Bohemia y barricadas Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #2
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Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923 #2

Prudenci Bertrana colaboraba también en ese monográfico sobre los barrios de Barcelona con un ensayo indignado, de título sintomático: «El estercolero urbano».

En «La canción de los barrios bajos», Gabriel Alomar reflexionaba sobre las barriadas miserables de todas las grandes ciudades del mundo.

«Paradox», es decir, Màrius Aguilar, ofrecía un texto autobiográfico lleno de curiosidades, titulado «De cuando éramos estudiantes».

El tono irónico lo pone «Xarau», es decir, Santiago Rusiñol, con su texto «De cómo no hay que exagerar en el robo», comprensivo con las debilidades humanas.

El número podría servir como catálogo de lo mejor del periodismo pintoresco y seminarrativo de la época.

En la página 266 hay un catálogo gráfico de métodos de robar, los mismos que emplean los ladronzuelos que deambulan por La Xava.

En la página 269, una fotografía de la taberna La Mina, habitual de los personajes de la misma novela.

Y en la 271, se anuncian seis obras de Vallmitjana (Sota Montjuïc, L’Espanta, Els Jambus, Com comencem a patir, El Corb y Criminalitat típica local) y treinta y ocho de Santiago Rusiñol, destacándose la última, L’illa de la calma.

También se anunciaba la célebre antología anarquista Dinamita cerebral.

Con este plantel no es de extrañar que los prosistas modernistas quedaran activamente relegados por los ordenados noucentistes, partidarios del civismo y las buenas formas.

El expresionismo extremo de Juli Vallmitjana solo puede encontrar equivalentes coetáneos en ciertos cuadros de Ignacio Zuloaga, en la obra La España negra, de Darío de Regoyos y Émile Verhaeren, y en los esperpentos también teosóficos de Valle-Inclán (posteriores a las novelas de nuestro autor).

Muy claro queda en párrafos suyos de una plasticidad directa y barroca: «El ama del piso tenía la viveza de la rata de alcantarilla o bien del reptil repugnante, y en las negruzcas cámaras de su piso adiestraba a la chiquillada, pervirtiéndole criminalmente sus instintos y adiestrándolos a todos los procedimientos del hurto, preparándoles el camino de presidio o el patíbulo».

Aquí hay mucho de Quevedo y de Goya, de La Celestina y de La Lozana andaluza.

Vallmitjana quizás se proponía demostrar la existencia de una Cataluña negra que nadie estaba dispuesto a mirar de frente, ni a integrar.

También era un poeta. Dominaba la pincelada impresionista como nadie: «Era una tarde nublada.

En el fondo de aquel paraje se destacaban tétricamente las antiguas fortificaciones de las Drassanes, cuyas paredes de la parte superior, de más moderna construcción, eran pintadas de un amarillo oscuro que con rareza armonizaba con el conjunto por motivo de la tupida atmósfera.

(...) El castillo de Montjuïc, recubierto de niebla, no se veía: únicamente la montaña, aterciopelada de tonos verdes y tierras opacas, contrastaba con la negrura morada del desenfreno de construcciones que a sus pies se extendía con extravagante simetría».

No podemos olvidar que Vallmitjana quiso ejercer de pintor.

Como pintor frustrado era el Fernando Ossorio de Camino de perfección (1902), de Pío Baroja, novela en la que los protagonistas tampoco saben salir de su propio laberinto de desesperación religiosa, incesto, sexualidad torcida, tuberculosis y anemia.

Debemos recordar que, en aquella época, abundaban las interpretaciones antropológicas y antropométricas de las decadencias raciales.

Es el tiempo de las obras, por ejemplo, de Rafael Salillas, autor de El delincuente español (1898).

El estudio de la jerga de la calle y el interés por la degradación social eran moneda común en la cultura de la época.

En 1907, Dolors Monserdà presidió un homenaje a la escritora invitada castellana Blanca de los Ríos.

Se trata del primer acto protagonizado por mujeres en la historia del Ateneu Barcelonès.

Fueron los años de mayor esplendor intelectual de la novelista barcelonesa, que aquel mismo año publicaba su conferencia «El feminisme a Catalunya» .

Dos años después presidía los Juegos Florales, en la Llotja de Mar, de donde salió entre aplausos y del brazo de Àngel Guimerà.

Monserdà había perdido a su marido en 1904, pero había superado su dolor multiplicando su actividad pública.

Para combatir a las intelectuales agnósticas y anticlericales, cercanas a Lerroux, utilizaba frases extraídas de autores misóginos, como Schopenhauer, Proudhon y Rousseau.

En 1910, recordando su calvario cuando su padre murió, fundó un sindicato de costureras, el Patronato de Obreras de la Aguja, que recibió el apoyo y el afecto de Emilia Pardo Bazán.

El patronato proporcionaba trabajo a las obreras que se quedaban sin encargos durante meses, ofrecía ayudas económicas y formación a un colectivo laboral totalmente desprotegido y sometido a abusos de todo tipo.

Cuando la joyería Macià de la calle Ferran fue liquidada, Dolors Monserdà cobró la parte que correspondía a su marido y pudo comprarse una casa.

No se fue muy lejos: su nuevo hogar estaba en la calle Provença, entre la Rambla de Catalunya y Balmes.

Esta casa, reformada por su yerno, Puig i Cadafalch, aún sobrevive en la actualidad.

Es una casa austera, de formas suaves, inspirada en la Sezession centroeuropea, propia de un período en el que Puig ya había abandonado el Modernismo y proyectaba obras más racionalistas.

La escritora se instaló en el principal, mientras que su hija Lola y su yerno ocuparon el primer piso.

En 1913, Dolors Monserdà ya no tuvo fuerzas para irse a veranear a Argentona, como era su costumbre.

En cambio, a partir de 1916, pasó las vacaciones en la torre de su hija Angelina, en Sarrià.

Allí es donde escribió su última novela, Maria Glòria, publicada en 1917.

El mismo año en que Juli Vallmitjana editó Coses vistes.

El 8 de agosto de 1912, una anciana ciega entró en una taberna de la calle Cid para pedir limosna.

«El Cartagenero», un parroquiano gallo, la insultó y se burló de su desgracia.

El tabernero le afeó su actitud, y el Cartagenero lo acuchilló allí mismo en el vientre, dejándolo casi muerto.

Una muestra más de lo que ocurría casi a diario en aquel barrio.

El 3 de julio de 1916 estalló una batalla campal entre marineros que acabó a palos, tiros y cuchilladas; en esa ocasión se enfrentaron en plena calle huelguistas de La Naval y esquiroles que había reclutado la Sociedad La Aurora del Marino.

Solo tres meses después, José Carbonell, alias «el Morros», y José Bernst, otro hampón, se desafiaron a un duelo, tras el cual el segundo de ellos quedó tendido en el suelo y muerto por una cuchillada en el costado.

El ambiente se iba caldeando en Barcelona: los propietarios de las fábricas se enriquecían ostentosamente con los beneficios de la guerra, pero estos beneficios no se traducían en aumentos de sueldo considerables, mientras que se encarecían las subsistencias.

Los obreros que salían de las fábricas del Paralelo y el Raval se repartían entre ellos ejemplares de Solidaridad Obrera, donde el 30 de diciembre de 1916 una proclama de Salvador Seguí llamaba a la transformación radical de la sociedad capitalista: «Claro está que el Sindicato no resuelve los problemas de la vida humana; tampoco a él se confían; pero por la misma razón que los valores económicos en la sociedad burguesa quedan siempre equilibrados a su favor, la misión del Sindicato será pugnar constantemente hasta reducir a mínimas proporciones el poder de aquella, para dar la batalla definitiva con más facilidad».

Quedaban muy lejos la precariedad y la perplejidad ante la represión de principios de siglo, el tono era totalmente sólido y preciso: «Considerando el Sindicato como una síntesis de fuerza, donde el proletariado condensa su acción contra la sociedad capitalista, no es lógico ni conveniente apartarnos de su seno, si no queremos desertar de su actuación emancipadora»; y esa emancipación de «la esclavitud del salario» no se traducía solo en una promesa de ruptura social radical, Seguí era muy claro cuando enfatizaba la necesidad de extender la cultura entre los obreros: «Considerando posible que el Sindicato se convierta en educador de las multitudes ignorantes, queda demostrada la conveniencia de que todos los espíritus rebeldes y todos los que anhelen mejores estados de justicia, ayuden a la obra del Sindicato para que este realice más pronto y fácilmente su misión renovadora».

Menos de una semana después, Seguí retomaba la pluma para explicar en la Soli qué significaba ser anarquista: «Reivindicar las facultades que la Naturaleza nos confirió y hacer prácticas de estas facultades es ser anarquista.

No someterse a las vulgaridades del ambiente y afirmar la personalidad del hombre es ser anarquista.

En la lucha incesante que el individuo sostiene con la colectividad, no perderse en el conglomerado de la inconciencia es ser anarquista».

El 17 de febrero de 1917, con los precios por las nubes y a las puertas de una nueva huelga general, el artículo de Seguí en la Soli negaba que la inflación se debiera a cuestiones económicas técnicas, y acusaba a las clases directoras de falta de ética y de voluntad política a la hora de tratar de facilitar la vida de los obreros.