Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #12
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #12

Cuando los rifeños atacaron los intereses españoles en territorio marroquí, el jefe de Gobierno, Antonio Maura, estaba de vacaciones en San Sebastián.

Esto fue un factor determinante para el empeoramiento de los ánimos en Barcelona, puesto que el primer ministro en funciones, La Cierva, ministro de Gobernación, era un hombre de talante autoritario, impulsivo y muy poco inclinado al diálogo.

Maura no le dio mucha importancia al ataque y no regresó a Madrid.

Aquello desencadenó los primeros errores tácticos del gobierno.

El 10 de julio de 1909, el ministro de la Guerra, el general Arsenio Linares, envió a Melilla la brigada de cazadores de Cataluña.

Las tropas las dirigía el general de brigada Miguel de Imaz y Delicado, y el contingente fue reforzado con un regimiento de artillería de montaña, compañías de zapadores, telégrafos, administradores y sanitarios.

A partir de entonces, empezaron los errores de Linares y La Cierva: al llamar a los reservistas catalanes, muchos casados y con hijos, como primeros refuerzos para el contingente de Melilla, se desató el descontento popular, porque las familias de esos soldados iban a quedar totalmente desamparadas.

Las manifestaciones de mujeres empezaron a generalizarse con mucha rapidez.

Un factor que habitualmente no se tiene en cuenta a la hora de analizar procesos revolucionarios del siglo XX , pero que, por ejemplo, historiadores como Julián Casanova están empezando a destacar para el caso de la Rusia de 1917.

Existía el precedente de la Revolución rusa de 1905, que el público lector español conocía perfectamente a través de la prensa.

Los socialistas repitieron por todas partes que el Gobierno de Maura estaba actuando como lo había hecho el zarista solo cuatro años antes.

El Grupo de Mujeres Socialistas de Madrid se empleó a fondo para criticar la guerra y combatir los envíos de reservistas.

Las manifestantes coreaban gritos contra los monarcas, pues se había sabido que el infante Fernando había acudido a despedir al regimiento que comandaba para acto seguido volver a su residencia vacacional, tan campante.

Resulta difícil de creer que existiera esa mezcla de cinismo, ceguera, imprudencia y desidia en las autoridades que fue decisiva para que el estallido en Barcelona se convirtiera en una insurrección incontrolada.

En Madrid los envíos de tropas tampoco fueron tranquilos: el monarca fue silbado mientras visitaba un cuartel, el regimiento Arapiles se amotinó antes de que saliera de la capital y, en la estación de Atocha, una multitud invadió el lugar y destruyó cuatro vagones destinados al transporte de tropas.

Muy lejos de allí, en El Vendrell, villa del Penedés, un joven llamado Andreu Nin también trataba de detener un tren militar en el primer acto revolucionario de su vida.

Ante la magnitud que iban tomando las manifestaciones y mítines, La Cierva prohibió cualquier manifestación pública contra la guerra y limitó la libertad de prensa a partir del día 22 de julio.

Maura continuaba de vacaciones mientras el país entero tronaba de indignación contra su gabinete conservador.

El domingo 25 se tenía que celebrar un mitin monstruo contra la guerra en Mataró que fue prohibido, lo cual exacerbó los ánimos.

Por todas partes se gritaba: «¡Guerra a la guerra! ».

La del Rif fue una guerra muy impopular.

Josep Maria Francès era un joven aficionado a las letras que trabajaba de dependiente y tenía una novia modista.

Políticamente se sentía vinculado al republicanismo catalanista, como el joven republicano Andreu Nin, que estaba estudiando para ser maestro.

El líder de esa facción política era Jaume Carner, futuro ministro de la Segunda República.

Como casi todos los jóvenes de la ciudad, Francès estaba convencido de que el ejército español, por el que sentía una viva repugnancia, iba a Marruecos para proteger los negocios del conde de Romanones.

Francès, en sus pintorescas Memorias de un cero a la izquierda (1962), habló bien del gobernador Ossorio, porque lo consideraba un activo sano del maurismo, una especie de caballero anticuado, pero simpatiquísimo.

Luego Francès fue un escritor curioso, que cultivó la novela expresionista de los bajos fondos en la línea de Vallmitjana (La rossa de mal pèl, 1929) y también hizo una incursión en la ciencia ficción satírica como la de Pujulà (Retorn al Sol, 1936).

Los jóvenes catalanes eran llamados a filas entre exigencias de salvar a la Patria, pero el problema fundamental era que las familias humildes barcelonesas recordaban muy bien en qué estado habían regresado las tropas que habían acudido a defender lo que quedaba del Imperio español entre 1895 y 1898: el Estado había abandonado a los soldados licenciados enfermos de malaria o mutilados, y tampoco los que murieron recibieron especiales honores.

Los socialistas europeos, reunidos en Stuttgart en agosto de 1907, habían condenado el colonialismo francés y español sobre territorio marroquí.

Hay que recordar que el PSOE formaba parte de la Segunda Internacional, y que Pablo Iglesias mismo dijo en un mitin socialista contra la guerra que algunos reservistas españoles preferirían apuñalar a un ministro español que asesinar a un rifeño que no había cometido otro crimen que defender su Patria como la habían defendido los españoles contra los franceses en 1808.

De algún modo, era sabido por todos que al Rif se iba a defender intereses capitalistas de un puñado de oligarcas y no la Patria.

Si de algo podemos estar seguros es de que en la Cataluña de 1909 lo que más podía palparse era la ausencia absoluta de ardor guerrero y un déficit absoluto de patriotismo español.

Para Josep Benet, el hecho de que los catalanes hubieran empezado a desconectar políticamente de los partidos dinásticos en 1901 era un factor importante para tener en cuenta lo que ocurrió solo ocho años después.

En 1901, moría en Madrid el veteranísimo escritor romántico y político liberal Víctor Balaguer, un hombre que se había convertido en una leyenda viva del progresismo monárquico, y el 6 de marzo de ese mismo año subía al poder por última vez el ya muy desgastado Práxedes Mateo Sagasta, y ya solo duraría nueve meses en el puesto.

La Lliga había arrasado con esas formas políticas y eso ayuda a explicar la ausencia de defensas dinásticas en la ciudad durante las explosiones obreras de principios de siglo.

También es necesario recordar el ridículo que había hecho el ejército en 1905, y la mala imagen que había consolidado asaltando las redacciones de los periódicos y revistas satíricas catalanas.

Parece que la única voz respetada en la ciudad a favor de la monarquía era la del liberal canalejista Josep Roig i Bergadà, que fue alcalde de Barcelona entre febrero y diciembre de 1910 y colaboraba con el periódico La Rambla .

Pero su voz no podía calmar los ánimos en una Barcelona explosiva, tremendamente desigual e inundada de prensa obrerista y republicana.

Barcelona, de algún modo, era un polvorín doble: una olla a presión obrera y una caldera catalanista.

La huelga general del verano de 1909 se adelantó en Barcelona respecto a la fecha que se había pactado con Madrid.

Desencadenando la protesta el 26 de julio, y no el 2 de agosto, la Solidaridad Obrera y los lerrouxistas quisieron mostrar músculo revolucionario frente a los socialistas y ugetistas que predominaban en la capital del Estado.

Ferrer y Guardia estaba enterado, sin duda.

El lunes 26 de julio salió de su casa en Montgat, el Mas Germinal, y se dirigió a Barcelona para, declaró, realizar tareas editoriales.

Sin embargo, quien le esperaba en la estación de ferrocarril a las ocho y media de la mañana era Miguel Villalobos Moreno (alias «Miguel Sánchez» o «Constant Leroy»), quien formaba parte del comité de huelga.

Villalobos era el enlace de Ferrer con la Solidaridad Obrera, y cuando el pedagogo llegó a Barcelona lo primero que hizo fue mostrarle un ejemplar de El Progreso en el que los lerrouxistas afirmaban rotundamente que estaban dispuestos a apoyar un movimiento revolucionario inmediato. Luego se vio que era mentira...

Ferrer pensaba que todo era una maniobra de Emiliano Iglesias para comprometer a la Solidaridad Obrera.

Dudó a la hora de mostrar su adhesión a la huelga: dijo que si era un movimiento serio podían contar con su apoyo, pero que si se trataba de una chiquillada ya podían olvidarse de él.

Acto seguido, Ferrer se puso a buscar a Emiliano Iglesias para intentar que los radicales se sumaran a la huelga general.

De todo esto Archer no supo nada o no quiso escribirlo.

Durante el lunes 26, Ferrer se reunió dos veces más con Villalobos Moreno y le preguntó cómo podía ayudar.

Su amigo le respondió que podía firmar un manifiesto contra la guerra que había redactado él mismo, en calidad de ponente del comité ejecutivo de la huelga.

Ferrer firmó y se volvió a pie a su casa, en Montgat, porque los trenes no funcionaban.

Durante todo el proceso revolucionario, nadie supo nada de Emiliano Iglesias, que rehusó adherirse a las protestas.

Sí había mostrado su apoyo Ferrer. Sin embargo, el pedagogo fue acusado de ser el jefe de la insurrección, lo cual era absurdo.

Ferrer firmó para apoyar una huelga, pero no ordenó quemar ningún edificio religioso y ni mucho menos propuso a nadie que se disparase o se organizaran barricadas.

Como conclusión, podríamos afirmar que Archer ocultó su participación en la huelga, pero que eso no implicó que atizara el fuego de la insurrección descontrolada que se desató sobre Barcelona a partir del lunes 26 de julio.