesen querido.
Si lo hubiesen considerado necesario, les habría resultado fácil solicitar la ayuda de un ejército de veinte o treinta mil trabajadores de las grandes ciudades industriales de Cataluña, que estaban dispuestos a defender el nuevo orden de cosas que habrían podido establecer.
Nada hubiese sido más simple que nombrar un comité revolucionario que, como en Sabadell, Mataró, Granollers y Palafrugell, hubiera encontrado apoyo en la gran mayoría del pueblo.
Por lo tanto, se preguntaban: «¿Por qué no lo hicieron?
» (2019: 158). Respuesta: porque nadie quiso ponerse al frente de la rebelión.
Los radicales combatían en las calles sin que ningún líder lerrouxista se pusiera al frente de la insurrección.
Se buscaba activamente a Emiliano Iglesias, líder radical, y a Jaume Carner, cabeza visible del republicanismo catalanista.
No había rastro de Iglesias, y Carner, en su propio piso, respondió a los socialistas Fabra i Ribas, Josep Comaposada y Antoni Badia que no podía ponerse al frente de un golpe si no sabía hasta qué punto se había extendido por el resto de España.
Nada, pues. Las mismas vacilaciones que se repetirían ocho años después, y durante las intentonas contra el general Primo de Rivera.