Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #7
La familia de Santiago Rusiñol hizo amistad intensa con el pensador mallorquín Gabriel Alomar, que prologó el libro de versos que Maria Rusiñol hizo publicar en 1925.
La autora lo quería mucho. Alomar era un pedagogo nato, un clarificador absoluto.
En la historia ha pasado por ser uno de los primeros a los que se les ocurrió la idea de amalgamar socialismo y nacionalismo catalán, procedente del republicanismo federal.
Según Maria Rusiñol, Alomar «era nervioso.
Su testa calva se aguantaba sobre un cuello largo y firme.
Era librepensador y, según él, todo debía hundirse.
Todo tenía que terminar en terremoto. No paraba un momento quieto.
Se secaba las gafas con el pañuelo. Se las volvía a poner.
Andaba deprisa, con unos pasos pequeños, como si le corrieran detrás.
No le daban miedo las revoluciones. Las esperaba.
Quería ir a buscarlas. Pero, eso sí, en la quietud.
Sin disparos, sin ruidos. Porque los ruidos le preocupaban».
Y era verdad: al republicano Alomar le daban mucho miedo los truenos.
Descrito así, debió de ser un personaje bastante interesante, quiero decir en la encarnadura cotidiana.
En la figura de Alomar se vertebra el intelectual de orden que recomienda el máximo desorden: profesor subversivo, llegó a ejercer una gran influencia, primero, entre las izquierdas catalanas y, a partir de los años veinte, entre los republicanos castellanos.
Es posible que, sin sus significados, no pudiéramos comprender figuras como las de Francesc Layret, Manuel Serra i Moret, Lluís Companys, Rafael Campalans o Domènec Martí i Julià.
Era un sufridor único. Continúa Maria Rusiñol:
Alomar, la primera vez que nos lo presentaron en casa, se pasó toda la tarde de cabeza en la ventana, mirando el cielo y con la oreja atenta, por si oía algún trueno.
Nada le distraía. Oír tronar, para él, era como si hubiera llegado el Día del Juicio Final.
Se tapaba la cabeza. Se metía donde podía.
No había nadie que le sacara a la calle.
Se quedaba a comer, cenar y dormir en casa de los amigos.
Y se habría quedado a vivir, si la tempestad, ¡válgame Dios!
, no llegara un momento en que parase. Si teníamos la suerte de que no hubiera mal tiempo, a Alomar se le despejaba la cara.
Sorprende que un hombre que desafió a todos los poderes establecidos de la España de la época fuera tan timorato.
Alomar era de extraños contrastes. Por ejemplo, le encantaban los toros, tal y como documentan sus biógrafos, Catalina Moner Mora y Jordi Pons Bosch.
Alomar fue toda la vida a ver los toros, pero escribió un cuento contra las tauromaquias, incluido en el volumen Un poble que es mor...
, que llevaba por título «Pasado». Había sido escrito y publicado en una revista en 1899.
Entre 1896 y 1903, la prosa de Alomar se fue publicando fundamentalmente en revistas y periódicos isleños: La Nueva Palma, La Roqueta, Última Hora, La Almudaina, La Tarde, La Veu de Mallorca .
Durante el curso 1901-1902, Alomar se incorporó como profesor auxiliar en el Institut Balear, donde él mismo había recibido lecciones de Gabriel Llabrés y de Josep Pons i Gallarza.
En aquella institución tuvo como alumnos a los escritores Bartomeu Rosselló-Pòrcel, Llorenç Villalonga y Cèlia Viñas.
En 1898, Jaume Massó i Torrents invitó a Alomar a colaborar en la revista quincenal Catalònia .
Es en este momento donde encontramos la firma de nuestro periodista entre Joan Maragall, Santiago Rusiñol, Alexandre de Riquer y Alexandre Cortada.
Un primer artículo donde Alomar celebraba que el pintor Rusiñol visitase Mallorca se publicó en Última Hora en 1907.
En su texto más famoso e influyente, El Futurisme, unas conferencias que impartió en el Ateneu Barcelonès en 1904, ya destacaba la educación como el factor clave a la hora de formar personas libres, lejos de adoctrinamientos y coacciones morales.
Su etapa más larga como docente la desarrolló en Figueres, rodeado de las figuras políticas y culturales más importantes de Cataluña del momento.
Mientras residió en la capital ampurdanesa, Alomar veraneó en Roses.
Raimon Casellas, que hacía y deshacía en La Veu de Catalunya, no se vio con ánimos de publicar la conferencia de Alomar.
Posteriormente, Casellas también censuró algunas glosas de Xènius.
Alomar empezó a escribir para La Veu de Catalunya en 1900, y cuatro años después se pasó a la escisión izquierdista de El Poble Català, que recogía a los díscolos que La Veu de Catalunya no quería.
En 1906, Alomar participó en el I Congreso Internacional de la Lengua Catalana, que presidió mosén Antoni Maria Alcover.
Más adelante, entre Alomar y Alcover se desarrollaría una cruda y violenta enemistad, que acabó perjudicando a ambos.
Aunque se le vincula muy claramente dentro de la generación más radical del modernismo, hay rasgos de la prosa de Alomar que deberían ser considerados una versión temprana de las ideas noucentistes que, algo más tarde, llegarían a Eugeni d’Ors y Josep Pijoan.
Veámoslo en este fragmento publicado en La Veu de Mallorca el 3 de febrero de 1900: «La locomotora que por primera vez atravesaba el plan gozoso de nuestra isla aportaba en aquellas tierras vírgenes el sentido de la cultura ciudadana, el sentimiento de lo desconocido y misterioso que de repente se mira con desconfianza; era una renovación más de los viejos símbolos de concordia entre los dos elementos de toda vida social, el campo y la ciudad: la eflorescencia primaveral de otra época (...).
Y en el sutil alargamiento de los raíles, relucientes de la claridad de una nueva soleada, se fantaseaba el vínculo de acero de todos los pueblos, desde las ciudades que hervían de fiebre y de deseo, a las aldeas que duermen en el arrobamiento de una delicia oscura».
Este elogio del ferrocarril, nada romántico, puede hacer recordar unas palabras orsianas dedicadas al dulce olor del asfalto de las carreteras rurales.
Santiago Rusiñol le prologó un libro poético, La columna de foc, que Antoni López editó en 1911.
Al año siguiente publicó La pena de mort, basada en la intervención que había ofrecido en el Congreso de la Libertad de Barcelona.
Para Alomar, la figura de Ramon Llull era el nexo de unión entre la cultura mallorquina y la catalana, y el factor que las elevó a ambas a la universalidad.
Durante la Primera Guerra Mundial, cerró filas con Antoni Rovira y Virgili y Miguel de Unamuno, para convertirse en uno de los principales defensores de la causa aliada.
Escribió en Iberia, la revista aliadófila que dirigía Claudi Ametlla.
Y lo hizo en compañía de Prudenci Bertrana, Jaume Brossa, Màrius Aguilar, Josep Maria Junoy o Lluís Nicolau d’Olwer, entre muchos otros.
Luego, reunió sus crónicas sobre la guerra en el volumen La guerra a través de un alma (Renacimiento, 1917).
En aquellos años, se sumó a las diferentes iniciativas políticas que estaban intentando, con el precedente claro del Centro Nacionalista Republicano de 1904, atraer al electorado hacia opciones nacionalistas de izquierda (sin demasiado éxito): el Bloc Republicà Autonomista (1915) y el Partido Republicano Catalán (1917).
Francesc Layret, Lluís Companys y Marce l· lí Domingo eran compañeros habituales de Gabriel Alomar.
Companys había nacido en Tarròs, una pedanía de Tornabous, en 1882, hijo de terratenientes.
Cinco años antes, en Tornabous mismo, lo había hecho Salvador Seguí.
Así que cuando el futuro segundo presidente de la Generalitat republicana llegó a Barcelona para cursar el bachillerato, Companys y Seguí ya se conocían de antes.
Formaron un trío habitual con Francesc Layret, otro republicano demócrata de origen burgués y un gran talento intelectual.
Layret y Companys estudiaron juntos Derecho y dirigieron las agitaciones estudiantiles de la facultad, antes de impulsar el Partit Republicà Català.
Layret fue el principal animador del mítico Ateneu Enciclopèdic Popular, fundado en 1902, donde dio clases Andreu Nin.
Seguí, al ser un ferviente libertario apolítico, no compartía las ideas de sus dos amigos, pero eso no era obstáculo para que se pasaran las tardes discutiendo animadamente en una mesa del café Tostadero.
Durante la Segunda República, Alomar ejerció cargos diplomáticos en Italia y en Egipto.
Un accidente de tráfico le impidió tomar posesión de un cargo en Bulgaria.
El problema de Alomar con los truenos se volvió realmente dramático cuando tuvo que vivir los bombardeos de Barcelona durante la Guerra Civil: se le hacían literalmente insoportables, y sufría auténticos ataques de pánico.
El fin desastroso de la guerra le sorprendió en El Cairo y, tras sobrevivir dando clases y escribiendo en francés, desapareció de un modo oscuro y desarraigado, en un lugar inverosímil, siendo como era uno de los ensayistas catalanes más importantes del siglo XX , en 1941.
Sus restos tuvieron que esperar hasta el 8 de agosto de 1977 para ser devueltos a su Mallorca natal.