Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #15
Por su parte, durante el último año del siglo XIX , Prat de la Riba estaba empecinado en comprar alguna cabecera catalana para fundar un periódico político que defendiera su ideario.
En un primer momento, sus seguidores intentaron comprarle La Renaixensa a Guimerà y Aldavert, pero estos no accedieron.
Luego dirigieron sus disparos a La Veu de Catalunya, un semanario que dirigía Verdaguer i Callís.
Prat, Muntanyola y otros crearon una sociedad para comprar la revista, y así es como pudo salir el primer ejemplar del nuevo periódico, La Veu de Catalunya, el 1 de enero de 1899.
Instalaron la redacción en la Rambla y ficharon a un genio literario como director: el novelista Raimon Casellas, que ejercía de crítico artístico para La Vanguardia, como acabamos de ver.
El periódico consiguió colaboraciones de hombres dinámicos: Lluís Duran i Ventosa, abogado e hijo del exministro conservador Duran i Bas; Francesc Cambó, a quien encargaron los comentarios internacionales y el arquitecto e historiador del arte Joan Puig i Cadafalch.
Con esta plantilla conseguían profesionalizar a los mejores hombres con los que podía contar el catalanismo conservador.
En aquella época, Prat continuaba viviendo en la calle de Vergara.
Llevaba una vida frugal y totalmente cronometrada: las mañanas las pasaba en el Colegio de Abogados; luego se iba a comer, y ocupaba las tardes, hasta la noche, en la redacción de La Veu de Catalunya.
No tardó en tener problemas: el 20 de mayo de 1900, publicó el suelto «L’obra d’ara», donde volvía a arremeter contra la clase política española, a la que acusó de oligárquica en términos muy duros.
Los dinásticos perdieron la paciencia y Prat estuvo a punto de ser sometido a un consejo de guerra.
Le salvó el hecho de que se levantara en aquel momento, por casualidad, la suspensión de garantías constitucionales.
Fue indultado y la cosa no pasó de un aviso (Esculies, 2017: 99).
L’Avenç tuvo una importancia enorme como casa editorial, aunque siempre fue deficitaria.
Trabajaba en ella cada día Casas-Carbó, inseparable del frágil Massó i Torrents, que se pasaba la vida estudiando papeles medievales y tradiciones orales.
El primer libro de importancia que editó el tándem fue el Ensayo de gramática del catalán moderno (1891), de Pompeu Fabra.
Luego, fueron publicando los poemarios y traducciones de Joan Maragall: Poesies (1895), la Ifigènia en Tauride de Goethe (1898), Visions y más tarde en el 20 de la misma calle.
En 1908 todo se movió a la Rambla de Catalunya, 24, muy cerca de donde vivía Massó, en el segundo piso del 38 de la misma vía.
Hasta 1915, en aquel local espacioso de la Rambla se instalaron la tertulia, la imprenta, la librería y la editorial.
Los hombres de L’Avenç se habían moderado políticamente, pero en cambio desarrollaron una actividad editorial más propia de una institución pública que de una empresa.
El historiador Salvador Sanpere i Miquel, francmasón, era un asiduo de la tertulia, y había editado en la casa Los cuatrocentistas catalanes (1906).
En 1902, Alexandre de Riquer dibujó el sello de la Biblioteca Popular de L’Avenç, cuyos libros a veces llegaban a alcanzar la cifra de tres mil ejemplares de tiraje.
El primer volumen de la colección fue D’aquí i d’allà (1905), de Santiago Rusiñol.
Massó i Torrents y Casas-Carbó, incansables, formaron parte de la comisión ejecutiva del Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana, celebrado en octubre de 1906.
El evento reunió a unos dos mil congresistas.
Sus actas se publicaron en 1908, y en ellas encontramos un texto de Massó: «Conveniència de l’estudi dels nostres clàssics per la reconstitució de la llengua» (Balcells, 2013a: 63-64 y 146-148).
El año 1906 fue culminante para Massó i Torrents, no solo por su participación en el Primer Congrés de la Llengua Catalana, sino también por su consagración internacional como erudito: Raymond Fouché-Delbosc, director de Revue Hispanique, le publicó un artículo en catalán de ciento veintisiete folios, «Historiografia de Catalunya en català durant l’època nacional» en el número XV de la publicación.
El trabajo preludia un plan de publicación de todas las crónicas catalanas medievales que perfiló en 1911.
La revista L’Avenç entró en su crisis final en 1893.
Dos de sus redactores más destacados, Brossa y Cortada, eran tan radicales que los lectores de bien no podían aceptar la publicación.
Cuando Brossa publicó su artículo más famoso, «La joventut catalana d’ara», Frederic Soler visitó la redacción en un estado de profunda postración moral: en su ensayo, Brossa lo había dejado totalmente destripado.
Es la razón que esgrimió Massó en sus memorias para justificar el cierre de L’Avenç, pero hubo otros motivos de fondo: la burguesía se apartaba de la revista en un ambiente muy tenso por culpa de las bombas anarquistas.
No corrían tiempos como para jugar con ideas radicales; de hecho, tras la bomba contra el capitán general de Cataluña, la imprenta de la revista fue registrada por la policía.
La tensión social había alcanzado el mundo de la cultura.
En 1901, el doctor Bartomeu Robert era el presidente del Ateneu Barcelonès.
Un día recibió una carta curiosa, firmada por seis socios de la casa pero impulsada principalmente por los republicanos Amadeu Hurtado y Ernest Vendrell.
Los firmantes pedían al símbolo civil de Barcelona que consintiera en organizar un ciclo de doce conferencias de tendencia reformista radical, para homologar la docta casa con los aires de renovación que venían de fuera.
El programa fue aceptado por la directiva del Ateneu: las conferencias se darían los viernes, según el siguiente temario: Amadeu Hurtado, abogado, iba a disertar sobre la reforma jurídica («Cap a una justícia nova»); Santiago Valentí i Camp, conocido sociólogo, publicista y político hablaría de «La emancipación de la mujer»; Vicenç Gay, sobre «La tradición jurídica y los nuevos horizontes del derecho»; José Cembrano puso la nota darwinista y habló de «La lucha por la vida y la asociación en los animales»; Pere Sala i Vilaret, redactor del revoltoso periódico El Diluvio, se puso spinoziano y disertó sobre «El monismo» .
Hacia 1900, hablar de monismo era una forma eufemística de referirse al materialismo sin acabar durmiendo en un calabozo.
Con el tiempo, Valentí i Camp se fue convirtiendo en un auténtico cruzado en favor de los derechos de la mujer.
En 1918 volvió a la carga con su charla titulada «La mujer de mañana», y durante la dictadura de Primo de Rivera disertó sobre el tema de las reivindicaciones femeninas un total de veintidós veces.
Ernest Vendrell realizó la aproximación más política.
En su charla «L’acció moral moderna. Tipus representatius» arremetió contra la religión y el Estado y abogó por una filosofía vitalista que terminara con la vida para la muerte que aherrojaba la existencia en demasiados países.
El camino pasaba por reflejarse en el espejo de la Revolución francesa, inspirada por Voltaire y Rousseau.
Los «tipos representativos» no eran otros que el teniente-coronel Georges Picquart, el militar francés que se había atrevido a destapar el asunto Dreyfus, y el propio Zola, quien mantuvo vivo el fuego de la polémica hasta vencer al oscurantismo oficial (Jardí, 1985: 132-137).
El furibundo Vendrell, el Maeztu catalán, pero con un acento más librepensador, reivindicaba como modelos intelectuales a Guyau, Nietzsche, Schopenhauer, Ibsen, Sudermann, Carlyle, Goethe, Beethoven, Claude Bernard y Zola.
Imposible encontrar un pensador catalán más representativo de las ideas radicales del momento.
Sin embargo, Robert no era un hombre de barricada, sino un pratiano conservador.
Por eso pensaron en él cuando se organizó la primera candidatura de la Lliga Regionalista, un nuevo partido político surgido en abril de 1901 a partir de la fusión del Centre Nacional y la Unió Catalanista.
Los otros tres candidatos fueron Lluís Domènech i Montaner, el gran arquitecto del premodernismo; el terrateniente Sebastià Torres y Albert Rusiñol, presidente de Foment del Treball.
A Prat le ofrecieron uno de estos puestos electorales, pero declinó, fiel a su carácter de corredor de fondo.