Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #8
Otro republicano aún más raro (y mucho más olvidado) era el polígrafo esperantista Frederic Pujulà i Vallès, nacido en Palamós (Baix Empordà) el 12 de noviembre de 1877.
Aunque sí se lavaba, desarrolló una filosofía vitalista parecida a la de Diego Ruiz.
La diferencia es que, en lugar de evolucionar hacia el anarquismo, se quedó instalado para siempre en el autonomismo federalista, próximo a las tesis de Valentí Almirall.
La vida de Pujulà, una de las mentes teóricas de la revista Joventut, en la que publicó unas ciento cincuenta colaboraciones, tuvo tres momentos culminantes: la publicación de la primera novela de ciencia ficción en lengua catalana, su participación en los combates de la Primera Guerra Mundial y la presidencia de un Congreso Esperantista que contó con la presencia del doctor Zamenhof, iniciador del movimiento.
Bajo un gran sombrero y fumando en una pipa, lo encontramos bajo las telarañas del techo de Els Quatre Gats, donde acaba de hacer amistad con el pintor Picasso.
Este lo retrata en 1900 con aguada de tinta con un gesto aristocrático.
El semblante del escritor no carecía de interés, con esos característicos arcos superciliares exagerados.
Quizás el de Picasso era un gesto de agradecimiento por haber escrito Pujulà, en Las Noticias, una reseña favorable de su segunda exposición en Els Quatre Gats.
En otras imágenes, Pujulà lleva barba y una perfecta raya en mitad del cráneo.
Por aquella época escribe cuentos y prosas vaporosas, y se licencia en Derecho en 1902.
Tras colaborar en la prensa autonomista de la provincia de Girona, Pujulà publica dos veces en Els Quatre Gats y se integra en el equipo redactor de Joventut (Oriol Martí, Lluís Via, Emili Tintorer y Salvador Vilaregut, la segunda generación modernista tras los pioneros de la revista L’Avenç) .
En 1902, publica un estudio político: Francisco Pi i Margall, en el que defiende a ultranza el autonomismo catalán.
Defiende lo mismo en otro ensayo del año siguiente, Creuant la plana morta, un diálogo entre un catalán (Jordi) y un castellano (Sancho) que discuten sobre política durante un viaje en tartana.
La «plana morta» resulta que es la meseta.
El tema era grato a los escritores catalanes del momento: recordemos que Santiago Rusiñol publica El català de la Manxa, novela graciosa que ganó el Premio Fastenrath en 1914.
Pujulà se integró como vocal en la Unió Catalanista mientras iba publicando obras de teatro con un mensaje parecido a las de Rusiñol.
Sus tesis fundamentales resultan de una mezcla de vitalismo y regeneracionismo.
El genio ha de modelar la sociedad y enfrentarse frontalmente a los valores burgueses, a cualquier precio, incluso si ha de quedarse completamente solo, sin hijos ni esposa, para poder trabajar.
Una especie de mezcla de Ibsen y Nietzsche.
En 1905, Pujulà se interesa por el esperanto, que había diseñado Lazarus L.
Zamenhof en 1887, y se enrola con entusiasmo en la sociedad Espero Kataluna.
Poco después, el 25 de noviembre, estallan los hechos del ¡Cu-Cut!
, en los que unos trescientos militares furiosos por una viñeta del ilustrador Junceda se precipitaron al asalto contra la revista satírica para hacerla añicos y quemar sus muebles en la vía pública.
Otras redacciones de la ciudad vivieron una suerte similar.
Lejos de condenar a los vándalos, el gobierno mostró su apoyo a los militares suspendiendo ¡Cu-Cut!
y levantando los derechos constitucionales.
Barcelona ardió de indignación, y pronto llegó una nueva humillación: el Congreso de Madrid aprobó la Ley de Jurisdicciones el 23 de marzo de 1906, un decreto impulsado por Moret que trasladaba a la jurisdicción militar todos los delitos cometidos contra el ejército y contra la Patria.
Esta norma tendría una importancia capital en cuanto se desató la ira popular tres años después, como veremos.
Pero resultó también fundamental para la vida de Pujulà.
Publicó en París, en esperanto, un artículo que no gustó nada a unos militares esperantistas españoles.
Nuestro periodista tuvo que huir de Cataluña para no ser detenido.
Se instaló, primero, en Perpiñán (lo que hacen los exiliados que no quieren sentirse fuera de Cataluña), y luego en París.
Allí se casa con una francesa y edita una gramática del esperanto en 1906.
En 1908, vuelve a Barcelona para participar, en junio, en las conferencias esperantistas celebradas en el hotel Mundial Palace.
Sus amigos de la ciudad le tributan un homenaje sonado.
Como Pujulà ya era francés, no podían detenerlo en España.
En septiembre de 1909, se celebra en Barcelona el V Congreso Internacional de Esperanto, que fue un éxito resonante, y que contó con la presencia de Zamenhof.
Participaron en él unos dos mil activistas y curiosos.
Pujulà tuvo el honor de presidir la reunión.
El esperanto y su espíritu internacionalista parecen llenar de contenido su vida, que pronto dará un giro trascendental.
Al ser ciudadano francés de pleno derecho, en 1914 es llamado a filas y enviado inmediatamente al frente.
Pujulà se encontraba en París junto al dramaturgo Adrià Gual y algunos actores, preparando dos obras en esperanto para un congreso que ya no se iba a celebrar.
En lugar de continuar con sus empresas culturales, se vio obligado a combatir a la bayoneta y a presenciar horrores innumerables.
Sirviendo en una compañía de telefonistas, solo sobrevivieron él y un compañero de unidad.
El mismo 1914 empezaron a llegar las primeras crónicas de guerra de Frederic Pujulà, unas a El Poble Català, que dirigía Pere Coromines, y otras a La Revista Nova, que dirigía Santiago Segura.
Estas colaboraciones han sido destacadas por su «expresividad» y «crudeza» (Montero, 2018: 104).
En 1918 publicó sus impresiones de la guerra en dos libros memorialísticos, En el repòs de la trinxera y De la trinxera estant .
Las continuas admoniciones morales lastran las prosas y dramas de Pujulà, un personaje más interesante por su vida que por sus realizaciones artísticas en sí.
Cuando volvió a Barcelona, le esperaban más experiencias desagradables.
El Noucentisme había marginado a los hombres del Modernismo, que vieron muy dificultado su acceso a los medios de publicación.
Esa marginación súbita pudo estar detrás del trágico suicidio de Raimon Casellas (1910), deprimido ante el avance inexorable del movimiento noucentista .
Empezaba el largo declive personal y literario del Pujulà, escritor en lengua catalana.
Encontró refugio en el periódico republicano irreverente El Diluvio, donde escribía otro modernista radical en horas bajas, Jaume Brossa.
Entre 1921 y 1933, nuestro periodista vuelve a vivir en París, ostentando el cargo de secretario general de la Asociación de Periodistas Extranjeros de Francia.
Las cosas parecían irle mejor allí que aquí, pero fue llamado a Barcelona para dirigir El Diluvio, cosa que hizo hasta su cierre el 25 de enero de 1939.
Los franquistas no dejaron en paz a ese pobre escritor inofensivo.
Cuando se le incoó un consejo de guerra sumarísimo que lo condenó a muerte, Pujulà tenía ya sesenta y dos años.
Finalmente le fue conmutada la pena por la de veinte años y un día, de los cuales cumplió dos en la cárcel Modelo de Barcelona.
Pero aún faltaba su proceso por masón, que se desarrolló en 1947.
Fue condenado a doce años de cárcel, que no tuvo que cumplir debido a su avanzada edad.
Pujulà malvivía en Barcelona y comía de traducciones miserables y de la ayuda de los amigos.
Le quedó el consuelo de poder enviar colaboraciones a las revistas del exilio catalán, como Pont Blau de México o Ressorgiment de Buenos Aires.
Incluso ganó una Englantina de Oro en los Juegos Florales de 1949, celebrados en Montevideo (Martí, 2009).
En esos momentos, la preocupación principal de los escritores que habían sobrevivido era mantener la continuidad del idioma.
Poco había quedado del ideal esperantista tras las dos guerras mundiales.
Sin embargo, aquel anciano de cejas espectaculares no se daba por vencido, y aún acudió para hablar en Terrassa en el XII Hispana Kongreso de Esperanto de 1951.
Más tarde se reunió con su hijo en Bargemon, en el sur de Francia, donde murió el 14 de febrero de 1963.
Tenía ochenta y seis años. Dejó muchas cajas de obras inéditas que su hijo, Frederic Pujulà i Mas, donó a la Biblioteca de Catalunya.
Actualmente, Pujulà es recordado por sus crónicas de la Primera Guerra Mundial y por la curiosa novela que publicó en 1912: Homes artificials, la primera novela de ciencia ficción escrita en catalán.
Vio la luz en la Biblioteca Joventut. No se trata de un texto especialmente brillante ni original, pero forma conjunto con una serie de novelistas que se refugiaron de la ofensiva noucentista en los géneros narrativos, que los nuevos capitostes desdeñaban en general.
Josafat (1906), de Prudenci Bertrana, se le parece por el tratamiento de la deformidad y la monstruosidad.
La novela de Pujulà contó con algunos antecedentes primitivos.
Por ejemplo, el relato «La darrera paraula de la ciència», de 1875, escrito por el fino crítico de la etapa realista Joan Sardà, asiduo de la tertulia del Ateneu Barcelonès; y «Un somni futurista espaterrant», del no menos espaterrant filósofo Pompeu Gener, publicado en 1910.