Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #11
Dos años antes, el 13 de octubre de 1909, Ferrer había caído fusilado en los fosos del castillo de Montjuïc, en cumplimiento de la sentencia que se había dictado con inusitada rapidez cuatro días antes.
El pedagogo fue acusado de haber sido «autor y jefe» de la Revolución de julio de 1909, lo cual era grotesco porque en el juicio quedó demostrado que Ferrer no anduvo por Barcelona más que unas pocas horas.
La negligencia judicial fue atribuida inmediatamente a un oscuro complot de los sectores más clericales de la ciudad contra uno de los personajes más odiados por la gente de orden.
Por su pasado terrorista, por su vida sexual amoral y libre, por haber sido amigo de Mateo Morral, el anarquista que había intentado asesinar a Alfonso XIII con una bomba el día de su boda, el 31 de mayo de 1906.
Inmediatamente después del fusilamiento hubo disturbios callejeros en París, Londres, Roma, Berlín, Bruselas, Lisboa, Marsella, Tolón, Lyon, Ginebra, Venecia, Nápoles, Oporto y muchas otras ciudades.
El gobierno que comandaba el conservador Antonio Maura cayó nueve días después, tan pronto como fueron reabiertas las Cortes del reino.
Teresa Claramunt fue deportada a Huesca el 1 de septiembre de 1909, y vivió allí un año, hasta noviembre de 1910, momento en que llegó la amnistía.
Pero en lugar de regresar a Barcelona, se quedó en Zaragoza.
Leopoldo Bonafulla volvió a viajar por Andalucía, mientras Teresa permanecía en la capital aragonesa en casa del ferroviario catalán Josep Dalmau, que la acogió con la condición de que instruyera a sus cinco hijas.
Sin trabajo otra vez, se trasladó hasta Maó para colaborar con el periódico El Porvenir del Obrero, y es allí donde escribió su opúsculo La mujer.
Consideraciones generales sobre su estado ante la prerrogativa del hombre (1905).
Este es un texto insólito en su época, que nos muestra hasta qué punto su autora tenía las ideas claras: «La principal causa del atraso de la mujer está en el absurdo principio de la superioridad que el hombre se atribuye.
Sobre esta base falsa constituyose la sociedad actual; y por tanto, los resultados forzosamente tenían que ser contrarios a todo bien común».
Las ideas radicales de Claramunt rezuman regeneracionismo colectivista por todos los poros: hay que «liberar» el «cuerpo social» de la «gangrena» que lo atenaza, a través del «derrumbamiento de la inhumana sociedad presente».
Además, presenta de forma descarnada todos los horrores que había de sufrir una mujer en la época, desde los objetos punzantes con los que se provocaban los abortos, hasta los malos tratos y los sufrimientos secretos.
«Menos poesía y más realidad», reclamaba, desenmascarando todos los tópicos de la publicística burguesa.
Lo que pinta Teresa Claramunt en su opúsculo es una auténtica distopía de misoginia y engaño.
No se puede concebir un texto más distinto al de las feministas conservadoras, Dolors Monserdà y Carme Karr, preocupadas por temas educativos y totalmente respetuosas con las instituciones familiares.
Para Teresa Claramunt, una esposa no solía ser más que una «prostituta legal».
Santiago Rusiñol se reía de todo esto en su monólogo titulado Feminista, publicado en 1903.
En 1872, Ferrer y Guardia empezó a trabajar en una tienda de cereales y semillas de la población de Sant Martí de Provençals, asimilado al municipio de Barcelona en 1897.
Su jefe era un anticlerical furibundo y logró inculcarle sus ideas a aquel muchacho que bajaba de Alella, en el Maresme, para trabajar en su almacén.
Con veinte años, Ferrer empezó a trabajar como revisor en la Compañía Ferroviaria de Madrid, Zaragoza y Alicante, y gracias a los trenes le ocurrieron dos cosas importantes: en primer lugar, se casó con una viajera que conoció en un vagón; en segundo lugar, empezó a trabajar para el republicano exiliado Manuel Ruiz Zorrilla, líder de los revolucionarios españoles, que vivía en París.
La coartada de Ferrer para hacerle de cartero al prócer era perfecta, puesto que un revisor de billetes le iba como anillo al dedo para cruzar mensajes a través de la frontera francesa.
En 1885, Ferrer abandonó su puesto de trabajo en el tren y se instaló en París, donde se radicalizó.
En la Ciudad de la Luz, trabajó comerciando con vinos, probó suerte con un pequeño restaurante, pero a partir de 1890 sus actividades principales fueron dar clases de español y hacerle de secretario a Ruiz Zorrilla, sin cobrar.
En 1894, la esposa de Ferrer intentó asesinarle a tiros, tal y como especificaba Le Figaro el 13 de junio.
El matrimonio, obviamente, acabó mal, y Ruiz Zorrilla moría al año siguiente, en 1895, sin aceptar el régimen de la Restauración.
Es uno de los grandes olvidados de la historiografía española, y tiene su relevancia en esta historia global que nos ocupa: sin la cultura insurreccional de Ruiz Zorrilla resulta imposible comprender la eclosión populista e iconoclasta del lerrouxismo catalán.
Ferrer fue rumiando ideas pedagógicas hasta que en 1901 le cayó en suerte un capital sabroso.
Una dama francesa clerical a quien enseñaba español consideró que sus proyectos eran honrados y le dejó en su testamento una casa en la Rue des Petites Écuries.
Con el dinero que le rentaba el inmueble, Ferrer pudo abrir su primer establecimiento educativo en Barcelona.
La Escuela Moderna abrió sus puertas en el número 56 de la calle Bailén, el 8 de septiembre de 1901.
En su primer curso recibió a treinta alumnos, de entre los cuales doce de ellos eran niñas. Un detalle a tener en cuenta.
A final de curso, ya eran más del doble, un total de setenta.
En 1905 eran ya ciento veintiséis. En 1906, la Escuela Moderna había abierto cuarenta y siete sucursales solo en la provincia de Barcelona.
La CNT o los ateneos obreros acostumbraban a financiar esas escuelas racionalistas: una muy importante fue la Natura, dirigida por Joan Puig Elias en el barrio del Clot.
Era evidente que la Iglesia, la principal detentora de privilegios educativos, tenía que observar el fenómeno con preocupación.
Los problemas empezaron a llegar en 1906, cuando el bibliotecario de la central de la calle Bailén, Mateo Morral, se desplazó a Madrid para asesinar al rey de España.
Lo intentó cuando su comitiva regresaba de la iglesia de San Jerónimo, desde el tercer piso de una pensión de la calle Mayor.
Morral había ocultado su bomba en un ramo de flores.
En lugar de aterrizar cerca de la carroza real, el tendido del tranvía desvió el ramo letal, que cayó relativamente lejos de su objetivo.
El artefacto mató a quince personas; aunque algunas fuentes elevan la cifra hasta veinticinco e incluso veintiocho. La Escuela Moderna fue clausurada y Ferrer, detenido.
Ferrer y Guardia ya nunca se recuperó de aquel tropiezo.
Pasó un año en la cárcel Modelo de Madrid antes de ser juzgado, durante seis días, a partir del 3 de junio de 1907.
Allí fue tratado como una rareza carcelaria.
El alcaide, el conocido criminólogo regeneracionista Rafael Salillas, publicó un artículo sobre sus costumbres y su celda.
Ferrer tuvo un cautiverio relativamente benévolo, desde luego mucho mejor que el que le esperaba dos años después en el húmedo y tenebroso castillo de Montjuïc.
Ferrer gozó de luz natural y de constantes paseos por el patio, casi a voluntad.
Pudo estudiar y escribir, pero le sobrevino algo que resultó fatal para su suerte posterior: notoriedad internacional.
Hasta 1906, Ferrer había sido un pedagogo mediocre envuelto en embrollos sentimentales y revoluciones quiméricas: a partir de 1906 se convirtió en un elemento realmente peligroso para el sistema.
Lo defendió Emiliano Iglesias, todo un personaje.
Cofundador del Partido Radical de Lerroux, pronto destacó en la formación y se le confió la dirección del periódico El Progreso, desde el que tronó en furibundos editoriales contra la Iglesia y contra la Solidaridad Catalana, a partir de 1906.
Tres años después fue elegido concejal del Ayuntamiento de Barcelona, donde se le acusó de irregularidades administrativas.
Allí donde iba Iglesias, licenciado en Derecho, se organizaban tumultos y embrollos.
En 1917, cuando estalló la huelga general revolucionaria, Iglesias volvía a ser concejal.
Pasó toda la dictadura de Primo de Rivera en el exilio.
Tras su regreso, en 1931, ocupó el Gobierno Civil de Barcelona, pero lo echaron los macianistas.
Pero volvamos a 1907: Emiliano Iglesias fue tratado con desconsideración durante el primer juicio contra Ferrer, pero logró que se le absolviera de todos los cargos.
Parece cierto que Ferrer no fue el inductor del insensato Morral, que se suicidó cerca de Madrid antes de ser capturado por la policía.
Morral, el joven bibliotecario de la Escuela Moderna, tenía solo veintiséis años.