Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #3
Cuando estalló la huelga, la policía fue a casa de Salvador Seguí para detenerlo, pero este saltó por la ventana y pudo escapar, así que se procedió al arresto arbitrario e irracional de su pareja, Teresa Muntaner.
El 26 de octubre mostraba su sustrato más regeneracionista: «En España hay la vergüenza del analfabetismo, que es un problema de escuelas; en España hay la iniquidad del hambre, que se reparará cuando se haga producir la tierra sin cultivar; en España hay la persecución sistemática contra los hombres que piensan, porque todas las instituciones están en las manos de las oligarquías corruptas; en España no se es nada si no se es fraile, torero, agiotista o germanófilo» (Díez, 2021: 29-42).
En una entrevista posterior, publicada en España Nueva el 12 de septiembre de 1919, Salvador Seguí afirmaba desear reunir ocho millones de pesetas para levantar un Palacio del Trabajo, un gran centro de formación técnica para educación del proletariado.
En 1920, «el Noi del Sucre» utilizaba el concepto de «educación social» para contraponerlo a la falta de talento que exhibían los miembros de la patronal (Díez, 2021: 57 y 86).
Seguí tenía en mente una auténtica cultura obrera, una «educación esencialmente creadora» que sustituyera las «organizaciones caciquiles».
Eso era para él el anarquismo: una civilización nueva que tenía que apartar una cultura muerta basada en la rapiña, la explotación y la represión.
«Sin la solidaridad no puede existir la sociedad.
Así que todo sistema insolidario era antisocial»; «Somos el embrión apolítico de una futura constitución dirigente», declaraba en otoño de 1920.
A través de la educación, el «obrero» se convertía en «hombre» y se disponía a vivir en «pie de igualdad con el patrón» y la «aristocracia del pergamino» (Díez, 2021: 150).
En el periódico El Sol, la joya de la intelligentsia liberal madrileña, Seguí cargó contra el terrorismo en todas sus manifestaciones, el 2 de septiembre de 1922.
En el prólogo a su novela Escuela de rebeldía (1923), que era una entrevista escrita por Artemio Precioso, Seguí ofrecía la lista de sus lecturas predilectas: Descartes, Kant, Nietzsche, Montaigne, Rousseau y Gracián.
Los propietarios no sabían qué hacer con un hombre así, que dejaba en ridículo a los gobernantes y parecía un apóstol y que hablaba de Aristóteles y de estoicismo en los discursos y proclamas, y por eso ordenaron su asesinato, porque era culto y parecía insobornable.
«La idea en lucha es el factor principal para la vida del hombre, como el sol lo es para la vida de la naturaleza», publicaba el líder en España Nueva el 11 de junio de 1920.
Con Seguí, los obreros accedían a ideas filosóficas, a un discurso más allá de la retórica insurreccionalista.
Aquellas proclamas y proyectos los devoraba un joven maestro que andaba algo desorientado por los cafés y teatros de Barcelona: el vendrellense Andreu Nin.
Malvivía con su escaso sueldo y aquel mismo año se afiliaría al PSOE, pero para ingresar en la CNT al cabo de no mucho tiempo.
Al mismo tiempo ayudaba a Eugenio d’Ors en la brillante revista que dirigía, Quaderns d’Estudi, ocupándose de la sección de libros.
En esos artículos ya muestra una inteligencia despierta y una gran capacidad para el análisis filosófico.
Sin embargo, esos escritos ocupaban la parte final de la publicación, y con un cuerpo de letra menor que el del resto de la revista.
Nin era neutralista y furibundo aliadófilo a la vez, lo que se explicaba por su acendrado pacifismo, y acabaría dirigiendo el sindicato en la primavera de 1921, justo antes de marcharse a Moscú para tratar de realizar esos sueños de realización personal y social que Seguí describía en la prensa anarquista de la ciudad.
Antes de ser secuestrado y asesinado en 1937, Andreu Nin andaba reuniendo materiales para redactar y publicar una biografía del Noi del Sucre que no llegó a ver la luz.
Hasta el final de su vida mantuvo la admiración por el líder sindical más grande de su tiempo.
No está claro el origen del apodo con que era universalmente conocido Seguí: probablemente la explicación más extendida sea cierta, y a Seguí se le llamara el Noi del Sucre porque le encantaba chupetear terrones de azúcar en los bares y los cafés de la ciudad.
La prostitución iba extendiéndose por todo el distrito V, especialmente en las calles Mina, Peracamps y Berenguer.
En 1917, Antonio Sacristán abrió un establecimiento que trató de hacerle la competencia a La Criolla, también en la calle Cid.
Sobre su puerta el rótulo rezaba: POSADA DE LOS MARINEROS ; también se convirtió rápidamente en un centro de venta de drogas y sexo de pago.
La cocaína y la morfina empezaron a venderse en grandes cantidades en el Barrio Chino a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando la ciudad se llenó de espías y de personajes equívocos.
A la cocaína se la llamaba «mandanga» en el argot local, y si era de gran pureza se la denominaba «mandanga chachi».
Aquella posada se convirtió más tarde en un bar musical.
Los contemporáneos describieron siempre la Casa Sacristán como un hermano pequeño de La Criolla, una especie de complemento de segunda fila.
En Casa Sacristán obtuvo dos gramos de cocaína sin ningún problema, en una de sus incursiones periodísticas, el redactor de El Escándalo Francisco Madrid, por veinticinco pesetas.
Le entregaron la «mandanga» en una caja de cerillas, una noche que merodeó por las peores calles de la ciudad acompañado de la escritora Elvira Reyna.
Madrid dejó consignado que los mamporreros del hampa eran frecuentemente alemanes o rusos de aspecto siniestro.
La policía no empezó a emprender medidas serias contra el tráfico de drogas hasta bien entrada la dictadura de Primo de Rivera. Las primeras redadas masivas contra los traficantes del Barrio Chino empezaron en 1926.
Antonio Sacristán era digno de una película de gánsteres .
Su objetivo era controlar la calle, y acabó consiguiéndolo.
En febrero de 1921 fue detenido acusado de encargar el asesinato de un tal Pascual Peral, tendero de profesión, crimen por el que pretendía pagar mil quinientas pesetas a un par de matones.
En abril de 1923, apareció en la calle el cadáver acuchillado de un marinero, Christian Benjaminson, víctima del atracador Salvador Rivas, alias «el Cusinet» .
En el atraco, conchabadas con el asesino, participaron María Hernández, «la Andaluza», y María Rivas, «la Sarnosa» .
Por su parte, un tal Álex Tort abrió un nuevo prostíbulo en la calle Cid, en la antigua fábrica de los Hermanos Pascuet, y una redada policial de abril de 1921 descubrió que allí ejercían tres chicas con edades comprendidas entre los quince y los dieciocho años.
El local era propiedad de Valentí Gabarró, dueño de La Criolla.
Con la creación del Institut d’Estudis Catalans, la cultura en Barcelona daba un paso de gigante: ya no se trataba de estudiar las cosas catalanas en catalán, sino de hacer ciencia y de crear cultura universal en la lengua propia, con recursos internos.
Para que arrancara, la Diputación de Barcelona le inyectó 15.
000 pesetas, y la nueva corporación dejó un superávit de 4.
255. En 1908, la subvención fue muy superior: 50.
000 pesetas, más otras 100.000 para adquirir la fabulosa biblioteca de Marià Aguiló, cuya colección privada de libros medievales era la mayor del país, y cuyo fondo sirvió de núcleo inicial para la Biblioteca de Catalunya.
Esta fue inaugurada el 28 de mayo de 1914 y su ubicación inicial fue una sala del actual Palacio de la Generalitat.
En 1917, el fondo de la biblioteca alcanzaba los cien mil ejemplares, y además el proyecto de la Mancomunitat contemplaba la creación de un sistema radial de bibliotecas que alcanzara todas las comarcas de Cataluña.
Rápidamente empezaron a construirse y dotarse bibliotecas en Les Borges Blanques (1916), Olot (1918), Sallent (1918), Valls (1918), Canet de Mar (1919), El Vendrell (1920), Pineda (1922) y Figueres (1922).
Antes de que terminara 1923 se habían empezado a construir las de Badalona, Vic y Terrassa.
A partir de 1908, el ayuntamiento fijó en 20.
000 pesetas la cantidad anual fija que iría a parar al IEC.
La cifra se mantuvo incluso cuando los lerrouxistas controlaron el consistorio.
La Diputación continuó apoyando y sosteniendo la nueva institución, pero con cantidades variables: 10.
000 pesetas en 1909 y 25.000 en 1910, la mayoría para pagar al personal y comprar libros (Balcells, 2013a: 83).
La posibilidad de publicar monografías resultó decisiva para poder empezar a recibir libros del extranjero: a través del intercambio con otras instituciones, se adquirieron libros nuevos de gran valor científico.
El papel de Massó i Torrents en este despliegue de la investigación en Barcelona fue fundamental.
Mario (o Màrius) Aguilar Diana fue el ejemplo máximo de hombre simpático y sin cultura, pero dotado de un extraordinario talento para escribir bagatelas y para inundar de ideas instintivas las redacciones de diario, pero no todas las redacciones, sino solo las pintorescas.
Nacido en Huete (provincia de Cuenca) en 1882, hizo el bachillerato en Figueres porque su padre, Sebastián Aguilar, había sido destinado como juez allí.
En Figueres la famosa tramontana le trastocó el cerebro y le contagió el federalismo radical.
Con quince años ya fundaba un semanario: L’Empordanès, y empezaba a colaborar con L’Autonomista de Darius Rahola.