Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #10
Así las gastaban en la Barcelona turbulenta de 1907.
Seguí resultó herido en el dedo meñique y, cuando lo entrevistaron en la cárcel, llevaba un brazo en cabestrillo.
Esta historia salió publicada el 14 de agosto de 1907 en El Poble Català, el periódico de los catalanistas republicanos (Martí, 2021: 25-27).
Unos años después, un periodista escocés irrumpe en el despacho del venerable escritor anarquista Anselmo Lorenzo, seguramente durante el verano de 1910.
Lorenzo no tiene nada de fiero o febril, no es como uno de esos demonios ansiosos de dinamita y muerte que se dibujan en la prensa de orden, sino que es un austero anciano de largas barbas plateadas que se dedica en cuerpo y alma a la filosofía.
Le explica a William Archer que, diez años antes, Francisco Ferrer y Guardia había escrito algunos artículos violentamente anarquistas en la revista barcelonesa La Huelga General, que estuvo activa entre 1901 y 1904, firmando con el seudónimo «Cero».
Al escritor escocés le interesaba ese material porque estaba intentando indagar hasta qué año Ferrer había albergado ideas de acción directa antisistema.
Lorenzo era autor de una biografía de Kropotkin, y había escrito también numerosos libros sobre la necesidad de erradicar la ignorancia.
Fiel colaborador de Ferrer, tuvo tiempo de cofundar la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910, antes de morir cuatro años después.
Lo que no llegó a saber Archer, o por lo menos no lo registró en la biografía de Ferrer que redactó poco después, es que, sin Ferrer, los anarquistas del grupo de Lorenzo no hubieran podido organizarse para crear Solidaridad Obrera en 1907.
Las sociedades de resistencia que se habían federado carecían de un local común, y no disponían de las tres mil pesetas que necesitaban para poder alquilar la sede a la que habían echado el ojo.
El local se encontraba en la calle Dormitorio de San Francisco, hoy Primer de Maig.
Ferrer y Guardia pagó la suma y, por lo tanto, debió de conservar una influencia notable sobre la nueva sociedad anarquista.
Archer no lo supo o no quiso resaltarlo, insistió en presentar a Ferrer como un pedagogo honrado y un brillante editor totalmente desvinculado de las iniciativas revolucionarias.
Pero no llegó al fondo de muchas de las cuestiones que estaba analizando.
Por ejemplo, no menciona que Ferrer en realidad había sido el propietario de La Huelga General, que contó con tres redactores: él mismo, Anselmo Lorenzo y Cristóbal Litrán.
El periódico lo dirigió un librepensador libertario, Ignasi Clarià (Aisa, 2019: 28), y ahí publicaba artículos Teresa Claramunt.
El Ferrer real estaba muy relacionado con la revolución y con la Solidaridad Obrera, mucho más de lo que Archer pensó o quiso admitir.
La Solidaridad Obrera celebró su primer Congreso en 1908, donde tomó el nombre de Confederación Regional de Sociedades de Resistencia Solidaridad Obrera.
El origen fue una sociedad de resistencia, el Arte de Imprimir, cuyo núcleo madrileño maniobró hacia el socialismo en lugar de hacerlo hacia el anarcosindicalismo.
Los tipógrafos que la formaron en la capital del Estado orbitaban alrededor de Pablo Iglesias, Toribio Reoyo Barbadillo, Antonio García Quejido y Juan José Morato.
En Barcelona, el Arte de Imprimir reunió fundamentalmente a intelectuales libertarios: el mismo Anselmo Lorenzo, Tomás Herreros, Josep Negre, Joaquín Bueso, que evolucionaría hacia el socialismo, y su hermano menor, Adolfo Bueso, del que luego hablaremos bastante.
Los impulsores de la Solidaridad Obrera se dieron cuenta de que tenían que pensar a lo grande y organizar una entidad estatal: la llamaron Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y nació el 1 de noviembre de 1910, durante un congreso de la Solidaridad Obrera celebrado en el desaparecido Palacio de Bellas Artes.
La neonata CNT era heredera del espíritu de la AIT, la Primera Internacional, y sus postulados ideológicos básicos derivaban de la Carta de Amiens, lo cual significaba que en el terreno ideológico se separaba lo que era economía de lo que era política, rechazando la participación en partidos políticos.
Algunos elementos de orden, por ejemplo, el gobernador civil Ossorio y Gallardo, pensaron que un gran sindicato anarquista podría alejar a los obreros de la tentación del pistolerismo y la lucha armada.
Aún no había llegado la peor época de la violencia callejera en Barcelona, que se iba a extender dramáticamente sobre todo a partir del final de la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, el terrorismo preocupaba a las instituciones.
Estas crearon, en 1907, una Junta de Defensa de Barcelona que intentó crear un cuerpo de policía propio.
Trataron de impulsarlo el presidente de la Diputación de Barcelona, Joaquín Sostres, conservador; el alcalde, Domingo J.
Sanllehy, liberal; dos delegados de ayuntamiento de distinto signo político (Antoni Marsà por parte de los republicanos y Lluís Duran y Ventosa por parte de los regionalistas) y dos delegados de la Diputación: el republicano Joan Pujol y el catalanista Francesc Albó.
En la Solidaridad Obrera no hubo solo anarquistas: entre sus impulsores figuraron también dos personajes que destacaron pronto en las filas del PSOE: Josep Comaposada y Antoni Fabra i Ribas, principal cerebro del cooperativismo catalán.
Cuando lleva dos semanas en Cataluña, Archer ya se ha convencido de que el proceso instruido contra Ferrer es una monstruosidad jurídica, porque no existe ningún indicio claro de que el pedagogo ejecutado participara en los disturbios anticlericales y pirómanos del verano de 1909.
En otras palabras: en Barcelona se acababa de fusilar a un hombre inocente.
En cuanto tuvo acceso a la versión oficial del proceso, no le cupo ya la menor duda, y así se lo comunicó al director del McClure’s Magazine, quien lo había enviado a la capital catalana para investigar sobre el caso, y quien tampoco tuvo reparos a la hora de publicar las crónicas de Archer.
Este completó su investigación con las informaciones que le proporcionó desde Madrid el psicólogo y librepensador valenciano Luis Simarro, el más ilustre defensor de Ferrer, que andaba redactando su obra El proceso Ferrer y la opinión europea .
Otro informante clave de Archer fue un amigo personal de Ferrer, William Heaford, que le dejó ver la correspondencia que había mantenido con el fundador de la Escuela Moderna, así como también la valiosa colección completa de los libros que había publicado la institución.
Sin embargo, la verdad quedó oculta: lo más probable es que Ferrer cayera víctima de una celada tendida por los radicales de Lerroux.
Los cuatro testigos que en el juicio declararon contra Ferrer eran lerrouxistas.
Durante el juicio, solo testificó contra Ferrer un político de la Lliga: Narcís Verdaguer i Callís, esposo de Francesca Bonnemaison.
Posteriormente, Lerroux no expulsó del partido a esos cuatro confidentes que acabaron con Ferrer, y presentó a Ferrer como miembro activo de su partido, lo cual era completamente falso, porque en el momento de la insurrección Ferrer estaba muy distanciado de los radicales.
Archer concluyó el prólogo de su libro el 10 de marzo de 1911.
El crítico escocés acabó simpatizando con Ferrer, pero no aprobó sus métodos pedagógicos.
Como buen liberal, celebraba que alguien se hubiera dedicado en cuerpo y alma a combatir la peor instrucción imaginable, violenta y dogmática, pero lamentó que Ferrer hubiera intentado crear revolucionarios, es decir, fanáticos de signo contrario, en lugar de ciudadanos libres.
Archer estimaba más los libros que editó Ferrer que sus métodos didácticos.
En su biografía, leemos:
Estas publicaciones ascienden a un total de cuarenta pequeños volúmenes de tapas rojas, y son muy variadas en contenido: algunas cartillas de lectura, aritmética, geometría, geografía, gramática, entre otras, manuales de historia y algún que otro cuento infantil.
Esta colección cuenta también con tratados académicos, como El origen del cristianismo, de Malbert, La sustancia universal, de Bloch y Paraf-Javal, o la Evolución super-orgánica, de Lluria, estudio prologado por el doctor Ramón y Cajal, un destacado miembro de la comunidad científica (2010: 68).
De algún modo, Archer consideraba que las ediciones de la Escuela Moderna eran el alma de la institución, puesto que su obra pedagógica le pareció simplista y algo tosca, pero útil en un país que andaba aún entre tinieblas.
El Boletín de la escuela también le pareció una maravilla, porque contenía traducciones de todos los tótems del librepensamiento internacional: Élisée Reclus, Anatole France, Herbert Spencer, Haeckel, Kropotkin, Gorki, Tolstói y especialistas franceses, belgas, italianos y estadounidenses.
La construcción científica a la fuerza tenía que parecerle más valiosa que la demolición de todo tipo de dogmas religiosos.