Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #5
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #5

Empezó a hacerse famosa a través de los periódicos.

El 21 de junio de 1921 su amante la acuchilló tres veces, y sobrevivió de milagro.

Poco después otra prostituta la atacó con un arma blanca, hiriéndola en el cráneo, el brazo derecho y dejándole todo el cuerpo rajado y magullado.

Luego fue agredida con salvajismo por un limpiabotas que tenía una navaja y la atacó en la fonda Bola de Oro (calle Est, número 18).

Maruja consumía cocaína cerca de las pistas de baile, y enseñaba sus cicatrices.

Otro campeón de la bohemia miserable, el poeta Pedro Luis Gálvez (un malagueño habitual de las páginas de Rafael Cansinos-Assens, y autor de Las hembras de las Vistillas), escribió una zarzuela basada en su vida y la estrenó el 16 de septiembre de 1927 en el Teatro Apolo.

Maruja no se dejaba entrevistar ni retratar, y solo lograron que posara para una fotografía en el cabaret Wu-Li-Chang a las puertas de la Guerra Civil.

Lo logró Gabriel Casas, un periodista que se emborrachó con ella (Villar, 2017: 68 y 176).

Parece cierto que la Reina del Barrio Chino no salía nunca del distrito V, y que decía estar perpetuamente unida a la calle Cid y alrededores, y que como muy lejos de vez en cuando se asomaba de excursión por las aceras del Paralelo.

En alguna ocasión, la Reina del Barrio Chino también hurtaba objetos de valor: el 2 de mayo de 1931, Luis Gonzaga la invitó a beber y ella le sustrajo un dije de oro con piedras preciosas que valía un dineral.

La golfemia también hacía acto de presencia en la Barcelona burguesa.

Para trazar un excelente retrato del pensador roñoso Diego Ruiz, Enric Jardí contó con fuentes orales que más bien dificultaron su defensa: «Por lo que afecta a Ruiz, lo que han contado quienes le trataron con más o menos intimidad, ha servido por que tuviéramos una pobre idea del personaje».

Uno de esos jueces de Ruiz, quizás el más duro y contundente, fue Josep Pla, que calificó, en sus notas de vejez, al filósofo como «putrefacto» (Darrers escrits, Destino, 1984: 427).

Pla recordaba al escultor Claret, amigo suyo y colaborador de Maillol, y escribió:

[Claret] se ha hecho muy amigo de Diego Ruiz, director del manicomio de Salt, que ahora lleva barba y redingote y aquí es considerado un insoportable demente y tiene un hermano en Barcelona que dirige una escuela moderna de un tal Ferrer y Guardia.

Es lerrouxista, revolucionario y charlatán impenitente.

Maillol dice que el redingote de Ruiz le hace pensar en una elíptica geométrica, una elíptica no apasionada sino vertical, escarchada, fría, que si la pusieran en el suelo se mantendría de pie.

Es un charlatán delirante, que no sabe nada de nada.

Unamuno fue aún más gráfico: le dijo que era un «alma retorcida en cuerpo de mugre».

Pero no sería un escritor tan catastrófico cuando Joan Maragall le prologó sus Contes d’un filòsof, en 1908.

El periodista Carles Rahola le dedicó un artículo biográfico en la prestigiosa Revista de Catalunya, en enero de 1926.

El historiador Víctor Alba guardaba de él un buen recuerdo, en el exilio.

Y Montoliu y Ors también apreciaron páginas de Ruiz, en 1906.

Sin embargo, ninguna mente biempensante sabía qué hacer con ese Sawa erudito que era pródigo en escándalos y desórdenes públicos.

Ruiz paseaba con una joven a la que presentaba como su «colaboradora sexual».

Era un moderno. A la muchacha, para poder «colaborar», la había obligado a leerse antes la Biblia, la Divina Comedia, la Odisea y el Quijote .

Las anécdotas sobre el «putrefacto» Ruiz, que no se lavaba demasiado, son incontables.

Explicó Quim Borralleras, el organizador de la monumental peña del Ateneu, que se topó con él durante los días más duros de la Guerra Civil.

Le preguntó qué pensaba de los asesinatos de sacerdotes y de la quema de iglesias.

No era ningún secreto que Ruiz colaboraba en Solidaridad Obrera .

Le respondió que le parecía que había en Barcelona muy poco cristianismo.

Ruiz había nacido en Málaga en 1881. Se había medio inventado cierta estirpe gitana.

Su padre murió en Argentina mientras intentaba hacer fortuna en América.

Más importante fue un tío notario que le proporcionó una sólida biblioteca.

Ruiz llegó a Barcelona en 1894, para estudiar medicina.

Pronto se hizo amigo del viejo patriarca revolucionario Gaspar de Sentiñón, y pronto publicó mientras se licenciaba la monografía Fisiología del sueño .

Por lo tanto, no era exactamente un impostor, como se ha escrito tantas veces, cuando se presentó a las oposiciones para dirigir el manicomio de Salt.

Ruiz se licenció en 1901 y empezó a escribir artículos y libros con pensamientos interesantes.

Como mínimo, originales. Existe un Ruiz serio que su propio pintoresquismo vital y la roña de su piel eclipsaron.

Por otra parte, tampoco se lavaba demasiado Santiago Rusiñol, y no se ha olvidado su figura porque no era un intelectual anarquista.

En 1902, Ruiz viajó a Bolonia con una beca que le permitió conocer Italia.

En Bolonia se doctoró en 1903, y ejerció de psiquiatra en la villa de Ozzano.

Su libro Nieto de Carducci, autobiográfico, es del año 1907, es decir, del mismo año en el que murió el poeta italiano, que también era admirado por Unamuno.

Ruiz había asistido a algunas de sus últimas lecciones.

Parece que el satanismo radical de Ruiz proviene del Inno a Satana de Carducci.

Ruiz culminó sus herejías en el opúsculo Jesús com a voluntat, que publicó en 1907 (Barcelona, Imprenta de Joaquim Horta).

La tesis central del libro era curiosa: la forma «cristiana» de estar en el mundo era la que equiparaba la fe de la Cruz con el entusiasmo.

Era una especie de nietzscheanismo a la inversa, no muy lejano de lo que predicaba precisamente Unamuno, el escritor que más le odió.

Más adelante, en 1911, Ruiz escribió un cuento que lleva un título aún más provocador: «Jesús fue Satán», incluido en Contes de glòria i de l’infern . Y así el personaje fue haciendo amigos entre las clases acomodadas de Cataluña.

Hasta 1904 continuó estudiando en Francia, esta vez filosofía, bajo la égida de Émile Boutroux, que también fue el maestro de Eugeni d’Ors.

En 1905 terminó de redactar los opúsculos Llull, maestro de definiciones y Teoría del acto entusiasta .

No transita por temas que no estuvieran de moda.

Cuando, hacia 1985, Enric Jardí escribía Quatre escriptors marginats, que contiene el mejor estudio biográfico sobre Ruiz, el único ejemplar que había conseguido consultar de Teoría del acto entusiasta todavía era intonso: en ochenta años nadie había abierto sus páginas para echarle un vistazo.

A partir del año 1906, encontramos a Ruiz publicando en El Poble Català, al lado, también, del joven D’Ors, aunque Ruiz pronto se pasó al anarquismo.

Es evidente que Ruiz estaba tratando a muchos de los protagonistas del Glosario: Llull, Leibniz, Bruno, Aristóteles, Spinoza.

En su serie «De la dictadura espiritual de Cataluña», que Ruiz publicaba en El Poble Català, el pensador malagueño trazaba una concepción de la «dictadura espiritual» muy cercana al concepto de Imperio que manejaba Xènius.

Esto no podía hacerle demasiada gracia al futuro Pantarca...

Sin embargo, tanto Xènius como Manuel de Montoliu escribieron textos elogiosos de la filosofía de Diego Ruiz.

D’Ors lo alabó en su glosa del 21 de marzo de 1906; Montoliu, en El Poble Català, el 1 de octubre del mismo año.

Ruiz pidió públicamente, en una lectura filosófica en el Ateneu Barcelonès, que se creara una sociedad de estudios filosóficos en la capital catalana.

Fue entonces cuando Xènius empezó a alarmarse.

El Poble Català es uno de los papeles más interesantes de la época, relleno de ensayos sustanciosos.

El 11 de diciembre de 1907, Jaume Brossa publicaba en él un artículo notable, «L’esperit universalista», donde disparaba contra la concepción provinciana de la cultura catalana: «Ojalá pronto podamos decir: ¡la región catalana ha muerto!

¡Viva la Humanidad catalana!» (1969: 58).

Unos años después, D’Ors, decidido a combatir a Ruiz, pidió a Prat de la Riba que censurara textos o referencias de Ruiz en La Veu de Catalunya.

Ruiz había incluido a D’Ors en uno de sus artículos de la serie «Las bellas mentes de aquí (ensayos sobre el estado actual de las ideas y letras de Cataluña)» (La Publicidad, 11 de julio-12 de diciembre de 1912).

Las otras dos «bellas mentes» eran Verdaguer y Maragall.

Si D’Ors se propuso eclipsar a ese competidor andaluz que le pisaba los talones, no hay duda de que lo consiguió.

Además, Ruiz se iba convirtiendo en un peligroso anarquista.

En «Obrerismo y catalanismo» actualizaba el pensamiento político de Gaspar de Sentiñón para construir un catalanismo revolucionario y obrero.

Dentro del sistema léxico del autor, el odio era positivo, porque entusiasmaba.

El odio social, encarnado en la Solidaritat Catalana, era una nueva oleada de misticismo entusiástico.

Ruiz era un peligro porque era un idealista alocado, un místico impregnado de filosofía de la dinamita, en medio de la Ciudad en construcción.

Incluso alguien tan poco moderado como Emili Junoy, director de La Publicidad, tuvo problemas porque Ruiz pedía, en uno de sus artículos, nada menos que la independencia de Cataluña.