Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #4
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #4

A partir de 1903, se integró en el grupo republicano radical de Rodrigo Soriano, y comenzó a publicar en El Radical, el órgano de esa olla de grillos valenciana.

Desde sus páginas defendió la Solidaritat Catalana, enfrentándose con Vicente Blasco Ibáñez.

Fue en ese momento cuando Antoni Rovira i Virgili empezó a fijarse en su prosa audaz y barroca.

En la revista Iberia explicó su viaje al frente de la guerra europea, empleando el seudónimo que también utilizaba para firmar sus columnas de La Campana de Gràcia: «Paradox» (Safont, 2012).

Paradox era un humorista brillante que siempre andaba buscando bronca.

Según explicó Pla, muchas de las ideas de los artículos que escribía provenían de la peña del Ateneu, que era la cantera intelectual de este escritor nervioso y desmesurado, que siempre llevaba un sombrero de alas anchas, un bigote acabado en pinchos y unos quevedos que debieron de conferirle un aspecto curioso.

Pero no solo bromeaba: son incontables los artículos de Aguilar en catalán en los que, con un estilo limpio y directo, denunciaba las injusticias sociales de la época.

Como en su trabajo «La huelga forzosa» (La Campana de Gràcia, 9 de abril de 1921), en el que se duele de la absoluta imprevisión social del Estado español y del egoísmo inconcebible de la patronal catalana, cuya intención era dejar morir de hambre a varios miles de familias obreras, mientras que en otros países civilizados, como Inglaterra o Bélgica, existía una infraestructura legal mínima que impedía que una parte importante de la población pasase hambre.

El 2 de agosto de 1916 entrevistaba a Vicente Blasco Ibáñez para El Imparcial .

Se nota que Aguilar quería demostrar que era un auténtico escritor: «Hombre del Mediterráneo, hombre de verbo y de acción, siempre dispuesto a varar la barca de Ulises y a ir charlando bajo la vela, recostado en el palo, frente al vellocino de oro, ¡qué sensación de fuerza y de movimiento me da Blasco!

Se pone en esta luz nuestra sensualmente, y mira con avidez, y habla paladeando las palabras, y dice “hágase esto” con una eficacia emperadora», aunque seguramente su tipo encaje más con el reportero moderno que con el columnista de fondo.

Es posible que fuese influencia del propio Blasco este estilo inflado, que efectivamente «paladea las palabras», y que encontramos también en las obras de exilio de Mario Aguilar.

En Biografía del Paralelo, escrito con Rafael Moragas, firmado con el seudónimo «Luis Cabañas Guevara», encontramos carros de nostalgia y un tipo de prosa absolutamente anacrónico, decimonónico.

Se propone este libro bajar a la anécdota más anecdótica, en un ejercicio de memoria empapado de melancolía: «Y ¡cómo oíamos en la Niña de Carmona, aquella soleá, con la que parecía caer en trance!

». Revisita este libro desde el nacimiento de la estrella de Raquel Meller hasta la bomba que destruyó el music-hall Pompeya, atentado en el que hubo tres muertos y un elevado número de heridos.

Este atentado suele atribuirse al zaragozano Inocencio Feced, que también anduvo involucrado en el asesinato de Salvador Seguí.

El Teatro Arnau fue, de algún modo, el epicentro de esa vida nocturna barcelonesa. Raquel Meller, la cupletista, debutó en sus tablas en 1911; ocho años después alcanzaba el estrellato internacional cantando en el Olympia de París.

Durante la dictadura de Primo de Rivera, Aguilar dirigió El Día Gráfico y La Noche, diarios propiedad del magnate radical Joan Pich i Pon, alcalde de Barcelona en algunas ocasiones y hombre de orientación conservadora y germanófila.

El clásico zorro de las filas lerrouxistas.

Fue gracias a Aguilar, que odiaba la Lliga Regionalista, que Eugeni d’Ors pudo trasladar su Glosario a El Día Gráfico, y además también parece que le buscó trabajo proponiéndolo para presidente de la Asociación de Periodistas.

Las posturas anticambonianas de Aguilar venían de lejos, como evidencian artículos como «Wilsonismo y cambonismo» (La Campana de Gràcia, 5 de octubre de 1918), texto en el que hace un elogio de la Solidaridad Catalana, que arrancó la Ley Municipal a Antonio Maura, y critica muy duramente la gestión de Cambó como ministro de Fomento, porque no logró impulsar ni una sola concesión en materia de Obras Públicas en la región catalana.

El federalismo interesado de Cambó le parece hipócrita colocado junto a los catalanistas wilsonianos sinceros, sector que lideraban Romà Jori, Claudi Ametlla y Antoni Rovira i Virgili.

Durante la República, Mario Aguilar ejerció de cónsul en la ciudad de Montpellier, donde vivió exiliado hasta su muerte, que se produjo en 1952.

En esta última etapa de su vida dejó dos libros notables: Cuarenta años de Barcelona, 1890-1930 (Memphis, 1944) y el ya mencionado Biografía del Paralelo,1894-1934 (Memphis, 1945).

Màrius Aguilar desaparecía en la más completa oscuridad, y no vendría mal una biografía o recopilación de sus artículos más irónicos.

Cuentan de él que no se quitaba el sombrero ni para dormir, si es que dormía.

Se metía en la cama muy tarde cuando visitaba La Criolla, que empezó a destacar en la historia barcelonesa a partir del año 1925.

Los burdeles infames de la calle Cid comenzaron a cerrar uno tras otro, y la prostitución se trasladó a las calles Mina, Peracamps o incluso al Portal de Santa Madrona.

Los propietarios del número 10, Valentí Gabarró y Antonio Sacristán, reformaron el local y acondicionaron para el baile una sala principal de cincuenta y cinco metros cuadrados.

En un primer momento, la música salía de una pianola; luego la quitaron y se instaló allí una orquestina fija especializada en ritmos frenéticos.

Pero lo que dio un carácter único a La Criolla y la calle Cid fue la prostitución masculina que se instaló en el lugar tras la desaparición de los burdeles tradicionales.

Los bares y salones se llenaron de muchachos con edades comprendidas entre los quince y los veinticinco años que se hacían llamar la Pompeya, la Manolita, la Asturiana, la Fideo, la Morita, la Pescatera, la Viola, la Soplillos, la Olga, la Colomba, la Madriles, la Registros.

Se ataviaban con flores de trapo, se maquillaban la cara y se peinaban con abundante gomina.

Se ofrecían a los parroquianos para desnudarse y protagonizar escenas sexuales (llamadas «cuadros») que podían basarse en sucesos inverosímiles.

Por ejemplo, a Francisco Madrid le ofrecieron escenificar «el teléfono japonés» o «el asesinato de Eduardo Dato» (Villar, 2017: 53).

Rafael Seva Paulí, alias «el Manquet», era un personaje de lo más pintoresco.

Era bajo y gordito, y le faltaba el brazo derecho.

Había llegado muy joven a Barcelona, procedente de Valencia.

A principios del siglo XX se le vio durante muchos años trabajando de palanganero en un prostíbulo del distrito V.

Tras casarse con Josefa Piñol, quedó como amo absoluto del negocio.

El Manquet era un ferviente católico, se le veía con frecuencia en los estrenos de teatro vestido de gala y saludando a los artistas.

En casa poseía una colección completa de las obras de Pío Baroja, encuadernadas con lujo.

Con Baroja había cierta unanimidad en la ciudad.

Aunque despreciaba e insultaba insistentemente a los catalanes, llamándoles «judíos», «plebeyos» o burlándose del Modernismo arquitectónico catalán, el periodista Paco Madrid leía con fervor a Baroja, el revolucionario Andreu Nin devoraba libros de Baroja, también Josep Pla, obviamente también Vallmitjana y Sagarra, e incluso en el Ateneu se le estimaba y acompañaba y se le perdonaban sus exabruptos.

En el Portal de Santa Madrona funcionaban cuatro burdeles, tan o más siniestros que los de la calle Cid.

El ama del que estaba en el número 24 se llamaba Isabel, la del número 26, Rosa.

El Manquet regentaba dos, en los números 18 y 22.

En 1924, cumplió con uno de sus sueños, puesto que se consideraba a sí mismo un hombre de cultura: convertir uno de sus prostíbulos en un tablao flamenco.

Lo llamó La Tacita de Plata, e hizo que sus camareros llevaran chaqueta blanca y pantalón negro.

Pero nadie llamaba a aquel sitio por su nombre, todos lo conocían, sencillamente, por el Bar del Manquet.

Otro personaje indesligable del barrio era María de la Paz Guerrero de Molina, la Reina del Barrio Chino, la «Maruja» que se prostituía por cantidades mínimas en La Criolla y Casa Sacristán, un personaje trágico con el cuerpo lleno de cicatrices.

Había nacido en Palma de Mallorca, de donde había huido del hogar familiar para acompañar a un golfo que la enganchó a las drogas.

Maruja era atractiva y proclamaba que estaba allí por propia voluntad, y se entregaba a los clientes más miserables.