Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #6
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #6

La caricatura que más contribuyó a eclipsar a Diego Ruiz fue la que escribió Prudenci Bertrana en 1925.

El lío que protagonizaron Bertrana y Ruiz fue más o menos como sigue.

Parece comprobado que Ruiz logró la plaza de director del manicomio de Salt imprimiendo unos opúsculos fraudulentos sobre psiquiatría.

Una vez instalado en Girona, donde lo trataron Bertrana, Pla y el escultor Maillol, gestionó la institución sanitaria de forma calamitosa y corrupta.

Ruiz convenció a Bertrana para que publicaran juntos el panfleto La locura de Álvarez de Castro (Girona, Imprenta Dalmau Carles y Cía.

, 1910). El libro atacaba a una vaca sagrada de la historia militar de la ciudad de Girona.

Ruiz logró evitar el escándalo, mientras que Bertrana fue denunciado y procesado.

Quince años después, el autor de Nàufrags y Josafat publicó Jo!

Memòries d’un metge filòsof, sátira expresionista protagonizada por un estrambótico Daniel Pérez, que todo el mundo supo identificar como el estrambótico Diego Ruiz.

Ruiz frecuentó dos importantes tertulias, la del Lyon d’Or y la del Ateneu Barcelonès, que conducía Joaquim Borralleras.

Allí conoció a Enric Casanovas, Joaquim Sunyer, Enric Jardí (padre), Francesc Pujols y Eugeni d’Ors, con quien empezó a competir por la hegemonía del pensamiento filosófico en Barcelona.

Hay que especificar que Xènius no competía y boicoteaba exclusivamente a pensadores filosóficos: sus celos siempre fueron dirigidos contra psiquiatras y psicólogos, como eran los casos de Ruiz y Dwelshauvers.

Desde su vuelta a Barcelona, Ruiz olvidó la medicina y se dedicó a escribir.

Publicó, en 1931, el tratado El crimen de los Reyes Católicos y El fin de la misión de Castilla, que dedicó al viejo anarquista y ateo Gaspar de Sentiñón.

Muerto en 1903, Sentiñón había sido todo un patriarca del librepensamiento ácrata.

Era médico y había vivido en Viena seis años.

Formó parte de la mítica Sociedad La Luz, y colaboró en La Federación,La Humanidad y El Productor .

Tradujo a Büchner (evolucionista radical) y fue amigo de Bakunin y Karl Liebknecht.

Con esta dedicatoria, Ruiz quería perfilarse como eslabón entre el anarquismo de acción de los años diez, veinte y treinta y sus antepasados radicales de la segunda mitad del siglo XIX .

Como la mayoría de sus libros, El crimen de los Reyes Católicos es un ensayo mal cosido y con vocación visionaria.

Sin embargo, Ruiz conseguía construir aforismos de un indudable interés, con frases como un campanario: «La Revolución tiene necesidad de masas encefálicas, y no de pájaros politicantes —Ahora nos encontramos con este hecho».

O bien: «La transfusión de la inteligencia en la Política es el recurso extremo —y de esta Medicina radical contra las ambiciones pequeñas—, el ejemplo eterno para todas las épocas será aquel solidario André Chénier, compatriota de todas las almas generosas».

Coincide en su significado con la charla orsiana Grandeza y servidumbre de la inteligencia (1919), publicada por la Residencia de Estudiantes.

Parecía que el futuro de los escritores era entregar los frutos de su labor a la construcción política.

En el caso de Ruiz, el anarcosindicalismo de acción.

Junto a la obra de Xènius, la de Diego (o Dídac, pero en los libros firmaba «Diego») parece una amalgama de pensamientos inconexos.

Pero D’Ors debió darse cuenta de que vivía en Barcelona un posible competidor más radical, aunque se tratara de un hombre desordenado y dotado de una prosa más bien deforme.

Escribía Ruiz, en 1931, profético y dolido: «El Dolor más terrible es el representado por el sufrimiento mental: la incomprensión.

La noche de la razón». En su estilo nervioso y fragmentario, neorromántico, Ruiz conseguía construir un esquema de sistema filosófico, aunque a veces parece que, simplemente, Ruiz divagara: «Es preciso pensar, descubrir.

Preciso es proclamar el descubrimiento: esto es juzgar.

Negar, invitando a la razón al ascenso. Afirmar, con ella y para ella.

Razón es Anti-tiempo. Sensibilidad es inteligencia.

Y la atención es el primer servicio que la justicia presta a la economía humana».

Aquí hay cierto esquema: pensar (escribir) es juzgar.

Justicia es Descristianización, aunque Ruiz consideraba a Jesús un poeta liberador, a la manera de los dinamiteros de 1900.

Todo idealismo posible consiste en alejarse de todas las tergiversaciones religiosas tradicionales.

No estamos muy lejos del Maeztu inicial: entusiasmo contra inercia, acción contra pereza, fuerza creadora contra religión tradicional.

Ruiz opera a través de ideas fuerza, que concreta en sus escritos, llenos de frases bofetada.

¿Genio o loco? La operación intelectual de Diego Ruiz era compleja: se trataba de fusionar el nuevo orden ciudadano típicamente noucentista con otros dos elementos: la crítica radical y materialista propia de los modernistas proféticos y el anarquismo de acción.

Así como Campalans y Alomar podrían representar una corriente noucentista socialista, Ruiz (en solitario, quizás con un Pere Coromines institucionalizado) propone reconstruir la Ciudad humana desde presupuestos claramente rupturistas y revolucionarios.

Un ideal que no podía ser bien visto por el equipo cultural pratiano.

Mentalmente, Ruiz vivía en 1890. En 1898 escribió que, en el conjunto del Estado español, Cataluña era el cerebro y Andalucía, el corazón.

Ruiz conocía ambas realidades culturales (Cuscó, 2022: 47).

A veces puede parecer que solo decía tonterías.

Pero si se le otorga una oportunidad, resulta un autor muy interesante.

La técnica de ir acumulando recortes de filosofía civil ya la había empleado en 1908, cuando publicó, en la colección Popular L’Avenç (cómo no), el curioso libro Del poeta civil y del cavaller, una especie de manual del nuevo idealista contemporáneo.

En sus páginas, Ruiz hace dos cosas: estudia poetas universales y, después, analiza conceptos primordiales como el Amor o la Fe.

Las figuras que glosa son Carducci, Leopardi, Goethe, Schiller y Dante.

El librito exuda romanticismo. En el prólogo, el autor expone que «cuando las emociones colectivas no se pueden sintetizar en un individuo, puede afirmarse que todos somos poetas; que todos preparemos el advenimiento del hombre representativo.

Las funciones, en la vida, preceden continuamente, constantemente, a los órganos: las plantas carecen de pulmones y respiran; carecen de estómago y, sin embargo, verifican la función digestiva, obedeciendo a las leyes de la asimilación».

¡Ay, el poeta! No había tenido suficiente con Verdaguer y Maragall.

Aquí solo faltaba una cabalgata de las valquirias, comandada por Carlyle.

Curiosa la ensalada de darwinismo pasado de rosca y poesía germanizante.

Ciertamente, los círculos mentales de Ruiz se cierran.

Debió de pensar mucho las cosas. En el capítulo «Fides», explica cómo se producen aquellas «crisis sociales»: las creencias y las religiones son arrancadas de las iglesias para convertirse en bandera de las luchas civiles.

Los cleros son desposeídos para que sean las masas los portaestandartes de la fe ideal.

Al mismo tiempo, «todo gran santo es un gran revolucionario de la dictadura religiosa».

No podemos olvidar que el libro se enclava entre el inicio del ciclo de la Solidaritat Catalana y el Centenario del nacimiento de Charles Darwin.

Sintomático. Y seguía Ruiz, en 1908: «hasta aquí consideramos al hombre que sintetiza aspiraciones —que se emociona por todos—, y este hombre especial le llamamos poeta.

Pero es preciso comprender la universalidad de una función que todos los pueblos han representado en el tipo del Profeta, del Luchador, del Redentor».

Este Poeta, ese Redentor nacional y universal, ¿quién era o quién iba a ser?

¿Dónde estaba el Cirujano de Hierro catalán?

¿Era Prat? ¿Era Maragall o había sido el pobre Verdaguer?

¿O era D’Ors? Las conferencias de Ruiz parecen caminar hacia aquí: hacia el establecimiento de un canon de redentores poéticos para Cataluña.

Del poeta civil y del cavaller lo dedicó a Eduard Marquina, hermano del también escritor Rafael, que acababa de marcharse a Madrid para triunfar con su teatro apolillado.

Marquina también era un espectro de 1890, había salido del huevo en Pèl i Ploma y Joventut, las revistas catalanas de avanzada modernista, pero ideológicamente era totalmente opuesto a Gaspar de Sentiñón: Eduard Marquina acabó mimado y recompensado por Eugenio d’Ors, enclavados en la España franquista.

Pero a la altura de 1908 todos los excéntricos eran más o menos amigos y organizaban jolgorios animados.

Así entendía el autor el catalanismo: una emoción popular que prefiguraba una realidad posterior («En verdad os digo el Poeta vendrá a vosotros»).

Las realizaciones revolucionarias estaban precedidas de una Redención poética.

Anarquismo y catalanismo popular, exactamente igual que Josep Llunas, Bartrina y Gaspar de Sentiñón (lo estudió el historiador Termes) hacia 1870.

En resumen, hemos de pensar que Diego Ruiz fue un ecléctico y un epiléptico de la filosofía, un noucentista censurado y un visionario molesto, un Maragall despeinado y descontrolado, que había que desactivar o marginar a cualquier precio.