Segunda parte. Huelgas y filosofía 1906-1923
Aquellos libros excéntricos de Vallmitjana, firmados como J.V.
Colominas, para que la familia no se asustara, se llamaron Coses vistes y coses imaginades, Fent memòria, Els oposats, De la ciutat vella, De la raça que es perd y Veient i escoltant.
La literatura que escribía Juli Vallmitjana no era precisamente convencional.
Porque, de hecho, ni siquiera sabemos qué es, ni por qué la creó.
Juli Vallmitjana es el mayor enigma que ha producido nunca la cultura catalana del siglo XX .
Aquel expresionismo desaforado del primer D’Ors dejó huella en las composiciones de Vallmitjana.
Algunos de esos cuentos y capítulos en realidad son ensamblajes de cuadros de costumbres, empapados de aire bíblico, como las piezas de porcelana de Gabriel Miró.
El proceso fue bastante curioso: partiendo de la tradición decimonónica más tronada, Juli Vallmitjana desembocó en un fragmentarismo absolutamente contemporáneo y revolucionario.
Esto es La Xava: un mosaico de teselas doloridas.
Un panorama negro y escupido contra el futuro.
Un varapalo o bofetada contra la cultura de su tiempo.
Su reacción o valoración de la realidad gitana no es menos atrevida.
Vallmitjana escribe, en la narración «En Patracs»: «Los gitanos sienten mejor la poesía de la vida.
Disfrutan la impresión directa de la naturaleza, caminando por carreteras y caminos sin dirección fija.
No saben adónde van, teniendo un presentimiento de la belleza sin conocerla; aman la naturaleza sin sentir ese amor que a nosotros nos hace sufrir, sin ponerle afecciones que cuesten de arrancar».
Teníamos un Lorca en prosa y no lo supimos ver.
Vallmitjana fustigaba, por una parte, la miseria moral de los entornos urbanos de Barcelona.
Y por otro, en sus obras de tema gitano, imaginaba una posibilidad vital alejada de las moralinas y fronterizas mentales de la gente que le rodeaba.
¿Y quién era esa gente? En De la ciutat vella salen perfectamente retratados los ciudadanos mezquinos y grises con los que el autor tuvo que tratar durante toda su vida.
Sin un vector místico, de origen asiático, que es a la vez denuncia social y camino espiritual a través de la náusea, no puede quedar contada una obra que brilla como un hongo inquietante en medio del Modernismo catalán: «Dentro de aquellas sentinas la ramera halaga al sodomita, y ríe impúdica, con la misma carcajada, contemplando al herido por mano criminal, o al que la excitación alcohólica ha hecho estrellar el cráneo en el canto de una pared; y la borracha vomita el más insolente vocabulario, frotándose los hombros con el indecoroso bardaje, mezclando sus babas, uniéndose instantáneamente como si fuera el verbo de la maldición».
Esto no es naturalismo: aquí no hay dirección moral, enseñanza, ni esperanza.
Hasta que no llega, al final de todo, un personaje autobiográfico, el dibujante Fermín, la novela es un encadenamiento de pesadillas, torturas, sufrimientos, putrefacción civil y social y sífilis.
Los personajes de La Xava se aman a mordiscos, pierden cabello y mueren lentamente, en medio de un indescriptible dolor.
Visten harapos y huyen a cuevas de la policía, comiendo basura.
Los hombres roban o apalean por instinto natural, y todo se predispone a que las mujeres busquen el alimento prostituyéndose de la forma más brutal y degradada con marineros que llevan prisa.
Solo los niños dan color a escenarios grises y ahumados, pero solo un momento, antes de que les atrape el mundo del crimen y la prostitución.
En ese momento, el alicantino Gabriel Miró escribía sobre los leprosos del valle del Jirona: Del vivir era el reverso rural de estos leprosos urbanos, olvidados por Dios y por el amor humano, que pululan por La Xava.
Solo la interrogación por la existencia del horror terreno y cotidiano puede explicar estas obras.
A estos seres primitivos, como Tona, Grabada, madre de Roseta, Xava, el asesinato les produce excitación sexual.
El maltrato es el único idioma que conocen para relacionarse con su familia.
Los hogares son nidos de basura, habitáculos precarios y de una abrumadora miseria.
La pregunta es: ¿por qué un orfebre acomodado escribía estos textos?
El problema de la falta de instrucción figura de forma prominente.
Solo a través de este decadentismo lumpen y totalmente salvaje pensaba Vallmitjana que podría sacudir las conciencias de los barceloneses.
A veces la novela no es más que un encadenamiento de cuadros negros, convirtiéndose en un friso roñoso de una Barcelona que nadie quería mirar.
Los cuadros de Vallmitjana eran estrictamente reales.
Entre 1890 y 1900, solo en la calle Cid, se abrieron hasta cuatro burdeles, en los números 3, 4, 6 y 8.
Eran tabucos infectos, en los que solían trabajar cinco o seis prostitutas que se iban asomando a la puerta para captar clientes: «Estas obreras del sexo», ha escrito el historiador Villar,
una vez atrapadas, pasaban a tener el estatus de una auténtica esclava, un objeto de propiedad que se intercambiaba o se vendía al mejor postor.
Comenzaban su jornada laboral a las diez de la mañana y no la terminaban hasta las tres o las cuatro de la madrugada.
Dormían en el mismo catre donde se ocupaban, siempre a disposición, sin libertad siquiera para comer; encerradas, porque estaban empeñadas por supuestas deudas contraídas con el ama, que eran utilizadas para chantajearlas contra toda ley.
Incluso eran obligadas a trabajar cuando estaban enfermas, y si no accedían eran objeto de toda clase de vejaciones.
En aquel ambiente degradado, sucio y mísero, las prostitutas se jugaban la vida todos los días porque en la calle Cid podía pasar cualquier cosa (2017: 29).
Más adelante, el mismo autor vuelve al tema insólito de la literatura de Vallmitjana:
Todo este proceso de cambio, no solo de la calle Cid sino también de las calles próximas, dio como resultado un vecindario obrero cada vez más numeroso que convivía con gente del hampa, mendigos, prostitutas, militares y marineros en la zona más lumpen de la triunfante Barcelona burguesa.
No había ningún otro lugar en la ciudad en el que la desesperación y la locura se manifestaran de forma tan bestial.
Ese submundo de delincuencia y marginalidad lo retrató Juli Vallmitjana de una manera y con un realismo nunca visto hasta entonces en el panorama de la literatura catalana.
A este escritor modernista le debemos el descubrimiento literario de los bajos fondos barceloneses.
Considerado el Gorki barcelonés fue, según el periodista Francesc Baget, un explorador intrépido, que no dejó de rastrear un solo rincón por peligroso que fuera para poder documentarse a conciencia (2017: 37).
El 18 de febrero de 1891, Pedro Mir, soldado del regimiento de artillería, entró a las cuatro y cuarto de la tarde en uno de esos burdeles solicitado por Adelaida Cendrós.
Cuando esta le indicó que debía pagar, el soldado se negó en redondo, lo que dio inicio a una trifulca acalorada.
Mir sacó un machete y atacó salvajemente a la mujer, causándole tres heridas en la cabeza, contusiones en todo el cuerpo y cortes en las manos.
Sus gritos atrajeron a una pareja de guardias, que se llevaron al atacante.
En enero de 1901, unos médicos inspeccionaron las condiciones del burdel del número 3 de la calle Cid, el local de Juana Matas.
Agonizaban allí cuatro mujeres enfermas que fueron trasladadas a un hospital.
La quinta prostituta que también era obligada a ejercer allí fue liberada y el ama fue entregada al juzgado de guardia.
Ejemplos macabros de lo que aquella sociedad ofrecía a esas esclavas del distrito V; relatos muy distintos de las narraciones mitificadas de los escritores que ambientaron luego sus novelas y crónicas en aquella calle.
El 11 de abril de 1913 fue una fecha importante para Juli Vallmitjana: L’Esquella de la Torratxa, una de las revistas más populares y leídas de la ciudad, publicó un monográfico sobre «Los barrios bajos de Barcelona» del que fue el artífice principal.
Su texto «Barcelona indiferente» abría el número, con una cruda reflexión sobre lo poco que hacía la ciudad para regenerarse.
La hipocresía más dañina presidía las instituciones.
El artículo resulta imprescindible para entender qué pretendía Vallmitjana con su literatura, aunque solo lo explica en parte, porque una fascinación tan continuada por los ambientes sórdidos, el crimen y la prostitución no se puede entender solo a través de una dirección higienista y moralista.
Como teósofo, Vallmitjana creía en la evolución y en la existencia de planos inferiores de existencia, cayendo en una especie de mística implícita.
Buscaba la verdad en el barro, el camino ascendente en la cloaca.
Introdujo a Picasso y a Nonell en los barrios bajos.
Es una postura difícil de entender. Es posible que ni él mismo acabara de orientarse, como su personaje autobiográfico Fermí, también pintor y dibujante frustrado como el propio Vallmitjana, y un personaje muy barojiano también, que protagoniza De la ciutat vella (1906) y aparece con aires redentores al final de La Xava (1910).